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El escarnio público del emprendedor en España o La destructiva política del Lose-Lose
Hoy les traigo un post breve sobre un tema de psicología colectiva con evidentes implicaciones socioeconómicas. Toda mi reflexión al respecto empezó a raíz del coste de renovación de servicio que la famosa aplicación de mensajería Whatsapp está pidiendo a sus usuarios. Para los que no aún les ha llegado todavía el turno, les aclararé que el coste anual está en torno a los 80 céntimos. Apenas el coste de 6 mensajes de los antiguos SMSs, con el añadido de funcionalidades adicionales como enviar fotos, clips de sonido, ubicaciones… y todo con una base de usuarios, al menos en Europa, envidiable. El negocio está claro. Es un ejemplo por antonomasia del clásico Win-Win que se enseña en las escuelas de negocio. Visto así, se puede dar por descontado que la mayoría de los usuarios de Whatsapp deberían estar dispuestos a aceptar un pago tan reducido por un servicio tan útil. Pero no, no en España.
Puedo entender que haya personas que necesiten economizar en todos los aspectos de su vida tecnológica, puedo entender que haya personas que se conformen con versiones Lite y que renuncien a funcionalidades adicionales, puedo entender que haya personas que tengan como filosofía el software libre y su programación desinteresada y colectiva, puedo entender que no se quiera pagar ningún coste habiendo servicios similares que son gratuitos, etc. Puedo entender muchas cosas, y compartir tan sólo algunas. Pero no puedo entender lo que un conocido me comentó al respecto. Siendo una persona de economía holgada, me sorprendió que no estuviese dispuesto a renovar el servicio de Whatsapp, pero aún más me sorprendió su respuesta. Simplemente me contestó que había calculado que 80 céntimos multiplicado por 100 Millones de descargas en Google Play era mucho dinero, y que no quería dárselo a ganar a la empresa.
¿Les sorprende también esta respuesta?. Analicémosla con algo más de detalle, porque, como decía mi abuela, cuando algo no se entiende es que hay algo que no se sabe. Para empezar, hay que tener en cuenta que una aplicación como Whatsapp conlleva un esfuerzo de programación, una idea-concepto feliz que alguien tuvo en su día, un mantenimiento del servicio, etc. una serie de cosas que evidentemente conllevan una inversión de esfuerzo personal y económico que de una manera u otra es justo que se recompense. Pero no, no importa nada de esto, ni tan siquiera que se trate de un Win-Win como comentábamos antes. Lo único que importa es que no se quiere participar en hacer rico a un emprendedor, ni aunque se reconozca que sería merecidamente.
¿Y cuál puede ser la causa última de este comportamiento, máxime cuando se trata de personas con una buena situación financiera?. Dicho como se me dijo, la única razón que encuentro es el deporte nacional por antonomasia, y no, no me estoy refiriendo al fútbol. ¿Qué creen ustedes que puede hacer que una persona renuncie a un buen servicio con tal de que otro no gane cantidades, por otro lado, nada desdeñables?, ¿Qué puede llevar a una persona a ocurrírsele ponerse a calcular importes que a muchos otros ni se les ha ocurrido multiplicar?, ¿Qué puede hacer que alguien se enroque en el “yo perderé, pero tú vas a perder más”?… No sé ustedes, pero a las respuestas de estas preguntas sólo les encuentro lógica si las analizo bajo el prisma de la envidia. Es uno de los sentimientos más ancestrales de la humanidad, que en el caso concreto de España, en vez de reconducirse constructivamente, se torna en un sentimiento destructivo mediante el cual se prefiere incluso perder antes de que alguien gane algo, convirtiendo el citado y frustrado Win-Win es una destructiva actitud que podríamos denominar como Lose-Lose.
¿Les suena la cantinela?. A buen seguro que este tipo de actitudes las han sufrido ustedes también alguna vez en sus propias carnes, porque la envidia se manifiesta de muchas formas, y a veces incluso contra personas que no tienen una economía precisamente boyante. Hay personas que son capaces de envidiarles hasta por la forma que tienen ustedes de dar un paso, y que ni aunque les viesen debajo de un puente, serían felices. ¿Saben qué es de verdad lo que estas personas envidian de los demás?. No, no es el dinero. Lo que en realidad envidian es la felicidad que algunos irradian, que ellos confunden la felicidad que ellos alcanzarían si viesen satisfecha el ansia propia por acumular innumerables ceros en el saldo de su cuenta bancaria. Pero en realidad, cuando ven a alguien de capacidad económica limitada, pero feliz con su vida, no pueden soportarlo.
Y este tipo de actitudes, si bien son sentimientos inherentes a muchos seres humanos, como les decía, adquieren un matiz más generalizado y dramático en España, al menos más que en otros países de nuestro entorno. Personalmente creo que esta perversión de los sentimientos humanos tiene su origen en la cultura del éxito tan arraigada en la sociedad española, como comentábamos en el post «El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores», y que en muchos casos, cuando se llega a cierta edad sin ver las ansias personales cumplidas, en vez de ser reconducidas hacia actitudes positivas, en los casos de los grandes competidores de mal perder, el asunto degenera en una envidia que no permite vivir tranquilo al que la padece, ni aunque tenga motivos más que sobrados para sentirse afortunado.
No se rebelen contra lo que les estoy contando. Es algo que es así y que costará muchos años cambiar. Pero es evidentemente un punto débil en la psicología de esas personas, ya que sacan de sí mismos un aspecto clave de su felicidad personal y lo ponen a depender de factores externos y ajenos cuyo control se les escapa. Es algo que a nivel colectivo hay que intentar cambiar porque, en primer lugar, es motivo de infelicidad para quien lo padece, y en segundo lugar, obstaculiza el progreso y el emprendimiento de un tejido empresarial que lo último que necesita es que no se recompense a los pocos que son capaces de lanzarse a llevar a cabo una buena idea. Mientras tanto, lo único que pueden hacer ustedes es velar simplemente por su propia vida y la de sus más allegados, tratar de ser moderadamente felices y, sobre todo, que no se les note demasiado.
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La lacra de la ciencia y el I+D en España o La malograda carrera técnica
¿No se han preguntado por qué la ciencia y el I+D en España es, salvo honrosas excepciones, poco más que unas subvenciones estatales y unas becas que dejan muchísimo que desear?. ¿No han tenido la posibilidad en su vida profesional de dar el salto a puestos de gestión y dejar la técnica, y lo han aceptado para mejorar sus condiciones económicas y la proyección en su empresa?. Si llevan ustedes ya unos años en la arena laboral, a poco que les interese la innovación y/o si han estudiado una carrera técnica, posiblemente su respuesta a ambas preguntas sea un rotundo sí.
