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La inteligencia colectiva o La potencialidad de la plaga humana armada con smartphones

Supongo que también habrán llegado ustedes a la conclusión de que la especie humana es una plaga para el planeta. Cumplimos ciertos parámetros que caracterizan a una plaga: expansión poblacional (esencial para nuestra supervivencia económica según vimos en el post “Futura revolución: La inversa de Matrix o… no tan inversa”), ubicuidad, interés egocéntrico (o más bien “egoespécico”), explotación intensiva de los recursos naturales que encontramos a nuestro paso, etc. Pero hay un factor clave con el que nunca hemos contado hasta hoy en día porque entre los seres humanos no se daba con la intensidad que Internet como elemento vehicular nos permite ahora. Es algo que encontramos en otras especies animales como las hormigas o las abejas. Les estoy introduciendo a una característica que trasciende al individuo como tal, y adquiere un matiz de grupo en donde todos los individuos aportan, y todos reciben, sin que ningún elemento individual sea el repositorio único de este conocimiento e inteligencia. ¿Saben de qué les hablo?. Ni más ni menos que de la inteligencia colectiva.

Una legión de seres humanos, armados con smartphones, y con aplicaciones y servidores compartidos en el backend, pueden ser vistos como el mejor y más global sistema de sondas al que alimentan con sus datos y del que, obviamente, también los reciben para beneficio propio. El ser humano es el mejor instrumento para el ser humano. Todos formamos parte de una totalidad cuyo origen se difumina en la nube, pero cuyos servicios y su utilidad son algo tangible en el día a día para todos nosotros.

¿De dónde me vienen estas reflexiones?. Llevo varios meses probando una nueva aplicación que hacía tiempo que tenía fichada, y cuyas características me había planteado como deseables ya en los años 90. Siempre había pensado que lo más indicado y fidedigno para tener información sobre el tráfico, y así evitar y aliviar los atascos, eran dispositivos que permitiesen sondar la velocidad de cada vehículo e informasen a una entidad centralizada. Éste concepto se ha hecho realidad hoy en día gracias a los smartphones, a la nube y como no… a nuestra aplicación estrella: Waze.

Waze es una suerte de red social con posicionamiento GPS en el cual son los mismos usuarios los que alimentan el sistema de mapas dejándose monitorizar cuando van por nuevas carreteras aún no mapeadas, cuando señalizan en Waze un nuevo radar de velocidad, cuando van a velocidad reducida porque están en un atasco, etc. Lo que a priori puede ser un concepto de servicio cuya fiabilidad está por demostrar, en la realidad ha resultado ser el sistema de navegación más actualizado, rápido y efectivo de cuantos existen a día de hoy. Con esta aplicación usted podrá no sólo tener un navegador que le indique por dónde debe ir para llegar a su destino, sino que además podrá interactuar con otros usuarios que hayan pasado hace poco por su ruta, podrá ver los precios actualizados de las gasolineras a su paso, ver dónde hay controles de radar, calcular su hora estimada de llegada, ver dónde hay tráfico denso… y así hasta completar un largo etcétera con toda la información que usted pueda desear mientras va al volante.

¿Qué es lo sorprendente de todo esto?. Lo que les comentaba antes: la inteligencia colectiva. Con la tecnología de internet y los smartphones, el concepto que tenemos de la humanidad cambia radicalmente. Pasamos de ser un crisol de individuos con intereses más o menos alineados por grupos familiares, sociales, profesionales o nacionales, a ser una entidad colectiva con capacidad de interacción inmediata (incluso individuo-a-individuo) y que se puede adaptar rápidamente a los cambios del medio. Esto Waze nos lo descubre para facilitarnos nuestra vida automovilística, pero no duden que la inteligencia colectiva caracterizará, y de hecho está caracterizando ya, la mayoría de los aspectos del día a día de nuestras vidas, y que desempeñará un papel esencial en tecnologías tan incipientes, importantes y revolucionarias como las Smart Cities. ¿Qué me dicen de aquel otro proyecto experimental que utilizaba Twitter para ubicar en tiempo real donde está teniendo lugar un terremoto?. Sus resultados fueron también sorprendentemente fiables. Otro ejemplo más de la naciente inteligencia colectiva de la especie humana.

