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La psicología laboral de negar las fatídicas evidencias o El rebaño que va mansamente al matadero

En una empresa de la que tengo referencias fidedignas por lo que me cuentan ciertos insiders, se está llevando a cabo un ajuste de plantilla más que dramático, más bien en ciertas direcciones se podría calificar hasta de un exterminio consumado. Empresas que tienen que tomar estas decisiones siempre las habrá en un libre mercado, el tema que les traigo hoy no se trata ni siquiera de las malas formas con las que a veces se abordan este tipo de eufemísticamente llamados “ajustes”, sino en por qué hay trabajadores que no son capaces de ver el negro futuro que les espera a la vuelta de la esquina.

Obviamente, las empresas que se ven en este proceso, no pueden dejar de dar servicio mientras que tengan una obligación contractual de hacerlo, o bien hasta el cierre, o bien hasta la transferencia de los procesos a la matriz o a cualquier participada radicada en la India o donde sea. De sus obligaciones contraídas surge la necesidad de mantener a la plantilla trabajando justo hasta el día de antes de apagar el interruptor en su planta española. Como toda necesidad de altos vuelos, ésta se traduce en unos jugosos objetivos para los directivos nacionales encargados de ejecutar el exterminio, pero que, por contradictorio que parezca, tienen también a la vez el encargo de mantener el servicio hasta el día D.

El bonus que les han puesto hace que estos directivos hagan todo lo posible por conseguir este objetivo, y de ahí deriva la casi siempre omnipresente forma de actuar en estas situaciones: no negar y hablar abiertamente de que hay un plan de “ajuste”, pero al mismo tiempo afirmar que se va a mantener a una “organización retenida” de la cual es muy interesante formar parte. A partir de ahí, la realidad se irá desvelando por capítulos, dando a conocer las decisiones cuando ya no quede más remedio, lo cual siembra el desconcierto entre la plantilla, y hace que la gente no sepa bien a qué atenerse. Pasando de puntillas sobre la actitud de esta clase de directivo, que antepone sin dudarlo su interés personal al interés común (ya comentamos este tema en  “El cáncer del interés personal sobre el general o La falta de sentido de la responsabilidad colectiva”), vamos a centrarnos más bien en cómo su plan les acaba funcionando en la mayoría de los casos de este tipo.

La psicología del empleado es la que nos interesa pararnos a analizar hoy. El plan que les he trazado antes a grandes rasgos es un plan milimétricamente concebido para que la mayor parte de la plantilla aguante hasta el final, son fases y acciones que me consta que aparecen en diversos manuales de management. Y para conseguir su objetivo no se centra en remuneraciones ni objetivos generalizados, eso sólo es rentable para unas pocas cabezas de la organización, sino que utiliza los sentimientos y las pasiones más primitivas de los trabajadores. Los sentimientos a los que se apela resultan ser más efectivos cuanto más viscerales y básicos son, y en estos casos principalmente son dos: el miedo y la esperanza.

El miedo surge de esa preparada frase en que se cita una “organización retenida” que va a sobrevivir. No hace falta decir que la mayoría de los trabajadores va a intentar por todos los medios formar parte de ella. Resulta obvio que esto es la zanahoria, pero es al mismo tiempo también el palo, puesto que, al que no se esfuerce por formar parte de ese selecto grupo, sólo le espera la desolada calle. Es el miedo a quedarse sin trabajo lo que hace que la plantilla vea como la salida más viable entrar a formar parte de los que se quedan, más aún en un mercado laboral como el español, donde a día de hoy no resulta demasiado fácil encontrar un buen puesto de trabajo. Pero aquí entra en juego el segundo sentimiento visceral y también muy humano: la esperanza. Y es este segundo sentimiento el que más nos interesa aquí por ser menos evidente y también muy efectivo. Esto es lo que hace que estas ovejas se dirijan mansamente al matadero, porque la mayoría de los trabajadores albergan la esperanza de estar entre los que se van a salvar. No hace falta decirles que, a veces, los elegidos son fugaces puestos utilizados tan sólo para acabar de ejecutar el despiece o liquidación final de la planta española de la empresa de turno, y que además de soportar una carga de trabajo extraordinaria en un entorno en el cual hay cada vez menos plantilla en la que apoyarse, acaban teniendo idéntico final al de las ovejas que entraron primero al matadero. Y, por cierto, detrás de todos ellos suele acabar yendo el responsable de Recursos Humanos que ha ejecutado los despidos: muerto el perro se acabó la rabia. Con este último despido se “limpian” los malos rollos de la escabechina, y los que quedan en la empresa perviven en un aséptico ambiente sanitariamente higienizado.

Pero esta conjunción de miedo y esperanza es mucho más fuerte de lo que cabría pensar. Conozco casos en los que mi insider dejó claro a ciertos compañeros de su entorno más cercano que no les esperaba nada bueno en el corto/medio plazo. La reacción fue aferrarse a lo que los directivos repetían como un mantra de que había que hacer un ajuste, que iban a formar parte de la “organización retenida”, y que los jefes iban a luchar por sus puestos. Son personas inteligentes, pero no se atreven a vislumbrar la realidad. Necesitan creer que tienen una salida medianamente segura, y los directivos se la ofrecen en bandeja de deslucido latón para utilizarles sólo mientras sigan siendo estrictamente necesarios.

Antes del párrafo final, simplemente me gustaría insistir en que este post no es una apología del mantenimiento de empresas no viables. No estoy en absoluto tratando de justificar que haya que mantener a flote una empresa que no es ni va a ser rentable. Si no, hoy en día aún tendríamos talleres de armaduras medievales por doquier.

Si por desgracia se encuentran ustedes en esta situación alguna vez en su carrera profesional, mi consejo es que traten de despegarse de la masa. No tengan miedo a no dejarse arrastrar por la seguridad de saberse rodeado por compañeros en la misma situación, analicen todos los datos y acciones, y piensen por sí mismos. Tengan en cuenta que la masa también se equivoca. Los primeros en salir voluntaria o involuntariamente en estos EREs son los que luego más opciones tienen de recolocarse, puesto que, sobre todo tratándose de una gran empresa como suele ser el caso de este tipo de procesos, no sólo las condiciones de salida suelen ser mejores al principio, sino que además el mercado se va a inundar de currículums y perfiles profesionales similares, y los primeros van a tener más opciones de copar los puestos que pueda haber disponibles. Y podemos pensar también en que, al final del proceso de finiquitar la planta española, el remanente de “organización retenida” es un volumen de personal importante, en el cual ya no hay un goteo asumible de bajas incentivadas, sino que supone un importe de indemnizaciones muy importante en un corto espacio de tiempo. Esta situación se presta a que algunas empresas busquen ahorros con prácticas muy cuestionables. Sean valientes, afronten la realidad cuanto antes mejor, y reaccionen para que sean ustedes los que dirijan el rumbo de su vida laboral hacia donde más les interese. En la vida hay ocasiones en las que no hay otra opción más que lanzarse a la piscina.