Es cierto, admitámoslo, salvo unos pocos puestos relevantes a nivel nacional y el sector universitario (que sobrevive también en parte por la docencia), los técnicos y los científicos que se mantienen como tales durante toda su carrera se puede decir que lo hacen por amor al arte, porque lo que es por estar retribuidos dignamente y por hacer carrera, la verdad, no es motivo.
Expongamos claramente la situación actual. Hay dos patas del I+D: los científicos y los técnicos. Generalmente los científicos de carrera tienen unas condiciones laborales precarias, mayormente con becas de asignaciones ínfimas o puestos interinos que en el mejor de los casos se van renovando cada cierto tiempo, con poca continuidad o estabilidad económico-laboral. Como les decía, tan sólo algunos puestos contados a nivel nacional tienen buenas condiciones, y en la universidad tal vez hay un panorama algo mejor, pero es cierto que también es debido principalmente a que casi siempre combinan la investigación con labores docentes. En el caso de los técnicos el panorama no es mucho más halagüeño. Son los técnicos los que en las empresas y en las instituciones tienen capacidad para optimizar procesos, dar con nuevas e innovadoras soluciones o desarrollar nuevo hardware, software o productos industriales. ¿Qué me dicen ustedes si les comento que habitualmente los técnicos, que en realidad son los que producen algo tangible, casi son los peor retribuidos en puestos de oficina en las empresas?. ¿Qué me dicen si les indico que normalmente, a un buen técnico que ha demostrado tener cualidades personales y profesionales, se le ofrece pasar a puestos de gestión como plan de carrera?. Pues créanme cuando les digo que lo que les expongo es la triste norma general.
Pasemos a analizar las consecuencias de este desolador panorama nacional. La consecuencia más inmediata es obvia, los mejores investigadores y técnicos van pasando a puestos de gestión, para los que tal vez estén peor dotados, y dejando una ciencia y una técnica en la que tienen mucho que decir: doble pérdida. Además, las generalmente muy mejorables condiciones de los que se quedan, con el paso del tiempo, les hace ir cayendo en la desmotivación, lo cual suele influir en su estado de ánimo y por ello también en su preciada creatividad y capacidad de innovación. Al ser esto así, una consecuencia de segundo orden es que en España se inventa, investiga e innova mucho menos de lo que se podría potencialmente, y lo que se hace es mayormente gracias a esos estupendos profesionales que tenemos que a veces se mantienen fieles a su pasión científico-técnica más por amor al arte que por otra cosa. La verdad, en estas condiciones me sorprende que aún consigamos lo que vamos consiguiendo a nivel nacional, y es sin duda gracias a la calidad personal y profesional de los científicos y técnicos que nos quedan. Y si empezamos con las comparaciones, y nos miramos en el espejo de otros países más avanzados en estos campos como USA, Alemania o Japón, vemos cómo nos sacan los colores por número de patentes, por nuevos productos, por nuevas tecnologías, por innovaciones, por artículos de investigación, etc. Lo más triste de todo es que, en las jerarquías de base, materia prima, formación, pasión y voluntad hay mucha y buena, si no ya les digo que estaríamos aún peor de lo que estamos.
Pero, para poder buscar una solución a tan importante problema, preguntémonos el porqué esto es así. La situación llama aún más la atención cuando curiosamente todo el mundo en la sociedad, en las instituciones y en las empresas están de acuerdo en que el I+D es esencial y así lo reconocen públicamente, pero luego la realidad que muchos dirigentes y directivos practican en la trastienda dista mucho de lo que predican, y el I+D se ve más como un gasto de resultados inciertos que como una inversión de futuro. Yo diría que es un problema de mentalidad y casi cultural. Me atrevería a decir que incluso es un problema de emprendimiento. Y por qué no decirlo, también de financiación. En mecas de la innovación como Silicon Valley es mucho más sencillo encontrar individuos o instituciones con recursos económicos y dispuestos a invertir en proyectos novedosos, nuevas tecnologías o start-ups.
Pero seamos constructivos, propongamos cómo solucionar esta lacra. Como les decía antes, deberíamos mirar a otros países que lo estén haciendo mejor que nosotros. En USA, Alemania y Japón el I+D no es como aquí, en estos países se puede perfectamente hacer una carrera profesional de por ejemplo programador informático, y si se es bueno, llegar a tener un salario y una reputación considerable. La realidad indiscutible es que estos tres casos son mecas del I+D y la ingeniería a nivel global, lógicamente, y como consecuencia, con economías líderes. ¿La gran diferencia de estos países con España?. Como parte de la voluntad política y directiva que les comentaba antes, es verdad que en general en España hay pavor a arriesgar, a fracasar, en parte probablemente por la poca tolerancia al fallo y al fracaso que hay en nuestra sociedad, tal y como tratábamos en el post «El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores«.
Tal y como les decía entonces, tenemos que cambiar de una vez por todas la tan nociva cultura nacional del éxito por la de la tolerancia al fallo, ya no sólo por las consecuencias socioeconómicas, el bienestar personal, y ambiente profesional que les expuse en su momento en el post del link anterior, sino también porque el I+D también depende de ello, es el sector más estratégico y de futuro que hay en una economía, y con la mentalidad actual les puedo garantizar que no vamos a ningún sitio. Hay que plantearse de una vez por todas por qué en España vender humo, gestionar personas o gestionar proyectos está mucho mejor retribuido que desarrollar una buena idea, investigación o producto; es algo muy indicativo de que algo va mal en nuestra sociedad: el éxito, el cortoplacismo o la autoridad sobre otras personas o sobre recursos económicos se valoran mucho más que el aprender de los propios errores, los beneficios a largo plazo, la creatividad o la iniciativa. ¿Que cómo se hacen estos cambios tan necesarios?. Es un proceso difícil y lento a nivel colectivo, pero en estas situaciones hay que ir de abajo a arriba, y el principio del cambio empieza por nosotros mismos, porque si tenemos que esperar a que cambie por sí sólo lo que tenemos por encima, a la vista están los resultados a lo largo de estas últimas décadas. Por ello les pido que traten de estar al día en estos temas, y que cuando vean un producto novedoso, que les solucione un problema, que les facilite la vida, etc. no lo duden, promuevan el I+D y cómprenlo, cuéntenlo a sus amistades, retuitéenlo en Twitter, postéenlo en Facebook, y con más motivo si se trata de un producto “Made in Spain”, que buena falta le hace a nuestra economía. Con ello no me gustaría que se quedasen con la impresión de que les echo la culpa a ustedes de la situación actual, eso sería muy injusto por mi parte, tan sólo les pido que participen en la solución en la medida de sus posibilidades: entre todos podemos conseguirlo.
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Bitcoin como fin del control monetario o La independencia económica frente a otros países
Dinero Fiduciario: su naturaleza es la clave de este post. Política monetaria: a grandes rasgos se puede definir como la capacidad de controlar una economía basada en unos papelitos de los cuales el Banco Central puede imprimir lo que crea conveniente, y en base a su escasez o abundancia, se puede actuar sobre la macroeconomía del país.
