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El escarnio público del emprendedor en España o La destructiva política del Lose-Lose

Hoy les traigo un post breve sobre un tema de psicología colectiva con evidentes implicaciones socioeconómicas. Toda mi reflexión al respecto empezó a raíz del coste de renovación de servicio que la famosa aplicación de mensajería Whatsapp está pidiendo  a sus usuarios. Para los que no aún les ha llegado todavía el turno, les aclararé que el coste anual está en torno a los 80 céntimos. Apenas el coste de 6 mensajes de los antiguos SMSs, con el añadido de funcionalidades adicionales como enviar fotos, clips de sonido, ubicaciones… y todo con una base de usuarios, al menos en Europa, envidiable. El negocio está claro. Es un ejemplo por antonomasia del clásico Win-Win que se enseña en las escuelas de negocio. Visto así, se puede dar por descontado que la mayoría de los usuarios de Whatsapp deberían estar dispuestos a aceptar un pago tan reducido por un servicio tan útil. Pero no, no en España.

Puedo entender que haya personas que necesiten economizar en todos los aspectos de su vida tecnológica, puedo entender que haya personas que se conformen con versiones Lite y que renuncien a funcionalidades adicionales, puedo entender que haya personas que tengan como filosofía el software libre y su programación desinteresada y colectiva, puedo entender que no se quiera pagar ningún coste habiendo servicios similares que son gratuitos, etc. Puedo entender muchas cosas, y compartir tan sólo algunas. Pero no puedo entender lo que un conocido me comentó al respecto. Siendo una persona de economía holgada, me sorprendió que no estuviese dispuesto a renovar el servicio de Whatsapp, pero aún más me sorprendió su respuesta. Simplemente me contestó que había calculado que 80 céntimos multiplicado por 100 Millones de descargas en Google Play era mucho dinero, y que no quería dárselo a ganar a la empresa.

¿Les sorprende también esta respuesta?. Analicémosla con algo más de detalle, porque, como decía mi abuela, cuando algo no se entiende es que hay algo que no se sabe. Para empezar, hay que tener en cuenta que una aplicación como Whatsapp conlleva un esfuerzo de programación, una idea-concepto feliz que alguien tuvo en su día, un mantenimiento del servicio, etc. una serie de cosas que evidentemente conllevan una inversión de esfuerzo personal y económico que de una manera u otra es justo que se recompense. Pero no, no importa nada de esto, ni tan siquiera que se trate de un Win-Win como comentábamos antes. Lo único que importa es que no se quiere participar en hacer rico a un emprendedor, ni aunque se reconozca que sería merecidamente.

¿Y cuál puede ser la causa última de este comportamiento, máxime cuando se trata de personas con una buena situación financiera?. Dicho como se me dijo, la única razón que encuentro es el deporte nacional por antonomasia, y no, no me estoy refiriendo al fútbol. ¿Qué creen ustedes que puede hacer que una persona renuncie a un buen servicio con tal de que otro no gane cantidades, por otro lado, nada desdeñables?, ¿Qué puede llevar a una persona a ocurrírsele ponerse a calcular importes que a muchos otros ni se les ha ocurrido multiplicar?, ¿Qué puede hacer que alguien se enroque en el “yo perderé, pero tú vas a perder más”?… No sé ustedes, pero a las respuestas de estas preguntas sólo les encuentro lógica si las analizo bajo el prisma de la envidia. Es uno de los sentimientos más ancestrales de la humanidad, que en el caso concreto de España, en vez de reconducirse constructivamente, se torna en un sentimiento destructivo mediante el cual se prefiere incluso perder antes de que alguien gane algo, convirtiendo el citado y frustrado Win-Win es una destructiva actitud que podríamos denominar como Lose-Lose.

¿Les suena la cantinela?. A buen seguro que este tipo de actitudes las han sufrido ustedes también alguna vez en sus propias carnes, porque la envidia se manifiesta de muchas formas, y a veces incluso contra personas que no tienen una economía precisamente boyante. Hay personas que son capaces de envidiarles hasta por la forma que tienen ustedes de dar un paso, y que ni aunque les viesen debajo de un puente, serían felices. ¿Saben qué es de verdad lo que estas personas envidian de los demás?. No, no es el dinero. Lo que en realidad envidian es la felicidad que algunos irradian, que ellos confunden la felicidad que ellos alcanzarían si viesen satisfecha el ansia propia por acumular innumerables ceros en el saldo de su cuenta bancaria. Pero en realidad, cuando ven a alguien de capacidad económica limitada, pero feliz con su vida, no pueden soportarlo.