Los problemas de la edad adulta en edades inapropiadas o Los niños necesitan disfrutar de su infancia

El otro día, en el comedor de mi empresa, tuve la ocasión de escuchar la sorprendente (sino escandalosa) conversación de unos padres que estaban en la mesa de al lado. Hablaban de las edades cada vez más tempranas en las que los niños empiezan a beber alcohol. Lo escandaloso de la conversación viene ahora, pues estaban comentando el caso de un niño que conocían que ya bebía habitualmente alcohol los fines de semana. El niño en cuestión tenía tan sólo 12 años, y una de las madres dijo que “A ver, a los doce años es de tontos cogerse una borrachera de coma etílico, pero bueno, no pasa nada por tomarte tus cañitas con los amigos”.

Sinceramente, no doy crédito a los extremos a los que está llegando la sociedad de este país. En otros países estos problemas no están ni mucho menos tan generalizados, y menos aún la poca responsabilidad que hay entre algunos padres y madres como la de la épica cita anterior: dicha permisividad extrema lleva a algunos de nuestros jóvenes de forma natural a límites mucho más allá de lo comúnmente permisible. Por favor, estamos hablando de 12 años, una edad que ni siquiera entra en la adolescencia, una edad a la que el individuo ni está formado físicamente ni psicológicamente, y que no es consciente del delicado equilibrio que debe alcanzar su vida entre ocio, diversión y obligaciones. Eso por no hablar los numerosos estudios que atribuyen altas probabilidades de adicción por un consumo excesivo de alcohol u otras substancias a edades tan tempranas.

Pero esto no es nada comparado con lo que les voy a relatar a continuación. ¿Han oído ya hablar del “Muelle”? Es una práctica sexual cada vez más difundida entre los jóvenes españoles y españolas que se basa en convocar en un parking o explanada a varias decenas de personas de ambos sexos, y mantener relaciones sexuales entre todos conforme las chichas van pasando sucesivamente de un chico tumbado en el suelo a otro en algo que también se denomina ruleta sexual. Si no dan crédito a lo que les cuento, lean esta noticia aparecida hace meses en los medios “El Muelle: el nuevo y arriesgado juego sexual de los adolescentes”. Y de nuevo lo más impactante de todo son las tempranas edades a las que nuestros jóvenes se inician en semejantes prácticas.

Mi pregunta ante estos dos ejemplos es simplemente: ¿Qué hemos hecho mal nuestra generación de padres para que esto esté ocurriendo hoy en día? La respuesta de una amiga fue que damos a los niños todo lo que quieren, y que así los hemos acostumbrado a que todo lo que se pueden imaginar es algo que tienen el derecho de conseguir. Razón no le falta, puesto que realmente algo que define a la generación Ni-Ni es su creencia generalizada de que pueden exigir al sistema todo lo que desean, pero sin embargo rara vez se paran a pensar en su contribución al mismo ni en sus obligaciones como ciudadanos.

Pero yo creo que además hay otra causa que también es achacable a nuestro papel de padres. Podríamos llamarlo el efecto “Infancia robada”. Me explicaré. Considero que la infancia (y la vejez) son edades con su plenitud vital si se consideran adecuadamente. Pero el egocentrismo y la prepotencia de la edad adulta nos hace ver a los ancianos como cargas que empiezan a no valerse por sí mismos, y a los niños seres inmaduros que no tienen derecho a disfrutar de la vida como se merece la edad adulta. De ahí el tremendo error de algunos padres de querer “hacer mayores” a sus hijos antes de tiempo, cercenando su feliz infancia, en la creencia de regalarles los placeres adultos de la vida. La realidad es que algunos de nuestros niños sólo reciben un viaje iniciático a una edad impropia cuya inmadurez hace que se vean inmersos en un mundo y una dinámica para la cual no tienen ni mecanismos de contención ni de defensa. De esta forma vemos como muchos jóvenes acaban en personas sin medida a las cuales ya nada en la vida les satisface ni les dice nada, con todo lo que esto conlleva personal y socioeconómicamente, bien por insatisfacción y apatía personal, bien porque decidan ir más allá de las fronteras socialmente aceptadas e incluso legales para seguir consiguiendo esos placeres a cuyo nivel de oxitocina están ya acostumbrados.

Como conclusión de hoy, simplemente me gustaría hacerles notar que cada fase y cada etapa de la vida tiene su belleza y su forma de disfrutarla, y que hay que quemar etapas sólo a su debido tiempo. No crean que demuestran más confianza en sus hijos por permitirles o por hacer la “vista gorda” ante su iniciación en prácticas impropias de su edad. A mí me encanta jugar con mis hijos y ser su amigo tanto para compartir momentos como confidencias, pero en el fondo en el fondo, el papel que me ha tocado en esta vida es el de ser su padre. Hay momentos en los que los hijos necesitan tener un padre o una madre, y no sólo para apoyarse en él o ella, sino también para que les marque unos límites y les aconseje sobre los caminos que deben rechazar. Es más, si no lo hacen ustedes por sus hijos, les puedo asegurar que nadie más lo hará, o al menos no lo harán con el cariño y la delicadeza con la que usted lo habría hecho. Ejerzan de padres, para caminar a su lado y para enseñarles desde pequeños cómo elegir por si mismos su propio camino cuando ustedes ya no tengan la suerte de estar a su lado. No es infalible, pero es la mejor receta que puedo darles.

La falta de sentimiento de autocrítica en nuestra socioeconomía o El práctico recurso del anonimato

La crítica más útil y más acertada es la autocrítica. Somos nosotros mismos los que mejor nos conocemos, y por ello somos los que más podemos ayudarnos a evolucionar personalmente. Ahora bien, la autocrítica es una valiosa cualidad que en nuestras socioeconomías brilla por su ausencia, lo cual nos impide evolucionar personalmente, pero también socialmente y económicamente. Sigan leyendo y se darán cuenta de cómo enseñar a ser autocrítico es una urgencia social hoy en día.

¿No están de acuerdo en la falta de autocrítica generalizada que aqueja a nuestra sociedad? Pues vayamos con un ilustrativo ejemplo que a buen seguro pueden observar ustedes en su entorno una (sino varias) veces al día. Seguro que si sale el tema de la corrupción, la evasión de impuestos, y la economía sumergida, casi cualquier interlocutor que pueda usted tener enfrente va a proferir toda una serie de maldiciones contra todo aquel sujeto potencial sospechoso de cometer tamañas fechorías. Pero ahora bien, acto seguido, me ha ocurrido que, tras pasar a otro tema de conversación, mi interlocutor afirmaba con rotundidad que le había dicho al pintor que no le hiciese factura para ahorrarse el IVA. Estarán de acuerdo en que aquí hay mucha crítica y nada de autocrítica.

