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Los problemas de la edad adulta en edades inapropiadas o Los niños necesitan disfrutar de su infancia

El otro día, en el comedor de mi empresa, tuve la ocasión de escuchar la sorprendente (sino escandalosa) conversación de unos padres que estaban en la mesa de al lado. Hablaban de las edades cada vez más tempranas en las que los niños empiezan a beber alcohol. Lo escandaloso de la conversación viene ahora, pues estaban comentando el caso de un niño que conocían que ya bebía habitualmente alcohol los fines de semana. El niño en cuestión tenía tan sólo 12 años, y una de las madres dijo que “A ver, a los doce años es de tontos cogerse una borrachera de coma etílico, pero bueno, no pasa nada por tomarte tus cañitas con los amigos”.

Sinceramente, no doy crédito a los extremos a los que está llegando la sociedad de este país. En otros países estos problemas no están ni mucho menos tan generalizados, y menos aún la poca responsabilidad que hay entre algunos padres y madres como la de la épica cita anterior: dicha permisividad extrema lleva a algunos de nuestros jóvenes de forma natural a límites mucho más allá de lo comúnmente permisible. Por favor, estamos hablando de 12 años, una edad que ni siquiera entra en la adolescencia, una edad a la que el individuo ni está formado físicamente ni psicológicamente, y que no es consciente del delicado equilibrio que debe alcanzar su vida entre ocio, diversión y obligaciones. Eso por no hablar los numerosos estudios que atribuyen altas probabilidades de adicción por un consumo excesivo de alcohol u otras substancias a edades tan tempranas.

Pero esto no es nada comparado con lo que les voy a relatar a continuación. ¿Han oído ya hablar del “Muelle”? Es una práctica sexual cada vez más difundida entre los jóvenes españoles y españolas que se basa en convocar en un parking o explanada a varias decenas de personas de ambos sexos, y mantener relaciones sexuales entre todos conforme las chichas van pasando sucesivamente de un chico tumbado en el suelo a otro en algo que también se denomina ruleta sexual. Si no dan crédito a lo que les cuento, lean esta noticia aparecida hace meses en los medios “El Muelle: el nuevo y arriesgado juego sexual de los adolescentes”. Y de nuevo lo más impactante de todo son las tempranas edades a las que nuestros jóvenes se inician en semejantes prácticas.

Mi pregunta ante estos dos ejemplos es simplemente: ¿Qué hemos hecho mal nuestra generación de padres para que esto esté ocurriendo hoy en día? La respuesta de una amiga fue que damos a los niños todo lo que quieren, y que así los hemos acostumbrado a que todo lo que se pueden imaginar es algo que tienen el derecho de conseguir. Razón no le falta, puesto que realmente algo que define a la generación Ni-Ni es su creencia generalizada de que pueden exigir al sistema todo lo que desean, pero sin embargo rara vez se paran a pensar en su contribución al mismo ni en sus obligaciones como ciudadanos.

Pero yo creo que además hay otra causa que también es achacable a nuestro papel de padres. Podríamos llamarlo el efecto “Infancia robada”. Me explicaré. Considero que la infancia (y la vejez) son edades con su plenitud vital si se consideran adecuadamente. Pero el egocentrismo y la prepotencia de la edad adulta nos hace ver a los ancianos como cargas que empiezan a no valerse por sí mismos, y a los niños seres inmaduros que no tienen derecho a disfrutar de la vida como se merece la edad adulta. De ahí el tremendo error de algunos padres de querer “hacer mayores” a sus hijos antes de tiempo, cercenando su feliz infancia, en la creencia de regalarles los placeres adultos de la vida. La realidad es que algunos de nuestros niños sólo reciben un viaje iniciático a una edad impropia cuya inmadurez hace que se vean inmersos en un mundo y una dinámica para la cual no tienen ni mecanismos de contención ni de defensa. De esta forma vemos como muchos jóvenes acaban en personas sin medida a las cuales ya nada en la vida les satisface ni les dice nada, con todo lo que esto conlleva personal y socioeconómicamente, bien por insatisfacción y apatía personal, bien porque decidan ir más allá de las fronteras socialmente aceptadas e incluso legales para seguir consiguiendo esos placeres a cuyo nivel de oxitocina están ya acostumbrados.

Como conclusión de hoy, simplemente me gustaría hacerles notar que cada fase y cada etapa de la vida tiene su belleza y su forma de disfrutarla, y que hay que quemar etapas sólo a su debido tiempo. No crean que demuestran más confianza en sus hijos por permitirles o por hacer la “vista gorda” ante su iniciación en prácticas impropias de su edad. A mí me encanta jugar con mis hijos y ser su amigo tanto para compartir momentos como confidencias, pero en el fondo en el fondo, el papel que me ha tocado en esta vida es el de ser su padre. Hay momentos en los que los hijos necesitan tener un padre o una madre, y no sólo para apoyarse en él o ella, sino también para que les marque unos límites y les aconseje sobre los caminos que deben rechazar. Es más, si no lo hacen ustedes por sus hijos, les puedo asegurar que nadie más lo hará, o al menos no lo harán con el cariño y la delicadeza con la que usted lo habría hecho. Ejerzan de padres, para caminar a su lado y para enseñarles desde pequeños cómo elegir por si mismos su propio camino cuando ustedes ya no tengan la suerte de estar a su lado. No es infalible, pero es la mejor receta que puedo darles.

La igualdad de oportunidades traída por la tecnología o Cómo los APIs públicos incrementan el fair play en Internet

Hoy les traigo un tema interesante por el impacto tan relevante que está teniendo ya a día de hoy en nuestro panorama tecnológico, así como por sus importantes implicaciones socioeconómicas. La mayoría de los ciudadanos ya se han acostumbrado a no despreciar ni un ápice las posibles influencias que los nuevos avances tecnológicos pueden traer a sus vidas. Los smartphones y los ecosistemas de aplicaciones han cambiado el día a día de mucha gente, y es ya una especie de cultura básica el saber utilizar nuestros teléfonos inteligentes y algunas aplicaciones clave.

No teman, si bien el tema de hoy tiene una base evidentemente técnica, ya saben que acostumbro a explicar de forma muy clara y sencilla las bases tecnológicas de los avances que les explico, para alcanzar al final unas conclusiones generales sobre su impacto en nuestras socioeconomías y en nuestra forma de vida.

Empecemos por explicar brevemente el concepto de API. Un API (o “Application Program Interface” según sus siglas en inglés), se podría definir como un conjunto de programas informáticos que permiten acceder de una forma determinada y estándar a la funcionalidad que da un programa de mayor dimensión. Es decir, por ejemplo, cojamos su cuenta de Facebook. Todo lo que usted publica o escribe en Facebook va a sus servidores en internet, y para acceder a esos servidores usted puede usar o bien la aplicación oficial de Facebook, o bien cualquier otra aplicación de otro programador que la haya hecho para venderla en Google Play o la AppStore. ¿Cómo sabe esa aplicación de terceros acceder a su información que está en los servidores de Facebook? Muy sencillo, con un API publicado por Facebook que describe qué y cómo preguntar por información a sus servidores. De esta manera, cualquier desarrollador que esté interesado en ello puede crear su propio programa para acceder a Facebook, y por ejemplo presentarle a usted un albúm de cumpleaños con todas las fotos suyas que sus amigos han cargado en Facebook este año.