Hasta aquí la teoría que ha venido siendo válida durante las últimas décadas. Pero ahora pasemos a un plano más actual. La globalización económica y empresarial, así como el carácter popular en que ha derivado el capitalismo junto con la globalización informativa, hacen que los movimientos de capitales entre países sean mucho más intensos y posibles de lo que lo eran hace unas décadas. Y no es sólo por las posibilidades de movimiento de las grandes fortunas y fondos, que en parte siempre han estado ahí moviéndose entre fronteras, sino que lo es también, y he aquí la principal novedad, para los capitales de millones de pequeños ahorradores que ven cómo pueden invertir fácilmente aquí y allá sin mayores dificultades transfronterizas. Esta cuestión no es baladí, puesto que, como ya hemos comentado en otros posts, la capacidad agregativa de las clases medias hace que su influencia sobre la macroeconomía sea más que relevante.
Los movimientos masivos de capital entre países tienen esta segunda lectura más allá de la expansión empresarial en nuevos mercados, siendo una vertiente mayormente financiera e inversora. Se trata de buscar rentabilidades más jugosas en países terceros, o, por qué no, tal vez de buscar activos más seguros que los nacionales. En principio no debería haber mayores problemas con algo que siempre ha existido, pero que, como les decía, simplemente se ve ahora magnificado con el capitalismo popular y la globalización. El problema viene por el hecho de que con ello, el control que ejercen los bancos centrales sobre la economía nacional se disuelve cuan azucarillo en una copa de Cognac. Me explico con un ejemplo actual. El reciente anuncio por parte de Japón de que va a inundar de yenes el mercado, implica que los gestores e inversores japoneses dedican parte de ese dinero a buscar rentabilidades o seguridad en otras partes del planeta, creando una consiguiente inflación de activos en otras economías distintas a la propia. Ello se traduce en que por ejemplo, una política desarrollada a nivel nacional por el Banco de Japón, puede tener consecuencias sobre los precios de las materias primas, los bonos o los pisos en España.
La pregunta es: ¿Qué sentido tiene entonces el tipo de interés nacional (o más bien europeo en nuestro caso)?. La respuesta es clara: menos que hace décadas. Es decir, no voy a negarles que la influencia siga estando ahí, pero es mucho más relativa de lo que lo era antaño. Y, en todo caso, es lo único que pueden hacer las autoridades monetarias locales normalmente en aras de frenar brotes inflacionarios, o amortiguar crisis económicas. Tampoco les negaré el papel más poderoso en economía: el de las apariencias. La confianza normalmente se infunde, y las políticas monetarias sufren a veces un efecto escaparate por el cual son más bien meras declaraciones de intenciones que otra cosa.
Pero pensemos un poco más. Irrelevancia o no del tipo de interés nacional, la vertiente de la dependencia de otros países es clara. Hay políticas de otros países, que pueden ser irresponsables, que nos van a afectar a todos. ¿Es con ello lógico y justo que haya unos paganos soportando por ejemplo tipos más altos, con sus consecuencias sobre los tipos de los créditos y las hipotecas, para que luego los precios de su país sigan a alza al calor del dinero de otros bancos centrales?. Y por ponernos en lo peor, ¿Es un atentado contra la seguridad financiera nacional el hecho de que otro país implemente políticas que escapan a nuestro control y que llevan a nuestra economía hacia unos u otros derroteros?.
Ambas preguntas son de respuesta inquietante, pero aun siendo conscientes del problema, poco se puede hacer hoy en día con las reglas del juego existentes: liberalización y globalización. El control de capitales y el control arancelario son cosas del pasado, y las élites económicas no están por su vuelta, ni si quiera para preservar la seguridad de las finanzas nacionales.
Ya que las cosas son así, veamos al menos las consecuencias más allá del primer impacto expuesto anteriormente. La principal consecuencia es que las políticas que más afectan al resto de países del entorno son aquellas de mayor capacidad de influencia, que en capitalismo son las de más importe, o volumen, con lo que tenemos que gana el más grande, que es el que tiene mayor capacidad de influir a nivel global con las políticas que interesan a su economía nacional. O, puestos a pensar en clave belicista, gana el que tiene mayor capacidad de someter y doblegar otras economías con políticas dirigidas desde estamentos político-militares. Como les decía, en el capitalismo, una vez más, ganan los más grandes… y ya saben quiénes son. Pero tampoco hay que despreciar la vertiente dominadora de cada sistema político particular. Por la boca muere el pez, y por la economía nos dominarán a todos. Al tiempo.
Visto así, tal vez los bitcoins puedan ser vistos una válvula de escape ante las políticas fiduciarias de otros países, al menos su escasez o abundancia depende de la minería virtual, y no de que alguien decida ponerse a imprimir billetes o a retirarlos del mercado según le convenga. Es una suerte de vuelta al patrón oro de otras épocas pero con obvias ventajas derivadas de su carácter virtual, no exenta por las mismas razones de evidentes riesgos. Para los que no conozcan bitcoin, les resumiré que es una moneda virtual inventada por un pseudónimo, detrás del cual, a juzgar por la sofisticación del invento, se supone que hay un equipo multidisciplinar de expertos. Se basa en claves criptográficas cuya generación computacional es muy costosa, con lo que se hace de bitcoin un recurso limitado, además de que hay un límite máximo de 21 Millones de bitcoins generables. Si les soy sincero, les diré que creo que bitcoin es una especie de experimento económico a escala global, que puede devenir en un nuevo paradigma económico. A mí personalmente me sorprende la ingeniería criptográfica, informática y económica con la que se ha diseñado esta moneda, y estoy convencido de que tendrá el recorrido que le dejen tener, puesto que pone en tela de juicio poderes fácticos de nuestros sistemas económicos.
He de confesarles que pensar en la bitcoinificación de nuestras economías me produce cierto vértigo, puesto que hay riesgos desconocidos en los productos en los que coinciden sofisticación y economía: como con toda innovación económica, sus verdaderas consecuencias sobre la economía real son desconocidas a priori. Los bitcoins abren otra caja de Pandora y no sabemos si será peor o mejor que la de los papeles fiduciarios. Ahí está el riesgo… o la ocasión… según se vea. La solución a la ecuación no se puede conocer de antemano. Es por ello que cambios así de modelo económico sólo se dan en situaciones límite, cuando no hay nada que perder y la única alternativa al nuevo modelo es el fin del actual. La pregunta del millón es: ¿Tenemos a día de hoy alternativa?. Yo, personalmente, no lo sé, pero se me encoge el corazón cuando veo esas cifras de parados, detrás de cada una de las cuales hay una persona, una familia, unos hijos… y me pregunto: ¿Qué es lo que pensarán ellos?.