¿No les parece coherente lo que les estoy diciendo? Les pondré otro ejemplo. Tengo un conocido aficionado a disertar sobre los derechos de los trabajadores, los derechos de los inmigrantes, y los derechos de cualquier agente social y/o económico que exista en nuestro sistema. No es que esté en absoluto en contra de este discurso, pero me llama poderosamente la atención cómo sin embargo esta persona me consta que tiene una asistenta del hogar a la que no quiso hacerle un contrato oficial ni darle de alta en la Seguridad Social para ahorrarse unos eurillos de cotización. Y claro, su asistenta no tiene ni asistencia sanitaria, ni vacaciones, ni cotiza a la Seguridad Social.

¿Aún no están de acuerdo en que a nuestra sociedad le hace falta urgentemente una capa de autocrítica? El problema de los dos casos que les expongo no es que ocurran, desgraciadamente siempre hay individuos con conductas reprobables, el tema por el que les escribo hoy es porque casos como los dos que les he expuesto están tremendamente generalizados en nuestra sociedad. Tan generalizados que los considero una urgencia socioeconómica, no sólo por el impacto en la recaudación de impuestos y los derechos de los trabajadores afectados, sino además porque el problema real que subyace impide que nuestra socioeconomía progrese, y que nosotros evolucionemos como personas.

Y es aquí donde entra en acción la segunda proposición de la oración disyuntiva que lleva por título este post. El anonimato. Un tema esencial para el que suscribe. Los que me siguen ya saben que soy muy celoso de guardar mi identidad en las redes sociales. La razón es que en ellas escribo habitualmente opiniones críticas sobre mí mismo, pero también sobre la gente que me rodea; y como demasiadas personas a mi alrededor no tienen muy desarrollado el sentido de la autocrítica, si llegasen a saber que les estoy criticando a ellos, lamentablemente me habría ganado más enemigos en esta vida que Blas de Lezo entre la armada británica. Y sería además por los mismos motivos: por repartir a diestro y siniestro. Eso sí, en mi favor he de decir que la única y sana intención última de un servidor es agitar conciencias para en el fondo construirnos a nosotros mismos sobre unos cimientos sólidos, y de paso así construir un futuro y una sociedad mejor para todos.

Si este post les parece irrelevante y/o irreverente, si piensan que son los demás los que actúan de forma reprobable y ustedes por el contrario tienen siempre una justificación, si están convencidos de que hay que ser severo con ciertas actitudes pero les gusta otorgarse a ustedes mismos cuantas bulas papales les hagan falta, si ven la paja en el ojo ajeno y no  la viga en el propio… Me temo que en ése caso se han contagiado ustedes de esta tremenda enfermedad.

Permítanme despedirme diciéndoles que equivocarnos nos equivocamos todos; el verdadero error está en no reconocerlo ni admitirlo bajo ningún concepto, porque es entonces cuando actuaremos de forma reprobable una y otra vez, sin ninguna posibilidad de mejorar en la siguiente ocasión. Entre la falta de autocrítica previa, y la autoindulgencia posterior, en esta sociedad no daríamos a basto ni con tropecientas ediciones de manuales de autoayuda; y digo “daríamos” porque es que en el fondo el personal no es ni consciente de su propio problema, ni por lo tanto va a tratar de solucionarlo: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Por favor, cultiven el arte de la autocrítica, además de ayudarles a ser más realistas, evolucionarán como personas, y con ustedes la sociedad progresará en su conjunto. No olviden que en esta vida debemos ser coherentes con los demás, pero también con nosotros mismos.

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El miedo a triunfar ante los demás o La envidia como freno al progreso socioeconómico

El miedo a triunfar ante los demás, no es más que el miedo a triunfar ante uno mismo. La envidia es un sentimiento más generalizado de lo deseable en nuestra sociedad, pero no por ello aceptado. Es por este motivo por el que la gente oculta a toda costa este sentimiento cuando siente envidia, a pesar de lo evidente de la tonalidad verde fluorescente de sus comentarios.

Al fin y al cabo, todos somos conscientes de que la envidia es una obvia declaración de inferioridad, por ello es lógica la tendencia general a ocultar la envidia a toda costa, pero es que además el problema es en realidad el miedo a triunfar ante uno mismo. Como demostración de lo que digo, respóndanse a la siguiente pregunta: si nadie muestra claramente su envidia, ¿Cómo es que la gente que tiene miedo a triunfar puede estar tan convencida del desastre social que les supondría tener éxito?… Han de estar muy convencidos de ello, puesto que prefieren renunciar a las mieles y los réditos del éxito ante el pavor que les produce la imagen del rechazo social. Es cierto que hay algún caso que muestra envidia de forma abierta y evidente… pero en general la gente tiene miedo al éxito porque ellos mismos han experimentado la envidia una alguna vez, conocen sus mecanismos psicológicos y saben reconocer en los demás lo extendido que está este sentimiento a nivel social. Saben perfectamente qué hay detrás de una crítica injustificada a alguien que parece estar triunfando. Ellos mismos seguramente lo hicieron alguna vez. Y optan por mantener en secreto sus modestos o no tan modestos éxitos, con la imposible intención de mantener la aceptación en sus círculos sociales.

La envidia es censurable, pero todo el mundo la siente alguna vez. El problema es cómo la reconducimos. La envidia no es mala en la medida que nos puede impulsar a mejorar. La envidia es mala cuando deriva en mal perder, o cuando alguien se enroca en su negativismo sin admitir que anhela lo que otro ha conseguido. Incluso hay gente que obstinadamente rechaza de pleno el tratar de conseguir unas metas que hasta el momento siempre había perseguido para sí, a fin de ocultar su verdadera admiración y envidia por el triunfo ajeno. La crítica gratuita, el sacar defectos sin motivo, el no reconocer ningún mérito… son todos inequívocos síntomas de color verde hospital. Estén atentos a su entorno porque no habrá semana en la que tristemente no vean u oigan actitudes como éstas.

Ya saben que sobre este tema de la envidia y el éxito les hablo con cierta frecuencia. Lo hago por las implicaciones a gran escala que este tipo de actitudes acaban teniendo en la gente que nos rodea y en la sociedad en la que vivimos. A pesar de todo lo que ya hemos comentado desde hace años sobre el tema, el otro día, mi mujer me recomendó un excelente artículo que viene a colación y que sin duda merece la pena que lean: “La envidia y el síndrome de Solomon” http://elpais.com/elpais/2013/05/17/eps/1368793042_628150.html Les resumiré que en el artículo se habla de un famoso experimento social del doctor Solomon en el que se demostraba fehacientemente cómo a la mayoría de las personas les influye enormemente la opinión de los demás y la aceptación social. Esto es así hasta tal punto que prefieren dar conscientemente una respuesta incorrecta y dejarse llevar por la equivocada mayoría, antes que arriesgarse a ser socialmente rechazados.