Bien, a estas alturas ya tienen el concepto de API. Vayamos un poco más allá. El caso de Facebook es sencillo, pero ¿Qué me dicen por ejemplo de una aplicación de planificación de viajes que acceda a los servidores de Renfe para ofrecerle un viaje hecho a medida que incluya unos billetes de AVE con su correspondiente precio y disponibilidad? Ufffff, el tema se complica, puesto que pasamos a hablar de información crítica de una compañía, que necesita proteger porque es esencial para su operativa diaria, por no hablar ya de su carácter estratégico. Pero es cierto que cada vez más el mercado está demandando aplicaciones como la que les describo. Es más, Renfe en este caso podría aprovecharse de la “Comunidad” de desarrolladores que hacen por su cuenta una aplicación que le va a reportar ventas por la módica cantidad de 0€. Obviamente, esos desarrolladores querrán vender su aplicación en Google Play o la AppStore, o tal vez la aplicación sea gratuita y funcionen sólo por comisión sobre venta.

Ambas opciones suponen un nuevo modelo de negocio con claras ventajas para Renfe, pero el tema que quería abordar hoy con ustedes al respecto es más profundo. Aquel concepto de “Comunidad” difusa que nadie comprendía muy bien pero que ha llegado a producir excelentes sistemas operativos como Linux que se están comiendo el mercado, adopta ahora otro cariz. Ahora la comunidad no sólo acomete proyectos generalistas de informática, sino que una especie de comunidad formada por los desarrolladores presentes en los ecosistemas de aplicaciones, es capaz de hacerle a usted sin ningún coste de entrada una aplicación. La importante derivada de esto es el principal tema de este post: para ello usted debe darle con un API acceso a cierta parte de su información más preciada. El acceso a la información que a priori era impensable que les empresas permitiesen hace tan sólo unos años, ahora se vuelve estratégico para las compañías, y son ellas mismas las que publican APIs para facilitar a terceros el acceso a sus sistemas.

Obviamente, la seguridad es un tema clave. Hay que dotarse de una infraestructura que permita compartir de forma segura sólo aquella información que se desea hacer pública. Además hay que tener un especial cuidado con los accesos que sin duda los hackers intentarán hacer a nuestros sistemas, puesto que con unas APIs mal diseñadas serán capaces de entrar en nuestros servidores informáticos hasta la cocina, y hacerse con preciada información, o bien provocarnos un desastre. Con este fin hay en el mercado diversas plataformas de gestión de APIs, dicho sea de paso.

Otra consecuencia muy importante es que este nuevo paradigma socioeconómico supone una mejora del fair play dentro del sector de la tecnología: cualquiera con ideas, ganas, tiempo y recursos puede desarrollar una aplicación para vender billetes de Renfe o de productos y servicios de cualquier otra compañía. Sin duda un nuevo aspecto del progreso en la igualdad de oportunidades que son una de las bases esenciales de las sociedades occidentales.

Pero el trasfondo de este tema es que la economía y la socioeconomía han dado un giro radical respecto a la custodia y compartición de la información empresarial y el acceso a sus servidores. Han pasado de una posición claramente defensiva y cuasi-paranoica, a una mentalidad abierta en la cual ceden parte del núcleo de su negocio a cambio de un potencial beneficio. Podríamos acuñar esto como una democratización de la información de las empresas. Una política de claro y trasgresor aperturismo informático que reporta claras ventajas para consumidores, para la comunidad de desarrolladores y para las propias empresas. Un claro ejemplo de win-win a tres bandas, que supone un progreso socioeconómico real para nuestras sociedades, no sólo por el impacto en el corto plazo de la gran utilidad para todas las partes de las nuevas aplicaciones que se están desarrollando con las APIs, sino también por el gran progreso a largo plazo que suponen estos cambios de paradigma empresarial y socioeconómico que estructuran el tejido social y productivo de las sociedades que lo adoptan. El factor desencadenante es tener más beneficios. La consecuencia a largo plazo es hacernos lograr el progreso socioeconómico. Como muchas otras veces, la disyuntiva que algunos plantean de “dinero o socioeconomía” se resuelve en este caso serializando en una secuencia temporal de “primero se intenta generar más dinero, y en ése intento se acaba haciendo progresar la socioeconomía”. No siempre ocurre de esta manera, pero al menos, cuando tengamos claro que va a ser así, no seamos ni reaccionarios ni tímidos en adoptar unos cambios que nos acaban haciendo progresar como sociedad.

La falta de sentimiento de autocrítica en nuestra socioeconomía o El práctico recurso del anonimato

La crítica más útil y más acertada es la autocrítica. Somos nosotros mismos los que mejor nos conocemos, y por ello somos los que más podemos ayudarnos a evolucionar personalmente. Ahora bien, la autocrítica es una valiosa cualidad que en nuestras socioeconomías brilla por su ausencia, lo cual nos impide evolucionar personalmente, pero también socialmente y económicamente. Sigan leyendo y se darán cuenta de cómo enseñar a ser autocrítico es una urgencia social hoy en día.

¿No están de acuerdo en la falta de autocrítica generalizada que aqueja a nuestra sociedad? Pues vayamos con un ilustrativo ejemplo que a buen seguro pueden observar ustedes en su entorno una (sino varias) veces al día. Seguro que si sale el tema de la corrupción, la evasión de impuestos, y la economía sumergida, casi cualquier interlocutor que pueda usted tener enfrente va a proferir toda una serie de maldiciones contra todo aquel sujeto potencial sospechoso de cometer tamañas fechorías. Pero ahora bien, acto seguido, me ha ocurrido que, tras pasar a otro tema de conversación, mi interlocutor afirmaba con rotundidad que le había dicho al pintor que no le hiciese factura para ahorrarse el IVA. Estarán de acuerdo en que aquí hay mucha crítica y nada de autocrítica.

¿No les parece coherente lo que les estoy diciendo? Les pondré otro ejemplo. Tengo un conocido aficionado a disertar sobre los derechos de los trabajadores, los derechos de los inmigrantes, y los derechos de cualquier agente social y/o económico que exista en nuestro sistema. No es que esté en absoluto en contra de este discurso, pero me llama poderosamente la atención cómo sin embargo esta persona me consta que tiene una asistenta del hogar a la que no quiso hacerle un contrato oficial ni darle de alta en la Seguridad Social para ahorrarse unos eurillos de cotización. Y claro, su asistenta no tiene ni asistencia sanitaria, ni vacaciones, ni cotiza a la Seguridad Social.

¿Aún no están de acuerdo en que a nuestra sociedad le hace falta urgentemente una capa de autocrítica? El problema de los dos casos que les expongo no es que ocurran, desgraciadamente siempre hay individuos con conductas reprobables, el tema por el que les escribo hoy es porque casos como los dos que les he expuesto están tremendamente generalizados en nuestra sociedad. Tan generalizados que los considero una urgencia socioeconómica, no sólo por el impacto en la recaudación de impuestos y los derechos de los trabajadores afectados, sino además porque el problema real que subyace impide que nuestra socioeconomía progrese, y que nosotros evolucionemos como personas.