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La muerte prematura del Big Data o El cercano fin de la Ley de Moore
Supongo que ustedes ya habrán leído sobre la famosa Ley de Moore, por la cual en 1965, el doctor en química Gordon E. Moore, cofundador de Intel, predijo que cada dos años se duplicaría la densidad de integración de transistores en un circuito integrado. Esta ley ha venido cumpliéndose de forma sorprendente desde que fue formulada, pero parece ser que en los últimos años su validez se está acercando a su fin.
Y se preguntarán ustedes, ¿Y qué me importa a mí que se cumpla o no esta ley?. Nos puede afectar mucho a todos, puesto que la tecnología hoy en día forma parte indisoluble de nuestra forma y calidad de vida, y que la Ley de Moore deje de cumplirse implica que la progresión de la potencia de los nuevos procesadores informáticos, la progresión de la capacidad de memoria, etc. se verán abruptamente interrumpidas, con todo lo que ello conlleva según analizaremos con más detenimiento más adelante.
El motivo de esta muerte repentina no es baladí, ni más ni menos tiene relación con las leyes de la física de escala subatómica, que son distintas también en electrónica a aquellas del mundo macroscópico, y que hacen que la Ley de Moore esté acercándose a un límite por debajo del cual dejará de poder predecir el futuro de la informática: la progresiva miniaturización de los transistores hacen que a día de hoy empiecen a tener unas dimensiones tan reducidas que sean de un orden de magnitud comparable a las partículas atómicas, con lo cual las interacciones entre componentes y sus propiedades electromagnéticas se ven seriamente alteradas respecto a las que se deberían dar en el mundo macroscópico, imposibilitando el correcto funcionamiento de los futuros chips de silicio o, en todo caso, poniendo un límite claro a la hasta ahora progresiva integración electrónica.
Se podría decir que la humanidad actualmente vive en la Era del Silicio, pero es obvio que, tal y como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, más pronto o más tarde, habrá un cambio tecnológico que se basará en la utilización de nuevos materiales y sustratos, que obligará a la formulación de nuevas leyes, y que en este caso concreto puede consistir en utilizar nanotecnología de grafeno y nitruro de boro hexagonal que, a priori, por su propia naturaleza y definición, van a permitir unas escalas de integración muy superiores a la tecnología de silicio actual, pudiendo llegar incluso al primer circuito integrado con el grosor de un solo átomo. Pero estarán de acuerdo en que este posible avance microelectrónico que supondría la utilización del grafeno, a nivel de miniaturización, supondría únicamente un “kicking the can down the road” (es decir, procrastinación o cómo se suele decir “una patada para adelante”), puesto que el átomo es la unidad última que compone la materia, con lo que alcanzar dimensiones de tan sólo un átomo es un límite a priori infranqueable a cuya limitación nos enfrentaremos más pronto que tarde.
Algunos argumentarán que la computación cuántica permite rebasar esa limitación de la escala atómica. Razón no les falta, pero siento decirles que, en mi humilde opinión, es una tecnología que todavía está muy inmadura y dudo mucho que veamos el ordenador cuántico hecho realidad antes de tener que enfrentarnos al límite atómico que les comentaba.
Suponiendo que la llegada de una nueva tecnología se retrase con respecto a cuándo sea imperiosamente necesaria, pasemos a pensar en las consecuencias de un frenazo en seco de la evolución de la potencia de nuestros procesadores y memorias. El primer afectado sería sin lugar a dudas el Big Data. Para los no versados les resumiré que el Big Data se trata principalmente de explotar de forma coherente toda la información que acumulan empresas, organizaciones e instituciones en diferentes bases de datos, lo cual es una ardua labor, no sólo por las complicaciones técnicas de las diferentes tecnologías de cada fabricante, sino principalmente por el tremendo volumen de datos que se guardan en la actualidad y que no son correctamente aprovechados.
La razón por las que les decía que el Big Data sería el primer afectado no es sólo porque se trata de una tecnología en ciernes que todavía no ha alcanzado su punto álgido, sino también por tratarse de un mundo en el cual, como les introducía antes, la característica más destacable es la heterogeneidad y multiplicidad de fuentes de datos, lo cual añadido al gran volumen de los mismos, hacen que el Big Data sea una nueva ola tecnológica que precisará de una capacidad de proceso y una velocidad del mismo de un orden de magnitud muy superior al actual. Sí, están entendiendo lo que les estoy tratando de decir. La coincidencia temporal actual del incipiente Big Data junto con sus voraces necesidades de recursos informáticos pueden hacer que, en caso de que la humanidad no sea capaz de superar en breve la caducidad de la Ley de Moore, el Big Data pueda ser un caso de muerte prematura antes de alcanzar su punto máximo de desarrollo.
Las implicaciones de esto son incuantificables, tal vez el tema del Big Data les sea ajeno, por ahora, pero en todo estudio de impactos hay que tener en cuenta no sólo los problemas actuales, sino también las repercusiones futuras. Y tal vez se digan ustedes, “He vivido hasta hoy sin el Big Data y puedo seguir viviendo sin él”. Sí, esto es cierto, pero también lo es el hecho de que el progreso empresarial, institucional y social que supondría sería no sólo relevante, sino desproporcionado diría yo. Los avances que permitiría son de impacto incuantificable a día de hoy por su importancia. El Big Data nos cambiará la forma de convivir con esta maraña actual de información que supone internet y las intranets. El acceso cuasi-universal a internet ha sido sólo el primer paso. Ahora la información está ahí, pero hay que conseguir explotarla de forma útil y eficiente, y es aquí donde entra en juego el Big Data. Áreas tan importantes como las Smart Cities, la Bioinformática, y otros campos que hagan un uso intensivo de datos, verían truncada su evolución.
Además, es difícil determinar a día de hoy el momento exacto en el que la Ley de Moore dejará de cumplirse, y por lo tanto es posible que esto ocurra cuando el cohete del Big Data ya haya despegado pero todavía no haya alcanzado la cresta de la ola. Con ello quiero decirles que tal vez la interrupción abrupta de la evolución de un Big Data que ya esté en camino sea peor que no haberlo desarrollado nunca. Y a esto es a lo que nos enfrentamos obviando a Moore.
Seguramente veremos una vuelta atrás en la movilidad: los dispositivos más potentes serán necesariamente más grandes, tal y como ocurre ahora, pero sin la tendencia actual de, con el paso del tiempo, reducir el espacio e incrementar la capacidad de proceso. Esto implica una vuelta a los macro Centros de Datos (que realmente nunca nos han acabado de dejar, la nube simplemente los ha ubicado en otros sitios), porque mientras no dejemos atrás la Era del Silicio, y una vez echado el freno a la Ley de Moore, evolución con más potencia implicará necesariamente más espacio. Ya no habrá democratización de la potencia de procesamiento: el espacio, la capacidad, la potencia y la infraestructura serán para los que se la puedan permitir.
