Archivos Mensuales: abril 2012

El piñazo del siglo o ¿Por qué China tendrá un aterrizaje brusco?

Empecemos con un poco de historia económica. Japón, finales de los años 80. Las empresas japonesas se expandían por todo el mundo al calor de una divisa y una economía al rojo vivo. En Estados Unidos compraban empresas, edificios emblemáticos, propiedades… algo que levantó ampollas entre los nacionalistas norteamericanos que veían aquello como una invasión japonesa, en lo que algunos dieron en llamar “La venganza de Pearl Harbor”. Se llegaron a extremos tan irracionales como que los jardines del palacio imperial de Tokio llegaron a tener una valoración inmobiliaria equivalente a la de la totalidad del estado de California.

Y como no hay mal que cien años dure, como todos los excesos se pagan, y como ocurre con todas las burbujas que se suceden en nuestras economías, Japón no fue menos y pinchó. Pinchó y mucho. Al final de la burbuja, el índice selectivo de su bolsa, el Nikkei 225, alcanzaba los casi 40.000 puntos. Hoy en día, más de veinte años después, está a 10.000 puntos, habiendo tocado niveles alrededor de los 8.000 en algunos momentos de las últimas crisis.

¿Por qué China ha de ser un caso diferente al expuesto de Japón y a los que se han sucedido a lo largo de la historia de la humanidad?. No es por nada que tenga que ver con los genes japoneses, ni chinos, ni españoles… es algo que tiene que ver con la naturaleza humana. El ego de un país en expansión cala profundo en la forma de pensar y de actuar de su sociedad, y, creyéndose invencibles, se cometen excesos que más tarde se tornan incomprensibles. Ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, y seguirá ocurriendo periódicamente, porque las nuevas generaciones tienden a olvidar lo que les contaron sus abuelos, y una y otra vez se vuelven a cometer los mismos errores con unas décadas de diferencia. China no es diferente. Los chinos no son distintos. Están sembrando nuestros mercados con productos Made in China, comprando propiedades inmobiliarias por todo el mundo, comprando nuestra deuda, cogiendo traspasos de negocios… a lo que además hemos de añadir que, aunque ya pinchadas parcialmente, tienen en casa burbujas inmobiliarias y bursátiles indicativas de futuros problemas (o ya casi presentes).

Una vez dicho todo lo anterior, supongo que estamos todos de acuerdo en que aterrizaje, más pronto o más tarde, lo habrá. Ninguna economía, ningún imperio, ningún estado, ha crecido permanentemente hasta el infinito, y menos aún con las tasas de crecimiento oficiales que caracterizan actualmente a la economía china. Las diferencias vienen en cuanto a si será un aterrizaje suave o lo que los anglosajones llaman un Hard Landing. Yo sinceramente me inclino por lo segundo, y les voy a explicar lo que me lleva a pensar de esta forma. Como decíamos antes, es ese ego humano y esa sensación de poder y de ser invencibles la que lleva a cometer excesos que al poco se demuestran perniciosos y que contribuyen a empeorar el inevitable aterrizaje. Pero teniendo en cuenta las características del régimen chino, estas formas de pensar a buen seguro que estarán acentuadas hasta el extremo entre los cargos del Politburó de la República Popular de China. Estos gobernantes tienen dosis de control sobre su sistema y sobre sus ciudadanos muy superiores a las de las economías occidentales, y por lo tanto su sensación de poder sobre las situaciones nacionales y sobre la población china, así como el auto-inducido ego que ello supone, derivan en que no sólo habrán cometido excesos mucho más flagrantes que en las burbujas de economías democráticas, sino que además, cuando el castillo de naipes empiece a derrumbarse, pasarán las mismas fases que todos hemos visto, pero acentuadas al extremo: incapacidad de ver lo que se avecina, posterior negación de la crisis, se admite una ligera ralentización, y al final, cuando ya el tenderete no se tiene en pie, todo se viene abajo.

Porque se hagan una idea de hasta qué punto las autoridades chinas ejercen su poder sobre la ciudadanía, les contaré un caso anecdótico, pero muy significativo. Tal vez sepan ustedes que en la ciudad de Pekín, en los monumentales atascos que se forman, los agentes de policía que están “dirigiendo” el tráfico reciben habitualmente instrucciones para dar prioridad a uno u otro sentido según donde esté el apoderado de turno que está inmerso en el atasco y que, por encima del común del resto de los mortales, no quiere o no puede sufrir la retención y llama inmediatamente para que agilicen su recorrido. ¿Se imaginan ustedes que ocurriese lo mismo en cualquier capital occidental?.

El “todo se viene abajo” del que hablábamos antes, como decíamos, puede ser un Soft Landing o un Hard Landing. Según les razonaba, yo estoy convencido de que será un Hard Landing a todas luces, por los motivos que les he explicado en el párrafo anterior: la extrema sensación de poder de sus políticos les hace creerse invencibles, lo que se traduce en cometer excesos de proporciones extraordinarias, para posteriormente negar y ocultar la situación, lo que no lleva más que a no tomar las medidas adecuadas a tiempo, y por todo ello no pueden llegar a otro puerto más que al de un aterrizaje brusco.

Pero el problema chino puede ser más complicado de absorber a nivel mundial y nacional de lo que lo que fue el pinchazo japonés (recordemos que Japón lleva más de dos décadas de digestión). Primeramente que la globalización ha traído consigo una interdependencia mucho mayor entre todas las economías del planeta que la que había a finales de los años 80. China exporta productos a los mercados de todo el mundo, y lo que afecte a su economía, en una medida u otra, se transmitirá al resto de las economías del planeta. Primer problema: el mal chino nos afectará a todos. Y en segundo lugar, China necesita irremediablemente tasas de crecimiento por encima del 8% para poder absorber en sus ciudades el éxodo masivo desde el medio rural. Si China deja de crecer, su situación puede desembocar en una crisis muy importante de consecuencias impredecibles, que pueden conllevar un estallido social. Y esto, en un país de más de mil trescientos millones de habitantes, que además es la fábrica del mundo, estarán de acuerdo en que no tenemos la más remota idea de a dónde nos puede llevar a todos.

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