Y es aquí donde entra en acción la segunda proposición de la oración disyuntiva que lleva por título este post. El anonimato. Un tema esencial para el que suscribe. Los que me siguen ya saben que soy muy celoso de guardar mi identidad en las redes sociales. La razón es que en ellas escribo habitualmente opiniones críticas sobre mí mismo, pero también sobre la gente que me rodea; y como demasiadas personas a mi alrededor no tienen muy desarrollado el sentido de la autocrítica, si llegasen a saber que les estoy criticando a ellos, lamentablemente me habría ganado más enemigos en esta vida que Blas de Lezo entre la armada británica. Y sería además por los mismos motivos: por repartir a diestro y siniestro. Eso sí, en mi favor he de decir que la única y sana intención última de un servidor es agitar conciencias para en el fondo construirnos a nosotros mismos sobre unos cimientos sólidos, y de paso así construir un futuro y una sociedad mejor para todos.

Si este post les parece irrelevante y/o irreverente, si piensan que son los demás los que actúan de forma reprobable y ustedes por el contrario tienen siempre una justificación, si están convencidos de que hay que ser severo con ciertas actitudes pero les gusta otorgarse a ustedes mismos cuantas bulas papales les hagan falta, si ven la paja en el ojo ajeno y no  la viga en el propio… Me temo que en ése caso se han contagiado ustedes de esta tremenda enfermedad.

Permítanme despedirme diciéndoles que equivocarnos nos equivocamos todos; el verdadero error está en no reconocerlo ni admitirlo bajo ningún concepto, porque es entonces cuando actuaremos de forma reprobable una y otra vez, sin ninguna posibilidad de mejorar en la siguiente ocasión. Entre la falta de autocrítica previa, y la autoindulgencia posterior, en esta sociedad no daríamos a basto ni con tropecientas ediciones de manuales de autoayuda; y digo “daríamos” porque es que en el fondo el personal no es ni consciente de su propio problema, ni por lo tanto va a tratar de solucionarlo: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Por favor, cultiven el arte de la autocrítica, además de ayudarles a ser más realistas, evolucionarán como personas, y con ustedes la sociedad progresará en su conjunto. No olviden que en esta vida debemos ser coherentes con los demás, pero también con nosotros mismos.

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Qué entiendo por Socioeconomía o Por qué debería preocuparse por ello más que sólo por la economía

La Socioeconomía es una disciplina híbrida como tantas otras, pero el tema es que, en este caso, de su progreso en nuestras sociedades depende literalmente nuestro futuro y, lo que es más importante, también depende el futuro del mundo que dejamos a nuestros hijos. Los habituales de este blog ya sabrán de la importancia que le doy a todos los temas socioeconómicos, y espero haberles contagiado con mi inquietud por un tema clave de forma individual para cada uno de nosotros, pero que revierte inevitablemente en la sociedad en su conjunto.

Pero tratemos de definir con un poco de precisión qué es socioeconomía. Es cierto que es un concepto algo difuso, pero a mí personalmente me gusta hacer una interpretación propia del término, en la cual tiene un papel protagonista la economía, pero en la cual no hay que olvidar al co-protagonista que es la sociedad. No me prejuzguen antes de tiempo. No soy uno de esos teóricos a los que se les llena la boca hablando de idealismos totalmente irrealizables que, más que como un objetivo para avanzar, se los plantean como una meta alcanzable. Si bien no quiero entrar a juzgar la supuesta buena intención que subyace tras algunos de estos idealismos, llevarlos a la práctica resulta siempre en un desastre económico (y social) de una magnitud incalculable. Aquí tratamos la economía con su debido respeto, siendo conocedores de sus mecanismos y su gran importancia en nuestro mundo, puesto que sin economía no hay ni educación, ni sanidad, ni cultura, ni nada de nada. Tal vez el dinero no sea lo único a considerar en este mundo, pero sí que muchas cosas importantes dependen de él, por lo que satanizarlo no nos va a llevar demasiado lejos.

Pero no por ello debemos asumir que debemos ser esclavos del dinero, y que todo en nuestra sociedad y economía debe estar encaminado únicamente a maximizar los ceros de nuestras cuentas bancarias. Me niego rotundamente a aceptar como válida la famosa frase de Oscar Wilde: “En estos tiempos los jóvenes piensan que el dinero lo es todo, algo que comprueban cuando se hacen mayores”. Tampoco soy uno de esos negacionistas que, en su limitación de recursos económicos, optan por transformar su frustración en actitudes que niegan su evidente resquemor por algo que necesitan y no consiguen. Simplemente creo que nuestra sociedad está desviándose de su camino, y que aún estamos tiempo de enderezar el rumbo para apuntalar un sistema que ha demostrado ser la mejor forma de generar calidad de vida en los últimos siglos.

Soy muy consciente de que la economía es uno de los sistemas más complejos de entre los que conocemos. Hay demasiadas variables que le influyen, y de la misma manera, influye a su vez en muchas otras variables. Aquí las que más nos ocupan son las variables económicas que rigen el devenir de nuestra sociedad. Lo que queremos que sea nuestro mundo el día de mañana depende de (y a la vez está intrínsecamente vinculado a) nuestra economía. En las sociedades occidentales tenemos una serie de valores que se dan por básicos, pero que en las últimas décadas han sido paulatinamente arrinconados en baúles con olor a naftalina. Me refiero a conceptos como la honestidad, la honradez, la sinceridad, el buscar el bien común por encima del bien personal, la responsabilidad en la función pública y privada, la ética, el tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros, la justicia social, la igualdad de oportunidades, el respeto entre clases, el diálogo, y así hasta un largo etcétera, que no por largo y olvidado deberíamos dejar de volver a poner en el mapa que marca nuestro rumbo.

Un gran problema por el que nos estamos apartando de estos valores personales y sociales tan fundamentales es por la deriva de un sistema en el que es natural que siempre haya unas clases más favorecidas económicamente y otras menos. Con el paso de los años, la naturaleza humana de querer conservar lo conseguido, hace que esas clases ligeramente favorecidas creen lobbies y grupos de presión para favorecer sus intereses ante los legisladores, y ello deriva en más riqueza para los más ricos, y por lo tanto una mayor brecha económica en comparación con los más desfavorecidos. Como muestra de ello pueden observar cómo el salario medio de un directivo de empresa está en media en multiplicadores de varios cientos de veces el salario medio de su empresa, cuando este parámetro estaba en los años setenta en el orden de las pocas decenas. En todo sistema, siempre el interés de unos pocos, que se ponen más fácilmente de acuerdo en un objetivo común, va a prevalecer sobre el interés de una mayoría disgregada y dispersa. Ahí está la debilidad del sistema, porque la sostenibilidad depende precisamente de esa inmensa mayoría: la clase media.