Pero no todo van a ser aspectos positivos, obviamente también los hay negativos. En primer lugar les comento el nada desdeñable tema de la dependencia extrema de la tecnología en la que estamos cayendo, a todas luces nada nuevo en la historia de la humanidad, pero que está alcanzando cada día cotas más importantes, tal y como demuestran nuevas afecciones psicológicas como la Nomofobia: un mal que afecta al 53% de los usuarios de teléfonos móviles y que consiste en la sensación de inseguridad que nos afecta a la mayoría cuando salimos a la calle sin nuestros terminales. Es una consecuencia más de algo que, con una abrupta interrupción del acceso a la inteligencia colectiva, se verá acentuado, porque el problema no es su existencia, sino cómo nuestro mundo se configura en torno a estos nuevos avances, y no duden de que, si por ejemplo ya hoy en día pocos compran mapas en papel, dentro de unos años ya ni los venderán, y si se cae Google Maps, y estamos de viaje, ¿Cómo encontraremos en caso de emergencia la ubicación del hospital más cercano?. Es un ejemplo simple pero esclarecedor del tipo de problemas a los que nos exponemos.

Para ejemplificar otro posible aspecto negativo vuelvo a Waze como ejemplo por antonomasia de los nuevos servicios de masas con inteligencia colectiva. No está mal que Waze nos diga dónde hay un radar o un control policial para que no nos pongan la típica multa tonta por un ligero despiste al circular por ciudad a 55kmh, pero, ¿Qué me dicen ustedes de la utilidad que le pueden dar los delincuentes para hacer trayectos seguros en sus vehículos evitando los controles policiales?. Es sin duda algo inquietante, pero que a día de hoy no hay forma de evitar, más que nada porque ni siquiera está legislado. Una vez más el progreso va por delante de las leyes. Pero no se preocupen, la inteligencia colectiva es muy eficiente, y siempre va a haber individuos (también delincuentes) que descubran y se aprovechen de estos servicios. Sólo cuando el problema sea generalizado y obvio, los políticos tomarán medidas. Mientras tanto esperen sentados.

Otro aspecto negativo puede ser la volatilidad extrema a la que se pueden ver sometidos los mercados como consecuencia de aplicaciones de inteligencia colectiva. El pánico y la euforia son parte del día a día de nuestros mercados financieros, siempre lo han sido. Su variabilidad puede ser tanto más nociva cuanto más breve es el plazo de tiempo en el cual tienen lugar. Teóricamente, y en el concepto más clásico de nuestros mercados, este pánico y euforia se veían mitigados en parte por la no-inmediatez en el acceso a la información y plataformas de operación bursátil, y en todo caso, cuando el pánico (y no tanto con la euforia) hace acto de persistente presencia, los reguladores optan por la suspensión temporal de negociación de un valor, o incluso de todo el mercado. Hoy esto también ha cambiado radicalmente, y todos podemos ser presas de impulsivas operaciones inmediatamente ejecutadas desde nuestros smartphones, lo cual no hace sino de acentuar la volatilidad potencial, así como su dañino efecto sobre el accionista medio. Si a este hecho, ya conocido hoy en día, añadimos la futura inteligencia colectiva bursátil que se nos viene encina, tenemos un catalizador para promover movimientos erráticos y fuente de posible información privilegiada para algunos. Les estoy hablando nada más y nada menos de los denodados esfuerzos de varios grupos de interés por desarrollar sistemas que reflejen en tiempo real el sentimiento del inversor, que es, al fin y al cabo, el causante último de los movimientos de los mercados (dejemos a un lado los robots del HFT ó High Frequency Trading). Uno de estos proyectos utiliza Twitter como plataforma para poder recolectar información de inteligencia colectiva sobre los inversores, pero hay más proyectos y vendrán aún más, porque ya se sabe que donde hay dinero que ganar, no faltan iniciativas. La cuestión que les apuntaba antes es dilucidar sobre si explotar esta información debe ser una tarea democráticamente accesible, o si por el contrario se va a permitir su oligopolio para beneficio de unos pocos. Pero aún tengo para ustedes una pregunta más intrigante: ¿La disponibilidad de información en tiempo real sobre el sentimiento inversor de todos los individuos no podría suponer una variable que hiciese nuestros sistemas bursátiles inestables (no hablo de volátil, que por supuesto, sino de inestabilidad bajo el concepto clásico de un sistema dinámico que se estudia en regulación automática: todo sistema depende de variables de entrada cuyo cambio puede producir valores de salida indeseados)?, ¿Un sistema bursátil con inteligencia colectiva en tiempo real puede entrar en resonancia y volverse extremadamente inestable de forma persistente?.