Por otro lado, hay otras consecuencias que podemos entrever y que no serían tan catastróficas. En esta categoría se podría incluir el hecho de que la obsolescencia natural de ciertas tecnologías dejaría de ser un hecho, dado que ya no habría un nuevo ordenador más potente que por ejemplo pueda pasar ya a romper en un tiempo razonable una criptografía que hasta el momento era segura.
Pero no me lancen las campanas al vuelo, probablemente la insignificancia relativa de estas ventajas se vea eclipsada por los feroces efectos sobre una industria tecnológica deflacionaria por naturaleza, pero que gracias a la innovación compensa su obsolescencia innata. Posiblemente dejaríamos de esperar a que la tecnología, siempre con un precio de salida desorbitado, fuese poco a poco volviéndose más asequible conforme se vuelve madura. Esta pseudo-democratización de los avances tecnológicos, por la cual las clases medias y bajas sólo tienen que esperar para poder tener acceso a los avances tecnológicos, puede verse interrumpida. Y tengan en cuenta que esta tendencia actual reporta (supuestos) beneficios cuantificables e incuantificables, como son la fatua felicidad que el sistema capitalista nos reporta con esa ilusoria sensación de ser más ricos que antes por poder tener algo que antes no nos podíamos permitir, con efectos sobre la estabilidad social y, cómo no, afectando también al beneficio que el propio sistema capitalista reporta a sus inversores, puesto que a día de hoy, la economía de escala hace que los productos sean más rentables cuando alcanzan su mayor difusión con la comercialización entre el grueso de la población. Por otro lado, seguramente, con el final de la Ley de Moore veríamos una aceleración considerable de la conversión de los recursos informáticos en utility, se compraría capacidad de proceso de forma simplificada y al por mayor, tal y como contratamos actualmente el agua o la electricidad, puesto que el frenazo de la progresión del hardware tendería a homogenizar el producto.
Y no se me equivoquen, no toda evolución tecnológica sufriría un frenazo en seco. Siempre hay lugar para la innovación. Siempre hay nuevas aplicaciones y servicios por idear que requieran poca evolución de la potencia de procesadores y memorias. Y recuerden que, además, la eficiencia está en la escasez, y el tándem evolución conjunta hardware-software ha hecho que muchas veces el uso que se hace del hardware no sea todo lo eficiente que podría ser, puesto que se asume siempre una futura plataforma hardware más potente sobre la que desplegar la siguiente versión de servicios y aplicaciones.
Con esto no quiero apartarme de mi tesis inicial del gran impacto que la muerte de la Ley de Moore tendrá sobre nuestras vidas futuribles, que no se puede calificar más que de muy importante, lo único es que no consideraría este análisis completo sin profundizar en todas estas diferentes facetas.
Me despediré recordándoles que el futuro siempre es apasionante, pero también, por su propia naturaleza, generalmente imprevisible. Es un error dejarse llevar por la deriva de lo que hasta ahora ha sido una forma de vida o de negocio. Todo es susceptible de acabarse en cualquier momento, especialmente en lo que a evolución tecnológica se refiere. Y no hay que adoptar un papel pasivo ante la sucesión de acontecimientos. Los gobiernos deberían tomar partido en la investigación de un nuevo campo tecnológico que puede ser que a día de hoy aún no sea rentable, pero que sea estratégico por la propia amenaza que Moore nos deja como legado. La universalidad de la amenaza hace que la solución sea un bien globalmente necesario o… tal vez no tanto, porque quien desarrolle una nueva tecnología y no la “globalice” compartiéndola con los demás podría dominar el mundo.
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La naranja mecánica de los trepas o Cómo vengarse de uno mismo
Seguramente habrán oído ustedes de aquel famoso experimento que se realizó con primates hace ya algunos años. Se pretendía analizar ciertos comportamientos psico-sociales en los ambientes laborales humanos. El experimento en cuestión se basaba en encerrar en una habitación a cinco primates, con un mástil que subía hasta el techo, en donde había un manojo de plátanos. Obviamente, en cuanto los primates se percataron de la presencia de las bananas, intentaron todos subir a cogerlas. El más fuerte acabó trepando por el mástil y, cuando estaba a punto de alcanzar la comida, un chorro de agua helada a presión le precipitó hacia el suelo, mojándole a él y a todos sus compañeros. Tras varias intentonas con el mismo resultado, los primates acabaron por desistir en su intento de saciar su apetito, y adoptaron una posición pasota ante la presencia de los plátanos en el techo de la estancia.
Pasadas unas horas de tranquilidad, una vez que todos los monos habían calmado sus ansias, los investigadores sacaron uno de los monos presentes e introdujeron un nuevo primate en la habitación. Este primate había estado completamente aislado y no tenía ni idea del chorro de agua que salía del techo. Obviamente, al ver las bananas en lo alto del mástil, empezó a trepar para cogerlas, pero todos los demás monos que había en la estancia, que sabían lo que ocurría al intentar coger la fruta, empezaron a retenerle por la fuerza y a tirones, intentando evitar el consiguiente baño de agua helada a presión para todos. El novato no sabía de qué iba el tema, pero al final cedió a la violenta insistencia de sus nuevos compañeros y optó por sentarse en un rincón.
Pasadas unas horas más, los investigadores hicieron de nuevo lo mismo, sacaron a uno de los monos antiguos de la habitación e introdujeron en la estancia un nuevo primate. De nuevo el recién llegado, al reparar en los plátanos del techo, intentó trepar por todos los medios a cogerlos, pero, al igual que ocurrió la vez anterior, todos los demás monos le impidieron que llegase arriba. Lo más curioso era que el mono más agresivo e insistente con las lógicas actitudes del nuevo era el último mono que habían introducido en la habitación, y que no tenía ni idea de qué ocurría cuando se llegaba a lo alto del mástil, puesto que sus compañeros le habían impedido llegar arriba y nunca había llegado a sufrir el chorro de agua en sus carnes.
Para independizar el experimento de actitudes y personalidades individuales, los investigadores fueron sacando e introduciendo nuevos monos en la estancia cada pocas horas. Siempre ocurría lo mismo, incluso cuando todos los monos presentes en la habitación eran ya nuevos, a pesar de que ninguno había llegado a sentir el chorro de agua helada.
Las conclusiones son obvias, así como su aplicabilidad a los entornos de trabajo de nuestra sociedad, en la que la inexperiencia y la ambición, que suelen ser más típicas de la juventud que de la madurez, son obvias. Siempre hay unas mieles del éxito que se quieren alcanzar, y siempre hay alguno que en su ansía de superación a veces se lleva un palo que generalmente afecta a todos, perpetuándose estas actitudes incluso cuando ya nadie ha visto o recuerda el escarmiento.