Creo que ha quedado claro que el punto de vista del post que les traigo hoy aporta valor respecto al artículo anterior, puesto que, según hablábamos antes, el miedo a triunfar es realmente el miedo a triunfar ante uno mismo. Un sentimiento tan ocultado como la envidia no permite reconocerla en los demás si no la ha sentido uno mismo. El tema no es que uno la reconozca a su alrededor cada dos por tres, sino que, cuando la gente visualiza para sí una carrera de éxito, inevitablemente se juzga a sí mismo de forma autorreferencial y descubre que su futuro de éxito le daría envidia a su presente de normalidad. Ahí está la clave. Sentimos envidia de nosotros mismos, y este sentimiento nos hace proyectar cómo se sentirán muchas personas de nuestro entorno si nos ven triunfar y cómo nos juzgarán de forma sumaria… y claro, siendo los seres humanos de naturaleza gregaria, en lógico que muchos opten por un futuro acompañado que siga en la normalidad, en vez de un solitario futuro de éxitos. Esto con el consiguiente perjuicio para el progreso de nuestra socioeconomia, pues se acaban cercenando muchas posibles iniciativas, innovaciones y, en definitiva, avances socioeconómicos.

A falta de una, hoy les dejaré con dos citas muy apropiadas, para que piensen en ellas esta noche. La primera es de Sir Francis Bacon y dice: “La envidia es el gusano roedor del mérito y de la gloria”. La segunda es una cita de José Luis Borges, que afirmó: “El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: Es envidiable”. Podrán observar cómo las opiniones que les ha razonado un servidor se sintetizan milimétricamente en estas dos citas. Tras leerlas, ahora piensen qué le queda a un país en el que el mérito y la gloria están roídos desde la base, y qué tenemos y qué nos espera en el futuro si a ése país le ponemos por nombre España. Les he dicho en más de una ocasión que, para progresar como sociedad, la autocrítica es fundamental, y que siempre hay que intentar solucionar los problemas empezando por uno mismo. Yo he aportado modestamente mi granito de arena con este post, pero también con mis propios esfuerzos diarios. El resto es cosa suya. Del esfuerzo de todos depende que consigamos mejorar como sociedad.

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Las profundas cicatrices de la crisis o Cómo hay gente que ha recuperado la motivación en el trabajo

Hace unos años era raro encontrar un trabajador de origen español en trabajos de baja cualificación. Además, en ciertas profesiones en las que el trato al público es esencial, éste dejaba mucho que desear. Habrán observado ustedes cómo esto ha cambiado radicalmente a raíz de la profunda crisis que estamos padeciendo.

Tanto entre los camareros como en otras profesiones de baja cualificación, últimamente no sólo se vuelven a ver trabajadores de origen español, sino que además se les ve contentos, motivados, y esmerados en su trabajo. Antes de la terrible crisis que tenemos encima, los pocos trabajadores españoles que se veían en ciertos puestos, en general no parecían muy contentos a juzgar por su desempeño. ¿Qué es lo que ha podido hacer dar un giro tan radical en la atención al público?

Estarán de acuerdo ustedes en que la respuesta es bastante obvia, pero no por ello deja de merecer que la comentemos aquí. La motivación puede venir dada por dos factores antagónicos. Alguien puede estar motivado por la recompensa a conseguir con su trabajo (sueldo, posibilidades de promoción, etc.) o bien… alguien puede estar motivado por el mero hecho de tener la suerte de contar con un trabajo y poder comer cada día. En España pasamos de lo uno a lo otro tan sólo en cuestión de unos pocos trimestres.

En los días de vino y rosas, cuando por ejemplo un peón de albañil podía ganar dos mil y pico euros limpios al mes, se valoraba poco tanto el dinero como el medio para obtenerlo. Parecía que tener un trabajo era algo que se daba por sentado, puesto que todo el mundo lo tenía, y el salario se gastaba alegremente puesto que las perspectivas futuras auguraban aún más vino y más rosas.

Pero entonces llegó la maldita crisis. La rotación laboral extrema de ciertos sectores se frenó en seco, y el trabajador pasó a tomar una posición defensiva en su puesto de trabajo ante el lógico miedo a perderlo. No hace falta decir que por el camino muchos trabajadores perdieron su empleo y con él su medio de sustento; también muchos empresarios se arruinaron y tuvieron que cerrar sus empresas.

No lo olvidemos, con la crisis mucha gente lo ha pasado mal de verdad. No tener ingresos y tener varias bocas que alimentar en casa es una situación terrible. Ver pasar los meses mandando currículums y que no te llamen ni para una triste entrevista acaba incluso con la esperanza más persistente. Echarse a la calle habiendo asumido que se va a trabajar “de lo que sea”, y que ni aún con esas sea suficiente, mata tu futuro y el de tus hijos. Tratar de que los niños no sean conscientes del drama que se vive en casa es tarea imposible. No poder evitar acabar explicándoles qué está ocurriendo y por qué sólo comen en el comedor del colegio es peor aún. Los efectos psicológicos de verse en estas situaciones sin duda dejan profundas cicatrices en las personas. Son las cicatrices de la crisis. Recapacitemos, incluso el amargo trago de que a algunos nos hayan bajado el sueldo no es nada comparado con lo que les ha tocado vivir a otros.

En absoluto me gustaría que de este post sacasen ustedes como conclusión que el trabajador debe ponerse de felpudo sólo porque le den un trabajo. Nada más lejos de mi intención. La relación laboral es una relación entre dos partes con interés mutuo. Uno aporta capacidad de trabajo, y el otro le retribuye con un salario. Nadie hace favores a nadie. Pero recuerden que hemos entrado en este tema para saber por qué hoy en día hay gente que vuelve a estar motivada donde antes no lo estaba.

No sólo haberle visto las orejas al lobo, sino además haber sentido su dentellada en las carnes de tus propios hijos, hace cambiar radicalmente la concepción de la vida y el color de las gafas con las que se mira. La motivación es relativa. La visión que tenemos de la vida es relativa. No nos olvidemos pues de relativizar cuando vuelvan los días de vino y rosas, ni de relativizar en lo más profundo de la próxima crisis. Ni hemos de ponernos en el extremo de la vida alegre, ni en el extremo de la subasta moral de nuestra fuerza de trabajo. Y esto va tanto por trabajadores, como por empresarios: no debemos volver a olvidar nunca lo felices que debemos ser cuando no nos falta lo esencial.

Es triste que haya tenido que llegar una crisis así para que haya gente que vuelva a valorar lo que de verdad importa en esta vida, pero más triste es lo que les ha tocado vivir para dar semejante giro. Y no lo olviden, ahí fuera hay gente que ni siente ni padece porque han tenido la suerte de que la depresión apenas les ha rozado. A esos yo les diría que tengan algo más de empatía y solidaridad, y que, en todo caso, traten de aprender de la experiencia ajena, porque en esta vida nunca se sabe cuándo le va a tocar a uno el turno de pasar penurias. En cada vuelta de la vida hay alguien que va cambiando las sillas de sitio, y en cualquier momento puede que vayamos a sentarnos y nos caigamos al suelo.

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El ego superlativo o La importancia de llamarse Proculo

Me parecía detectar que la tónica general entre nuestros jóvenes es sentirse que son muy importantes. Generalmente por nimiedades o motivos de lo más superficiales, cuando no ridículos, he tenido la ocasión de escucharles ensalzándose a sí mismos y hablando con una autosuficiencia que no es propia ni siquiera de edades adultas.

