Archivo de la categoría: Psicología
El escarnio público del emprendedor en España o La destructiva política del Lose-Lose
Hoy les traigo un post breve sobre un tema de psicología colectiva con evidentes implicaciones socioeconómicas. Toda mi reflexión al respecto empezó a raíz del coste de renovación de servicio que la famosa aplicación de mensajería Whatsapp está pidiendo a sus usuarios. Para los que no aún les ha llegado todavía el turno, les aclararé que el coste anual está en torno a los 80 céntimos. Apenas el coste de 6 mensajes de los antiguos SMSs, con el añadido de funcionalidades adicionales como enviar fotos, clips de sonido, ubicaciones… y todo con una base de usuarios, al menos en Europa, envidiable. El negocio está claro. Es un ejemplo por antonomasia del clásico Win-Win que se enseña en las escuelas de negocio. Visto así, se puede dar por descontado que la mayoría de los usuarios de Whatsapp deberían estar dispuestos a aceptar un pago tan reducido por un servicio tan útil. Pero no, no en España.
Puedo entender que haya personas que necesiten economizar en todos los aspectos de su vida tecnológica, puedo entender que haya personas que se conformen con versiones Lite y que renuncien a funcionalidades adicionales, puedo entender que haya personas que tengan como filosofía el software libre y su programación desinteresada y colectiva, puedo entender que no se quiera pagar ningún coste habiendo servicios similares que son gratuitos, etc. Puedo entender muchas cosas, y compartir tan sólo algunas. Pero no puedo entender lo que un conocido me comentó al respecto. Siendo una persona de economía holgada, me sorprendió que no estuviese dispuesto a renovar el servicio de Whatsapp, pero aún más me sorprendió su respuesta. Simplemente me contestó que había calculado que 80 céntimos multiplicado por 100 Millones de descargas en Google Play era mucho dinero, y que no quería dárselo a ganar a la empresa.
¿Les sorprende también esta respuesta?. Analicémosla con algo más de detalle, porque, como decía mi abuela, cuando algo no se entiende es que hay algo que no se sabe. Para empezar, hay que tener en cuenta que una aplicación como Whatsapp conlleva un esfuerzo de programación, una idea-concepto feliz que alguien tuvo en su día, un mantenimiento del servicio, etc. una serie de cosas que evidentemente conllevan una inversión de esfuerzo personal y económico que de una manera u otra es justo que se recompense. Pero no, no importa nada de esto, ni tan siquiera que se trate de un Win-Win como comentábamos antes. Lo único que importa es que no se quiere participar en hacer rico a un emprendedor, ni aunque se reconozca que sería merecidamente.
¿Y cuál puede ser la causa última de este comportamiento, máxime cuando se trata de personas con una buena situación financiera?. Dicho como se me dijo, la única razón que encuentro es el deporte nacional por antonomasia, y no, no me estoy refiriendo al fútbol. ¿Qué creen ustedes que puede hacer que una persona renuncie a un buen servicio con tal de que otro no gane cantidades, por otro lado, nada desdeñables?, ¿Qué puede llevar a una persona a ocurrírsele ponerse a calcular importes que a muchos otros ni se les ha ocurrido multiplicar?, ¿Qué puede hacer que alguien se enroque en el “yo perderé, pero tú vas a perder más”?… No sé ustedes, pero a las respuestas de estas preguntas sólo les encuentro lógica si las analizo bajo el prisma de la envidia. Es uno de los sentimientos más ancestrales de la humanidad, que en el caso concreto de España, en vez de reconducirse constructivamente, se torna en un sentimiento destructivo mediante el cual se prefiere incluso perder antes de que alguien gane algo, convirtiendo el citado y frustrado Win-Win es una destructiva actitud que podríamos denominar como Lose-Lose.
¿Les suena la cantinela?. A buen seguro que este tipo de actitudes las han sufrido ustedes también alguna vez en sus propias carnes, porque la envidia se manifiesta de muchas formas, y a veces incluso contra personas que no tienen una economía precisamente boyante. Hay personas que son capaces de envidiarles hasta por la forma que tienen ustedes de dar un paso, y que ni aunque les viesen debajo de un puente, serían felices. ¿Saben qué es de verdad lo que estas personas envidian de los demás?. No, no es el dinero. Lo que en realidad envidian es la felicidad que algunos irradian, que ellos confunden la felicidad que ellos alcanzarían si viesen satisfecha el ansia propia por acumular innumerables ceros en el saldo de su cuenta bancaria. Pero en realidad, cuando ven a alguien de capacidad económica limitada, pero feliz con su vida, no pueden soportarlo.
Y este tipo de actitudes, si bien son sentimientos inherentes a muchos seres humanos, como les decía, adquieren un matiz más generalizado y dramático en España, al menos más que en otros países de nuestro entorno. Personalmente creo que esta perversión de los sentimientos humanos tiene su origen en la cultura del éxito tan arraigada en la sociedad española, como comentábamos en el post «El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores», y que en muchos casos, cuando se llega a cierta edad sin ver las ansias personales cumplidas, en vez de ser reconducidas hacia actitudes positivas, en los casos de los grandes competidores de mal perder, el asunto degenera en una envidia que no permite vivir tranquilo al que la padece, ni aunque tenga motivos más que sobrados para sentirse afortunado.
No se rebelen contra lo que les estoy contando. Es algo que es así y que costará muchos años cambiar. Pero es evidentemente un punto débil en la psicología de esas personas, ya que sacan de sí mismos un aspecto clave de su felicidad personal y lo ponen a depender de factores externos y ajenos cuyo control se les escapa. Es algo que a nivel colectivo hay que intentar cambiar porque, en primer lugar, es motivo de infelicidad para quien lo padece, y en segundo lugar, obstaculiza el progreso y el emprendimiento de un tejido empresarial que lo último que necesita es que no se recompense a los pocos que son capaces de lanzarse a llevar a cabo una buena idea. Mientras tanto, lo único que pueden hacer ustedes es velar simplemente por su propia vida y la de sus más allegados, tratar de ser moderadamente felices y, sobre todo, que no se les note demasiado.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
La naranja mecánica de los trepas o Cómo vengarse de uno mismo
Seguramente habrán oído ustedes de aquel famoso experimento que se realizó con primates hace ya algunos años. Se pretendía analizar ciertos comportamientos psico-sociales en los ambientes laborales humanos. El experimento en cuestión se basaba en encerrar en una habitación a cinco primates, con un mástil que subía hasta el techo, en donde había un manojo de plátanos. Obviamente, en cuanto los primates se percataron de la presencia de las bananas, intentaron todos subir a cogerlas. El más fuerte acabó trepando por el mástil y, cuando estaba a punto de alcanzar la comida, un chorro de agua helada a presión le precipitó hacia el suelo, mojándole a él y a todos sus compañeros. Tras varias intentonas con el mismo resultado, los primates acabaron por desistir en su intento de saciar su apetito, y adoptaron una posición pasota ante la presencia de los plátanos en el techo de la estancia.