Pero vayamos a la pregunta clave ¿Es este mundo polarizado el que queremos construir?. Les formulo la pregunta de otra forma, puesto que todos en el fondo todos buscamos la felicidad (aunque algunos se equivocan en el camino para conseguirla), ¿Lograríamos todos ser más felices en un mundo dividido en unos pocos muy ricos y una mayoría desfavorecida? No les niego que algunas personas sean capaces de hallar la felicidad en la más absoluta de las miserias, pues hay gente que logra independizarse de toda atadura material. Pero éste nunca va a ser un caso al alcance ni deseable para la mayoría. Así que tomemos el ejemplo de sociedades polarizadas. Hay algún país latinoamericano en el que me consta que hay una élite con muchos recursos económicos, y una inmensa mayoría con escasa capacidad de compra. Obviamente, los desfavorecidos en este país no son felices, porque que muera uno de tus hijos por no tener asistencia sanitaria, o que el gran problema de cada día sea conseguir alimento para tu familia, no es algo en lo que la felicidad desborde a quienes padece esta situación. Pero también conozco casos de personas con mucho dinero en este mismo país que tampoco son felices en absoluto. Son ricos que se sienten permanentemente encarcelados, siempre protegidos tras una alambrada de espino, donde las mujeres y los niños no pueden salir solos y sin protección profesional bajo ningún concepto, donde los atracos son algo más que cotidiano, donde los niños juegan a secuestros etc. Para qué seguir, ya se lo pueden imaginar: en esta sociedad en concreto, nadie, repito, nadie es feliz.

Es por ello por lo que la economía debe adquirir una nueva dimensión más allá de los valores meramente ponderables en cantidad de ceros en una cuenta corriente. Tanto dirigentes, como acaudalados, como desfavorecidos, deben ser todos conscientes de la necesidad de construir un mundo con valores, aunque también con servicios básicos; pero eso sí, siempre desde la sostenibilidad y la viabilidad económica: nada es gratis, tampoco los servicios dados por el estado. Ha se seguirse la máxima de algunas ONGs: no hay que dar el pescado, hay que dar la caña y enseñar a pescar. Hay que re-enfocarse hacia un mundo con igualdad de oportunidades, pero también en el que la economía pueda asegurar que existan oportunidades en el mercado.

No les voy a poner como ejemplo de sistema político-económico a los países nórdicos. No voy a entrar en la eterna discusión sobre si es preferible un modelo estatalista de impuestos altos y regulaciones profusas, o un modelo liberal de impuestos bajos y mercado desregulado. Salvando la distancias, ya que tampoco los países nórdicos son para nada un sistema extremista, me permito recordarles que rara vez una tendencia llevada al extremo suele resultar buena, porque el extremismo suele intensificar las vulnerabilidades y debilidades de las premisas iniciales (ninguna premisa es perfecta); no debemos descartar una solución basada en un punto de equilibrio razonable a medio camino entre la sobrerregulación y la falta absoluta de ella. Pero por el único motivo por el que les saco a colación hoy los países nórdicos es por su evolución socioeconómica, y más concretamente por el nivel de responsabilidad personal de la mayoría de agentes económicos y sociales que participan en su sistema. Su nivel de educación y su nivel ético, siendo todavía mejorables, distan años luz de los nuestros, y  les permiten tener gestores públicos y privados que tienen en cuenta el bien común más que los nuestros, y que se plantean cuestiones éticas y sobre todo cómo hacer bien las cosas, algo que por estas latitudes les daría risa a demasiados políticos si simplemente se lo planteásemos.

Como resumen, preocúpense en su día a día por cómo la economía acaba configurando la realidad social en la que vivimos, y de cómo nuestra sociedad orienta sus valores y la felicidad de sus individuos hacia el progreso de la economía. Hay que romper ese actual círculo vicioso y volverlo virtuoso, orientándolo hacia unos valores que tuvimos a mediados del siglo veinte, y que las décadas han ido borrando del decálogo de nuestros dirigentes y de los libros de mesilla de todos nosotros. Empiecen por ustedes mismos, en nuestro sistema estas cosas se construyen de abajo a arriba. No flaqueen ante las actitudes reprobables de algunos. En el fondo, ellos envidian la seguridad y la firme creencia en unos valores que sólo saben sustituir por montañas de billetes transportados en bolsas de basura o por cosas aún peores. El dinero es una variable importante, pero en este mundo hay algo más que además no puede cuantificarse en número de monedas.

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El miedo a triunfar ante los demás o La envidia como freno al progreso socioeconómico

El miedo a triunfar ante los demás, no es más que el miedo a triunfar ante uno mismo. La envidia es un sentimiento más generalizado de lo deseable en nuestra sociedad, pero no por ello aceptado. Es por este motivo por el que la gente oculta a toda costa este sentimiento cuando siente envidia, a pesar de lo evidente de la tonalidad verde fluorescente de sus comentarios.

Al fin y al cabo, todos somos conscientes de que la envidia es una obvia declaración de inferioridad, por ello es lógica la tendencia general a ocultar la envidia a toda costa, pero es que además el problema es en realidad el miedo a triunfar ante uno mismo. Como demostración de lo que digo, respóndanse a la siguiente pregunta: si nadie muestra claramente su envidia, ¿Cómo es que la gente que tiene miedo a triunfar puede estar tan convencida del desastre social que les supondría tener éxito?… Han de estar muy convencidos de ello, puesto que prefieren renunciar a las mieles y los réditos del éxito ante el pavor que les produce la imagen del rechazo social. Es cierto que hay algún caso que muestra envidia de forma abierta y evidente… pero en general la gente tiene miedo al éxito porque ellos mismos han experimentado la envidia una alguna vez, conocen sus mecanismos psicológicos y saben reconocer en los demás lo extendido que está este sentimiento a nivel social. Saben perfectamente qué hay detrás de una crítica injustificada a alguien que parece estar triunfando. Ellos mismos seguramente lo hicieron alguna vez. Y optan por mantener en secreto sus modestos o no tan modestos éxitos, con la imposible intención de mantener la aceptación en sus círculos sociales.

La envidia es censurable, pero todo el mundo la siente alguna vez. El problema es cómo la reconducimos. La envidia no es mala en la medida que nos puede impulsar a mejorar. La envidia es mala cuando deriva en mal perder, o cuando alguien se enroca en su negativismo sin admitir que anhela lo que otro ha conseguido. Incluso hay gente que obstinadamente rechaza de pleno el tratar de conseguir unas metas que hasta el momento siempre había perseguido para sí, a fin de ocultar su verdadera admiración y envidia por el triunfo ajeno. La crítica gratuita, el sacar defectos sin motivo, el no reconocer ningún mérito… son todos inequívocos síntomas de color verde hospital. Estén atentos a su entorno porque no habrá semana en la que tristemente no vean u oigan actitudes como éstas.

