Archivos Mensuales: marzo 2013

El Alter Ego en Twitter ó Cuál es nuestra verdadera personalidad

Esta semana nos toca post sencillo, pero creo que interesante. Les hablaré sobre un tema relacionado con las redes sociales al cual le vengo dando vueltas desde que me di de alta en Twitter. Digo Twitter, y no otras redes sociales como Facebook, porque en Facebook la gente se relaciona generalmente con amigos a los que conocen en el mundo real, y por lo tanto se desvirtúa el motivo del presente post: ¿Cómo se comporta la gente en la impunidad del anonimato?.

Todos alguna vez nos hemos encontrado con algún Troll, uno de esos individuos que se dedican a hostigar a todo aquel que difiere en pareceres a los propios, al que simplemente no les ha caído en gracia o al que quieren demostrar su arrolladora personalidad. Las motivaciones de los Trolls las desconozco en realidad, puesto que no soy uno de ellos ni conozco a ninguno en el mundo real, pero a buen seguro que hay multiplicidad de razones por las que se comportan como lo hacen. En realidad no quiero ahondar en ello, sino que más bien en este post nos interesa el simple hecho de que hostiguen a su entorno virtual, cuando muchos no se comportan de la misma forma en el mundo real.

En el mundo real, desde la infancia, todos vamos desarrollando sobre la base de nuestra personalidad capas de comportamiento que “amoldan” nuestro comportamiento natural a la experiencia y a la vida en sociedad. El pasar de los años, la interacción con el resto de la sociedad, los errores cometidos en el pasado, todo eso influye fuertemente en nuestros patrones de comportamiento, y hace que, en la mayoría de los casos, domemos características personales para adaptarlas a nuestro entorno.

Esas capas de comportamiento social que desarrollamos con el paso de los años, pueden desaparecer rápidamente en situaciones como la impunidad y/o el anonimato. Sí, cuando no hay consecuencias para las acciones propias, o cuando el entorno no puede juzgarles por lo que hacen porque no sabe quiénes son, aflora esa bestia interior que algunos llevan dentro. Esos son los Trolls, esos son los dueños de esas cuentas de Twitter que insultan, denigran, atemorizan y amenazan a tantos pacíficos internautas. Amparados en el anonimato de Twitter, y sin miedo a consecuencias graves, sale de forma fácil lo que verdaderamente llevan por dentro, demostrando al mundo que, en algunos casos, los individuos no evolucionan realmente, sino que tan sólo se adaptan a las circunstancias de cada momento.

Y es este adaptarse a las circunstancias de cada momento lo más peligroso de estos individuos. En situaciones de ausencia de autoridad, o en caso de que sean ellos los que la ejerzan sin consecuencias para ellos mismos, afloran comportamientos extremos que nos recuerdan que, en realidad, el ser humano genéticamente ha evolucionado poco desde sus instintos primigenios. Lo que ha ido evolucionando, a saltos eso sí, es la sociedad y la tecnología. Es ni más ni menos lo que se ve en una guerra: individuos capaces de sesgar vidas gratuitamente sin la más mínima consideración, individuos capaces de torturar al prójimo sin compasión, individuos capaces de violar a su antojo… Y es que hay gente que aparenta ser buena persona sólo porque en realidad no se atreven a ser de otra forma por miedo a las consecuencias. Este tipo de individuos están entre nosotros, se cruzan ustedes con ellos por la calle, les saludan amablemente al comprar el pan… sólo que hoy en día nuestra sociedad no es el caldo de cultivo para que se desarrollen esas facetas de su personalidad. Tienen ahí latente su capacidad de hacer sufrir al prójimo, pero no la desarrollan, y probablemente ni ellos, ni nosotros mismos, somos conscientes de lo que pueden llegar a hacer. Es este un horror adicional en las sociedades que se vienen abajo como ocurrió en la extinta Yugoslavia: el ver cómo tu vecino se convierte en un ser sin escrúpulos ni piedad, en un ser cruel hasta el extremo, después de tantos años de convivencia en la ignorancia. Aparte de la aparente isla de paz en la que se ha convertido Occidente en las últimas décadas, no se engañen, el resto del mundo está plagado de conflictos bélicos, y no duden que esto que les describo es el día a día de muchas y aterradas personas.