Mis sospechas se ven ahora confirmadas por los datos que se publican en el libro “The Road to Character” de David Brooks. Para que se hagan idea de la magnitud de lo ególatra del joven de hoy en día, mientras que en 1950 un 12% de los adolescentes estadounidenses afirmaban que se consideraban a sí mismos personas “muy importantes”, en 2005 este porcentaje se catapulta a un sorprendente 80%. Otro dato significativo es que en 1976 los encuestados puntuaron que llegar a ser famoso como objetivo en la vida estaba en su escala de importancia en la posición 15 de un total de 16; sin embargo en 2007 un 51% de la gente joven declara que llegar a ser famoso es una de sus principales ambiciones.

Los que día a día nos esforzamos por recordar lo efímero de nuestro mundo y la relativa importancia de todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, sin duda calificaremos estas cifras de impactantes. Lo son, sin paliativos. Lo peor es que son indicativas de que en nuestra sociedad impera un ego superlativo, autosuficiente y soberbio hasta el extremo, y a menudo sin ni siquiera un desempeño personal o profesional que lo acompañe, y noten que no digo que lo justifique, porque una actitud así casi nunca es justificable. Ni siquiera nuestros adolescentes, edad a la que todavía no se es productivo profesionalmente ni se ha alcanzado la madurez personal, son conscientes de este error de enfoque vital.

El ego, si bien puede venir fundamentado por la personalidad o la valía en unos pocos casos contados, en otros no veo ni rastro de ningún motivo que se corresponda con el concepto de sí mismo que tienen algunos. No se equivoquen. A menudo los que más motivos tienen para creerse importantes, menos importantes se consideran a sí mismos. La egolatría es vulgar, simplista, fácil y tremendamente equivocada. ¿Acaso no murieron el César, los Reyes Católicos, Einstein y tantos otros? ¿Se paró el mundo tras su muerte? No, el mundo siempre sigue girando, caiga quien caiga, y los que quedamos seguimos girando con él. El relativismo existencial no es una premisa, sino que es una preciada conclusión vital fruto del esfuerzo personal por comprender el mundo que nos rodea. Dense cuenta de cómo los que más evolucionan personalmente, más modestos son y más relativizan su mundo y a sí mismos. Por algo será.

En el fondo siempre he pensado que tener un ego superlativo es un síntoma inequívoco de complejo de inferioridad. El que da importancia a las cosas que de verdad importan en esta vida, el que tiene una seguridad en sí mismo pulida en la modestia, el que es relativista por naturaleza, no necesita creerse “muy importante” ni ansiar ser famoso para tener un adecuado concepto de sí mismo. Aquí se trata de que el concepto de uno mismo ha de pasar por saberse prescindible y (tan sólo) relativamente importante. El elevado concepto de uno mismo es saberse querido por la gente que de verdad importa, y no que las redes sociales nos hagan de multitudinario altavoz cada vez que abrimos la boca.

Si les soy sincero, busco el motivo por el que nuestra juventud es así precisamente hoy en día. Creo haber llegado a la conclusión de que el problema es lo mediatizada que está nuestra sociedad, además de la potencialidad del impacto que las redes sociales pueden darle a cualquiera. Nuestra parrilla televisiva y nuestro Twitter están plagados de gente que se ha hecho famosa de la noche al día, y que no tienen mayor oficio o beneficio que opinar sobre todo lo que se mueve para que nosotros simplemente les escuchemos. Y claro, nuestros jóvenes piensan que esto también les va a ocurrir a ellos. Es el narcisismo de saberse profesado e idolatrado aunque lo que se diga sea irrelevante. El mundo que hemos transmitido a nuestros jóvenes es un mundo en el que ya no interesa la importancia de lo que digamos, sino la cantidad de gente que nos escucha.

Me despediré hoy aclarando que el nombre de Proculo, que citaba al comenzar este post, es un nombre de origen latino que significa autosuficiente. Su elección no ha sido casual, precisamente lo he elegido para el título de hoy por su significado, y porque siempre he pensado que sentirse orgulloso de su propio nombre o apellido es un inequívoco síntoma de autosuficiencia. Y para que vean lo extendida que está la cosa, no tienen más que ver en qué puesto de souvenirs falta el típico regalo que se regodea en el significado de los nombres o apellidos. Es lo que trasciende tras todo lo que hemos pensado hoy. La raíz del problema es la (pretendida) autosuficiencia. Les dejo con una cita de Joyce Carol Oates (un poco desvirtuada por la traducción): “Mi yo me pertenece. No tengo ninguna necesidad de ti”. Como ya les he dicho en otras ocasiones, es muy peligroso hacer depende el concepto de uno mismo de los demás. Las ganas de darse importancia, y la autosuficiencia hueca, no tratan más que de buscar en los demás el reconocimiento que no nos damos nosotros mismos.

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Por qué también en bolsa la historia siempre se repite o El peso de la genética en la forma de invertir y hacer negocios

¿Acaso no se han preguntado muchas veces por qué estamos todos condenados a ver en bolsa cómo las mismas situaciones y reacciones se repiten una y otra vez, pareciendo que los inversores no aprenden de sus errores? ¿Por qué la cultura financiera que algunos tanto reclamamos en España para nuestros hijos no parece frenar en otros países esta calamidad que condena a tantas familias a ver volatilizarse sus ahorros de décadas en tan sólo unas semanas?

Son sin duda dos cuestiones muy interesantes a las cuales vamos a dar respuesta en este post. Y por mucho que a algunos les parezca que la bolsa no va con ellos y que no les afecta pues no invierten en ella, simplemente les hago notar que, primeramente, lo que pasa en bolsa acaba por afectarnos a todos cuando se transmite por los múltiples vasos comunicantes existentes entre la economía financiera y la economía real. En segundo lugar, lo bolsa no es mucho más allá que psicología de masas puesta en contexto, y lo que aprendamos del mundo de la bolsa sin duda es aplicable a otros ámbitos y aspectos de las sociedades humanas.

Empecemos con el tema introduciéndoles a un interesante experimento realizado con monos que arroja unos resultados muy significativos, que nos permiten afirmar que no todo es experiencia en el mercado, y que en general los impulsos y la genética nos guían de forma más poderosa que la experiencia de situaciones pasadas. El experimento en cuestión se resume en el artículo “El hombre también se parece al mono a la hora de hacer negocios…”. Aparte de hacer experimentos sobre la conducta de los monos a la hora de “invertir” fichas que les cambiaban por alimentos en situaciones en las cuales el número de piezas de recompensa fluctuaba (y el parecido con la forma de invertir de los humanos en bolsa fue sorprendente), los investigadores también optaron por tratar de hallar similitudes en cómo los monos se enfrentaban a la incertidumbre y cómo interiorizaban la aversión a las pérdidas y al riesgo. Simplemente les expondré la conclusión a la que experimento llega: los monos prefieren mayoritariamente gastar una de sus fichas en lo que se les mostraba parcialmente como una ficha que al descubrirla del todo el 50% de las veces resultaban ser dos, que gastar esa misma ficha en dos recompensas visibles que al ser descubiertas del todo el 50% de las veces resultaban ser sólo una única ficha.