Ya saben que sobre este tema de la envidia y el éxito les hablo con cierta frecuencia. Lo hago por las implicaciones a gran escala que este tipo de actitudes acaban teniendo en la gente que nos rodea y en la sociedad en la que vivimos. A pesar de todo lo que ya hemos comentado desde hace años sobre el tema, el otro día, mi mujer me recomendó un excelente artículo que viene a colación y que sin duda merece la pena que lean: “La envidia y el síndrome de Solomon” http://elpais.com/elpais/2013/05/17/eps/1368793042_628150.html Les resumiré que en el artículo se habla de un famoso experimento social del doctor Solomon en el que se demostraba fehacientemente cómo a la mayoría de las personas les influye enormemente la opinión de los demás y la aceptación social. Esto es así hasta tal punto que prefieren dar conscientemente una respuesta incorrecta y dejarse llevar por la equivocada mayoría, antes que arriesgarse a ser socialmente rechazados.

Creo que ha quedado claro que el punto de vista del post que les traigo hoy aporta valor respecto al artículo anterior, puesto que, según hablábamos antes, el miedo a triunfar es realmente el miedo a triunfar ante uno mismo. Un sentimiento tan ocultado como la envidia no permite reconocerla en los demás si no la ha sentido uno mismo. El tema no es que uno la reconozca a su alrededor cada dos por tres, sino que, cuando la gente visualiza para sí una carrera de éxito, inevitablemente se juzga a sí mismo de forma autorreferencial y descubre que su futuro de éxito le daría envidia a su presente de normalidad. Ahí está la clave. Sentimos envidia de nosotros mismos, y este sentimiento nos hace proyectar cómo se sentirán muchas personas de nuestro entorno si nos ven triunfar y cómo nos juzgarán de forma sumaria… y claro, siendo los seres humanos de naturaleza gregaria, en lógico que muchos opten por un futuro acompañado que siga en la normalidad, en vez de un solitario futuro de éxitos. Esto con el consiguiente perjuicio para el progreso de nuestra socioeconomia, pues se acaban cercenando muchas posibles iniciativas, innovaciones y, en definitiva, avances socioeconómicos.

A falta de una, hoy les dejaré con dos citas muy apropiadas, para que piensen en ellas esta noche. La primera es de Sir Francis Bacon y dice: “La envidia es el gusano roedor del mérito y de la gloria”. La segunda es una cita de José Luis Borges, que afirmó: “El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: Es envidiable”. Podrán observar cómo las opiniones que les ha razonado un servidor se sintetizan milimétricamente en estas dos citas. Tras leerlas, ahora piensen qué le queda a un país en el que el mérito y la gloria están roídos desde la base, y qué tenemos y qué nos espera en el futuro si a ése país le ponemos por nombre España. Les he dicho en más de una ocasión que, para progresar como sociedad, la autocrítica es fundamental, y que siempre hay que intentar solucionar los problemas empezando por uno mismo. Yo he aportado modestamente mi granito de arena con este post, pero también con mis propios esfuerzos diarios. El resto es cosa suya. Del esfuerzo de todos depende que consigamos mejorar como sociedad.

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El ego superlativo o La importancia de llamarse Proculo

Me parecía detectar que la tónica general entre nuestros jóvenes es sentirse que son muy importantes. Generalmente por nimiedades o motivos de lo más superficiales, cuando no ridículos, he tenido la ocasión de escucharles ensalzándose a sí mismos y hablando con una autosuficiencia que no es propia ni siquiera de edades adultas.

Mis sospechas se ven ahora confirmadas por los datos que se publican en el libro “The Road to Character” de David Brooks. Para que se hagan idea de la magnitud de lo ególatra del joven de hoy en día, mientras que en 1950 un 12% de los adolescentes estadounidenses afirmaban que se consideraban a sí mismos personas “muy importantes”, en 2005 este porcentaje se catapulta a un sorprendente 80%. Otro dato significativo es que en 1976 los encuestados puntuaron que llegar a ser famoso como objetivo en la vida estaba en su escala de importancia en la posición 15 de un total de 16; sin embargo en 2007 un 51% de la gente joven declara que llegar a ser famoso es una de sus principales ambiciones.

Los que día a día nos esforzamos por recordar lo efímero de nuestro mundo y la relativa importancia de todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, sin duda calificaremos estas cifras de impactantes. Lo son, sin paliativos. Lo peor es que son indicativas de que en nuestra sociedad impera un ego superlativo, autosuficiente y soberbio hasta el extremo, y a menudo sin ni siquiera un desempeño personal o profesional que lo acompañe, y noten que no digo que lo justifique, porque una actitud así casi nunca es justificable. Ni siquiera nuestros adolescentes, edad a la que todavía no se es productivo profesionalmente ni se ha alcanzado la madurez personal, son conscientes de este error de enfoque vital.

El ego, si bien puede venir fundamentado por la personalidad o la valía en unos pocos casos contados, en otros no veo ni rastro de ningún motivo que se corresponda con el concepto de sí mismo que tienen algunos. No se equivoquen. A menudo los que más motivos tienen para creerse importantes, menos importantes se consideran a sí mismos. La egolatría es vulgar, simplista, fácil y tremendamente equivocada. ¿Acaso no murieron el César, los Reyes Católicos, Einstein y tantos otros? ¿Se paró el mundo tras su muerte? No, el mundo siempre sigue girando, caiga quien caiga, y los que quedamos seguimos girando con él. El relativismo existencial no es una premisa, sino que es una preciada conclusión vital fruto del esfuerzo personal por comprender el mundo que nos rodea. Dense cuenta de cómo los que más evolucionan personalmente, más modestos son y más relativizan su mundo y a sí mismos. Por algo será.

En el fondo siempre he pensado que tener un ego superlativo es un síntoma inequívoco de complejo de inferioridad. El que da importancia a las cosas que de verdad importan en esta vida, el que tiene una seguridad en sí mismo pulida en la modestia, el que es relativista por naturaleza, no necesita creerse “muy importante” ni ansiar ser famoso para tener un adecuado concepto de sí mismo. Aquí se trata de que el concepto de uno mismo ha de pasar por saberse prescindible y (tan sólo) relativamente importante. El elevado concepto de uno mismo es saberse querido por la gente que de verdad importa, y no que las redes sociales nos hagan de multitudinario altavoz cada vez que abrimos la boca.

Si les soy sincero, busco el motivo por el que nuestra juventud es así precisamente hoy en día. Creo haber llegado a la conclusión de que el problema es lo mediatizada que está nuestra sociedad, además de la potencialidad del impacto que las redes sociales pueden darle a cualquiera. Nuestra parrilla televisiva y nuestro Twitter están plagados de gente que se ha hecho famosa de la noche al día, y que no tienen mayor oficio o beneficio que opinar sobre todo lo que se mueve para que nosotros simplemente les escuchemos. Y claro, nuestros jóvenes piensan que esto también les va a ocurrir a ellos. Es el narcisismo de saberse profesado e idolatrado aunque lo que se diga sea irrelevante. El mundo que hemos transmitido a nuestros jóvenes es un mundo en el que ya no interesa la importancia de lo que digamos, sino la cantidad de gente que nos escucha.