Pasadas unas horas de tranquilidad, una vez que todos los monos habían calmado sus ansias, los investigadores sacaron uno de los monos presentes e introdujeron un nuevo primate en la habitación. Este primate había estado completamente aislado y no tenía ni idea del chorro de agua que salía del techo. Obviamente, al ver las bananas en lo alto del mástil, empezó a trepar para cogerlas, pero todos los demás monos que había en la estancia, que sabían lo que ocurría al intentar coger la fruta, empezaron a retenerle por la fuerza y a tirones, intentando evitar el consiguiente baño de agua helada a presión para todos. El novato no sabía de qué iba el tema, pero al final cedió a la violenta insistencia de sus nuevos compañeros y optó por sentarse en un rincón.
Pasadas unas horas más, los investigadores hicieron de nuevo lo mismo, sacaron a uno de los monos antiguos de la habitación e introdujeron en la estancia un nuevo primate. De nuevo el recién llegado, al reparar en los plátanos del techo, intentó trepar por todos los medios a cogerlos, pero, al igual que ocurrió la vez anterior, todos los demás monos le impidieron que llegase arriba. Lo más curioso era que el mono más agresivo e insistente con las lógicas actitudes del nuevo era el último mono que habían introducido en la habitación, y que no tenía ni idea de qué ocurría cuando se llegaba a lo alto del mástil, puesto que sus compañeros le habían impedido llegar arriba y nunca había llegado a sufrir el chorro de agua en sus carnes.
Para independizar el experimento de actitudes y personalidades individuales, los investigadores fueron sacando e introduciendo nuevos monos en la estancia cada pocas horas. Siempre ocurría lo mismo, incluso cuando todos los monos presentes en la habitación eran ya nuevos, a pesar de que ninguno había llegado a sentir el chorro de agua helada.
Las conclusiones son obvias, así como su aplicabilidad a los entornos de trabajo de nuestra sociedad, en la que la inexperiencia y la ambición, que suelen ser más típicas de la juventud que de la madurez, son obvias. Siempre hay unas mieles del éxito que se quieren alcanzar, y siempre hay alguno que en su ansía de superación a veces se lleva un palo que generalmente afecta a todos, perpetuándose estas actitudes incluso cuando ya nadie ha visto o recuerda el escarmiento.
Pero pensemos un poco más allá. Probablemente, en estas situaciones en las que en ocasiones se escarmienta a los ambiciosos, los humanos lo que hacen en realidad es vengarse de sí mismos a través de los demás. Sí, en efecto, el ansia trepadora es muchas veces algo que, si bien resulta evidente para los más maduros, a pesar de su generalización en algunos ambientes, los jóvenes suelen ocultarla como si de algo especial y personal se tratase. Y ciertas actitudes a algunos viejos del lugar no hacen sino recordarles lo que ellos mismos pensaban cuando eran trabajadores jóvenes. Seguros de que los pensamientos de los nuevos van por los mismos derroteros por los que iban los suyos a su edad, algunos se sienten con derecho a sibilinamente promocionar, e incluso participar, en un castigo.
Esas actitudes son cruelmente injustas por su generalización, y más aún por ser en realidad una expiación de los pecados propios, lo cual conlleva una manifiesta ausencia de capacidad de autocrítica. Siempre es mejor elegir un cabeza de turco: es más cómodo y fácil que afrontar una autocrítica personal, en este caso, además, con efectos retroactivos.
Pero no acabo aquí con este post. Aún hay más en lo que se refiere a estos casos en los que finalmente se da un escarmiento al trepa en cuestión. ¿Han leído ustedes “La Naranja Mecánica” de Anthony Burguess?. Para los que no, les resumiré que la novela trata de un individuo ultraviolento e inadaptado socialmente, que delinque a placer con violencia gratuita y extrema. Finalmente acepta participar en un programa experimental con el tratamiento Ludovico, un novedoso programa de reinserción social que, aplicando los principios de Pavlov, acaba por inducir en el protagonista una respuesta condicionada cada vez que se le pasa por la mente ejercer la violencia contra sus conciudadanos. Este individuo acaba por reinsertarse, al menos funcionalmente, y pasa a hacer el bien en la sociedad. Pero es entonces cuando, a pesar de su aparente y nueva bondad, se va encontrando con sus antiguas víctimas, que no dudan en vengarse de él. Lo que nos interesa de la novela para este post es esta conclusión última. Esa sed de venganza que, como les decía, en ocasiones alcanza en nuestra sociedad un nivel de sinsentido tal, que a veces los mayores del lugar se vengan de sí mismos a través de la figura de los más jóvenes. Y lo que es todavía peor y más cruel, cuando el joven trepa es ya un ángel caído, hay gente que ni aún en esa situación siente compasión por él, y sigue vengándose con saña de una figura derrotada, haciendo cierto el dicho de hacer leña del árbol caído.
Y las consecuencias, con escarmiento o sin él, de dar este trato a los jóvenes excesivamente ambiciosos son importantes para nuestros sistemas socioeconómicos. En caso de escarmiento los perjuicios son evidentes, con individuos derrotados que, al ser objeto de mobbing o algo parecido a él, caen a veces incluso en la depresión, perdiendo en todo caso características muy positivas que una vez tuvieron. Si no hay escarmiento, los jóvenes ambiciosos o bien acaban cayendo en la apatía viendo que sus ansiadas metas nunca acaban de llegar, o bien acaban dándose cuenta del juego de los jefes, que les ponen una zanahoria en el hocico para que sigan adelante dando lo mejor de sí mismos. En uno y otro caso, hay un desaprovechamiento de capacidades y actitudes, ya que los jóvenes, si bien es cierto que generalmente se caracterizan por esas aspiraciones a veces desmedidas, también tienen una personalidad que, por norma general, tiene muchos aspectos destacables: empuje, entrega al trabajo sin reparar en esfuerzos, motivación por el mero hecho de tener un trabajo, ilusión, creatividad, innovación, capacidad de cambiar las cosas partiendo desde cero sin los “esto siempre se ha hecho así”, y así hasta completar un largo etcétera. En vez de haber una formación en las carreras o institutos sobre ambientes laborales y aspiraciones personales, en vez de una reconducción de conductas en las empresas cuando una mente se aparta del camino adecuado, en vez de una crítica constructiva por parte de los compañeros o jefes que intuyen que un trabajador se está excediendo en sus aspiraciones… como en los ambientes laborales reina la despersonalización y la poca humanidad, nadie opta por ninguna de estas opciones más constructivas.
