Archivos Mensuales: octubre 2015

El impacto del pánico colectivo sobre el progreso o El lógico miedo ante lo desconocido

Hace algún tiempo leí un extracto de prensa de finales del siglo XIX en el cual el autor reflejaba la preocupación existente en la época por las velocidades alcanzadas por el entonces revolucionario ferrocarril. Más concretamente, la sociedad se preguntaba por los efectos sobre la salud de viajar a una velocidad tan desorbitada como los 60Kmh alcanzados en la época, pues en muchos círculos se pensaba que a largo plazo era perjudicial para el cuerpo humano.

Obviamente, el discurrir de los años y el progreso han demostrado que aquellos miedos eran totalmente infundados, y hoy en día viajamos a velocidades muy superiores sin efectos nocivos para la salud. Pero no es este hecho concreto en el que me quiero detener para reflexionar con ustedes. Lo que nos interesa de este tema es cómo el miedo ante lo desconocido puede frenar el progreso, o, si se mira desde el otro punto de vista, cómo un supuesto avance puede desencadenar un cataclismo socio-sanitario en el planeta.

Para empezar, es justo decir que el miedo es humano y… necesario para nuestra supervivencia, puesto que implica precaución, lo cual permite anticiparse a futuros problemas. Pero, ¿Hasta qué punto en estos temas nos estamos preocupando por algo real, o estamos frenando el progreso humano con miedos vanos e infundados?. Cada tema en el que se nos plantea este tipo de disyuntiva es total y técnicamente distinto, por lo que es imposible generalizar. Pero es cierto que lo desconocido es imprevisible por nuestra propia ignorancia en el tema, con lo que lo menos que podemos hacer es poner las tecnologías en cuarentena gradual y controlada, hasta que el paso de los años vaya demostrando si verdaderamente son inocuas. El problema es que, cuando hay negocio detrás, este “gradual y controlada” puede pasar a obedecer más a necesidades de mercado que a prudencia y reglamentación sanitaria.

Con la evolución exponencial de la tecnología que se da en nuestros días, tenemos diversos campos y ejemplos en los que nos enfrentamos a estos problemas. Por la generalización de las comunicaciones móviles, tal vez el más mediático de ellos sea el de cómo las radiaciones electromagnéticas pueden afectar a la salud. Algo que no está demostrado que sea perjudicial… pero que tampoco está demostrado que sea inocuo.

Otro campo de ignorancia en el que la evolución la tecnología es superior al de nuestros conocimientos sobre su impacto en la salud, es el del modo de vida del siglo XXI. La masiva disponibilidad de información, así como su inmediatez, se traducen en una sobre-estimulación sensorial y de actividad cerebral que no se ha dado nunca antes en la historia de la humanidad. Ya no hay esperas mirando el techo, ya no hay ratos de aburrimiento, casi todo es híper-conexión y permanente actividad mental, bien sea leyendo, bien sea escribiendo. Los niños tampoco están a salvo de esta tendencia, puesto que, aunque su grado de contacto con la tecnología suela ser inferior al que tienen los adultos, hay una tendencia generalizada a sobre-estimularlos permanentemente con actividades que, si bien en cierta medida pueden ser beneficiosas, llevadas a los niveles habituales de hoy en día algunos opinan que pueden ser causa de diversas anomalías de comportamiento, que muchas veces no veremos hasta que sean mayores dentro de unos años.

Un último avance en torno al cual se está creando cierto pánico colectivo es el que se refiere a las pantallas retroiluminadas y sus efectos sobre la visión. Las pantallas LCD emiten mucha más luz de onda corta que la existente en nuestro entorno natural. Es por ello por lo que ciertos sectores están alertando de los efectos a largo plazo sobre la visión que puede provocar leer en las pantallas de smartphones, tablets y pantallas planas. De nuevo, no sabemos a ciencia cierta qué es real y qué infundado, pero hay gente que cree que el “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago puede ser más factible de lo que pensamos.