En el caso de nuestra sociedad, a día de hoy, la democracia y la ausencia de conflictos bélicos mayores ha hecho que las consecuencias socioeconómicas de estas personalidades no se hayan desarrollado con la intensidad con la que podrían hacerlo, pero este post explicaría cómo se articulan las sociedades de guerra y de terror. Además de las terribles consecuencias sociales y personales de este tipo de sociedades, también hay consecuencias socioeconómicas, que bien es cierto que tienen una importancia a menudo eclipsada por el sufrimiento extremo que ocasionan las primeras. En este sentido tengan en cuenta que la economía más eficiente es aquella que aprovecha las cualidades más productivas de cada individuo, y eliminar personas, además de ser un crimen y provocar sufrimiento, elimina recursos productivos de la sociedad que podrían contribuir al progreso económico de sus respectivas empresas, y así contribuir también al progreso socioeconómico del conjunto de la sociedad. La sociedad es una pescadilla que se muerde la cola, lo que promociona se desarrolla, y por lo tanto hacia eso mismo se dirige.

¿Cómo será Twitter en este tipo de sociedades en guerra cautivas del terror social y bélico?. No quieran adivinarlo. Seguramente el odio trascienda el mundo físico y se vierta sobre la blogosfera. Seguramente habrá violentos encontronazos verbales en los que es un alivio que sólo se tengan 140 caracteres para expresar la crueldad que algunos llevan por dentro. Seguramente, y esto es lo más triste, Twitter tan sólo es la punta del iceberg, porque en las sociedades en conflicto, o bien Twitter está férreamente censurado, o bien no hay penetración ni tecnológica ni económica como para que sea un reflejo fidedigno de la sociedad que hay detrás.

Me gustaría quitarles en parte el sinsabor de los párrafos anteriores poniendo una pequeña nota positiva a este post. No sabemos quienes podemos llegar a ser, pero ni en lo malo, ni tampoco en lo bueno. Somos capaces de adoptar muchas actitudes positivas en la sociedad, sólo que la vida a veces no nos brinda la oportunidad de demostrarlo. Todos tenemos capacidades latentes tanto negativas como positivas, desarrollar unas u otras depende a veces del azar de la sociedad que nos toca vivir, pero también del entorno del que nos rodeamos. Ahí está su capacidad de decisión sobre esta aparente arbitrariedad: elijan bien a quienes les rodean, de ello depende parcialmente en lo que se convertirán ustedes mismos. Además también les invito a no dejar a los radicales que se instauren en su propio radicalismo y se acostumbren a él. Construyan relaciones sociales con ellos, intenten que su opinión sobre ellos les importe algo… son redes sociales de contención que, en caso de radicalización, pueden paliar en la medida de lo posible procesos destructivos y autodestructivos. En estos casos a veces funciona el “qué dirán”, que estarán de acuerdo en que en este caso adquiere un claro matiz positivo y deseable. Pero he de admitirles que hay casos en los que nada frenará al ser interior, en los que tan sólo tendremos espacio para asistir como forzados observadores al nacimiento de otro “tú”.

Me despido dejándoles con una pregunta que vuelve al tema inicial: ¿Quiénes somos en realidad?, ¿Como somos en el mundo real o como nos comportamos en el anonimato de Twitter?. Tras las disertaciones anteriores, esta vez creo tener ya una respuesta, les daré dos pistas: “Yo soy yo y mi circunstancia” como decía José Ortega y Gasset y “Conócete a ti mismo” como decía Sócrates. Sobre la primera pista, sinceramente les deseo que no tengamos ninguno de nosotros que vivir circunstancias con las que averiguar a quien llevamos dentro en realidad, al menos para lo malo. Sobre la segunda, estarán de acuerdo en que en determinados casos hay gente que prefiere vivir en la ignorancia, bien sea de los que les rodean, o bien sea de ellos mismos.

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La muerte prematura del Big Data o El cercano fin de la Ley de Moore

Supongo que ustedes ya habrán leído sobre la famosa Ley de Moore, por la cual en 1965, el doctor en química Gordon E. Moore, cofundador de Intel, predijo que cada dos años se duplicaría la densidad de integración de transistores en un circuito integrado. Esta ley ha venido cumpliéndose de forma sorprendente desde que fue formulada, pero parece ser que en los últimos años su validez se está acercando a su fin.

Y se preguntarán ustedes, ¿Y qué me importa a mí que se cumpla o no esta ley?. Nos puede afectar mucho a todos, puesto que la tecnología hoy en día forma parte indisoluble de nuestra forma y calidad de vida, y que la Ley de Moore deje de cumplirse implica que la progresión de la potencia de los nuevos procesadores informáticos, la progresión de la capacidad de memoria, etc. se verán abruptamente interrumpidas, con todo lo que ello conlleva según analizaremos con más detenimiento más adelante.