Y termino ya este post habiendo reflexionado con ustedes sobre la inteligencia colectiva a la que nos está abriendo la tecnología, y sobre sus obvias ventajas, pero también sus inherentes amenazas. No se preocupen, la respuesta a estos nuevos desafíos, como siempre, nos la va a dar el tiempo, puesto que no duden que la inteligencia colectiva ha venido para quedarse, y que cada año vamos a ver más y más iniciativas en este sentido. Siéntanse parte de la Humanidad, puesto que más que nunca formamos parte de un todo del que, para bien o para mal, no nos podremos separar.

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La muerte prematura del Big Data o El cercano fin de la Ley de Moore

Supongo que ustedes ya habrán leído sobre la famosa Ley de Moore, por la cual en 1965, el doctor en química Gordon E. Moore, cofundador de Intel, predijo que cada dos años se duplicaría la densidad de integración de transistores en un circuito integrado. Esta ley ha venido cumpliéndose de forma sorprendente desde que fue formulada, pero parece ser que en los últimos años su validez se está acercando a su fin.

Y se preguntarán ustedes, ¿Y qué me importa a mí que se cumpla o no esta ley?. Nos puede afectar mucho a todos, puesto que la tecnología hoy en día forma parte indisoluble de nuestra forma y calidad de vida, y que la Ley de Moore deje de cumplirse implica que la progresión de la potencia de los nuevos procesadores informáticos, la progresión de la capacidad de memoria, etc. se verán abruptamente interrumpidas, con todo lo que ello conlleva según analizaremos con más detenimiento más adelante.

El motivo de esta muerte repentina no es baladí, ni más ni menos tiene relación con las leyes de la física de escala subatómica, que son distintas también en electrónica a aquellas del mundo macroscópico, y que hacen que la Ley de Moore esté acercándose a un límite por debajo del cual dejará de poder predecir el futuro de la informática: la progresiva miniaturización de los transistores hacen que a día de hoy empiecen a tener unas dimensiones tan reducidas que sean de un orden de magnitud comparable a las partículas atómicas, con lo cual las interacciones entre componentes y sus propiedades electromagnéticas se ven seriamente alteradas respecto a las que se deberían dar en el mundo macroscópico, imposibilitando el correcto funcionamiento de los futuros chips de silicio o, en todo caso, poniendo un límite claro a la hasta ahora progresiva integración electrónica.

Se podría decir que la humanidad actualmente vive en la Era del Silicio, pero es obvio que, tal y como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, más pronto o más tarde, habrá un cambio tecnológico que se basará en la utilización de nuevos materiales y sustratos, que obligará a la formulación de nuevas leyes, y que en este caso concreto puede consistir en utilizar nanotecnología de grafeno y nitruro de boro hexagonal que, a priori, por su propia naturaleza y definición, van a permitir unas escalas de integración muy superiores a la tecnología de silicio actual, pudiendo llegar incluso al primer circuito integrado con el grosor de un solo átomo. Pero estarán de acuerdo en que este posible avance microelectrónico que supondría la utilización del grafeno, a nivel de miniaturización, supondría únicamente un “kicking the can down the road” (es decir, procrastinación o cómo se suele decir “una patada para adelante”), puesto que el átomo es la unidad última que compone la materia, con lo que alcanzar dimensiones de tan sólo un átomo es un límite a priori infranqueable a cuya limitación nos enfrentaremos más pronto que tarde.