Me despediré hoy aconsejándoles que, aunque no es cuestión de volverse un Amish, no es conveniente abusar de tecnologías cuyas consecuencias son aún desconocidas a largo plazo. Tal vez en unos años ciertas precauciones les sonarán ridículas, al igual que les parecerá hoy en día la del ferrocarril del siglo XIX que abría este post, pero lo que es seguro es que es preferible pensar que uno se ha pasado de prudente, a pagar unas consecuencias que pueden afectar gravemente a nuestra salud y la de los que nos rodean. No cometan el error de creerse más inteligentes que sus antepasados de hace dos siglos, la genética no avanza tan rápido. Somos igual de inteligentes, tan sólo estamos técnicamente más avanzados. Si ustedes hubiesen nacido hace doscientos años, seguramente tendrían los mismos miedos y se harían las mismas preguntas sobre la velocidad. Y recuerden, por mucha opinión formada que puedan tener sobre un tema, por mucha información que hayan podido leer al respecto, nadie, repito nadie, puede adivinar el futuro. Y ante la incertidumbre, lo mejor es optar por la prudencia en su justa medida.

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Cómo los anti-éticos no entienden qué mueve a los éticos o El fácil recurso de creerse comprendido

¿Por qué la gente que carece de la ética más fundamental no es capaz de comprender ni de lejos a la gente que tiene unos valores y una ética bien definida? ¿Qué es lo que pasa por la mente de los anti-éticos para poder conciliar el sueño cada noche? Hoy les cuento un caso real de un directivo de empresa, que podía haber sido también protagonizado por un sindicalista.

¿Se han dado ustedes cuenta de que casi siempre la gente de su entorno que muestra comportamientos que usted calificaría de poco éticos no comprende nunca lo que mueve a personas con valores? Es un hecho que me llama poderosamente la atención. No es que los anti-éticos no sepan comportarse de forma ética, no es que no se den cuenta de que hay otros pareceres distintos a los propios, no es que no se planteen que otros se comportan de forma tal vez más apropiada… No es nada de eso, simplemente es que no son capaces de entender ni de lejos qué demonios es eso que mueve a otros a comportarse éticamente.

Antes de seguir, querría aclararles que ni yo ni ustedes somos el monolito de la ética; a buen seguro que tenemos todos nuestros agujeros personales que, en el mejor de los casos, hemos ido parcheando como hemos podido con el paso de los años. Pero no es mi pretensión abordar la escala de grises de la ética ni su relativismo, más bien me gustaría centrarme hoy en las situaciones en las que el panorama es tan negro que la escala de grises ni se distingue, además de reflexionar con ustedes sobre lo que una amiga presenció hace poco en la empresa en la que trabaja.

Esta empresa, como muchas otras, atraviesa serias dificultades económicas. Los altos directivos han sacado a pasear los cuchillos largos. Recursos Humanos es de todo menos humanos. La plantilla está atemorizada por perder su puesto de trabajo. Y por qué no decirlo, también muchos directivos temen por su puesto de trabajo, pero deben acatar estrictas órdenes dictadas desde unos niveles superiores que han establecido un cordón sanitario, lo que les da un esterilizado aislamiento respecto a los empleados: claro, es mucho más fácil despedir al empleado número X que a Julián “el de la Tesorería”, con su mujer en el paro, hipoteca y tres pequeñas bocas que alimentar en casa.

En una reunión en petit-comité, mi amiga y algunos colegas estaban comentando cómo en otras áreas de la compañía estaban ejecutando despidos masivos, y cómo desde la central europea se les habían comido el terreno. Los directivos españoles, para su desgracia, no habían actuado como los directivos de las filiales de otros países, sino más bien todo lo contrario. Cuando ya se percibe el metálico sabor de los machetes laborales, allí donde italianos, franceses, alemanes o ingleses han tomado posiciones luchando por llevarse todo el trabajo posible para su país a fin de justificar puestos de trabajo, allí donde casi todos han defendido lo suyo a capa y espada, la mayoría de los directivos de la empresa de mi amiga habían regalado sus mejores castillos y liquidado sus mejores activos, con el acomodado beneplácito de ciertos elementos sindicales, por cierto. Los curritos de a pie están luchando desde las últimas atalayas por defender los rescoldos de un castillo de naipes que se viene abajo; sin ningún respaldo, sin ningún apoyo, lo hacen con honradez y pensando en que la alternativa de la sumisa rendición no es ni ética ni justa.