Éste es el sistema socioeconómico que estamos construyendo entre todos, en donde la humanidad y los valores personales y profesionales brillan por su ausencia, y en donde se permite e incluso incentiva que el joven ambicioso acabe en trepa desaforado, dando síntomas de un cortoplacismo brutal en el cual impera simplemente el exprimir hoy por hoy al máximo al que se presta al juego, sin reparar en que en los plazos más largos, en caso de ser bien enfocado, el trabajador hace aflorar personal y profesionalmente actitudes y aptitudes muy beneficiosas para la empresa y para el conjunto de la sociedad. Ello tiene sin duda importantes consecuencias macroeconómicas en un país en el que la innovación no es precisamente una de las características destacables de nuestra economía, en lo cual las mentes más jóvenes tienen mucho que aportar en caso de ser educadas a tiempo, enseñándoles a reconducir las pasiones profesionales que suelen experimentar en sus etapas más tempranas. Y ya no es sólo por el egoísmo de mejorar la macroeconomía de todos, a veces, hay casos en los que se trata de un tema meramente personal y de calidad humana.
Sean maduros, distingan entre ustedes y los demás, no prejuzguen y, obviamente, traten de no vengarse. Cada persona es un mundo. Cada mundo tiene sus detalles. El patrón propio no es aplicable a los demás. Si generalizan y proyectan sus propios demonios sobre los demás, corren el peligro de cometer errores de bulto, y en todo caso, la venganza puede satisfacerles a algunos momentáneamente, pero, además de no ser buena per se, es un cáncer para la conciencia que les puede afectar unos años más adelante. Saquen sus propias conclusiones de este cuento de plátanos y naranjas, probablemente no sean tan dulces como estas frutas, pero sin duda les han de llevar a la conclusión de que hay que dejar discurrir la vida de cada uno sin participar en vendettas de ningún tipo, más tarde o más pronto, cada cual acaba encontrando su punto de equilibro por sí solo, en todo caso hay que ayudar constructivamente a los jóvenes mostrándoles la meta correcta y dejando que ellos solos encuentren su propio camino. Salvo determinados casos para los que no hay cura conocida, la inexperiencia acaba siendo sustituida por la tranquilidad de haber encontrado lo que de verdad importa en esta vida. Y para los que no, ellos se lo pierden.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores
El otro día estaba en una reunión de seguimiento de un proyecto en la empresa en la que trabajo, y, tras haberme informado por otras vías, sabía que todas las partes iban con retraso en la ejecución de sus respectivas tareas. Ellos no sabían que yo era consciente de ello, y tampoco lo dije de primeras. El caso es que fue muy curioso poder comprobar lo que muchas otras veces sospechaba: la mayoría de las personas tratan en estos casos de retrasar lo más posible su reconocimiento de los retrasos en los que están incurriendo, a la espera de que otros “confiesen” antes y así ellos ganar algo de tiempo sin quedar mal.
Y allí estábamos todos mirándonos cara a cara, aparentando que todo iba con normalidad, y esperando a ver quién era el primero en reconocer lo que todos deberían reconocer desde un principio. Al final la liebre saltó por donde tenía que saltar. La persona encargada de las últimas tareas antes del pase a Producción, supongo que consciente al igual que yo de que había retrasos, y responsable de acabar sus tareas a tiempo por tener una fecha inamovible por detrás, empezó a tirar del hilo sibilinamente hasta que alguno de los involucrados no aguantó más la presión y reconoció que necesitaba más tiempo para la ejecución de sus tareas. En ese mismo momento, se notó en la reunión cómo el resto de participantes empezó automáticamente a calcular si esos días de más que se iban a dar les servían a ellos de margen adicional para no tener que confesar de la misma manera. A los que les valía se callaron, y a los que no volvieron a esperar a ver si alguien más reconocía que necesitaba más tiempo. Al final, tirando de todos los hilos, se llegó a varias ampliaciones de plazos que resultaron en una planificación más realista, pero no confesaron todos los que debían.
¿Qué hay en las mentes de esos profesionales que ocultan sus problemas?. Principalmente tenemos dos opciones: miedo y ambición. Pueden coexistir ambos motivos en ciertas personas, o puede darse tan sólo uno u otro. Miedo a perder el empleo, miedo a dar la imagen de ser un mal profesional, miedo a la reprobación por parte del grupo… Ambición por quedar siempre como el mejor, ambición por demostrar lo que se vale, ambición para tener más papeletas para conseguir el siguiente ascenso o incremento salarial… Las motivaciones pueden ser múltiples y de muy diversa índole, pero se pueden agrupar principalmente en estos dos sentimientos genéricos que les decía.