Las conclusiones de este comportamiento son bastante claras, pero merece la pena analizarlas con algo más de detalle. Los hombres, y vemos que también los primates, tienen una aversión a perder. Los monos y nosotros preferimos ver algo y que resulte que recibimos el doble de recompensa de lo inicialmente mostrado, que ver algo y que la recompensa resulte ser la mitad. Esto ocurre aunque en promedio la ganancia sea la misma.

Pero el quid de la cuestión es que este tipo de comportamientos los llevamos en los genes. No sólo por la ambición y el pánico inherentes al riesgo de invertir, que ya les decía que se pudieron observar en la conducta de los monos, sino también porque el recuerdo de un palo en bolsa perdura mucho más que el de unas jugosas ganancias.

Vemos pues la razón por la que los ciclos económicos y bursátiles se repiten una y otra vez, incluso dentro de una misma generación, y pareciendo que los inversores y consumidores en general no aprendemos del pasado. No es que no aprendamos del pasado, es que nuestra genética graba en nuestra memoria con más intensidad las situaciones de pérdidas, con lo que luego las tenemos más presentes y nos influyen más en nuestras decisiones futuras. De ahí el pánico inversor que a veces se desata en los mercados, siempre mucho más virulento que el pánico alcista que resulta de la también humana ambición. Pero no es sólo eso, cuando los recuerdos tienden a difuminarse en nuestra memoria con el paso de los años, lo que afecta sin duda a nuestro comportamiento son los genes y su influencia en nuestra capacidad de decisión.  Es ahora cuando ha quedado demostrado que nuestros genes nos inclinan a conductas que tratan de evitar el riesgo de una pérdida, especialmente cuando los recuerdos ya no están tan frescos.

Si aún llegados a este punto, siguen teniendo ustedes sus reservas respecto a este tema, no tienen mas que esperar a que madure el próximo ciclo económico. Seguro que, cuando estemos en la cresta de la ola, se encuentran con mucha gente que les jura y perjura que esta vez es distinto, que ha nacido un nuevo paradigma económico, y que ya nunca más habrá más crisis. A buen seguro que muchos de ellos son de los que luego venden sus acciones en el peor momento presas de un pánico que ya no pueden contener más. Al tiempo.

No obstante, seres humanos hay muchos y muy diversos, y siempre va a haber individuos que aprendan a sobreponerse a sus impulsos de pánico y avaricia, que sean capaces de tener su experiencia presente para domar su conducta genética, y como consecuencia son capaces de navegar con más o menos éxito en las olas de los mercados.

Les dejaré esta noche con una cuestión. El egocentrismo humano hace que seguramente ahora todos pensemos que los monos se parecen a nosotros, y que su forma de invertir y hacer negocios es similar a la nuestra. Pero la cuestión es que es exactamente al revés: somos nosotros los que nos parecemos a los monos. Y lo más intrigante de este parecido es en cuántas cosas más, en principio consideradas como conductas humanas de rango superior, somos casi idénticos a ellos. ¿Estamos genéticamente programados y en conjunto la humanidad no puede escapar de ciertos comportamientos recurrentes? Parece obvio que la respuesta es que sí. Habría que rescatar algunas teorías del determinismo de nuestros destinos, puesto que parece que estamos más predestinados de lo que nuestro supuesto libre albedrío debería permitirnos de por sí.

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La realidad virtual como método de empatía y solidaridad u Homo Homini Lupus

¿Puede la tecnología ayudarnos a ser más empáticos y solidarios con otras personas? Es la intrigante pregunta que trataremos de responder en este post y que se desprende de una reciente investigación realizada por el Laboratorio de Ambientes Virtuales de la Universidad de Barcelona (EventLAB). Dicha investigación se resume en el siguiente artículo “Un laboratorio para probarse cuerpos”.

Para los que no tengan el tiempo o las ganas de leer la noticia completa, les resumiré el artículo en este párrafo. Hay dos frases que nos interesan especialmente para este post: “El comportamiento de las personas varía en función del avatar de realidad virtual en el que se encarnan”, y “A pesar de que nuestro cuerpo nos parezca que es algo firmemente establecido e inamovible, parece que el cerebro lo está recalibrando casi continuamente y que hay un ‘refresco’ continuo de la representación corporal”. El experimento en cuestión, entre otras cosas, hacía que una persona delgada viese a través de unas gafas de realidad virtual que su cuerpo en realidad tenía barriga, y sorprendentemente la sentía como propia. También se experimentó con avatares de otras razas, y una de las conclusiones fue que encarnarse en un cuerpo de otra raza modifica los prejuicios raciales. Todo se basa en el llamado “Efecto Proteo”, que es la versatilidad de las personas para comportarse de distinta manera en escenarios virtuales en función de los distintos avatares que encarnan; es algo conocido desde hace tiempo en la industria de los videojuegos, que han sido la primera aproximación tecnológica a encarnar otro personaje con ciertas dotes de realismo (con permiso de los actores de cine y teatro).

Y es momento de ir entrando en la cuestión central de este post. Una vez leídas las conclusiones de estos experimentos, ¿Creen ustedes que la realidad virtual aumentará la empatía y la solidaridad en nuestra sociedad?. Pónganse en situación. Piensen. ¿Acaso no están ustedes más sensibilizados con el maltrato cuando es alguien de sus círculos el o la que lo ha sufrido? ¿Acaso no son más conscientes de la problemática de los síndrome de Down cuando es un amigo o amiga suya la que ha tenido un hijo con este problema? Aunque la realidad virtual no nos permita por ejemplo sentirnos con síndrome de Down, puesto que es algo que trasciende la mera apariencia, éstas son preguntas cuyas respuestas nos van a permitir contestarnos la cuestión que abría este post. Estarán de acuerdo en que, en el fondo, todos somos más proclives a solidarizarnos con alguien cuando nos identificamos con él o ella. Es una forma de egoísmo bastante extendida: muchas veces las personas no estamos demasiado sensibilizadas con problemas o amenazas que no sentimos que nos puedan afectar a nosotros también. Podemos pues afirmar que, a la vista de los resultados del experimento y de las conclusiones anteriores, la realidad virtual sí puede ayudar a hacer a nuestra sociedad más solidaria. Obviamente hablamos de la generalidad pues hay casos y casos, y siempre hay gente que es ya de por sí muy empática y de espíritu solidario por naturaleza, sin necesidad de ninguna realidad virtual.

