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Por qué los adolescentes confían en desconocidos más que en sus padres o El inicio de los flirteos con el mundo de las drogas
El comportamiento humano no deja de fascinarme. En esta ocasión me detendré a reflexionar con ustedes sobre un tema que me pregunto desde hace tiempo: ¿Por qué los adolescentes son capaces de confiar en alguien desconocido y poco recomendable frente a confiar en lo que les dicen sus propios padres?.
La cuestión no es baladí, puesto que es la principal puerta de entrada de los hijos que toman a edades tan tempranas la equivocada decisión de iniciarse en el mundo de las drogas. Como en todo, hay tantas posibilidades que explican este comportamiento como adolescentes que han dado ese paso, pero creo que podemos agruparlas según patrones más generales, y de paso tal vez sacar alguna conclusión útil al respecto.
Para empezar yo distinguiría tres subgrupos principales. El primero englobaría actitudes que implican que el adolescente en cuestión tiene poca seguridad en sí mismo. Tal vez éste sea el principal enfoque que dan muchos padres que descubren con horror las costumbres de sus hijos. No se les puede recriminar este enfoque, porque todos hemos sido adolescentes y sabemos que es una edad plagada de desafíos, y en la que también se busca normalmente un patrón de comportamiento e identidad, cuya indefinición natural a esa edad provoca en el individuo a menudo una falta de seguridad en sí mismo. Todo ello facilita que el adolescente sea susceptible de caer en las redes de algún traficante. A veces esa inseguridad viene acrecentada por la actitud de ciertos padres, hiper-exigentes con sus hijos, a los que les trasladan sus propias ansias mal concebidas y contra las que a menudo los hijos acaban rebelándose. Pero no focalicen sólo el peligro en la figura extraña y ajena al grupo de los amigos de sus hijos. El peligro principal no viene por ahí, en él sólo cae la punta del iceberg del grupo. El peligro principal viene cuando la costumbre de consumir drogas se extiende en el grupo. Ése es el momento que puede hacer caer a la mayoría de los adolescentes de la pandilla en este mundo. Los que eran reticentes a consumir estupefacientes en un principio, pueden cambiar de parecer cuando son retados a probarlos, cuando se les exhorta que no se atreven, cuando les aseguran que no pasa nada y que todo son historias de los padres que no saben de esto, cuando consumir o no consumir es algo que implica compartir o no compartir experiencias, integrarse o no en el grupo como miembro de pleno derecho… Sentirse aceptados por la figura de los amigos o del propio camello, según el caso, les puede reforzar su incipiente y frágil personalidad.
El segundo subgrupo creo que implica un enfoque no tan habitual como el anterior. Los padres no suelen caer en la cuenta de que a veces hay otras actitudes y pautas de comportamiento que pueden empujar a nuestros hijos a este mundo. Es este subgrupo el de los individuos que han sido educados en la dicotomía que retratábamos en el post “La dicotomía entre los buenos y los malos o Lo educativo de las series infantiles”. Pero, ¿Por qué la dicotomía entre los buenos y los malos les empuja a consumir estupefacientes?. Los padres a menudo les educan distinguiendo entre los malos traficantes, y los buenos papás, obviando la escala de grises que dejábamos patente en el post del link anterior. No se confundan, ser traficante e iniciar a adolescentes en este mundo es deleznable, y considero que es de las actitudes personales tan negativas que no pueden ser compensadas por otros aspectos positivos de estos individuos, pero recuerden que esas personas pueden mostrarse amigables, ser amables, hacer favores, demostrar fidelidad… una serie de actitudes positivas que confunden al adolescente. El adolescente descubre en esa figura, temida terriblemente en su infancia por las advertencias de sus padres, cosas que él considera que son buenas, y el miedo que le tenía, va poco a poco transformándose en aceptación al ver que también tiene aspectos positivos. El ser humano es capaz de auto-convencerse de casi cualquier cosa, y los adolescentes no son una excepción. En una falsa intentona por superar ese miedo infantil ante la figura del traficante, algunos pasan a considerarlo parte de su círculo personal. Sí, a los adolescentes no les gusta sentirse inseguros, y si la inseguridad no se la pueden quitar de encima por ser propia de su edad, un atajo mental más rápido es dejar de satanizar a esa figura tan peligrosa que les retrataban sus padres. No voy a entrar en los diferentes caminos mentales para tomar este atajo, no vienen al caso y pueden ser tan variados como les decía antes: los padres no entienden de drogas, las drogas de ahora no son como las de antes, el camello es de fiar y él entiende mucho de esto, etc. etc.