Me despediré hoy aclarando que el nombre de Proculo, que citaba al comenzar este post, es un nombre de origen latino que significa autosuficiente. Su elección no ha sido casual, precisamente lo he elegido para el título de hoy por su significado, y porque siempre he pensado que sentirse orgulloso de su propio nombre o apellido es un inequívoco síntoma de autosuficiencia. Y para que vean lo extendida que está la cosa, no tienen más que ver en qué puesto de souvenirs falta el típico regalo que se regodea en el significado de los nombres o apellidos. Es lo que trasciende tras todo lo que hemos pensado hoy. La raíz del problema es la (pretendida) autosuficiencia. Les dejo con una cita de Joyce Carol Oates (un poco desvirtuada por la traducción): “Mi yo me pertenece. No tengo ninguna necesidad de ti”. Como ya les he dicho en otras ocasiones, es muy peligroso hacer depende el concepto de uno mismo de los demás. Las ganas de darse importancia, y la autosuficiencia hueca, no tratan más que de buscar en los demás el reconocimiento que no nos damos nosotros mismos.

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La importancia de elegir un buen modelo personal o La influencia que se escapa a nuestro control

La mayoría de la gente toma uno o varios modelos personales a los que de una manera u otra trata de imitar. La correcta elección de estos modelos es probablemente una de las decisiones (consciente o inconsciente) más importantes que toman especialmente nuestros jóvenes, puesto que sobre ella construyen los cimientos de la persona en la que luego se acaban convirtiendo.

La adolescencia es una época clave en la cual nuestra personalidad es más maleable y vulnerable que en la edad adulta. Si a ello añadimos las inseguridades propias de una edad en la que las personas tratan de buscar una identidad casi desesperadamente, tenemos el cóctel perfecto para que los modelos personales tengan a esa edad más influencia que nunca sobre nuestro futuro.

No se equivoquen, de adultos también tenemos modelos, pero con una pequeña ventaja sobre los adolescentes. Nuestra seguridad e identidad más desarrolladas nos permiten ser capaces de ser más selectivos a la hora de elegir qué queremos aprender y qué no de cada uno de nuestros modelos personales, distanciándonos de la imitación ciega que profesan la mayoría de los adolescentes.

En cualquier caso, seamos adultos o no, la elección de nuestros modelos es igualmente fundamental, puesto que en cierta manera les admiramos. El problema radica  en que la admiración a veces provoca deslumbramiento, y el deslumbramiento suele llevar consigo poco juicio crítico. Ello implica que, incluso estando en la madurez de nuestra vida, la influencia que nuestros modelos personales ejercen sobre nosotros trasciende el plano de lo consciente, y muchas veces les acabamos tomando como ejemplo incluso en las cosas que no debemos. Porque no lo olviden, toda persona tiene sus defectos, incluso nuestros modelos personales. Tratar de aprender de ellos sólo en lo bueno es una meta a alcanzar, pero no siempre lo vamos a poder conseguir. De ahí la gran importancia de elegirlos bien, en lo bueno y en lo malo.

Yo sinceramente creo que nuestra sociedad está enferma, y que uno de los grandes problemas que tiene está relacionado con los modelos que eligen nuestros jóvenes para cimentar sus personalidades futuras. Es demasiado común preguntar en círculos de niños que qué quieren ser de mayores y encontrarse con que la inmensa mayoría sólo quieren convertirse en futbolistas o famosos. A menudo aspiran tan sólo a futuros de mucho dinero, que llega rápido y con poco esfuerzo. No conozco a casi ninguno que diga que quiere pasar noches en vela para descubrir una vacuna como la del ébola, y luego poder darla gratuitamente sin patentes para que no muera la gente en África. Y los niños a esas edades sólo son esponjas que absorben de su entorno, por lo tanto hay algo que los adultos les estamos enseñando muy pero que muy mal.

Servidor, como uno más, también tiene y ha tenido sus propios modelos personales. Uno de ellos es César, una persona de mi entorno más cercano en la que siempre me he fijado por diversos factores. Entre dichos factores está su calidad personal, su esfuerzo continuo por mantener un buen nivel cultural, sus inquietudes por enriquecerse y evolucionar como persona, y su pasión por la vida, viajar, conocer otras culturas, etc. César no es perfecto, obviamente, pero de él he podido aprender algunas cosas fundamentales que me permiten en parte ser hoy en día el que soy.

A buen seguro también están ustedes rodeados de gente que sólo se queja de su presente y culpa de todo a su entorno, sin el menor rastro de autocrítica. La autocrítica es la forma más fácil de mejorar nuestra situación, puesto que sólo depende de nosotros. Seguramente una parte importante de esa autocrítica debería empezar por los modelos que eligieron hace años nuestros quejicas. Por lo que les citaba a César en el párrafo anterior es porque aquí entra en acción una de sus enseñanzas. Me ha dicho muchas veces que los romanos decían que “La peor rueda del carro es siempre la que más chirría”. Así que ya saben, quéjense menos, y céntrense más en lo que esté en su propia mano para mejorar su vida, entre ello elegir como modelos a esas joyas de amigos o conocidos que discretamente nos rodean a todos. Sobre los que conscientemente eligen modelos y valores equivocados, y a veces hasta se jactan de ello, allá ellos: probablemente el futuro en algún momento les demostrará que estaban equivocados en los modelos que en su día se fijaron como meta.

En todo caso, me despediré hoy recordándoles que, si les gusta cómo me planteo las cosas, mi forma de razonar, y cómo lo comparto con ustedes, deben de agradecérselo en parte a César como a tantos otros. Los cimientos de mi personalidad están fraguados con las recetas que ellos me enseñaron, además de las que yo mismo he podido modestamente aportar a lo largo de los años. Lo mismo les digo a ustedes para consigo mismos, elijan bien sus modelos, porque siempre acaban esculpiendo su espíritu más allá de su propio control. Y créanme cuando les digo que tener claro un buen destino evita muchas veces equivocarse en cada cruce de caminos, porque para esto de la vida a ninguno nos dan un mapa.

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La realidad virtual como método de empatía y solidaridad u Homo Homini Lupus

¿Puede la tecnología ayudarnos a ser más empáticos y solidarios con otras personas? Es la intrigante pregunta que trataremos de responder en este post y que se desprende de una reciente investigación realizada por el Laboratorio de Ambientes Virtuales de la Universidad de Barcelona (EventLAB). Dicha investigación se resume en el siguiente artículo “Un laboratorio para probarse cuerpos”.

Para los que no tengan el tiempo o las ganas de leer la noticia completa, les resumiré el artículo en este párrafo. Hay dos frases que nos interesan especialmente para este post: “El comportamiento de las personas varía en función del avatar de realidad virtual en el que se encarnan”, y “A pesar de que nuestro cuerpo nos parezca que es algo firmemente establecido e inamovible, parece que el cerebro lo está recalibrando casi continuamente y que hay un ‘refresco’ continuo de la representación corporal”. El experimento en cuestión, entre otras cosas, hacía que una persona delgada viese a través de unas gafas de realidad virtual que su cuerpo en realidad tenía barriga, y sorprendentemente la sentía como propia. También se experimentó con avatares de otras razas, y una de las conclusiones fue que encarnarse en un cuerpo de otra raza modifica los prejuicios raciales. Todo se basa en el llamado “Efecto Proteo”, que es la versatilidad de las personas para comportarse de distinta manera en escenarios virtuales en función de los distintos avatares que encarnan; es algo conocido desde hace tiempo en la industria de los videojuegos, que han sido la primera aproximación tecnológica a encarnar otro personaje con ciertas dotes de realismo (con permiso de los actores de cine y teatro).