Pero pensemos un poco más allá. Probablemente, en estas situaciones en las que en ocasiones se escarmienta a los ambiciosos, los humanos lo que hacen en realidad es vengarse de sí mismos a través de los demás. Sí, en efecto, el ansia trepadora es muchas veces algo que, si bien resulta evidente para los más maduros, a pesar de su generalización en algunos ambientes, los jóvenes suelen ocultarla como si de algo especial y personal se tratase. Y ciertas actitudes a algunos viejos del lugar no hacen sino recordarles lo que ellos mismos pensaban cuando eran trabajadores jóvenes. Seguros de que los pensamientos de los nuevos van por los mismos derroteros por los que iban los suyos a su edad, algunos se sienten con derecho a sibilinamente promocionar, e incluso participar, en un castigo.
Esas actitudes son cruelmente injustas por su generalización, y más aún por ser en realidad una expiación de los pecados propios, lo cual conlleva una manifiesta ausencia de capacidad de autocrítica. Siempre es mejor elegir un cabeza de turco: es más cómodo y fácil que afrontar una autocrítica personal, en este caso, además, con efectos retroactivos.
Pero no acabo aquí con este post. Aún hay más en lo que se refiere a estos casos en los que finalmente se da un escarmiento al trepa en cuestión. ¿Han leído ustedes “La Naranja Mecánica” de Anthony Burguess?. Para los que no, les resumiré que la novela trata de un individuo ultraviolento e inadaptado socialmente, que delinque a placer con violencia gratuita y extrema. Finalmente acepta participar en un programa experimental con el tratamiento Ludovico, un novedoso programa de reinserción social que, aplicando los principios de Pavlov, acaba por inducir en el protagonista una respuesta condicionada cada vez que se le pasa por la mente ejercer la violencia contra sus conciudadanos. Este individuo acaba por reinsertarse, al menos funcionalmente, y pasa a hacer el bien en la sociedad. Pero es entonces cuando, a pesar de su aparente y nueva bondad, se va encontrando con sus antiguas víctimas, que no dudan en vengarse de él. Lo que nos interesa de la novela para este post es esta conclusión última. Esa sed de venganza que, como les decía, en ocasiones alcanza en nuestra sociedad un nivel de sinsentido tal, que a veces los mayores del lugar se vengan de sí mismos a través de la figura de los más jóvenes. Y lo que es todavía peor y más cruel, cuando el joven trepa es ya un ángel caído, hay gente que ni aún en esa situación siente compasión por él, y sigue vengándose con saña de una figura derrotada, haciendo cierto el dicho de hacer leña del árbol caído.
Y las consecuencias, con escarmiento o sin él, de dar este trato a los jóvenes excesivamente ambiciosos son importantes para nuestros sistemas socioeconómicos. En caso de escarmiento los perjuicios son evidentes, con individuos derrotados que, al ser objeto de mobbing o algo parecido a él, caen a veces incluso en la depresión, perdiendo en todo caso características muy positivas que una vez tuvieron. Si no hay escarmiento, los jóvenes ambiciosos o bien acaban cayendo en la apatía viendo que sus ansiadas metas nunca acaban de llegar, o bien acaban dándose cuenta del juego de los jefes, que les ponen una zanahoria en el hocico para que sigan adelante dando lo mejor de sí mismos. En uno y otro caso, hay un desaprovechamiento de capacidades y actitudes, ya que los jóvenes, si bien es cierto que generalmente se caracterizan por esas aspiraciones a veces desmedidas, también tienen una personalidad que, por norma general, tiene muchos aspectos destacables: empuje, entrega al trabajo sin reparar en esfuerzos, motivación por el mero hecho de tener un trabajo, ilusión, creatividad, innovación, capacidad de cambiar las cosas partiendo desde cero sin los “esto siempre se ha hecho así”, y así hasta completar un largo etcétera. En vez de haber una formación en las carreras o institutos sobre ambientes laborales y aspiraciones personales, en vez de una reconducción de conductas en las empresas cuando una mente se aparta del camino adecuado, en vez de una crítica constructiva por parte de los compañeros o jefes que intuyen que un trabajador se está excediendo en sus aspiraciones… como en los ambientes laborales reina la despersonalización y la poca humanidad, nadie opta por ninguna de estas opciones más constructivas.
Éste es el sistema socioeconómico que estamos construyendo entre todos, en donde la humanidad y los valores personales y profesionales brillan por su ausencia, y en donde se permite e incluso incentiva que el joven ambicioso acabe en trepa desaforado, dando síntomas de un cortoplacismo brutal en el cual impera simplemente el exprimir hoy por hoy al máximo al que se presta al juego, sin reparar en que en los plazos más largos, en caso de ser bien enfocado, el trabajador hace aflorar personal y profesionalmente actitudes y aptitudes muy beneficiosas para la empresa y para el conjunto de la sociedad. Ello tiene sin duda importantes consecuencias macroeconómicas en un país en el que la innovación no es precisamente una de las características destacables de nuestra economía, en lo cual las mentes más jóvenes tienen mucho que aportar en caso de ser educadas a tiempo, enseñándoles a reconducir las pasiones profesionales que suelen experimentar en sus etapas más tempranas. Y ya no es sólo por el egoísmo de mejorar la macroeconomía de todos, a veces, hay casos en los que se trata de un tema meramente personal y de calidad humana.
Sean maduros, distingan entre ustedes y los demás, no prejuzguen y, obviamente, traten de no vengarse. Cada persona es un mundo. Cada mundo tiene sus detalles. El patrón propio no es aplicable a los demás. Si generalizan y proyectan sus propios demonios sobre los demás, corren el peligro de cometer errores de bulto, y en todo caso, la venganza puede satisfacerles a algunos momentáneamente, pero, además de no ser buena per se, es un cáncer para la conciencia que les puede afectar unos años más adelante. Saquen sus propias conclusiones de este cuento de plátanos y naranjas, probablemente no sean tan dulces como estas frutas, pero sin duda les han de llevar a la conclusión de que hay que dejar discurrir la vida de cada uno sin participar en vendettas de ningún tipo, más tarde o más pronto, cada cual acaba encontrando su punto de equilibro por sí solo, en todo caso hay que ayudar constructivamente a los jóvenes mostrándoles la meta correcta y dejando que ellos solos encuentren su propio camino. Salvo determinados casos para los que no hay cura conocida, la inexperiencia acaba siendo sustituida por la tranquilidad de haber encontrado lo que de verdad importa en esta vida. Y para los que no, ellos se lo pierden.
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El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores
El otro día estaba en una reunión de seguimiento de un proyecto en la empresa en la que trabajo, y, tras haberme informado por otras vías, sabía que todas las partes iban con retraso en la ejecución de sus respectivas tareas. Ellos no sabían que yo era consciente de ello, y tampoco lo dije de primeras. El caso es que fue muy curioso poder comprobar lo que muchas otras veces sospechaba: la mayoría de las personas tratan en estos casos de retrasar lo más posible su reconocimiento de los retrasos en los que están incurriendo, a la espera de que otros “confiesen” antes y así ellos ganar algo de tiempo sin quedar mal.