No se puede culpar a los padres por educar a sus hijos en la dicotomía en este caso, pero hay que advertirles para que traten de evitarlo. Sin duda lo hacen porque, conocedores en la madurez de sus terribles consecuencias, les da tanto pavor que sus hijos flirteen con los estupefacientes, que caen en la tentadora simplificación de satanizar de forma automática todos sus aspectos. Esto, siendo cierto, es contraproducente. Si bien el niño asume sin reservas como cierto lo que le enseñan sus padres, cuando se vuelve adolescente descubre una escala de grises que le deslumbra. Es ése el punto de inflexión peligroso, al descubrir que las cosas no son exactamente como se las han contado sus padres, que hay amigos suyos que “toman” y son normales, que el camello del barrio es un amigo, etc. Esa trasgresión del esquema mental que tenían hasta ahora hace que estén más abiertos todavía a otros cambios de parecer radicales sobre el tema, que exceden peligrosamente la escala de grises que se les debería haber explicado desde el principio. Del negro acaban pasando al blanco.
Por último hay un tercer subgrupo que merece ser mencionado. Es el de los osados. Hay adolescentes muy seguros de sí mismos, que son conscientes de que los traficantes son un grupo de personas particular dentro de la fauna social que nos rodea, que son perfectamente conscientes de los peligros que asumen… pero son osados, atrevidos, y están demasiado abiertos a nuevas experiencias cuyos límites ni saben ni quieren distinguir… Este grupo siento decirles que es de esos grupos de hijos pseudo-predestinados por su propia forma de ser, en la que los padres tienen poco margen de maniobra… no me gusta decir que son casos perdidos, pero la dificultad de reconducirlos es máxima. Todo lo que puedo decirles respecto a ellos es que los detecten a tiempo en la pandilla de sus hijos, y que traten de alejarlos, o al menos de advertir seriamente a sus hijos sobre ellos.
Como conclusión de este post me limitaré a darles algunas pautas que considero buenas para abordar el problema. Eduquen a sus hijos con espíritu crítico, que sean capaces de pensar por sí mismos, enseñándoles a analizar y encontrar respuestas de forma autónoma, aprendiendo a valorarse a sí mismos y lo que son, y mostrándoles los peligros y las consecuencias de tomar ciertas decisiones equivocadas… Todas estas enseñanzas no son una poción milagrosa, pero sin duda son el único camino posible para que no tomen una equivocada decisión que, no olviden, en la práctica depende únicamente de ellos: cuando se enfrenten a la situación estarán ellos solos, y lo que es seguro es que ustedes no estarán delante.
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El cáncer del interés personal sobre el general o La falta de sentido de la responsabilidad colectiva
Como les ocurre a muchos de mis conciudadanos, dada la actual y profunda crisis por la que atraviesa España, pienso habitualmente sobre cuál es el origen del verdadero problema que nos ha traído hasta aquí, y cómo se podría solucionar, o al menos, evitar que vuelva a ocurrir.
Supongo que a estas alturas de la película, estarán ustedes de acuerdo en que el carácter económico de la actual crisis no es más que la punta del iceberg, tan solo un síntoma de una enfermedad mucho más grave, con raíces profundamente arraigadas en la clase política y parte del resto de la sociedad española. Sí, hablamos de un cáncer, una enfermedad que no me atrevo a decirles si algún día seremos capaces de superar pacíficamente o no, pero que en todo caso es una enfermedad seria y bastante más extendida de lo que a priori cabría pensar. Y digo cáncer por su carácter ya generalizado, y porque cada vez que se quita un tumor vuelve a aparecer otro provocando los mismos síntomas en un paciente que cada vez tiene menos paciencia.