Y es momento de ir entrando en la cuestión central de este post. Una vez leídas las conclusiones de estos experimentos, ¿Creen ustedes que la realidad virtual aumentará la empatía y la solidaridad en nuestra sociedad?. Pónganse en situación. Piensen. ¿Acaso no están ustedes más sensibilizados con el maltrato cuando es alguien de sus círculos el o la que lo ha sufrido? ¿Acaso no son más conscientes de la problemática de los síndrome de Down cuando es un amigo o amiga suya la que ha tenido un hijo con este problema? Aunque la realidad virtual no nos permita por ejemplo sentirnos con síndrome de Down, puesto que es algo que trasciende la mera apariencia, éstas son preguntas cuyas respuestas nos van a permitir contestarnos la cuestión que abría este post. Estarán de acuerdo en que, en el fondo, todos somos más proclives a solidarizarnos con alguien cuando nos identificamos con él o ella. Es una forma de egoísmo bastante extendida: muchas veces las personas no estamos demasiado sensibilizadas con problemas o amenazas que no sentimos que nos puedan afectar a nosotros también. Podemos pues afirmar que, a la vista de los resultados del experimento y de las conclusiones anteriores, la realidad virtual sí puede ayudar a hacer a nuestra sociedad más solidaria. Obviamente hablamos de la generalidad pues hay casos y casos, y siempre hay gente que es ya de por sí muy empática y de espíritu solidario por naturaleza, sin necesidad de ninguna realidad virtual.

No obstante, no lancen las campanas al vuelo todavía. La realidad virtual no es la panacea para esas actitudes insolidarias y censurables que todos hemos visto alguna vez. Igual que hay individuos empáticos y solidarios por naturaleza, también hay individuos tremendamente egoístas por naturaleza, que no se solidarizan con nadie ni por asomo, ni siquiera consigo mismos. ¿Acaso no han visto ustedes a gente que ha estado en una situación problemática (caldo de cultivo propicio para solidarizarse) y cuando a otra persona le pasa lo mismo no se solidariza con ella? ¿No conocen ustedes a personas que un día defienden una idea con uñas y dientes porque es lo que más les interesa en ese momento, y a la semana siguiente pueden defender igual de vehementemente lo contrario porque es lo que les interesa ahora? Y son capaces de hacerlo sin que ni siquiera se les despeine el flequillo. Por eso les digo que hay casos de gente que no se solidariza ni consigo misma: simplemente son egoístas per sé, y no dan más de sí ni son capaces de ponerse en el lugar de los demás. Es más, me atrevería a preguntarles: ¿Acaso no se han sentido ustedes mismos así alguna vez en cierto grado?

Pero si nos preguntábamos si la realidad virtual es capaz de hacer más solidaria nuestra sociedad en su conjunto, las actitudes de ciertos individuos concretos no son relevantes en el balance global; ahora bien, la siguiente pregunta que debemos plantearnos es: ¿Cuál es la proporción en nuestra sociedad de este tipo de individuos insolidarios y egoístas sin remedio? Y lo que es más importante e inquietante, en unas empresas e instituciones mayormente dirigidas por objetivos con un claro interés particular ¿Es este tipo de personalidades las que la sociedad promociona a puestos de responsabilidad para dirigirnos? ¿O por el contrario las personas que terminan ocupando estos puestos muchas veces se acaban volviendo así porque piensan que es como deben actuar y lo que se espera de ellas? Siento decirles que no tengo una respuesta para estas preguntas, o más bien, sí que la tengo, pero es una percepción tan personal que tiene exactamente el mismo peso que las respuestas que puedan darse ustedes a sí mismos. Por ello, una vez más, a su conciencia me remito. Homo homini lupus: algunos son ovejas, y otros auténticos lobos. ¿Es más grande el rebaño, o la manada? A veces uno se siente tentado a pensar que es mejor que el casi siempre impredecible futuro no les llegue a quitar la piel de cordero a los lobos camuflados. Es muy probable que sean muchos más de los que a priori cabría pensar. Pero, por si acaso una volada de viento deja los lobeznos lomos al descubierto, mi mejor consejo es que, en su día a día, escuchen discretamente si los individuos que les rodean balan o aúllan; más que nada para que puedan elegir al tipo de personas que quieren que les rodeen, y no llevarse luego sorpresas desagradables.

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La quema de libros está obsoleta o Cómo la digitalización facilita la perpetuación de la homogeneización cultural

La quema de libros es un símbolo muchas veces enarbolado a lo largo de la historia. Hay hogueras literarias que van desde la quema de libros llevada a cabo por los nazis el 10 de Mayo de 1933 como parte de su “Acción contra el espíritu anti-alemán”, hasta la quema de libros relatada por Cervantes en su magistral novela de ficción “Don Quijote”, que empieza con el caballeresco “Las sergas de Esplandián” a proposición del barbero. Son episodios que se suelen grabar en la memoria del que los lee, puesto que los libros hoy en día se consideran en general un bien cultural, y su destrucción a gran escala toca la fibra sensible de muchas personas que ven en la cultura un vehículo de progreso socioeconómico.

En este post en concreto, no quería hablarles de la quema de libros en sí misma, sino más bien de cómo la tecnología del siglo XXI puede facilitar enormemente esta tarea a todo el que esté dispuesto a prender la mecha. La digitalización de libros, música, etc. es algo que ya se viene materializando desde hace unos años. Su avance es apabullante, y podemos decir que dentro de unos años casi todas las obras literarias y musicales de la humanidad acabarán por estar únicamente en soporte electrónico. Las ventajas que ello supone con incontables, pero también hay algunas amenazas en las que no se suele reparar muy a menudo. Una de ellas, y creo que la más impactante, sería el encender una hoguera digital.

Hasta ahora, organizar una quema de libros era algo que requería mucho más esfuerzo y organización, y su efectividad real era relativa. Una quema de libros era más bien un acto simbólico por el que los que mantuviesen ocultos ejemplares de las obras incineradas pasaban a saber que estaban corriendo un riesgo cierto. Ahora, y más aún en un futuro próximo de libros exclusivamente electrónicos y Spotify, eliminar un libro o una canción de los anales de la historia se limitará a un simple click hecho por la autoridad que ejerza la censura. Simplemente apretar un botón y automáticamente las obras se borrarán para siempre de librerías, bibliotecas, editoriales… y los usuarios ya no tendrán acceso a ellas. Goebbels, el Ministro de Propaganda e Información nazi, nunca habría ni siquiera soñado con algo así, ¿No creen?.