Delante de uno de los directivos que parecen haberse entregado voluntariamente, exponían lo vulnerables que se sentían en su kamikaze lucha de oficina por defender algo que desde arriba habían entregado sin condiciones. Le decían que no entendían cómo habían llegado a esa situación, que cómo los directivos habían claudicado de esa manera… Escuchó sus inquietudes, y a continuación pasó a hablar para describirles una realidad cuya existencia yo ya entreveía, pero que, sinceramente, no me hacía falta confirmar con una plenitud tan cruda.

“¿Qué cómo van a conseguir doblegar al jefe de Contabilidad? Muy fácil, como me han hecho a mí. Un día te empiezan a preguntar por el contenido de los puestos de tus subordinados, por los perfiles de la gente, por su categoría laboral… y al principio tratas de defenderlos, intentas demostrar que todos son imprescindibles… hasta que un día, el ejecutivo de la central se cansa de tu protectora persistencia y te dice… el problema es que creo que tú no estás alineado con el cambio”. A partir de aquí ya la conversación bajó a las cloacas cuyo hedor hace sospechar a nivel de calle del submundo que nos rodea. Prosiguió el directivo: “A eso yo le contesté directamente que a cuántos y a quién quería que despidiese, y que, llegados al extremo, me valía yo sólo para hacer todo el trabajo del departamento”. Y por si esto fuera poco continuó, no estando ya alineado con el cambio, sino queriendo demostrar ser parte ejecutora de él: “En este área debes despedir a la gente de uno en uno, pero en ésta otra deben salir de diez en diez”. Parecía que había pasado ya a hablar de cómo quitarle las pulgas a un perro. Había visto su propio puesto en entredicho, y sólo eso le había hecho reaccionar como un resorte para servir en bandeja de plata todas las cabezas que estaban a su alcance. Todo ello con el traicionero agravante de que dos de las personas de su departamento son íntimos amigos suyos, pero amigos de los de quedar los fines de semana.

Lo de que el capitán es el último en abandonar el barco no sólo suena a heroicas películas de ficción, sino que queda claro que las ratas son las primeras que lo abandonan para intentar llegar al bote salvavidas aún a costa de vender a sus confiados subordinados como carnaza para los tiburones. Pero, dado el panorama nacional en España, todo esto me resultaba más o menos imaginable, la pregunta que yo me hago es otra: sin estar obligado a ello, ¿Por qué este directivo les contaba eso? Yo desde luego, en su lugar, al menos, me sentiría terriblemente avergonzado. Él no; es más, se lo contó abiertamente, sin tapujos, sin reservas, sin ni siquiera ponerse colorado. ¿Por qué?

La razón es muy sencilla, y para darles una respuesta saco a relucir una de las geniales frases de nuestros abuelos: “Cree el ladrón que todos son de su condición”. Estoy convencido de que este directivo les contó sus miserias casi personales porque simplemente él estaba profundamente convencido de que cualquiera en su situación habría actuado igual. Es lo que les decía antes, los anti-éticos (sean directivos o sindicalistas) no entienden qué mueve a los éticos, pero ni de lejos; no pueden entender algo que ni siquiera conciben, porque sus valores los subastaron hace tiempo al mejor postor. Para tener la conciencia tranquila recurren al fácil recurso de creerse comprendidos. Pero no señores, no. A estas personas les digo desde aquí que “Ustedes no lo entenderán, pero hay otra forma de actuar, y lo más meritorio es haya gente que sea capaz de adoptar un papel ético aún a costa de arriesgarse a perder su propio puesto de trabajo. Los éticos cometerán sus errores, tendrán en algún caso una escala de grises algo más oscura de lo deseable, pero tratan de ser justos consigo mismos y con su conciencia en primer lugar, y por supuesto también con los demás. A ustedes ni se les entiende ni se les justificará jamás, porque hay cosas que no son grises, sino evidentemente negras, y su negro es tan oscuro que absorbe cualquier destello de luz que pueda surgir de los pocos valores que nadie os quiso comprar ni siquiera en eBay”. Estos anti-éticos siguen la máxima que decía el genial Groucho Marx parodiando a este tipo de personas: “Y estos son mis valores: si no le gustan tengo otros”. Y así nos va en este país, donde la contaminación de valores es tan generalizada que es complicado encontrar a alguien que busque el interés general, y que además esté dispuesto a entrar en esta rueda dentada de representantes de cualquier índole que sólo miran por su interés personal.

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