No me argumenten que nosotros ya hemos pasado lo peor. Esta afirmación me parece demasiado atrevida. Tal vez hayamos tocado fondo y estemos patinando en él, pero es un fondo en el cual, si no se mejoran muchas cosas, podemos permanecer mucho tiempo… por no hablar de que, si no se toman las medidas correctas a tiempo, nuestra economía podría sondar nuevas profundidades. ¿Por qué digo esto?. Muy sencillo, las condiciones económicas actuales son excepcionales, ha habido inyecciones masivas de dinero por parte de ciertos bancos centrales. Un dinero que se ha impreso y cuyos tenedores han salido por todo el globo a la caza de rentabilidades. Ello ha derivado en una burbuja colosal en bonos gubernamentales de los países más desarrollados, los safe havens que ya no lo son, pero también de optimismo desaforado en bonos de países no tan seguros, como es el caso de España. La situación económica actual, en la que parece que las tensiones se han relajado, es un mero espejismo provocado por un mercado inundado de dinero. Y no olviden que el papel moneda es papel mojado, no tiene ningún valor más el que se le quiera dar, y su escasez o abundancia es uno de los factores que más influyen en ello.
Está claro que ha habido en toda esta crisis un problema de gestión, y la gestión es responsabilidad de nuestros políticos, pero… ¿Quién les elige?. Ahí radican los problemas de nuestra sociedad, que van más allá de lo que se ve a simple vista. No eximo en absoluto de culpas a una clase dirigente que no dirige más que en base a sus intereses personales pero, nos gusten o no, están ahí porque nosotros les elegimos. Si me dirijo a ustedes y les hago notar su responsabilidad personal, es porque ustedes y sus valores son la única esperanza para solucionar este lío tremendo. Ya he desistido de intentar apelar a la responsabilidad de nuestros políticos: parecen no querer tener solución. La peor consecuencia de una corrupción generalizada es que también se corrompan los ciudadanos. Resistan, no renuncien a su honradez. Dejen la corrupción para los corruptos, y vuelvan a sentirse orgullosos de tener un expediente inmaculado.
Seguro que si les voy citando miserias de nuestra sociedad son capaces de reconocerlas. Seguro que si reflexionan un poco, aceptarán que esas miserias afectan a la forma de pensar de ciudadanos que tienen derecho a voto. Seguro que podemos afirmar que, además, algunos de esos ciudadanos llegan a dirigentes. Esto es una peligrosa y contaminada cadena de valores equivocados que transmite muchos problemas que ya hemos analizado en posts anteriores: la cultura del éxito (monetario) rápido y sin esfuerzo, la poca tolerancia al fracaso, el poner el interés personal siempre por delante del interés colectivo, el no valorar ni ser capaces de tomar decisiones tan sólo porque son por el bien común, el cortoplacismo, la corrupción y el amiguismo, la ambición, la mentira, el pretender llevar siempre razón, el no tener capacidad de autocrítica y no reconocer nunca los propios errores… y así hasta un largo etcétera. Son evidentemente cualidades que fácilmente encajarán en muchos de nuestros dirigentes, pero si se fijan bien, también en muchos de los círculos sociales en los que se mueven. Y hay un factor más que me gustaría destacar: el no reflexionar y no pararse a pensar antes de decidir cosas importantes; si me permiten la licencia, les pondré este blog como ejemplo de intento personal para solucionarlo.