Y este tipo de actitudes, si bien son sentimientos inherentes a muchos seres humanos, como les decía, adquieren un matiz más generalizado y dramático en España, al menos más que en otros países de nuestro entorno. Personalmente creo que esta perversión de los sentimientos humanos tiene su origen en la cultura del éxito tan arraigada en la sociedad española, como comentábamos en el post “El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores”, y que en muchos casos, cuando se llega a cierta edad sin ver las ansias personales cumplidas, en vez de ser reconducidas hacia actitudes positivas, en los casos de los grandes competidores de mal perder, el asunto degenera en una envidia que no permite vivir tranquilo al que la padece, ni aunque tenga motivos más que sobrados para sentirse afortunado.

No se rebelen contra lo que les estoy contando. Es algo que es así y que costará muchos años cambiar. Pero es evidentemente un punto débil en la psicología de esas personas, ya que sacan de sí mismos un aspecto clave de su felicidad personal y lo ponen a depender de factores externos y ajenos cuyo control se les escapa. Es algo que a nivel colectivo hay que intentar cambiar porque, en primer lugar, es motivo de infelicidad para quien lo padece, y en segundo lugar, obstaculiza el progreso y el emprendimiento de un tejido empresarial que lo último que necesita es que no se recompense a los pocos que son capaces de lanzarse a llevar a cabo una buena idea. Mientras tanto, lo único que pueden hacer ustedes es velar simplemente por su propia vida y la de sus más allegados, tratar de ser moderadamente felices y, sobre todo, que no se les note demasiado.

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El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores

El otro día estaba en una reunión de seguimiento de un proyecto en la empresa en la que trabajo, y, tras haberme informado por otras vías, sabía que todas las partes iban con retraso en la ejecución de sus respectivas tareas. Ellos no sabían que yo era consciente de ello, y tampoco lo dije de primeras. El caso es que fue muy curioso poder comprobar lo que muchas otras veces sospechaba: la mayoría de las personas tratan en estos casos de retrasar lo más posible su reconocimiento de los retrasos en los que están incurriendo, a la espera de que otros “confiesen” antes y así ellos ganar algo de tiempo sin quedar mal.

Y allí estábamos todos mirándonos cara a cara, aparentando que todo iba con normalidad, y esperando a ver quién era el primero en reconocer lo que todos deberían reconocer desde un principio. Al final la liebre saltó por donde tenía que saltar. La persona encargada de las últimas tareas antes del pase a Producción, supongo que consciente al igual que yo de que había retrasos, y responsable de acabar sus tareas a tiempo por tener una fecha inamovible por detrás, empezó a tirar del hilo sibilinamente hasta que alguno de los involucrados no aguantó más la presión y reconoció que necesitaba más tiempo para la ejecución de sus tareas. En ese mismo momento, se notó en la reunión cómo el resto de participantes empezó automáticamente a calcular si esos días de más que se iban a dar les servían a ellos de margen adicional para no tener que confesar de la misma manera. A los que les valía se callaron, y a los que no volvieron a esperar a ver si alguien más reconocía que necesitaba más tiempo. Al final, tirando de todos los hilos, se llegó a varias ampliaciones de plazos que resultaron en una planificación más realista, pero no confesaron todos los que debían.

¿Qué hay en las mentes de esos profesionales que ocultan sus problemas?. Principalmente tenemos dos opciones: miedo y ambición. Pueden coexistir ambos motivos en ciertas personas, o puede darse tan sólo uno u otro. Miedo a perder el empleo, miedo a dar la imagen de ser un mal profesional, miedo a la reprobación por parte del grupo… Ambición por quedar siempre como el mejor, ambición por demostrar lo que se vale, ambición para tener más papeletas para conseguir el siguiente ascenso o incremento salarial… Las motivaciones pueden ser múltiples y de muy diversa índole, pero se pueden agrupar principalmente en estos dos sentimientos genéricos que les decía.