Y allí estábamos todos mirándonos cara a cara, aparentando que todo iba con normalidad, y esperando a ver quién era el primero en reconocer lo que todos deberían reconocer desde un principio. Al final la liebre saltó por donde tenía que saltar. La persona encargada de las últimas tareas antes del pase a Producción, supongo que consciente al igual que yo de que había retrasos, y responsable de acabar sus tareas a tiempo por tener una fecha inamovible por detrás, empezó a tirar del hilo sibilinamente hasta que alguno de los involucrados no aguantó más la presión y reconoció que necesitaba más tiempo para la ejecución de sus tareas. En ese mismo momento, se notó en la reunión cómo el resto de participantes empezó automáticamente a calcular si esos días de más que se iban a dar les servían a ellos de margen adicional para no tener que confesar de la misma manera. A los que les valía se callaron, y a los que no volvieron a esperar a ver si alguien más reconocía que necesitaba más tiempo. Al final, tirando de todos los hilos, se llegó a varias ampliaciones de plazos que resultaron en una planificación más realista, pero no confesaron todos los que debían.
¿Qué hay en las mentes de esos profesionales que ocultan sus problemas?. Principalmente tenemos dos opciones: miedo y ambición. Pueden coexistir ambos motivos en ciertas personas, o puede darse tan sólo uno u otro. Miedo a perder el empleo, miedo a dar la imagen de ser un mal profesional, miedo a la reprobación por parte del grupo… Ambición por quedar siempre como el mejor, ambición por demostrar lo que se vale, ambición para tener más papeletas para conseguir el siguiente ascenso o incremento salarial… Las motivaciones pueden ser múltiples y de muy diversa índole, pero se pueden agrupar principalmente en estos dos sentimientos genéricos que les decía.
Pero, y… ¿Por qué la gente es así?. En parte es debido a un tema de importantes consecuencias socioeconómicas y que ya hemos tratado aquí en otros posts: la cultura del éxito. Sí, esa ansia por ser el mejor, por llegar a lo más alto, por ganar mucho dinero, por tener mucho poder… a costa de lo que haga falta. En aras de conseguir semejantes metas, todo suele valer, pero hay ciertos individuos, de motivaciones aún más fatuas si caben, que están plenamente convencidos de que es algo que justamente se merecen. Es cierto que ese autoengañoso convencimiento les sirve en cierta medida de disculpa (el peor trepa es aquel que, aún siendo consciente de su incompetencia, trata de pisar cuantas cabezas sea necesario para subir inmerecidamente), pero sus actitudes son fruto de una autoindulgencia y una autocomplacencia que a veces dejan mucho que desear. Me explico. Todos cometemos errores en nuestro trabajo, es natural y normal, nadie es perfecto, pero este tipo de personas tienen una curiosa habilidad para, en sus mentes, minimizar los errores propios y resaltar los ajenos. Es muy frecuente ver cómo hay personas que cuando ellos cometen un error lo disculpan con toda naturalidad, haciéndolo ver como algo sin importancia, pero cuando da la casualidad de que posteriormente otro comete ese mismo error, se le echan encima con todo tipo de agravios. A mí, que desde pequeño me han enseñado que “no quieras para los demás lo que no quieras para ti mismo”, estas actitudes me parecen muy cuestionables, indicativas de un egocentrismo y un egoísmo que, por desgracia, es demasiadas veces predominante en nuestra sociedad. Lo pueden ver ustedes en la gente de su entorno con pequeñas actitudes del día a día, o lo pueden ver en cómo se enfrentan a grandes problemas. No son tan significativos los hechos y su relativa importancia, como saber qué es lo que la gente que les rodea lleva verdaderamente por dentro. Y para no perder el sentido de la autocrítica, apliquen primero el “Conócete a ti mismo” de Sócrates, no vaya a ser que estén viendo la paja en el ojo ajeno… En el caso de aquellos individuos que, sin ser conscientes de cómo ellos mismos relativizan los errores propios y maximizan los ajenos, tras este inequívoco signo de autoindulgencia, viene posteriormente la inherente autocomplacencia: se acaban creyendo su ilusoria sensación de perfección, y acaban viviendo en un irreal estado de satisfacción consigo mismo cuya peligrosa toma de contacto con la realidad puede conllevar desastrosos efectos sobre su bienestar psicológico.
Por otro lado, también es cierto que, a las personas que reconocen sus errores y retrasos, les suele ocurrir que en su entorno profesional, los «listos», conocedores de su actitud, cuando han de imputar un retraso propio a alguna otra causa ajena, tratan por todos los medios de que las culpas recaigan sobre esas personas, dado que si encajan bien la responsabilidad sobre su tejado, saben que las van a asumir como propias. No les diré qué opino sobre este tipo de «listos» cuando los detecto (se lo pueden imaginar), pero el patrón habitual de comportamiento debería cambiar sensiblemente para con ellos, porque la comprensión sólo la merece quien sabe apreciarla, y por mucho que se puedan entender sus motivaciones y problemas, ello no implica que sus actitudes sean igualmente reprobables.
Al punto anterior de cómo está articulada ya la sociedad en nuestro país, por el cual el que es responsable y asume culpas, se las suele llevar todas en el mismo lado de la cara, añadiría el punto cultural que les cité antes, que no sé discernir si es causa o consecuencia de dichas actitudes: la cultura del éxito y el enfoque del fracaso. Las diferencias culturales entre España y otros países, como por ejemplo EEUU o Japón, es abismal. Basta con mirar un Curriculum Vitae de un español y de un norteamericano. El español sólo muestra los éxitos, como si la perfección profesional fuese una meta alcanzable y alcanzada. El norteamericano muestra también los fracasos, porque en la cultura laboral y empresarial estadounidense se entiende que el que se ha equivocado, ya ha aprendido de ello. Esto se considera un valor añadido frente a quien no ha tropezado en esa piedra, puesto que, como todos sabemos, cualidades personales aparte, aquí como mejor se aprende es de nuestros propios errores. Dignas de elogio son aquellas personas tan inteligentes (o tan empáticas) que logran aprender con la misma intensidad de los errores de los demás… se ahorran un amargo camino, pero son los menos. El egocentrismo y el egoísmo que citábamos antes tiene aquí otro aspecto negativo: nubla la vista de los individuos más allá de las consecuencias propias, no permitiéndoles aprender de las circunstancias de otros. Estarán de acuerdo ustedes en que, en cualquier caso, es un castigo justo, e incluso tal vez merecido.