En lo que se refiere a nuestros dirigentes, si se dan cuenta, el quiz de la cuestión radica en que hoy en día muchos hacen, prensa mediante, que su interés personal acabe pareciendo ser el interés común. Según el concepto que yo tengo de la política, la realidad es que esta relación debería ser exactamente a la inversa: el político debe hacer que el interés común acabe siendo su interés personal. Y no se olviden de que además esto deberíamos hacerlo extensivo al conjunto de los ciudadanos y agentes socioeconómicos. Es algo que existió en otros momentos de nuestra historia reciente, por ejemplo en la transición, y a lo que me resisto a renunciar por mucho que la triste realidad se empeñe en hacer parecer que es algo inalcanzable.
Si les soy franco, tengo el profundo convencimiento de que esto lo podemos solucionar entre todos. Aún estamos a tiempo. Pero también es cierto que, cuanto más tarde, más difícil se vuelve la solución, puesto que, con cada zambullida de nuestra economía, más abajo queda el listón desde el que hay que empezar a recuperar.
Mentalícense, hay que rediseñar y reconstruir nuestro sistema socioeconómico de abajo arriba, pero también nuestra sociedad. A los dirigentes que hemos sufrido les damos absolutamente igual, independientemente del color que sean, de que sean políticos, sindicalistas o empresarios, gestores o negociadores… No se engañen, si la cosa se pone realmente fea, ellos se irán con sus millones a un país seguro. El dinero no tiene nombre, y toda frontera es permeable a un buen fajo de billetes. Los que nos quedaremos aquí con el desastre somos nosotros, ustedes y yo. Estamos solos, muy solos, pero recuerden que somos muchos, más que ellos y, lo que es más importante, nosotros les elegimos. Ahí está nuestra fuerza.
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La prostitución mental o Cómo las personas y empresas se doblegan ante el interés y el poder
Empezaré este post introduciéndoles a una situación que viví hace unos años en la empresa en la que trabajo. ¿Recuerdan aquel caso de un iraní que le arrojó ácido a su mujer a la cara dejándola totalmente desfigurada?. Estábamos en una reunión de un proyecto unas 15 personas, y una de ellas, con poder y capacidad de decisión, sacó de ex profeso el tema para decir “que a saber cómo le pondría ella a él para que le acabase haciendo eso”. Los demás asistentes a la reunión permanecieron impasibles, y algunos incluso asentían con la cabeza.
Seguramente estarán ustedes pensando… ¡Qué hombre más cruelmente machista!. Pero se equivocan ustedes de pleno, y no precisamente en el adjetivo, sino en el sustantivo: no era un hombre, sino una mujer, la que hizo semejante comentario. Es más, había también otras mujeres en la sala, que no despegaron la boca, y algunas de las cuales eran de las que incluso asentían. Creo que no es necesario entrar a valorar el comentario ni las actitudes que hay tras él, pero creo que sí que merece la pena pararse a pensar en la razón por la que el resto de los presentes, y en especial las mujeres porque les debería resultar más sencillo sentirse identificadas con la víctima, adoptaron la actitud que adoptaron.
Un punto importante, y que no sirve de excusa en absoluto, es que, seguramente, la gran mayoría de los que allí estaban mentalmente sintieron rechazo hacia la mujer machista. Pero una cosa es lo que la gente siente, y otra muy distinta lo que la gente expresa.
No se me equivoquen, lo que quiero abordar en este post no es cuestión de feminismo ni de machismo, sobre lo que me gustaría reflexionar es simple y llanamente sobre las actitudes sociales que pueden llevar a las personas a ocultar totalmente sus valores si la situación lo requiere. ¿Cómo calificarían ustedes estas actitudes que presencié por las cuales nadie llevó la contraria a la mujer machista a pesar de sentir un rechazo frontal por su comentario?. ¿Cuál creen que es el origen de esta forma de comportamiento?. ¿Por qué la gente renuncia a sacar la cara a una víctima?.