Pero, y… ¿Por qué la gente es así?. En parte es debido a un tema de importantes consecuencias socioeconómicas y que ya hemos tratado aquí en otros posts: la cultura del éxito. Sí, esa ansia por ser el mejor, por llegar a lo más alto, por ganar mucho dinero, por tener mucho poder… a costa de lo que haga falta. En aras de conseguir semejantes metas, todo suele valer, pero hay ciertos individuos, de motivaciones aún más fatuas si caben, que están plenamente convencidos de que es algo que justamente se merecen. Es cierto que ese autoengañoso convencimiento les sirve en cierta medida de disculpa (el peor trepa es aquel que, aún siendo consciente de su incompetencia, trata de pisar cuantas cabezas sea necesario para subir inmerecidamente), pero sus actitudes son fruto de una autoindulgencia y una autocomplacencia que a veces dejan mucho que desear. Me explico. Todos cometemos errores en nuestro trabajo, es natural y normal, nadie es perfecto, pero este tipo de personas tienen una curiosa habilidad para, en sus mentes, minimizar los errores propios y resaltar los ajenos. Es muy frecuente ver cómo hay personas que cuando ellos cometen un error lo disculpan con toda naturalidad, haciéndolo ver como algo sin importancia, pero cuando da la casualidad de que posteriormente otro comete ese mismo error, se le echan encima con todo tipo de agravios. A mí, que desde pequeño me han enseñado que “no quieras para los demás lo que no quieras para ti mismo”, estas actitudes me parecen muy cuestionables, indicativas de un egocentrismo y un egoísmo que, por desgracia, es demasiadas veces predominante en nuestra sociedad. Lo pueden ver ustedes en la gente de su entorno con pequeñas actitudes del día a día, o lo pueden ver en cómo se enfrentan a grandes problemas. No son tan significativos los hechos y su relativa importancia, como saber qué es lo que la gente que les rodea lleva verdaderamente por dentro. Y para no perder el sentido de la autocrítica, apliquen primero el “Conócete a ti mismo” de Sócrates, no vaya a ser que estén viendo la paja en el ojo ajeno… En el caso de aquellos individuos que, sin ser conscientes de cómo ellos mismos relativizan los errores propios y maximizan los ajenos, tras este inequívoco signo de autoindulgencia, viene posteriormente la inherente autocomplacencia: se acaban creyendo su ilusoria sensación de perfección, y acaban viviendo en un irreal estado de satisfacción consigo mismo cuya peligrosa toma de contacto con la realidad puede conllevar desastrosos efectos sobre su bienestar psicológico.
Por otro lado, también es cierto que, a las personas que reconocen sus errores y retrasos, les suele ocurrir que en su entorno profesional, los «listos», conocedores de su actitud, cuando han de imputar un retraso propio a alguna otra causa ajena, tratan por todos los medios de que las culpas recaigan sobre esas personas, dado que si encajan bien la responsabilidad sobre su tejado, saben que las van a asumir como propias. No les diré qué opino sobre este tipo de «listos» cuando los detecto (se lo pueden imaginar), pero el patrón habitual de comportamiento debería cambiar sensiblemente para con ellos, porque la comprensión sólo la merece quien sabe apreciarla, y por mucho que se puedan entender sus motivaciones y problemas, ello no implica que sus actitudes sean igualmente reprobables.
Al punto anterior de cómo está articulada ya la sociedad en nuestro país, por el cual el que es responsable y asume culpas, se las suele llevar todas en el mismo lado de la cara, añadiría el punto cultural que les cité antes, que no sé discernir si es causa o consecuencia de dichas actitudes: la cultura del éxito y el enfoque del fracaso. Las diferencias culturales entre España y otros países, como por ejemplo EEUU o Japón, es abismal. Basta con mirar un Curriculum Vitae de un español y de un norteamericano. El español sólo muestra los éxitos, como si la perfección profesional fuese una meta alcanzable y alcanzada. El norteamericano muestra también los fracasos, porque en la cultura laboral y empresarial estadounidense se entiende que el que se ha equivocado, ya ha aprendido de ello. Esto se considera un valor añadido frente a quien no ha tropezado en esa piedra, puesto que, como todos sabemos, cualidades personales aparte, aquí como mejor se aprende es de nuestros propios errores. Dignas de elogio son aquellas personas tan inteligentes (o tan empáticas) que logran aprender con la misma intensidad de los errores de los demás… se ahorran un amargo camino, pero son los menos. El egocentrismo y el egoísmo que citábamos antes tiene aquí otro aspecto negativo: nubla la vista de los individuos más allá de las consecuencias propias, no permitiéndoles aprender de las circunstancias de otros. Estarán de acuerdo ustedes en que, en cualquier caso, es un castigo justo, e incluso tal vez merecido.
El final autodestructivo de este tipo de conductas es algo a evitar a nivel personal y social, por lo que debemos entre todos pasar de la cultura del éxito a la cultura de la tolerancia al fallo, tal y como les comentaba antes, al igual que ocurre en otros países que citaba como EEUU o Japón, y que tan bien retrataba el colega tuitero @danielcunado en su post “La tolerancia al fracaso como motor de innovación”. A la vista están los resultados, no hay más que ver que tanto japoneses como norteamericanos nos llevan ventaja en este punto de vista concreto y sus consecuencias más directas: tejido industrial y tecnológico, innovación, patentes per cápita, calidad de la producción, tolerancia al fracaso y su inherente equilibrio psico-social, etc. y no tan directas: corrupción, aspiración al enriquecimiento rápido y fácil, falta de cultura del esfuerzo, educación errónea en los principios meramente cortoplacistas que se transmiten a los más jóvenes, valores equivocados, fines que justifican los medios, etc. Y es que detrás de este ansia sin medida del éxito porque sí hay muchas más consecuencias de las que ustedes imaginan. No lo duden, el éxito es cortoplacista y limitado generalmente al ámbito profesional, y la tolerancia al fallo es a largo plazo y con beneficios también personales. Elijan ustedes lo que más les interese, a partir de este punto la decisión ya depende únicamente de uno mismo.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
Los cracks que te cruzas por la calle o La humildad en el éxito
Hoy voy a abordar un pensamiento que me cruza a menudo por la mente cuando voy andando por la calle y me cruzo con la gente. ¿Nunca han pensado ustedes que pueden estar cruzándose con personas de aparente normalidad y sencillez pero que luego son unos auténticos cracks?. Me fascina este pensamiento. Estar como si nada delante de una persona digna de gran admiración por su desempeño personal o profesional, ensimismado en la propia ignorancia, sin saber a quién se tiene delante en realidad.
Es la sencillez de estas personas lo que más admiración me produce, puesto que muchas veces, nada en ellos hace sospechar lo que en realidad hay detrás. Conozco varios casos de gente de gran reputación y aparente normalidad que no hacen sino confirmar la gran calidad personal de estos individuos. Reclamo desde aquí la capacidad de liderazgo de estas personas para ocupar puestos de responsabilidad en nuestra sociedad, y permitir una renovación de valores en ciertos estamentos en los que este tipo de actitudes brillan por su ausencia.