El motivo de esta muerte repentina no es baladí, ni más ni menos tiene relación con las leyes de la física de escala subatómica, que son distintas también en electrónica a aquellas del mundo macroscópico, y que hacen que la Ley de Moore esté acercándose a un límite por debajo del cual dejará de poder predecir el futuro de la informática: la progresiva miniaturización de los transistores hacen que a día de hoy empiecen a tener unas dimensiones tan reducidas que sean de un orden de magnitud comparable a las partículas atómicas, con lo cual las interacciones entre componentes y sus propiedades electromagnéticas se ven seriamente alteradas respecto a las que se deberían dar en el mundo macroscópico, imposibilitando el correcto funcionamiento de los futuros chips de silicio o, en todo caso, poniendo un límite claro a la hasta ahora progresiva integración electrónica.

Se podría decir que la humanidad actualmente vive en la Era del Silicio, pero es obvio que, tal y como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, más pronto o más tarde, habrá un cambio tecnológico que se basará en la utilización de nuevos materiales y sustratos, que obligará a la formulación de nuevas leyes, y que en este caso concreto puede consistir en utilizar nanotecnología de grafeno y nitruro de boro hexagonal que, a priori, por su propia naturaleza y definición, van a permitir unas escalas de integración muy superiores a la tecnología de silicio actual, pudiendo llegar incluso al primer circuito integrado con el grosor de un solo átomo. Pero estarán de acuerdo en que este posible avance microelectrónico que supondría la utilización del grafeno, a nivel de miniaturización, supondría únicamente un “kicking the can down the road” (es decir, procrastinación o cómo se suele decir “una patada para adelante”), puesto que el átomo es la unidad última que compone la materia, con lo que alcanzar dimensiones de tan sólo un átomo es un límite a priori infranqueable a cuya limitación nos enfrentaremos más pronto que tarde.

Algunos argumentarán que la computación cuántica permite rebasar esa limitación de la escala atómica. Razón no les falta, pero siento decirles que, en mi humilde opinión, es una tecnología que todavía está muy inmadura y dudo mucho que veamos el ordenador cuántico hecho realidad antes de tener que enfrentarnos al límite atómico que les comentaba.

Suponiendo que la llegada de una nueva tecnología se retrase con respecto a cuándo sea imperiosamente necesaria, pasemos a pensar en las consecuencias de un frenazo en seco de la evolución de la potencia de nuestros procesadores y memorias. El primer afectado sería sin lugar a dudas el Big Data. Para los no versados les resumiré que el Big Data se trata principalmente de explotar de forma coherente toda la información que acumulan empresas, organizaciones e instituciones en diferentes bases de datos, lo cual es una ardua labor, no sólo por las complicaciones técnicas de las diferentes tecnologías de cada fabricante, sino principalmente por el tremendo volumen de datos que se guardan en la actualidad y que no son correctamente aprovechados.

La razón por las que les decía que el Big Data sería el primer afectado no es sólo porque se trata de una tecnología en ciernes que todavía no ha alcanzado su punto álgido, sino también por tratarse de un mundo en el cual, como les introducía antes, la característica más destacable es la heterogeneidad y multiplicidad de fuentes de datos, lo cual añadido al gran volumen de los mismos, hacen que el Big Data sea una nueva ola tecnológica que precisará de una capacidad de proceso y una velocidad del mismo de un orden de magnitud muy superior al actual. Sí, están entendiendo lo que les estoy tratando de decir. La coincidencia temporal actual del incipiente Big Data junto con sus voraces necesidades de recursos informáticos pueden hacer que, en caso de que la humanidad no sea capaz de superar en breve la caducidad de la Ley de Moore, el Big Data pueda ser un caso de muerte prematura antes de alcanzar su punto máximo de desarrollo.

Las implicaciones de esto son incuantificables, tal vez el tema del Big Data les sea ajeno, por ahora, pero en todo estudio de impactos hay que tener en cuenta no sólo los problemas actuales, sino también las repercusiones futuras. Y tal vez se digan ustedes, “He vivido hasta hoy sin el Big Data y puedo seguir viviendo sin él”. Sí, esto es cierto, pero también lo es el hecho de que el progreso empresarial, institucional y social que supondría sería no sólo relevante, sino desproporcionado diría yo. Los avances que permitiría son de impacto incuantificable a día de hoy por su importancia. El Big Data nos cambiará la forma de convivir con esta maraña actual de información que supone internet y las intranets. El acceso cuasi-universal a internet ha sido sólo el primer paso. Ahora la información está ahí, pero hay que conseguir explotarla de forma útil y eficiente, y es aquí donde entra en juego el Big Data. Áreas tan importantes como las Smart Cities, la Bioinformática, y otros campos que hagan un uso intensivo de datos, verían truncada su evolución.