Personalmente, yo calificaría estas actitudes como prostitución mental, tanto en el caso de ellas como de ellos. A cambio de no hacer un comentario de desaprobación que pueda llevar a un conflicto personal, a la pérdida de una venta, a la pérdida de influencia, etc. la gente es capaz de no decir nada, e incluso asentir, ante un comentario semejante. Están alquilando momentáneamente sus valores, su actitud, su apoyo, y hasta su imagen personal ante los demás, a cambio de un beneficio material o inmaterial. Por eso yo lo llamo prostitución mental.
Les seré sincero y les confesaré que estoy harto de ver en la empresa en la que trabajo cómo viene un comercial tras otro a cual más adulador. Todos intentando simular simpatía y amistad por personas a las que hay veces que repelen en el mejor de los casos. Todos intentando ganarse los favores de los jefes con capacidad de decisión cuando tienen interés en ello. Es éste a veces un mundo de interesados y de hipócritas, en el que ninguna relación puede darse por segura ni por verdaderamente correspondida.
Y lo más triste del asunto es que este microcosmos de la reunión en la que acontecieron estos hechos, creo que es extrapolable al conjunto de la sociedad, y que la mayoría de los individuos reaccionarían de la misma forma interesada y deshumanizada. Es por ello por lo que conforme pasan los años, aprendo a valorar más tanto la sinceridad (aunque a veces duela), como a las personas del tipo “Yo soy como los juncos, yo me rompo pero no me doblo”. Éstos son individuos que tienen unos valores a los que, de una forma u otra, se mantienen fieles hasta las últimas consecuencias. Y esto, señores y señoras, se llama coherencia, una cualidad personal encomiable pero que está en serio peligro de extinción en nuestra sociedad. Una cualidad personal que sólo entienden aquellos que la tienen, porque los demás ven con naturalidad “adaptarse” al entorno (hilarante eufemismo), y a menudo califican de inadaptados sociales a los que la poseen, porque ni si quiera se pueden imaginar sus motivaciones. Una cualidad personal que, por un potencial beneficio, muchos ponen a la venta en el tablón de anuncios de nuestras empresas.
Me alegro enormemente cada vez que veo que aún queda gente que no sólo no pone ningún precio a su coherencia personal, sino que además la ejerce aún a riesgo de poner en peligro sus relaciones, su bienestar, e incluso hasta su integridad. Y sinceramente, espero que ustedes se alegren también por ello. Si la mayoría de la sociedad fuese así, quedaría al descubierto quién es quién en realidad, pero claro, a algunos eso no les interesa en absoluto. Ahora es a ustedes a los que les toca pensar en qué lado están: ¿Son ustedes de los coherentes o de los que se «adaptan»?.
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Spanish Beautynomics o Cómo cumplir sus objetivos anuales puede garantizarle el despido
Las sociedades humanas solemos ser muy críticas con otras sociedades, y sin embargo profundamente autoindulgentes con nosotros mismos, una mera extensión de actitudes individuales tristemente habituales. Europa no es una excepción, y de hecho las sociedades europeas muchas veces tachan a la sociedad norteamericana de poco crítica consigo misma. En el fondo, los seres humanos no somos tan diferentes como a veces nos hacen creer y, sin querer hacer ni una crítica ni una defensa de la sociedad estadounidense, sí que me gustaría hacerles notar las excelentes piezas de autocrítica profunda que a veces este país produce.