Bien es cierto que, a priori, es difícil saber, incluso para uno mismo, si vamos a formar parte de ese selecto club de cracks que se mantienen humildes, o de los que se lo creen e irradian una prepotente aura de superioridad. Porque sí, tengo que admitirles que ese segundo colectivo puede parecernos más numeroso ya que llaman mucho más la atención frente a la a menudo silenciosa humildad de los primeros. El éxito es una miel cuyas consecuencias se desconocen hasta que no se degusta. La personalidad de cada uno está ahí latente, y sólo se desarrolla en uno u otro sentido cuando confluyen los factores que la hacen evolucionar y desencadenan unas u otras actitudes.
Pero ahondemos un poco más en el tema, que parece interesante. ¿Qué es lo que puede convertir a una persona en un crack humilde o en un crack engreído?. Me atrevería a decir que la respuesta es la confianza en sí mismo y el auto reconocimiento. Sí, aquellas personas que saben lo que son y lo que quieren es difícil que se vuelvan arrogantes. Son aquellos que no se confieren a sí mismos un reconocimiento personal o profesional los que buscan ese reconocimiento en los demás: craso error. Sacan de sí mismos el punto de poder que supone el poder definirse uno el concepto de sí mismo, y dejan que ese importante factor recaiga en su entorno. Pasan a depender de lo que los demás piensen de ellos y del trato que les den. Las personas que tratan a los demás desde la distancia que les confiere una cierta posición social son personas que normalmente tienen en su interior un profundo sentimiento de inferioridad, que necesitan ver mitigado con el reflejo fatuo que supone mirar a los demás por encima del hombro y que te traten como a una eminencia. Un buen punto débil, sí señor. Obstáculo insalvable para que estas personas alcancen la estabilidad emocional y la verdadera felicidad personal.
Pero estamos hablando de cracks en cualquier caso. He de reconocerles que hay aún un tercer tipo de individuo que me sorprende cada vez que me cruzo con uno de ellos. Es el tipo arrogante por naturaleza. El que sin ser un crack ni por asomo, despide un tufo de superioridad totalmente injustificado (si es que algo así puede justificarse), y que trata a los demás como inferiores con una naturalidad que no hace sino demostrar lo poco que se quiere a sí mismo. Van arrasando por el mundo con esas actitudes y, como muchas veces la gente somos así, muchas personas de su entorno se creen el papel que están representando y les dispensan un trato diferenciado respecto a otras personas, dándoles sin ser conscientes el ansiado reconocimiento que tan desesperadamente buscan.
Alguien decía que las personas son encantadoras hasta que se lo creen y dejan de serlo. Por favor, si se esfuerzan y además tienen la suerte en esta vida de progresar y alcanzar un status personal, profesional o social relevante, no se lo crean, echarían a perder esa magnífica joya en bruto que llevan en su interior. Estén atentos a las señales que les envían los que más les quieren, son a menudo las únicas sinceras en esta sociedad de interesados, hipócritas y de tanta apariencia. Y ya de paso, sin apenas darse cuenta, se convertirán en unos cracks auténticos, líderes de sí mismos y dignos de verdadera admiración por las personas que realmente merecen la pena. No saben la tranquilidad que da saber quién somos sin necesitar el escrutinio de aquellos que no merecen influencia sobre nuestras vidas, y lo divertido que es ver cómo reclaman infantilmente su papel cuando finalmente se dan cuenta de que no se les tiene en cuenta en la medida que a ellos les gustaría.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
La necesidad de creerse rico o Cómo ganar capital sin tener más dinero
Hoy les hablaré de una actitud que, si bien les puede parecer a algunos que es natural e innata en el ser humano, creo que es la causa de muchos males que aquejan a nuestra sociedad de hoy en día, y que debe ser corregida de raíz.

Empecemos el post con una frase introductoria de Oscar Wilde: “En estos tiempos los jóvenes piensan que el dinero lo es todo, algo que comprueban cuando se hacen mayores”. Dinero. Dinero. Dinero. Es lo único que hay en la mente de mucha gente, y en aras de conseguirlo se auto justifican todo tipo de actitudes y acciones. Como se entiende de la frase anterior de Óscar Wilde, nuestros jóvenes no son ajenos a esta tendencia: es alarmante la creciente proporción de niños que, al ser preguntados al respecto, confiesan que de mayor quieren ser “ricos”. ¡¿Ricos?!. ¿Acaso es eso una profesión?. Yo diría más bien que es una consecuencia, a veces fruto de denodados esfuerzos y, tristemente hoy en día, a veces indicativa de artes calificables por lo menos de poco éticas.
Es esta actitud a edades tan tempranas el germen último del problema. Y como los menores no pueden ser culpados por ello, queda que los responsables de los valores que se les inculcan desde bien pequeñitos somos los adultos, bien a nivel individual, bien a nivel colectivo. ¿Por qué digo que es éste el germen del problema?. Muy sencillo, suelen ser las metas que uno se pone en la niñez para su vida adulta lo que hace que muchos adultos cuando crecen se sientan más o menos realizados y satisfechos con la vida que llevan. El cómo se imagina uno su vida adulta en etapas tan tempranas, tiene una poderosa influencia sobre nuestra forma de pensar y de ver el mundo durante el resto de nuestras vidas.
Y como no todos podemos ser ricos, porque la riqueza es una percepción relativa por la que uno siempre mira hacia arriba comparándose con los que más tienen, de ahí la frustración que sienten algunos al hacerse adultos y evaluar sus malogradas ansias infantiles. Es esta frustración, y cómo el ser humano trata de evitarla o reconducirla, lo verdaderamente peligroso.