Pero, y… ¿Por qué la gente es así?. En parte es debido a un tema de importantes consecuencias socioeconómicas y que ya hemos tratado aquí en otros posts: la cultura del éxito. Sí, esa ansia por ser el mejor, por llegar a lo más alto, por ganar mucho dinero, por tener mucho poder… a costa de lo que haga falta. En aras de conseguir semejantes metas, todo suele valer, pero hay ciertos individuos, de motivaciones aún más fatuas si caben, que están plenamente convencidos de que es algo que justamente se merecen. Es cierto que ese autoengañoso convencimiento les sirve en cierta medida de disculpa (el peor trepa es aquel que, aún siendo consciente de su incompetencia, trata de pisar cuantas cabezas sea necesario para subir inmerecidamente), pero sus actitudes son fruto de una autoindulgencia y una autocomplacencia que a veces dejan mucho que desear. Me explico. Todos cometemos errores en nuestro trabajo, es natural y normal, nadie es perfecto, pero este tipo de personas tienen una curiosa habilidad para, en sus mentes, minimizar los errores propios y resaltar los ajenos. Es muy frecuente ver cómo hay personas que cuando ellos cometen un error lo disculpan con toda naturalidad, haciéndolo ver como algo sin importancia, pero cuando da la casualidad de que posteriormente otro comete ese mismo error, se le echan encima con todo tipo de agravios. A mí, que desde pequeño me han enseñado que “no quieras para los demás lo que no quieras para ti mismo”, estas actitudes me parecen muy cuestionables, indicativas de un egocentrismo y un egoísmo que, por desgracia, es demasiadas veces predominante en nuestra sociedad. Lo pueden ver ustedes en la gente de su entorno con pequeñas actitudes del día a día, o lo pueden ver en cómo se enfrentan a grandes problemas. No son tan significativos los hechos y su relativa importancia, como saber qué es lo que la gente que les rodea lleva verdaderamente por dentro. Y para no perder el sentido de la autocrítica, apliquen primero el “Conócete a ti mismo” de Sócrates, no vaya a ser que estén viendo la paja en el ojo ajeno… En el caso de aquellos individuos que, sin ser conscientes de cómo ellos mismos relativizan los errores propios y maximizan los ajenos, tras este inequívoco signo de autoindulgencia, viene posteriormente la inherente autocomplacencia: se acaban creyendo su ilusoria sensación de perfección, y acaban viviendo en un irreal estado de satisfacción consigo mismo cuya peligrosa toma de contacto con la realidad puede conllevar desastrosos efectos sobre su bienestar psicológico.

Por otro lado, también es cierto que, a las personas que reconocen sus errores y retrasos, les suele ocurrir que en su entorno profesional, los “listos”, conocedores de su actitud, cuando han de imputar un retraso propio a alguna otra causa ajena, tratan por todos los medios de que las culpas recaigan sobre esas personas, dado que si encajan bien la responsabilidad sobre su tejado, saben que las van a asumir como propias. No les diré qué opino sobre este tipo de “listos” cuando los detecto (se lo pueden imaginar), pero el patrón habitual de comportamiento debería cambiar sensiblemente para con ellos, porque la comprensión sólo la merece quien sabe apreciarla, y por mucho que se puedan entender sus motivaciones y problemas, ello no implica que sus actitudes sean igualmente reprobables.

Al punto anterior de cómo está articulada ya la sociedad en nuestro país, por el cual el que es responsable y asume culpas, se las suele llevar todas en el mismo lado de la cara, añadiría el punto cultural que les cité antes, que no sé discernir si es causa o consecuencia de dichas actitudes: la cultura del éxito y el enfoque del fracaso. Las diferencias culturales entre España y otros países, como por ejemplo EEUU o Japón, es abismal. Basta con mirar un Curriculum Vitae de un español y de un norteamericano. El español sólo muestra los éxitos, como si la perfección profesional fuese una meta alcanzable y alcanzada. El norteamericano muestra también los fracasos, porque en la cultura laboral y empresarial estadounidense se entiende que el que se ha equivocado, ya ha aprendido de ello. Esto se considera un valor añadido frente a quien no ha tropezado en esa piedra, puesto que, como todos sabemos, cualidades personales aparte, aquí como mejor se aprende es de nuestros propios errores. Dignas de elogio son aquellas personas tan inteligentes (o tan empáticas) que logran aprender con la misma intensidad de los errores de los demás… se ahorran un amargo camino, pero son los menos. El egocentrismo y el egoísmo que citábamos antes tiene aquí otro aspecto negativo: nubla la vista de los individuos más allá de las consecuencias propias, no permitiéndoles aprender de las circunstancias de otros. Estarán de acuerdo ustedes en que, en cualquier caso, es un castigo justo, e incluso tal vez merecido.

El final autodestructivo de este tipo de conductas es algo a evitar a nivel personal y social, por lo que debemos entre todos pasar de la cultura del éxito a la cultura de la tolerancia al fallo, tal y como les comentaba antes, al igual que ocurre en otros países que citaba como EEUU o Japón, y que tan bien retrataba el colega tuitero @danielcunado en su post “La tolerancia al fracaso como motor de innovación”. A la vista están los resultados, no hay más que ver que tanto japoneses como norteamericanos nos llevan ventaja en este punto de vista concreto y sus consecuencias más directas: tejido industrial y tecnológico, innovación, patentes per cápita, calidad de la producción, tolerancia al fracaso y su inherente equilibrio psico-social, etc. y no tan directas: corrupción, aspiración al enriquecimiento rápido y fácil, falta de cultura del esfuerzo, educación errónea en los principios meramente cortoplacistas que se transmiten a los más jóvenes, valores equivocados, fines que justifican los medios, etc. Y es que detrás de este ansia sin medida del éxito porque sí hay muchas más consecuencias de las que ustedes imaginan. No lo duden, el éxito es cortoplacista y limitado generalmente al ámbito profesional, y la tolerancia al fallo es a largo plazo y con beneficios también personales. Elijan ustedes lo que más les interese, a partir de este punto la decisión ya depende únicamente de uno mismo.

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