Siempre he considerado la película «American Beauty» una de estas obras de incalculable valor, y el tema que hoy les traigo lo calificaría como la «American Beauty» del mundo económico americano. La pieza en cuestión que me dejó fascinado hace unos meses proviene del que posiblemente sea uno de los mejores periódicos del mundo, el norteamericano New York Times: «The Self-Destruction of the 1 Percent«. Les recomiendo encarecidamente la lectura de este artículo, pero en caso de que no tengan el tiempo o las ganas de hacerlo, les resumiré que habla de cómo en el siglo XIV Venecia era una de las ciudades más ricas del mundo, y en la base de su riqueza estaba la “Colleganza” un sistema que garantizaba la colaboración entre los comerciantes ya acaudalados y los emprendedores recién llegados. Era una suerte de sueño americano de hace 700 años. El declive llegó cuando la clase acaudalada se volvió oligarquía, y mediante el Libro de Oro y la “Serrata”, prohibieron la “Colleganza”, cerrando las puertas a cualquier emprendedor que no formase parte de los clanes dominantes. Las clases dirigentes pasaron a mirar tan sólo por su propio interés, y no por el interés general del sistema, una actitud cortoplacista que acabó trayéndoles su propio final, junto con el de la prosperidad económica de la ciudad-estado veneciana. El resto del artículo diserta sobre si el sistema norteamericano está corriendo la misma suerte que el veneciano, y las preguntas que se plantea el autor son profundas. El nepotismo puede ser un importante factor responsable del deterioro del sistema capitalista y, dicho sea de paso, de cualquier otro sistema pasado, presente o futuro. El nepotismo no tiene su origen en el sistema de turno, sino en la propia naturaleza humana de algunos, cuyo egoísmo les hace buscar por todos los medios la prosperidad económica para su entorno más cercano, incluso aun a costa del resto de la sociedad.
Y por no dejar solos a los americanos en su feroz y constructiva autocritica con símbolo de dólar, a continuación les contaré un caso ocurrido en España y que nos hace entrever cuan agotado está el sistema actual de no cambiar bruscamente el rumbo de la nave. Un conocido, que tenía buenas relaciones con una gran empresa española, entró a trabajar en un proveedor de dicha empresa. Mi conocido, en el plazo de un año, multiplicó la facturación con la empresa por cinco. Contento por sus logros, tuvo su reunión de revisión de objetivos anuales, y esperando una reunión triunfal y un bonus generoso, se encontró con todo lo contrario: una carta de despido y ni un euro del bonus. No se lo podía explicar, e inició un proceso judicial con el proveedor. En paralelo consiguió un nuevo trabajo en otro proveedor de la misma gran empresa, y de nuevo en el plazo de un año y poco multiplicó la facturación con ellos por siete. De nuevo le volvió a ocurrir lo mismo y le despidieron sin agradecimiento ni bonus. Inició otro proceso judicial con el segundo proveedor. En el primero de los procesos judiciales la empresa proveedora incluso llevó a cinco ejecutivos que cometieron perjurio, pero gracias a que diversos empleados de la gran empresa declararon también en el juicio y confirmaron el incremento de las cifras de ventas mientras mi conocido era gerente de la cuenta, ganó el juicio. El segundo juicio también lo ganó. Y en el transcurso de ambos procesos judiciales se fue enterando del oscuro motivo oculto tras sus dos misteriosos despidos. En ambos casos él convirtió una cuenta poco importante en una cuenta no sólo relevante, sino también apetecible por las jugosas comisiones que suponían las nuevas cifras de ventas que él había conseguido. Y claro, este hecho enseguida atrajo el interés de los altos directivos de la compañía, que no se preocupaban por asegurar la prosperidad del negocio a largo plazo premiando a un account manager que había demostrado una enorme valía, sino que lo que realmente les interesaba era colocar a uno de sus allegados en la ahora suculenta cuenta para que se llevase él las comisiones, cosa que ocurrió en ambos casos.