De ahí los dos errores más comúnmente cometidos por los frustrados ricos. El primero es no cejar en su empeño a cualquier costa, con lo que robar, corromperse, volverse un auténtico trepa… son medios que acaban siendo justificados para intentar poner algún cero más a la cuenta corriente. El segundo es vivir en un auto engañoso e ilusorio presente endeudando el futuro: créditos por encima de nuestras posibilidades. Ambas opciones me parecen censurables y auto destructivas, pero la segunda me da más pena que rabia. Les confieso que no deja de sorprenderme cada vez que veo a alguien con pocos recursos económicos comprarse por ejemplo un coche de alta gama a base de un crédito que le esclaviza durante muchos años… o, por tomar un ejemplo más reciente de consecuencias por todos conocidas, embarcarse en un crédito hipotecario de un piso que no puede pagar. Yo mismo, como persona de limitados recursos económicos, y viendo los precios a los que ascendía el importe de una vivienda media en este país en los años de desenfreno inmobiliario, opté por el alquiler como medio de vida, ante la imposibilidad, o más bien reconocimiento de mi incapacidad adquisitiva, de poder vivir en mi propia casa. No es éticamente criticable la actitud de aquellas personas que no actuaron como yo, y que se embarcaron en un crédito desproporcionado para adquirir su primera vivienda, más bien es algo digno de comprensión por la falta de una cultura o visión financiera que les habría evitado tan amargo trago, pero sí que es criticable la actitud de otras personas que compraban un piso “para invertir”, o que contrataban la hipoteca por el 120% del valor de tasación y se compraban dos coches de lujo, etc. Hay tantas caras de la convulsa etapa que hemos vivido recientemente que hay casos de desmanes para aburrir. Y eso centrándonos en los pequeños actores financieros. Porque entre los grandes hay también actitudes censurables por doquier: ayuntamientos que recalifican y dan permisos de construcción sin control ni previsión de demanda a cambio de Dios sabe qué, bancos que conceden hipotecas al 100% y 120% del valor de tasación, grandes fondos inmobiliarios que deciden invertir en España al calor de insostenibles revalorizaciones y que pusieron su granito de arena en la huida hacia adelante de los precios inmobiliarios, etc.
Todo ello son distintas manifestaciones del mismo mal que les exponíamos al principio: Money, Money, Money… Ésta es la rueda en la que muchos están metidos desde pequeñitos y de la que es tan difícil salir por sí solo, revirtiendo nosotros mismos en una realimentación por la que a su vez contaminamos a las generaciones más jóvenes. Aquellas metas, estas actitudes. Como decía Paulo Coelho en su libro El Alquimista: “Es precisamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante”… y es que hay gente que, cuando ve que se le pasa la vida y su sueño de ser rico no se realiza, toma parte activa y trata de conseguirlo por todos los medios.
Es cierto que posiblemente llevamos en parte en los genes esta ansia y ambición por ser más ricos, algo que sin duda hay que enseñar a reconducir constructivamente desde etapas tempranas, y es curioso observar cómo se encaja esta predisposición según culturas o países. Por ejemplo, en la meca del capitalismo, Estados Unidos, la mayoría de la gente piensa durante toda su vida que el día de mañana va a ser rica, y dicen que es por ello por lo que los votantes y políticos son tan propensos a propugnar un bajo nivel impositivo a las grandes fortunas: porque están convencidos de que algún día esa política les beneficiará. En cambio en España no prima esta visión a futuro, que supone cierta válvula de escape psicológico, sino que se suele optar por el cortoplacismo rabioso y querer ya en el presente, y a cualquier costa, ver las ansias hechas realidad.
Por otro lado, es divertido observar la evolución de patrones sociales con el tiempo. Esta necesidad de la mayoría por sentirse ricos, hace que las costumbres, servicios y productos que distinguen a los ricos tiendan con el tiempo a convertirse en objeto del mercado de masas, momento en el cual alcanzan su máxima rentabilidad capitalista, y cuando la clase media ve satisfecha parcialmente su ansia al adoptar patrones de comportamiento que hasta hace poco eran exclusivos de los más acaudalados.
Pero tenemos alrededor algunos casos que dejan entrever una luz al final del túnel, hay personas que consiguen salirse de esta espiral destructiva, a veces por madurez personal, y a veces porque han sufrido desgracias que les han cambiado la pirámide de prioridades y valores y que les hacen ver la vida de otra manera. Les confieso que el envidiable equilibrio personal al que llegan estas personas, y que algunos sólo conseguimos de forma parcial, es la verdadera felicidad a nuestro alcance.
Pero, ¿Es sufrir una desgracia la única forma de valorar los verdaderos motivos de felicidad que discretamente nos ofrece la vida?. Categóricamente: NO. Es el camino más corto una vez que hemos elegido un destino errado, pero no el único. Hay personas que llegan a esta conclusión vital por propia maduración temporal. Pero tampoco debemos resignarnos a conseguir esta verdadera felicidad tan solo cuando mayormente estemos llegando al ocaso de nuestros días y ya podamos disfrutar del nuevo estatus durante tan sólo unos años más. La educación, enseñando a los niños que lo necesiten a domar su fiera interior, reconducir sus frustraciones, ayudándoles a elegir un futuro correcto, y unos ídolos adecuados en los que verse proyectados, es el mejor camino para todos, a nivel individual y colectivo. Podemos enseñarles a admirar a un médico que ha inventado una nueva vacuna para curar el paludismo, en vez de a un futbolista cuyo único mérito es dar patadas a un balón. A admirar a una persona que ha ganado un premio nobel, en vez de a un famoso cuyo único oficio es ir a fiestas y salir en los programas de cotilleo. A admirar a una persona que dedica su vida a ayudar a los más necesitados en una ONG, en vez de a un banquero de supuesto éxito con una cuenta corriente astronómica y de prácticas poco éticas.
De todo lo anterior se deduce parte del título de este post. No centren sus vidas en ganar simplemente dinero, esfuércense por ganar capital humano, que aunque pueda sonar similar, son hoy en día términos antagónicos. Recuerden que el dinero no ha de ser un fin en sí mismo, sino que es tan sólo un medio que nos permite ciertas cosas. Además, si a lo que ustedes aspiran no se compra con dinero, posiblemente sean ricos desde ya. Y tengan en cuenta una frase de nuestros abuelos: “No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”.
Me despediré insistiéndoles en que sean felices (de verdad), pero procuren que no se les note demasiado, porque los que han tenido la desgracia de errar en los medios (y a veces hasta en el objetivo) y no llegan a serlo, por muchos ceros que tengan en sus cuentas corrientes, si se enteran de que ustedes sí que son felices, no podrán soportarles…
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
El ego de nuestros dirigentes y directivos o Lo polifacético de la inteligencia
Cuando alguna vez han dicho de alguien que es “muy inteligente”, ¿Han caído en la cuenta de puntualizar para qué?. Yo suelo hacerlo porque soy consciente, empezando por uno mismo, del carácter polifacético de la inteligencia: todos somos muy inteligentes para unas cosas, y poco dotados intelectualmente para otras.