No obstante, no lancen las campanas al vuelo todavía. La realidad virtual no es la panacea para esas actitudes insolidarias y censurables que todos hemos visto alguna vez. Igual que hay individuos empáticos y solidarios por naturaleza, también hay individuos tremendamente egoístas por naturaleza, que no se solidarizan con nadie ni por asomo, ni siquiera consigo mismos. ¿Acaso no han visto ustedes a gente que ha estado en una situación problemática (caldo de cultivo propicio para solidarizarse) y cuando a otra persona le pasa lo mismo no se solidariza con ella? ¿No conocen ustedes a personas que un día defienden una idea con uñas y dientes porque es lo que más les interesa en ese momento, y a la semana siguiente pueden defender igual de vehementemente lo contrario porque es lo que les interesa ahora? Y son capaces de hacerlo sin que ni siquiera se les despeine el flequillo. Por eso les digo que hay casos de gente que no se solidariza ni consigo misma: simplemente son egoístas per sé, y no dan más de sí ni son capaces de ponerse en el lugar de los demás. Es más, me atrevería a preguntarles: ¿Acaso no se han sentido ustedes mismos así alguna vez en cierto grado?

Pero si nos preguntábamos si la realidad virtual es capaz de hacer más solidaria nuestra sociedad en su conjunto, las actitudes de ciertos individuos concretos no son relevantes en el balance global; ahora bien, la siguiente pregunta que debemos plantearnos es: ¿Cuál es la proporción en nuestra sociedad de este tipo de individuos insolidarios y egoístas sin remedio? Y lo que es más importante e inquietante, en unas empresas e instituciones mayormente dirigidas por objetivos con un claro interés particular ¿Es este tipo de personalidades las que la sociedad promociona a puestos de responsabilidad para dirigirnos? ¿O por el contrario las personas que terminan ocupando estos puestos muchas veces se acaban volviendo así porque piensan que es como deben actuar y lo que se espera de ellas? Siento decirles que no tengo una respuesta para estas preguntas, o más bien, sí que la tengo, pero es una percepción tan personal que tiene exactamente el mismo peso que las respuestas que puedan darse ustedes a sí mismos. Por ello, una vez más, a su conciencia me remito. Homo homini lupus: algunos son ovejas, y otros auténticos lobos. ¿Es más grande el rebaño, o la manada? A veces uno se siente tentado a pensar que es mejor que el casi siempre impredecible futuro no les llegue a quitar la piel de cordero a los lobos camuflados. Es muy probable que sean muchos más de los que a priori cabría pensar. Pero, por si acaso una volada de viento deja los lobeznos lomos al descubierto, mi mejor consejo es que, en su día a día, escuchen discretamente si los individuos que les rodean balan o aúllan; más que nada para que puedan elegir al tipo de personas que quieren que les rodeen, y no llevarse luego sorpresas desagradables.

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La gestión sin reconocer los errores propios o La diferencia entre razonamiento y manipulación

La capacidad de algunas personas para no reconocer los errores propios y ser tan autoindulgentes consigo mismos, contrasta violentamente con su capacidad para culpar y recriminar a los demás cuando son otros los que comenten un error. Me llama poderosamente la atención esta ególatra faceta de Dr. Jekyll y Mr Hyde que veo alrededor mío bastante más a menudo de lo que personalmente me gustaría.

Para que vean hasta qué extremo llevan esta dualidad algunas personas, les voy a contar un caso que me llega de primera mano de la empresa de un conocido. En este caso, nuestro bipolar personaje es un directivo de dicha empresa, pero saben ustedes tan bien como yo que perfectamente podría ser un trabajador de base, un sindicalista, un político o cualquier individuo de los ecosistemas faunísticos en los que nos movemos cada día.

Para ponerles en antecedentes, como es tristemente habitual hoy en día, la empresa de mi conocido atraviesa una situación muy complicada. La política de personal se ha deteriorado en paralelo a la cuenta de resultados. Ello ha traído, además de la preocupación y temor por el futuro que viene, que la gente esté muy descontenta en su puesto de trabajo, puesto que las políticas de Recursos Humanos y de la dirección para incentivar a los empleados son prácticamente inexistentes en el mejor de los casos, aunque más bien debería decir que ahora Recursos Humanos se dedica a hostigar a la plantilla con un modus operandi más propio de una empresa tercermundista.

Conscientes de que podía haber un problema, hicieron una encuesta entre los empleados sobre el ambiente de trabajo. Los resultados fueron desastrosos. Los directivos debieron estar dándole muchas vueltas al tema hasta que encontraron una forma de intentar saber cuál era la causa de tan mal ambiente, y cómo solucionarlo. La respuesta les aseguro que les dejará boquiabiertos. El directivo que antes les citaba, reconoció públicamente que los resultados de la encuesta eran malos, pero que como hay que interpretarlos es desde el punto de vista de los resultados de la empresa. En las empresas en las que la gente está contenta, la empresa obtiene buenos resultados. Por lo tanto, la razón por la que la empresa iba tan mal era precisamente porque los empleados están descontentos. ¡Cómo los empleados de esta empresa no se habían dado cuenta antes!. Su descontento no sólo no es una consecuencia de la mala gestión, sino que los malos resultados de la empresa son culpa suya. Tratemos de analizar este hilarante razonamiento, porque, por difícil que parezca, de él se pueden sacar algunas conclusiones interesantes.

Para empezar hay que decir que una cosa es intentar llegar a conclusiones con los datos en la mano, y otra muy distinta es tener a priori un objetivo claro al que se quiere llegar, y en base a ello articular los razonamientos que sean necesarios para poder concluir lo que nos interesa. Lo primero es razonamiento. Lo segundo es burda manipulación. El problema del directivo en cuestión del que les hablo es que estaba tan ofuscado por la meta a conseguir, que no se dio cuenta de que su manipulación resultaba tan evidente e irracional, que a mi conocido le consta que el efecto que consiguió en los empleados fue justo el contrario al que se proponía: no solo no convenció a nadie, sino que su imagen profesional se vio seriamente perjudicada. Es lo malo de tener un objetivo incoherente, que a menudo los medios para lograrlo son aún más incoherentes que el objetivo en sí mismo.

El problema no es de plantilla contra directivos. Es de personas que razonan e intentan mejorar día a día contra personas que sólo tratan de alcanzar por todos los medios un objetivo que personalmente les puede interesar en un momento determinado. El centro de nuestra diana en este caso está en un directivo simplemente por casualidad: no estamos criticando perfiles sino actitudes, y las actitudes puede adoptarlas cualquiera, eso sí, dependiendo del cargo que se ocupe su transcendencia es radicalmente distinta.

Una segunda conclusión interesante requiere analizar un poco más el perfil psicológico del directivo. ¿Qué subyace bajo su forma de razonar? ¿Qué ofusca tanto a nuestro directivo como para no dejarle ver lo absurdo de su razonamiento que raya en el ridículo?. Su relativismo moral. Él tiene un objetivo tan claro, defender su gestión, que todo vale moralmente para conseguirlo. Todo lo que le beneficie para alcanzar su objetivo está permitido y es bueno per se. Su moralidad es tremendamente maleable. De lo que no se da cuenta es que, afortunadamente, la mayoría no es igual que él, y lo que a él le parece lógico y defendible para los demás es hilarantemente irracional e irritante.