Algunos argumentarán que la computación cuántica permite rebasar esa limitación de la escala atómica. Razón no les falta, pero siento decirles que, en mi humilde opinión, es una tecnología que todavía está muy inmadura y dudo mucho que veamos el ordenador cuántico hecho realidad antes de tener que enfrentarnos al límite atómico que les comentaba.

Suponiendo que la llegada de una nueva tecnología se retrase con respecto a cuándo sea imperiosamente necesaria, pasemos a pensar en las consecuencias de un frenazo en seco de la evolución de la potencia de nuestros procesadores y memorias. El primer afectado sería sin lugar a dudas el Big Data. Para los no versados les resumiré que el Big Data se trata principalmente de explotar de forma coherente toda la información que acumulan empresas, organizaciones e instituciones en diferentes bases de datos, lo cual es una ardua labor, no sólo por las complicaciones técnicas de las diferentes tecnologías de cada fabricante, sino principalmente por el tremendo volumen de datos que se guardan en la actualidad y que no son correctamente aprovechados.

La razón por las que les decía que el Big Data sería el primer afectado no es sólo porque se trata de una tecnología en ciernes que todavía no ha alcanzado su punto álgido, sino también por tratarse de un mundo en el cual, como les introducía antes, la característica más destacable es la heterogeneidad y multiplicidad de fuentes de datos, lo cual añadido al gran volumen de los mismos, hacen que el Big Data sea una nueva ola tecnológica que precisará de una capacidad de proceso y una velocidad del mismo de un orden de magnitud muy superior al actual. Sí, están entendiendo lo que les estoy tratando de decir. La coincidencia temporal actual del incipiente Big Data junto con sus voraces necesidades de recursos informáticos pueden hacer que, en caso de que la humanidad no sea capaz de superar en breve la caducidad de la Ley de Moore, el Big Data pueda ser un caso de muerte prematura antes de alcanzar su punto máximo de desarrollo.

Las implicaciones de esto son incuantificables, tal vez el tema del Big Data les sea ajeno, por ahora, pero en todo estudio de impactos hay que tener en cuenta no sólo los problemas actuales, sino también las repercusiones futuras. Y tal vez se digan ustedes, “He vivido hasta hoy sin el Big Data y puedo seguir viviendo sin él”. Sí, esto es cierto, pero también lo es el hecho de que el progreso empresarial, institucional y social que supondría sería no sólo relevante, sino desproporcionado diría yo. Los avances que permitiría son de impacto incuantificable a día de hoy por su importancia. El Big Data nos cambiará la forma de convivir con esta maraña actual de información que supone internet y las intranets. El acceso cuasi-universal a internet ha sido sólo el primer paso. Ahora la información está ahí, pero hay que conseguir explotarla de forma útil y eficiente, y es aquí donde entra en juego el Big Data. Áreas tan importantes como las Smart Cities, la Bioinformática, y otros campos que hagan un uso intensivo de datos, verían truncada su evolución.

Además, es difícil determinar a día de hoy el momento exacto en el que la Ley de Moore dejará de cumplirse, y por lo tanto es posible que esto ocurra cuando el cohete del Big Data ya haya despegado pero todavía no haya alcanzado la cresta de la ola. Con ello quiero decirles que tal vez la interrupción abrupta de la evolución de un Big Data que ya esté en camino sea peor que no haberlo desarrollado nunca. Y a esto es a lo que nos enfrentamos obviando a Moore.