El final autodestructivo de este tipo de conductas es algo a evitar a nivel personal y social, por lo que debemos entre todos pasar de la cultura del éxito a la cultura de la tolerancia al fallo, tal y como les comentaba antes, al igual que ocurre en otros países que citaba como EEUU o Japón, y que tan bien retrataba el colega tuitero @danielcunado en su post “La tolerancia al fracaso como motor de innovación”. A la vista están los resultados, no hay más que ver que tanto japoneses como norteamericanos nos llevan ventaja en este punto de vista concreto y sus consecuencias más directas: tejido industrial y tecnológico, innovación, patentes per cápita, calidad de la producción, tolerancia al fracaso y su inherente equilibrio psico-social, etc. y no tan directas: corrupción, aspiración al enriquecimiento rápido y fácil, falta de cultura del esfuerzo, educación errónea en los principios meramente cortoplacistas que se transmiten a los más jóvenes, valores equivocados, fines que justifican los medios, etc. Y es que detrás de este ansia sin medida del éxito porque sí hay muchas más consecuencias de las que ustedes imaginan. No lo duden, el éxito es cortoplacista y limitado generalmente al ámbito profesional, y la tolerancia al fallo es a largo plazo y con beneficios también personales. Elijan ustedes lo que más les interese, a partir de este punto la decisión ya depende únicamente de uno mismo.
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Lo relativo de nuestro mundo o La colección de átomos que somos en el universo
¿No han pensado nunca en la escala atómica que compone todos los objetos que nos rodean en nuestro quehacer diario?. ¿Nunca han mirado al cielo y se han dado cuenta de qué poco somos en el conjunto del Universo?. Son escalas que, si bien son distintas a lo que podemos percibir a simple vista, están ahí como muestra permanente de la relatividad de nuestro mundo. Y ahí en medio estamos nosotros, a medio camino entre la insignificancia de un átomo y la extraordinaria dimensión de una galaxia.
Es absolutamente fascinante cómo de los principios básicos de la mecánica cuántica, de las escalas atómica y subatómica, y de un puñado de leyes más o menos ininteligibles para la mayoría de los individuos, se construyen sistemas extremadamente complejos como puede ser el mismo ser humano. Nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras acciones, nuestros movimientos… todo, absolutamente todo, se reduce a partículas elementales y a la interacción entre ellas. Es la magia que hay bajo nuestro mundo rutinario, que hace que cada elemento o acción sea un pequeño milagro. ¿Es todo esto parte de un juego de algún creador o ente superior?. Ahí está la gracia: no lo sabemos a ciencia cierta. Si tuviésemos esa certeza posiblemente nuestro mundo se desvirtuaría, por ello tenemos que seguir adelante con la rutina diaria como si nada, reservando tal vez algún pequeño momento para reflexionar sobre lo divino y lo humano como ahora hacemos juntos con este post.
Pero… el átomo es un misterio filosófico, en el cual confluyen conceptos del pensamiento con la evidencia de la ciencia, ya que no nos podemos olvidar de su omnipresente existencia y de la certeza de que cada uno de nosotros está compuesto de electrones, núcleos, spins… ¿Y qué hay de las galaxias?, ¿Y del Universo?. Mirando hacia arriba el panorama tampoco es tranquilizador, e invita de nuevo a una reflexión sobre la dimensión de nuestro mundo, pero esta vez sintiéndonos una ínfima parte del todo. Y aún así somos una suerte de mecano compuesto de partículas subatómicas, un pequeño milagro cuyo peso específico dentro de la totalidad no pasa de ser meramente anecdótico. ¿Para qué tanta ley subatómica que soporta individuos cuya relatividad en el Universo es más que evidente?. ¿Qué sentido tiene que nos sintamos en medio de dos escalas para ser únicamente conscientes de la nada que somos a pesar de nuestra complejidad?. Lo difícil tras estas reflexiones es tener que ir con prisa al supermercado para poder comprar la cena antes de que cierren esta noche… ¿Qué más da?… como les decía, ahí está la gracia y el motivo por el que la indeterminación de nuestro mundo es necesaria: conociendo la verdad, en caso de que exista, nuestro día a día carecería de sentido alguno, y nadie reuniría la motivación suficiente para seguir adelante en un mundo de escala humana, pero sin dimensión específica, a medio camino entre lo mínimo y lo máximo conocido. No tenemos más remedio que dejarnos las anteojeras puestas y, sin pensar demasiado, seguir adelante con la insignificancia de nuestras vidas.
Planteándonos la relatividad de las dimensiones de nuestro mundo, no podemos saber si hay algo más allá del Universo. ¿Por qué no pensar que todo nuestro Universo es tan sólo una gota de agua que cae al vacío en otro mundo de entidad superior?. Añadiendo a la relatividad del espacio, la relatividad del tiempo, tenemos que todo lo que podamos imaginar es posible. Una vida de nuestro mundo puede ser un segundo de otro mundo. Nada es cierto. Nada es constante. Todo es relativo. Y lo que es peor, hay mucho más que desconocemos de lo que conocemos.
¿Saben ustedes que las estrellas no están donde las vemos en el firmamento?. Dado que el tiempo es relativo, la red espacio-temporal se deforma cerca de los agujeros negros o los cuerpos celestes de gran masa, y el camino más “corto” deja de ser la línea recta, por ello la luz, que elige siempre el camino más rápido, en estas situaciones pasa a describir pequeñas curvas, que hacen que cuando la luz llega a nuestros ojos, la estrella correspondiente no esté físicamente donde la vemos. Por otro lado, hay otro hecho astronómico también inquietante: muchas de las estrellas que vemos en el firmamento ya han desaparecido hace años, lo que ocurre es que la última luz que emitieron antes de desaparecer todavía está viajando por el espacio, y al estar aún llegando a la Tierra, podemos verlas aunque ya no existan. Cuestiones como estas nos hacen plantearnos ya no sólo la dimensión de nuestro mundo, asunto que ya de por sí no era baladí, sino también la misma veracidad de la información que nos llega de nuestros sentidos. No sólo tenemos que dudar de lo que somos, sino que también de lo que percibimos. Ahí es nada.
Partiendo pues desde el reconocimiento de la más absoluta ignorancia humana, todo es posible desde un prisma filosófico. Podría ser incluso que Dios fuese una fórmula matemática que diese un sentido unificado a todo el Universo o a la entidad que pudiese haber por encima de él. Podría ser, podría ser… no podemos decir otra cosa sintiéndonos tan desubicados y perdidos. Pero eso sí, procuren dormir esta noche, ir a trabajar mañana (o buscar un trabajo en caso de que por desgracia no lo tengan), cuidar de sus hijos si los tienen… porque aunque estos quehaceres no tengan la más mínima relevancia dentro del todo, al fin y al cabo es lo que compone nuestras insignificantes vidas, y, para bien o para mal, la certeza de que si no van bien sufrimos es de lo poco que tenemos como seguro.
Y si algún día tienen algún problema que les desborde, no lo duden, miren al cielo, observen la Luna e imagínensela suspendida en medio de la Vía Láctea girando alrededor de la Tierra. Serán conscientes de lo limitado de cualquier dificultad que podamos tener en nuestras vidas, porque no somos más que una pequeñez perdida en una recóndita esquina de la inmensidad del Universo.
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