Estarán de acuerdo en que el primer paso para poder corregir un error es reconocerlo. Si no eres consciente de que estás haciendo algo mal, difícilmente vas a poder corregir el rumbo. Y no corregir el rumbo en una empresa que va de mal en peor sólo tiene dos futuros posibles: o bien el fin de la empresa, o bien el fin de la carrera del directivo responsable en la empresa. No hay más soluciones posibles a esta ecuación. Tan pronto como mi conocido me traiga noticias frescas de su empresa, prometo contarles el desenlace y ver si podemos aprender algo más de ello. Ya que nuestro directivo no es capaz de aprender de sus propias equivocaciones, nosotros trataremos de demostrarle que no sólo se puede aprender mucho de los errores propios, sino también de los ajenos, para lo cual él nos viene muy bien.

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La importante cultura del esfuerzo o Cómo contribuir a construir un futuro mejor

Hoy pretendo contarles por qué este blog puede traerles artículos (espero) de cierta calidad. No crean que les voy a dar una lista del estilo a “Los 10 mejores trucos para un blog de éxito”. Espero no decepcionarles, pero eso lo dejo para otros blogs más comerciales y con más difusión que mi modesto blog, porque además sé que a ustedes, como a mí, les gustan las cosas más profundas, detalladas y reflexivas. Éste es un post muy autorreferencial, espero que sepan apreciarlo.

Antes de nada, aclarar que, para poder obtener un buen resultado, hay que tener debajo un buen sustrato que pulir. Como para todo en esta vida, hay ciertas cualidades necesarias para poder escribir posts como los que les traigo habitualmente, pero también es cierto que todo el mundo puede perfeccionar las habilidades que todos tenemos, y que una parte importante de ellas también se pueden aprender.

Remontémonos a los años ochenta durante unos párrafos. En aquella década yo era un feliz colegial que trataba de aprender en la EGB, y que, como tantos otros niños, daba la casualidad que apuntaba a tener ciertas habilidades para la escritura. Fui aprobando las distintas asignaturas de Lengua con mayor o menor éxito, hasta que, en octavo de EGB, topé con “El Lagarto”: un profesor de Lengua muy pero que muy peculiar, al que nombro por su apodo desde el cariño y el respeto. Acostumbrado uno a que mis redacciones soliesen gustar al profesorado, y a que por lo tanto consiguiese buenas notas con ellas, llegué a topar con una infranqueable barrera por la que “El Lagarto” empezó el curso poniéndome seises y sietes. Servidor, que de primeras se sintió poco valorado, dio un cierto margen de confianza a la situación. Poco a poco, no sin cierto esfuerzo por mi parte, los seises y sietes se convirtieron en sietes y ochos. Pero aún no habíamos llegado ni a mitad de curso, y veía que mis expectativas no se correspondían con los resultados que obtenía. Redoblé mis esfuerzos, pero aun así no lograba pasar nunca del ocho. A mitad de curso, cada vez que “El Lagarto” repartía las redacciones corregidas, empezó a añadir en mi caso la coletilla de “Creo que puedes hacerlo mejor”.

Uno, que en su impaciente adolescencia estaba a aquellas alturas ya más quemado que la moto de un hippy, no podía soportar más aquella sonrisilla provocadora con la que semana tras semana pronunciaba una y otra vez aquellas palabras: “Puedes hacerlo mejor”. El curso avanzó hasta casi terminar, y yo no había pasado todavía del ocho. Me parecía que, más que enseñarme, “El Lagarto” se reía de mí con sorna. A punto estuve de desmotivarme y tirar la toalla por no conseguir unos resultados que a mí me parecían justos según la calidad que yo creía ver en mi trabajo. Llegó el fin de curso, y sólo en la última redacción la sonrisilla se volvió una sonora carcajada. “El Lagarto” me entregó la última redacción corregida, y por fin ponía en color azul, rodeado por un círculo, un ansiado y flamante diez. “El Lagarto” me miró fijamente, disfrutando y paladeando cada detalle de mi reacción en aquel momento. Apenas encontró en mí mayor respuesta que la satisfacción fugaz de un objetivo cumplido, ignorante como era de haber perseguido en realidad un ideal hacia el que había sido didácticamente dirigido por mi perseverante profesor.

Las conclusiones que podemos sacar de todo esto son interesantes, en especial para nuestros hijos y la educación que les estamos dando. Conseguir un objetivo no es nada didáctico, ni nos ayuda a aprender ni a progresar. Es perseguir incansablemente un ideal, y el esfuerzo que nos cuesta conseguirlo, lo que nos permite superarnos personalmente y mejorar día a día. Ser listo no tiene mérito ni sirve para nada si uno no aprende a esforzarse por conseguir lo que quiere. El afán de superación nos lleva al perfeccionamiento. El esfuerzo, a valorar el resultado y a querer mantenerlo. Es por ello por lo que la falta de cultura del esfuerzo en la sociedad actual me hace pensar que no estamos en el camino correcto. Creo que me siento un poco como Virginia Woolf cuando escribió su famosa frase: “Me veo como un pez en una corriente, desviado, sostenido, pero no puedo describir la corriente”. Tal vez no podamos describir con precisión la corriente de la sociedad en la que vivimos, pero sí que creo que en este post ustedes y yo podemos vislumbrar la badina del río hacia la que debemos nadar contracorriente. En las aulas y en casa se deberían dar menos simples e inútiles reconocimientos como “qué listo es mi chico o chica”, y enseñar más a tratar de conseguir lo mejor a lo que pueda aspirar cada uno con las cualidades personales que tenga. De listos están llenas las listas del fracaso escolar. Es correcto evaluar el resultado, pero también es necesario valorar el esfuerzo personal que a cada uno le cuesta conseguirlo.

Me gustaría despedirme de ustedes por hoy, o más bien debería decir que me gustaría despedirme de “El Lagarto”. No sabía dónde paraba ahora mismo, hasta que un apreciado compañero suyo me contó que ya no está entre nosotros. Supongo que, aunque sea después de tantos años, le habría gustado leer lo que les he contado hoy. Lo que sí tengo muy claro es que, si no hubiese sido por él, servidor seguramente no estaría escribiéndoles estas líneas. A pesar de que, en su momento, mi juventud no me permitió ver la magistral y didáctica lección que me estaba dando, el paso de los años y la experiencia me han enseñado a valorar y a comprender lo que él hizo por mí, sin ni si quiera obtener a cambio ni un triste reconocimiento por mi parte. La adolescencia es así, muchas ideas y energía, pero poca experiencia y madurez. Desde aquí un fuerte abrazo para “El Lagarto” y, sinceramente, gracias. Es ley de vida, y sé que nuestro infantil egoísmo sólo nos permite corresponder a nuestros educadores y progenitores haciendo a su vez nosotros lo mismo con las generaciones venideras, sin esperar tampoco nada a cambio más que la esperanza de estar poniendo nuestro granito de arena para construir un futuro mejor. Por lo que a mí respecta, prometido queda para saldar mi deuda.

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