Es cierto que tal vez el concepto de inteligencia se suele asociar a capacidades analíticas, pero en verdad no tiene por qué ser así. La inteligencia tiene muchos otros aspectos, no sólo el análisis, así por ejemplo se puede ser inteligente emocionalmente, tener dotes de síntesis, ser hábil para trabajos manuales (una inteligencia más aplicada), tener capacidades comunicativas, saber improvisar, y así podríamos seguir hasta completar un largo etcétera. De hecho, si me lo permiten, diría que hasta hay inteligencias calificables de inconscientes como la inteligencia genética. ¿Qué quiero decir con esto?. Muy sencillo, les pondré un ejemplo muy ilustrativo. ¿Han pensado ustedes en la obra de ingeniería que supone tejer una tela de araña?. Los arácnidos no se puede decir que sean seres vivos con una gran inteligencia práctica, pero preparar una de esas maravillosas trampas es sin duda algo difícil que no saben hacer otras especies. Lo hacen de forma instintiva, sin pensar bajo el concepto clásico de inteligencia, pero sin duda hay veces que en su mecánica labor se enfrentan a problemas que resuelven de forma admirable. No es una inteligencia analítica, pues lo hacen de forma casi automática, pero efectivamente es una habilidad “genética” que podemos calificar de inteligente en este aspecto tan concreto.
Dicho lo dicho, no les negaré que es cierto que la capacidad analítica tiene mayor espectro de aplicación. Las personas analíticas disponen de ciertas ventajas sobre las personas inteligentes desde otros puntos de vista, pero no hay que desestimar nunca otras facetas de la inteligencia de una persona.
A todo lo anterior podemos añadir como factor temporal de la inteligencia que los roles de la misma cambian con los siglos. Me explico. Aparte, como les comentaba antes, de la errónea asociación de la inteligencia a capacidades analíticas, tenemos que también equivocadamente todos solemos decir que alguien es inteligente cuando consigue sus objetivos, sean cuales fueren. Así por ejemplo, en la época de los egipcios alguien capaz de construir una pirámide era considerado inteligente, alguien capaz de reflexionar sobre filosofía entre los griegos, alguien capaz de diseñar una calzada en la época romana, alguien capaz de atesorar y reproducir textos y conocimientos en la edad media, alguien capaz de ganar batallas en cualquier época, alguien capaz de ganar unas elecciones en el imperio democrático occidental, alguien que tenga inteligencia emocional en las empresas en la última década, o alguien capaz de fundar una startup que alcance una importante base de usuarios en nuestros días, etc. Todo ello hace que la inteligencia a lo largo de la Historia sea un baile de aptitudes y capacidades con las que si uno no vale para triunfar hoy en la sociedad, tal vez mañana (o ayer) sí que lo haría. Y por supuesto, la inteligencia es condición necesaria, pero no suficiente, para progresar en la vida: la coincidencia y la fortuna también son factores fundamentales.
Pero, no nos apartemos del tema, ¿Por qué esto es así?, ¿Cuál es el porqué de este carácter polifacético de la inteligencia?. El asunto puede tener su base científica. Según la teoría de la percepción “Pandemonium” de Oliver Selfridge, en nuestros cerebros hay centros autónomos, denominados demonios, que, desde el aspecto especializado de sus conexiones neuronales, se dedican a procesar, comparar patrones y dar una respuesta, en lo cual compiten con otras regiones cerebrales. Dado que cada cerebro tiene por genética o por vivencias unas conexiones neuronales u otras, ello deriva en que cada persona tiene más desarrolladas unas áreas cerebrales determinadas, que en determinadas situaciones en las que reconocen patrones son capaces de dar una respuesta más acertada que las demás. En esta teoría se basan las redes neuronales y la inteligencia artificial moderna.
Y como supongo ya estarían esperando, pasemos al lado socioeconómico. Esta concreción de la inteligencia a determinados aspectos implica que las capacidades para dirigir un país o una empresa sólo se circunscriben a ciertas situaciones, es decir, elegimos un presidente del gobierno o un directivo de una empresa para ejercer su mandato durante los subsiguientes años, sin saber a ciencia cierta qué nos deparará el futuro y a qué situaciones se tendrá que enfrentar, y por lo tanto sin poder elegir el candidato con mejores cualidades para el trabajo a desempeñar.
En el primer caso (los políticos) tenemos además el añadido de que, como les decía en mi post «Democracia real y la contribución de las redes sociales», los políticos suelen ser elegidos por su capacidad para ganar las elecciones, en vez de por su capacidad para gobernar.
Tanto en el primer caso (los políticos) como en el segundo (los directivos de empresas), suele ocurrir que el ego de los gobernantes finalmente elegidos o de los jefes les hace creerse que son inteligentes para todo, cayendo a menudo en un narcisismo ególatra que les lleva a desarrollar una actitud de superioridad que no se puede calificar más que de cómica. En ocasiones derivan en un desprecio a la inteligencia de sus subordinados, a todas luces erróneamente y trasgrediendo el principal argumento de este post. Más pronto que tarde, la vida se encarga de demostrarles su error, y así tenemos el suelo lleno de ángeles caídos.
Una aplicación práctica de la teoría que les expongo estaría en la configuración de las jerarquías humanas en cualquier ámbito, sea una empresa, un ministerio o una asociación. Es una aplicación que lleva de moda un par de lustros, y no es más que la generalización de estructuras horizontales que maximicen el uso de los trabajadores con asignaciones matriciales. Es decir, pocos gestores, muy competentes, y de rango muy alto, se encargan de articular equipos multidisciplinares escogiendo, según sus capacidades personales, a los mejores subordinados para las tareas concretas a desempeñar para cada trabajo o proyecto, de tal forma que se aproveche lo mejor de cada uno para cada tipo de tarea. Esta horizontalidad es algo que encuentro bastante eficiente, aunque les admitiré que a veces es difícil saber verdaderamente en qué es mejor cada uno, porque hay gente que simplemente intentar destacar en casi todo. Ahora sí, una cosa es aparentar y otra serlo.