Finalizo ya este post que tan sólo pretende ser mi contribución personal a esa constructiva autocrítica que permite mejorar los sistemas socioeconómicos y que, sin grandes pretensiones, me gustaría calificar de «Spanish Beautynomics», parafraseando el título de la famosa película autocrítica americana con la que abría este artículo, y pretendiendo abrir un cortafuegos que nos permita salvar los muebles y servir de refugio a las muchas personas éticas y honradas de este país. El tema no es en absoluto baladí, si lo piensan bien, en ello radica el origen de la mayoría de los problemas que aquejan a España SA, siendo esto un aspecto más del cortoplacismo generalizado que nos aqueja. Les he expuesto dos ejemplos del entorno empresarial, pero el diagnóstico no es cáncer sino metástasis, y todos los agentes socioeconómicos tienen las mismas vías de agua. No cometan el error de particularizar en un ente aséptico y pensar «La culpa es del gobierno», o «de la oposición», o «de las empresas», o «de los sindicatos». Todos los agentes socioeconómicos al final están dirigidos por personas. El problema son los individuos, más concretamente ciertos tipos de individuos, y los individuos no olviden que salen de la sociedad. España necesita un líder carismático que regenere instituciones, sindicatos, empresas… y la sociedad en su conjunto. Eso sí, estarán de acuerdo en que a alguien que va a tener tanto poder de cambio hay que elegirlo con mucho, pero que mucho cuidado. El riesgo es alto, pero ¿No es más alto el riesgo de la alternativa?, y ahora mismo no tengo muy claro ni siquiera si la hay. El peor legado que nos dejan las cabezas de la Uglynomics es que cada vez hay más gente que no cree en nada, y eso es lo más peligroso.
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Cómo conseguir que su smartphone trabaje por ustedes o La propagación del mundo geek
Hoy tengo dos puntos que tratar con ustedes, y ambos están relacionados entre sí. El primero es una aplicación que cambiará radicalmente el uso que hacen de su smartphone. El segundo son las vertiginosas consecuencias en nuestro modo de vida que aplicaciones así están suponiendo para todos nosotros.
Empecemos por la primera. Tasker. Una aplicación que uso desde hace unos meses y que, entre todas las que he conocido hasta ahora, es la más revolucionaria, pues permite multiplicar por mucho las capacidades de su smartphone. Hasta ahora los smartphones eran herramientas que ejecutan aplicaciones que de alguna manera nos dan un servicio, pero casi siempre había que alimentarlas con datos y acciones que permitían explotarlas. Tasker es diferente. Con Tasker habrá un antes y un después en cómo interacciona usted con su móvil, o más bien, en lo que su móvil hará de forma automática por usted. Sí, como lo oye, con Tasker su móvil por si solo hará por usted muchas cosas sorprendentes.
Por describirles esta potente aplicación un poco más, sin entrar en detalles técnicos, les diré que es una suerte de entorno de desarrollo simplificado que, tras familiarizarse un poco con la herramienta, permite a un usuario medio programar de forma muy simple acciones que su smartphone ejecutará y que normalmente tendría que hacer usted mismo. Por ponerles algunos ejemplos puedo decirles que Tasker permite que su smartphone detecte él solo cuando usted sale de su trabajo y que le envíe un SMS a su mujer avisándole que está de camino a casa (sé que a algunos no les gustará nada esta posibilidad, pero cada cual que le dé el uso que quiera), o por ejemplo que cada vez que llegue usted al trabajo su smartphone se ponga por sí mismo en modo vibración sólo mientras usted esté trabajando, o que al llegar a casa active la Wifi y se conecte automáticamente a ella, y que cuando detecte que usted ha tomado la autovía de salida más cercana a su casa, que active automáticamente la antena GPS y lance la aplicación de aviso de radares. Las posibilidades son innumerables. Descárguense la herramienta, jugueteen con ella y con su manual de ayuda, y sorpréndanse. La única restricción es que es un tipo de aplicación que solo tiene sentido y es posible en un ecosistema abierto como Android. No es que tenga nada en contra de los Apple-fans, pero la filosofía abierta de Android tiene también sus ventajas, y ésta es una de ellas, que con Tasker se traduce en hacer de nuestros Androids herramientas únicas, sin comparación a día de hoy en el mercado de smartphones. Y el día que se generalice que las aplicaciones permitan ejecutar ciertas acciones invocándolas por línea de comandos desde Tasker, entonces las posibilidades ya serán cuasi-infinitas.