Además, es difícil determinar a día de hoy el momento exacto en el que la Ley de Moore dejará de cumplirse, y por lo tanto es posible que esto ocurra cuando el cohete del Big Data ya haya despegado pero todavía no haya alcanzado la cresta de la ola. Con ello quiero decirles que tal vez la interrupción abrupta de la evolución de un Big Data que ya esté en camino sea peor que no haberlo desarrollado nunca. Y a esto es a lo que nos enfrentamos obviando a Moore.

Seguramente veremos una vuelta atrás en la movilidad: los dispositivos más potentes serán necesariamente más grandes, tal y como ocurre ahora, pero sin la tendencia actual de, con el paso del tiempo, reducir el espacio e incrementar la capacidad de proceso. Esto implica una vuelta a los macro Centros de Datos (que realmente nunca nos han acabado de dejar, la nube simplemente los ha ubicado en otros sitios), porque mientras no dejemos atrás la Era del Silicio, y una vez echado el freno a la Ley de Moore, evolución con más potencia implicará necesariamente más espacio. Ya no habrá democratización de la potencia de procesamiento: el espacio, la capacidad, la potencia y la infraestructura serán para los que se la puedan permitir.

Por otro lado, hay otras consecuencias que podemos entrever y que no serían tan catastróficas. En esta categoría se podría incluir el hecho de que la obsolescencia natural de ciertas tecnologías dejaría de ser un hecho, dado que ya no habría un nuevo ordenador más potente que por ejemplo pueda pasar ya a romper en un tiempo razonable una criptografía que hasta el momento era segura.

Pero no me lancen las campanas al vuelo, probablemente la insignificancia relativa de estas ventajas se vea eclipsada por los feroces efectos sobre una industria tecnológica deflacionaria por naturaleza, pero que gracias a la innovación compensa su obsolescencia innata. Posiblemente dejaríamos de esperar a que la tecnología, siempre con un precio de salida desorbitado, fuese poco a poco volviéndose más asequible conforme se vuelve madura. Esta pseudo-democratización de los avances tecnológicos, por la cual las clases medias y bajas sólo tienen que esperar para poder tener acceso a los avances tecnológicos, puede verse interrumpida. Y tengan en cuenta que esta tendencia actual reporta (supuestos) beneficios cuantificables e incuantificables, como son la fatua felicidad que el sistema capitalista nos reporta con esa ilusoria sensación de ser más ricos que antes por poder tener algo que antes no nos podíamos permitir, con efectos sobre la estabilidad social y, cómo no, afectando también al beneficio que el propio sistema capitalista reporta a sus inversores, puesto que a día de hoy, la economía de escala hace que los productos sean más rentables cuando alcanzan su mayor difusión con la comercialización entre el grueso de la población. Por otro lado, seguramente, con el final de la Ley de Moore veríamos una aceleración considerable de la conversión de los recursos informáticos en utility, se compraría capacidad de proceso de forma simplificada y al por mayor, tal y como contratamos actualmente el agua o la electricidad, puesto que el frenazo de la progresión del hardware tendería a homogenizar el producto.

Y no se me equivoquen, no toda evolución tecnológica sufriría un frenazo en seco. Siempre hay lugar para la innovación. Siempre hay nuevas aplicaciones y servicios por idear que requieran poca evolución de la potencia de procesadores y memorias. Y recuerden que, además, la eficiencia está en la escasez, y el tándem evolución conjunta hardware-software ha hecho que muchas veces el uso que se hace del hardware no sea todo lo eficiente que podría ser, puesto que se asume siempre una futura plataforma hardware más potente sobre la que desplegar la siguiente versión de servicios y aplicaciones.

Con esto no quiero apartarme de mi tesis inicial del gran impacto que la muerte de la Ley de Moore tendrá sobre nuestras vidas futuribles, que no se puede calificar más que de muy importante, lo único es que no consideraría este análisis completo sin profundizar en todas estas diferentes facetas.

Me despediré recordándoles que el futuro siempre es apasionante, pero también, por su propia naturaleza, generalmente imprevisible. Es un error dejarse llevar por la deriva de lo que hasta ahora ha sido una forma de vida o de negocio. Todo es susceptible de acabarse en cualquier momento, especialmente en lo que a evolución tecnológica se refiere. Y no hay que adoptar un papel pasivo ante la sucesión de acontecimientos. Los gobiernos deberían tomar partido en la investigación de un nuevo campo tecnológico que puede ser que a día de hoy aún no sea rentable, pero que sea estratégico por la propia amenaza que Moore nos deja como legado. La universalidad de la amenaza hace que la solución sea un bien globalmente necesario o… tal vez no tanto, porque quien desarrolle una nueva tecnología y no la “globalice” compartiéndola con los demás podría dominar el mundo.

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