Seguramente veremos una vuelta atrás en la movilidad: los dispositivos más potentes serán necesariamente más grandes, tal y como ocurre ahora, pero sin la tendencia actual de, con el paso del tiempo, reducir el espacio e incrementar la capacidad de proceso. Esto implica una vuelta a los macro Centros de Datos (que realmente nunca nos han acabado de dejar, la nube simplemente los ha ubicado en otros sitios), porque mientras no dejemos atrás la Era del Silicio, y una vez echado el freno a la Ley de Moore, evolución con más potencia implicará necesariamente más espacio. Ya no habrá democratización de la potencia de procesamiento: el espacio, la capacidad, la potencia y la infraestructura serán para los que se la puedan permitir.

Por otro lado, hay otras consecuencias que podemos entrever y que no serían tan catastróficas. En esta categoría se podría incluir el hecho de que la obsolescencia natural de ciertas tecnologías dejaría de ser un hecho, dado que ya no habría un nuevo ordenador más potente que por ejemplo pueda pasar ya a romper en un tiempo razonable una criptografía que hasta el momento era segura.

Pero no me lancen las campanas al vuelo, probablemente la insignificancia relativa de estas ventajas se vea eclipsada por los feroces efectos sobre una industria tecnológica deflacionaria por naturaleza, pero que gracias a la innovación compensa su obsolescencia innata. Posiblemente dejaríamos de esperar a que la tecnología, siempre con un precio de salida desorbitado, fuese poco a poco volviéndose más asequible conforme se vuelve madura. Esta pseudo-democratización de los avances tecnológicos, por la cual las clases medias y bajas sólo tienen que esperar para poder tener acceso a los avances tecnológicos, puede verse interrumpida. Y tengan en cuenta que esta tendencia actual reporta (supuestos) beneficios cuantificables e incuantificables, como son la fatua felicidad que el sistema capitalista nos reporta con esa ilusoria sensación de ser más ricos que antes por poder tener algo que antes no nos podíamos permitir, con efectos sobre la estabilidad social y, cómo no, afectando también al beneficio que el propio sistema capitalista reporta a sus inversores, puesto que a día de hoy, la economía de escala hace que los productos sean más rentables cuando alcanzan su mayor difusión con la comercialización entre el grueso de la población. Por otro lado, seguramente, con el final de la Ley de Moore veríamos una aceleración considerable de la conversión de los recursos informáticos en utility, se compraría capacidad de proceso de forma simplificada y al por mayor, tal y como contratamos actualmente el agua o la electricidad, puesto que el frenazo de la progresión del hardware tendería a homogenizar el producto.

Y no se me equivoquen, no toda evolución tecnológica sufriría un frenazo en seco. Siempre hay lugar para la innovación. Siempre hay nuevas aplicaciones y servicios por idear que requieran poca evolución de la potencia de procesadores y memorias. Y recuerden que, además, la eficiencia está en la escasez, y el tándem evolución conjunta hardware-software ha hecho que muchas veces el uso que se hace del hardware no sea todo lo eficiente que podría ser, puesto que se asume siempre una futura plataforma hardware más potente sobre la que desplegar la siguiente versión de servicios y aplicaciones.

Con esto no quiero apartarme de mi tesis inicial del gran impacto que la muerte de la Ley de Moore tendrá sobre nuestras vidas futuribles, que no se puede calificar más que de muy importante, lo único es que no consideraría este análisis completo sin profundizar en todas estas diferentes facetas.

Me despediré recordándoles que el futuro siempre es apasionante, pero también, por su propia naturaleza, generalmente imprevisible. Es un error dejarse llevar por la deriva de lo que hasta ahora ha sido una forma de vida o de negocio. Todo es susceptible de acabarse en cualquier momento, especialmente en lo que a evolución tecnológica se refiere. Y no hay que adoptar un papel pasivo ante la sucesión de acontecimientos. Los gobiernos deberían tomar partido en la investigación de un nuevo campo tecnológico que puede ser que a día de hoy aún no sea rentable, pero que sea estratégico por la propia amenaza que Moore nos deja como legado. La universalidad de la amenaza hace que la solución sea un bien globalmente necesario o… tal vez no tanto, porque quien desarrolle una nueva tecnología y no la “globalice” compartiéndola con los demás podría dominar el mundo.

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