Una vez hechas las presentaciones sobre esta fantástica aplicación, pasemos a la segunda parte, que es la que más nos interesa según les tengo acostumbrados en este blog: el futuro hacia el que nos lleva este tipo de avances. La consecuencia más importante que veo es que, con aplicaciones así, no sólo la tecnología, sino incluso también las auténticas tripas de la tecnología, son accesibles a cualquier usuario con un poco de interés y tiempo. Se acaba la época de los complejos procesos técnicos a ejecutar para conseguir que la tecnología haga para nosotros algo más que lo accesible a la mayoría de usuarios. Se acaba la época en la que hacen falta conocimientos y formación para hacer muchas cosas. Todo eso se acaba. Con la auténtica y revolucionaria democratización de la tecnología que han traído los smartphones, y ahora más aún con aplicaciones como Tasker, todo eso es cosa del pasado. A partir de ahora, casi cualquiera podrá hacer cosas antes reservadas para unos pocos. Salvo determinadas parcelas, el desarrollo informático se vuelve mainstream. Con las apps los ciclos de vida de un nuevo servicio se han reducido extraordinariamente, especialmente la fase en la que era necesario promocionarse y cultivar una comunidad naciente de unos pocos expertos y entendidos que fuesen apoyando año tras año una nueva tecnología y contribuyendo a su popularización. Lo geek, o el frikismo tecnológico, deja de ser algo distintivo de una minoría, y la minoría serán aquellos que no lo sean.
Hay otras consecuencias más generales que traen este tipo de aplicaciones, pero que ya fueron despuntando con la llegada de los smartphones. No sólo se difumina el concepto de geek o tecno-friki, también se difumina el concepto de early-adopter. La sociedad en general ha descubierto con los smartphones la gran utilidad que tiene la tecnología, y ha cambiado la percepción general de los ciudadanos sobre lo técnico. Ahora todos tenemos una gran predisposición a usar nuevas aplicaciones que nos den nuevos servicios que nos permitan comunicarnos con los demás, compartir fotos, informarnos, etc. Desde los albores de internet y hasta hace unos pocos años, los early-adopters eran esas personas que siempre estaban abiertas a usar nuevos servicios y aplicaciones. Hoy en día, casi todos somos conscientes de lo que una nueva aplicación te puede simplificar la vida y ayudarte. Hoy en día, casi todos buscamos soluciones en Google Play o la AppStore. Hoy en día, casi todos nos instalamos en unos segundos una nueva aplicación que nos ha recomendado un amigo… Hoy en día, casi todos somos early-adopters. Los early-adopters han muerto como tales, vivan los nuevos early-adopters.
Con este post no quiero que se queden con la sensación de que ninguneo a los early-adopters y a los geeks. Nada más lejos de mi intención que echar piedras sobre mi propio tejado. Estos grupos, muchas veces coincidentes, han desarrollado y van a seguir desarrollando un papel de punta de lanza fundamental en la tecnificación y progreso tecnológico de nuestra sociedad. Lo único que trato de decirles es que a partir de ahora casi todos seremos geeks y early-adopters de lo que nos haga falta y nos interese. Un gran éxito de la comunidad geek, sí señor, pues éste ha sido normalmente uno de sus grandes y desinteresados objetivos. Como muestra pueden pensar que son muy pocos los geeks que no se sienten realizados cuando ven a su abuela utilizando Whatsapp.
La reflexión con la que les dejo hoy trata de cómo esta tecnificación general de la sociedad, que al fin y al cabo es una suerte de educación en el campo tecnológico, nos puede llevar a nuevas cotas de progreso desconocidas hasta ahora, y puede acelerar aún más un proceso que ya de por sí era exponencial hasta ahora. Por último, déjenme darles una calurosa y esperada bienvenida al mundo de la programación. Les estábamos esperando desde hace años. Sin duda, descubrirán cómo la programación es creatividad en estado puro, y además ayuda a estructurar la mente, especialmente la de los niños y adolescentes. El límite se lo pone sólo el entorno de desarrollo informático, las posibilidades se las dará su propia imaginación. Sin duda, como con cualquier creación propia, disfrutarán y se realizarán con ello, y de paso formarán parte de un futuro que empieza hoy.
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