Esto abre una nueva puerta a los mecanismos que los regímenes totalitarios utilizan para imponer sus habituales homogeneizaciones culturales, bien sea por parte de regímenes de izquierdas, bien sean de derechas. Imponer un credo político-social al pueblo será mucho más fácil, y lo que es más impactante, esta homogeneización cultural no sólo se impone para las generaciones presentes, sino que, borrando para siempre una obra, se impone también automáticamente para las generaciones futuras. El totalitarismo no será una opción, será LA opción, porque no habrá otra alternativa ideológica que esté plasmada en ninguna obra a disposición del público ni que pueda servir para hacer que los ciudadanos aspiren a un sistema diferente. Y recuerden los riesgos de la homogenización cultural que ya analizamos en el post “La dictadura de la mayoría o El democrático exterminio de las notas discordantes”. Como siempre les digo, el futuro es impredecible, y nunca se sabe cuándo la sociedad va a necesitar unas determinadas ideas para poder asegurarse su supervivencia.

Pero en el proceso de digitalización cultural no todo es totalitarismo e imposición inevitable. Tengan en cuenta que la gran ventaja de los contenidos digitales no sólo es que se puedan borrar con un solo click, para desgracia de los totalitarismos, también se pueden copiar con un simple click. Además añadiría que ocupan muy poco en comparación a un libro impreso, tan sólo unos bytes en un disco duro de un servidor que puede estar ubicado en algún lúgubre y recóndito lugar del planeta, esperando pacientemente a que alguien de la Resistencia se lea unos párrafos.

La reflexión que pretendía hacer hoy con ustedes es que con la digitalización cultural la censura cambiará radicalmente su modus operandi, pero también lo harán los medios para saltársela. El otro día un buen amigo me comentaba una de las frases que dijo Hermann Göring, nazi fundador de la Gestapo: “Cuando oigo la palabra cultura, cojo mi revólver”. En cualquier caso, ya no hará falta que se lleve la mano a su pistola Walther PPK, lo único que deberá coger es el ratón, hacer click y provocar un apagón digital selectivo. A partir de ese momento, esas obras censuradas pasarán irremediablemente a formar parte de la oscura Internet oculta: accesibles únicamente para el que se atreva a arriesgar su vida bajo el omnipresente escrutinio del Gran Hermano digital.

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Bio-hacking para tomar el control de su cerebro o El ilusionismo perversamente llevado a la tecnología

¿Han oído alguna vez hablar del Bio-Hacking?. Si hasta el momento no han oído hablar de ello, no duden que en unos años estará en boca de todos. El Bio-Hacking será el nuevo campo de batalla de una seguridad que ya traspasa el plano informático, y entra de lleno en la seguridad personal en el sentido más amplio de la palabra.

Pero empecemos por el principio. ¿Qué es el Bio-Hacking?. Pues no es ni más ni menos que hackear (principalmente) el cerebro, es decir, aprovecharse de las debilidades y defectos de nuestros cerebros para obtener algo a cambio, incluido el mero placer de superar un reto. Ya ven como en realidad el Bio-Hacking lleva con nosotros muchos años. La magia y el ilusionismo son buena prueba de ello, puesto que se aprovechan de cómo nuestro cerebro percibe y procesa la información de los sentidos para engañarle con ilusiones que no existen en la realidad. Otro buen ejemplo son los ladrones sin violencia, que le empujan a uno con fuerza por la espalda para luego disculparse, y mientras nuestro cerebro está procesando el fuerte empentón, no es capaz de percibir el sutil roce de nuestra cartera siendo sacada del bolsillo por los hábiles dedos del carterista.

Nada nuevo hasta el momento, ¿Por qué les saco pues a colación este tema ahora?. La respuesta está en el hecho de que uno de los campos en los que más progreso vamos a ver en las próximas décadas es en las disciplinas híbridas entre medicina, psiquiatría, telecomunicaciones e informática. Sí, ya les he hablado en otras ocasiones de ello, es la neurociencia. El profundo conocimiento del cerebro que van a traer consigo estos avances, permitirá conocer nuevas vulnerabilidades de nuestros cerebros, que pueden ser aprovechadas por criminales bien para hacerse simplemente con su billetera, bien para conseguir que se quede usted fácilmente inconsciente o incluso con la voluntad anulada. Nosotros somos nuestro cerebro. El Bio-Hacking abrirá peligrosas puertas de atrás en nuestras mentes a merced de los bio-hackers. Prácticamente casi todo lo que somos y lo que sabemos puede quedar expuesto a los bio-criminales.

Pero no se alerten tanto todavía, sin duda lo peor no son estas amenazas. Si que les roben la cartera o les dejen inconscientes fácilmente les puede producir inseguridad, tengo que decirles que esto no es más que la punta del iceberg. El Bio-Hacking traerá consigo acciones que a día de hoy no somos capaces ni de imaginar. Un ejemplo que se me puede ocurrir de primeras es por ejemplo que el bio-hacker pueda alterar su memoria y borrar rápidamente los recuerdos que tiene del crimen que acaba de presenciar casualmente en plena calle, o que pueda hacer un volcado completo de su memoria y recuerdos a un disco duro, e incluso que pueda luego restaurar su cerebro y sus recuerdos en un clon que pudiese suplantarle.

¿Y si intentamos imaginar un futuro de neurociencia con componentes bio-electrónicos y cerebros conectados a una red de ordenadores?. No duden que algún día esto llegará, y abrirá la puerta a que los bio-hackers puedan infiltrarse en su cerebro igual que ahora entran en su ordenador personal: desde el sillón de sus escondrijos y simplemente pulsando las teclas de su teclado. O peor me lo ponen, tal vez acabemos en una suerte de 1984 versión internet. Los que se aprovechen del Bio-Hacking no tienen por qué ser seres underground que se cuelan sin permiso entre sus neuronas. Tal vez cuenten con su propio beneplácito. Tal vez salgan en los telediarios. Recuerden que, en la novela de George Orwell, cuando iba a subir el precio del chocolate, la prensa decía que en realidad lo estaban bajando, y alteraba todas las ediciones anteriores para poner un precio anterior del chocolate efectivamente más alto. Ahora eso será mucho más fácil, simplemente hay que apretar un botón y The Matrix actualizará todos nuestros recuerdos aprovechándose de alguna puerta de atrás del Bio-Hacking.

Así que ya saben, a medida que la neurociencia avance, por favor, si acabamos teniendo un conector implantado que permita conectarse a nuestro cerebro, llévenlo bien protegido. Aunque tal vez ni aún con esas sea suficiente, ya que estoy convencido de que la neurociencia acabará desarrollando dispositivos que interactúen con nuestros cerebros con señales electromagnéticas, sin necesidad de cables ni conectores de ningún tipo. Por ello, por su propia seguridad, yo me iría mirando un casco de plomo que actúe como caja de Faraday, blindando su cerebro frente a señales electromagnéticas externas. Y sobre todo, mantengan actualizado su antivirus neuronal. Un antivirus actualizado no les evitará una gripe, pero sí tal vez evitará que le borren de la memoria las claves y el saldo del banco. Aún así tengan en cuenta que, al igual que todo cerrajero les asegurará que no hay cerradura segura, en el futuro todo bio-hacker les dirá que no hay ningún cerebro a salvo. Si van a por usted en concreto por el motivo que fuere, no duden que, con la neurociencia en la mano, serán perfectamente capaces de acabar consiguiendo su propósito sea cual sea.

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