Para terminar les confesaré que me resultan muy curiosos aquellos individuos que por norma general se creen más inteligentes que los demás. Con lo que tenemos alrededor, podría citarles como ejemplo muchos casos, o más bien ciertas actitudes. Yo les diría que en realidad, si de alguien se puede decir que tiene una limitación intelectual, es de los que se creen demasiado “listos”, sin ser conscientes ni de las limitaciones de su propia inteligencia, ni de lo relativo de la tontería de los demás. Tiempo al tiempo, que el aterrizaje forzoso es siempre más traumático que el soft landing.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
Dirigentes que se meten en su papel o La asunción de valores contaminados
¿No se sienten ustedes defraudados cuando un político en la oposición nos ilusiona con los cambios que va a realizar y luego en muchos aspectos resulta ser más de lo mismo?. ¿No les llama a ustedes la atención cómo hay personas que critican vehementemente las acciones de otros y, cuando ellos están en la misma situación, acaban actuando exactamente de la misma manera que antes criticaban?. Tristemente es el pan nuestro de cada día en la sociedad. Y no duden de que este tipo de actitudes tienen un gran impacto sobre el devenir socioeconómico de nuestros sistemas. Pasemos a analizar el porqué de todo ello, tal vez en el camino aprendamos algo.
En la carrera de Psicología se estudia el germen de las actitudes que les planteaba en la pregunta del párrafo anterior. La gente se mete en su papel. Es decir, cuando alguien siente que ocupa una determinada posición familiar, social, laboral o política, tiende a actuar como se supone que tiene que actuar. Me explico con más detalle. Todos tenemos unos patrones de comportamiento determinados, según nuestra personalidad y actitudes actuales, fruto de la evolución personal y acorde a una estabilidad adquirida por la permanencia temporal en los distintos roles que nos toca desempeñar en todos nuestros círculos. El problema viene con las transiciones entre roles, y también con el simple hecho de aspirar a estas transiciones. Cuando un individuo es ascendido o progresa de algún modo en la sociedad, en vez de mantener sus patrones de comportamiento actuales, que como decíamos suelen ser fruto de sus propias características personales y de su evolución con el paso de los años, suele ocurrir que ese individuo pasa a tomar como propios los patrones de comportamiento que veía hasta ese momento como habituales en los individuos que ocupaban antes la posición que ahora ocupa él. Ése es el origen del problema, la renuncia a las ideas y valores propios a favor de otros ajenos y a menudo equivocados a mi juicio, estableciendo un mecanismo de transmisión generacional de las malas actitudes que los individuos son capaces de desarrollar.
¿Por qué esto es así?. ¿Por qué suele ocurrir esto con las actitudes negativas y no con las positivas?. Sería idílico tener la misma transmisión de valores, pero siendo ésta de valores positivos y beneficiosos para el individuo y la sociedad, pero no es lo que suele ocurrir. El problema podríamos encontrarlo en la sumisión y subyugación que se suele sufrir en determinados niveles ante el nivel jerárquicamente superior. Sí, como lo oyen, las actitudes positivas generan en todos nosotros buenos sentimientos, pero desgraciadamente su intensidad suele ser inferior a la de los generados por actitudes negativas. El ser humano, cuando sufre y tiene problemas, a corto y medio plazo, lo recuerda e interioriza más (aunque también es cierto que cuando pasa el suficiente tiempo sólo suele recordar las cosas buenas). Probablemente sea un mecanismo genético para que aprendamos de las dificultades, pero el problema es que esta mayor persistencia de lo negativo hace que éstas sean las características que se recuerdan e identifican con el papel a desempeñar en una nueva posición tras un ascenso o progresión, y por lo tanto, salvo contadas y honrosas excepciones, el nuevo individuo “hereda” ciertos patrones de comportamiento censurable de sus anteriores. Cuando uno se centra en lo negativo de su situación, de cómo le pisan la cabeza, de lo que tiene que aguantar… y la situación tiende a mantenerse durante un tiempo, normalmente acaba asumiendo su papel de sumisión como algo natural e inherente a su posición, y cuando por fin se libera del yugo, y pasa al nivel superior, suele asumir que los demás tienen que aguantar lo que él estoicamente ha aguantado, y acaba tomando para sí actitudes y patrones de comportamiento que veía en el hasta ahora su inmediato superior. Tal vez los lectores más jóvenes no me crean, no les culpo, la juventud está llena de ideales y pasiones, que si bien tienen su aspecto positivo, a veces nos alejan de la realidad del día a día, pero a lo largo de su vida, estos jóvenes verán cómo, en sus trabajos, los recién nombrados jefes suelen dejar de ser la persona que eran antes para transformarse en un híbrido entre lo que eran ellos mismos antes, y lo que era su jefe anterior. Este mecanismo hereditario me recuerda mucho a la definición de “Pobres Cabrones” que hacía el amigo tuitero @jmnavarro en su comentario de mi post “La paradoja del Capitalismo o el egoísmo que se vuelve solidaridad”; en él retrataba cómo en la sociedad boliviana, es típico que cuando una persona progresa, desprecie a los que deja atrás.
¿Y dónde está el nexo de unión de todo esto con los temas socioeconómicos de los que suelo hablarles en mis posts?. Muy sencillo, algunos de ustedes seguramente ya lo habrán adivinado. Este problema que les comentaba es más acusado cuanto más arriba se llega en nuestras sociedades, por lo que los individuos con mayor responsabilidad familiar, social, laboral y política tienden a tener un perfil de comportamiento más afectado por este mecanismo de contaminación de valores. Nuestras sociedades y economías están dirigidas por individuos mayormente contaminados por esta herencia de patrones de comportamiento, así que, esto nos afecta como sistema socioeconómico. Para que lo vean más fácil; lo más probable de un político que progresa en un sistema corrupto, es que éste acabe siendo también corrupto; lo más probable de un trabajador que asciende en una empresa fuertemente jerarquizada y autoritaria, es que acabe siendo también jerárquico y autoritario… Sólo individuos muy “especiales”, con un ser interior rico, ético y autocrítico, que asuman como propios sólo los aspectos positivos que vean en otros, con firmes creencias en sus propios valores, y por supuesto valores adecuados, son capaces de mantenerse fieles a sí mismos a lo largo de su carrera profesional y de su evolución personal. Éste es el tipo de sociedad que deberíamos construir en vez de lo que estamos obteniendo. Éstos son los individuos que deberían progresar para construir una sociedad que nos enorgullezca al pasársela a nuestros hijos. Pero la realidad se aleja mucho de este ideal, por no decir que va en el camino opuesto.
Por poner una nota positiva a todo esto, estarán ustedes de acuerdo en que hay determinados círculos en los que lo que sí se heredan los aspectos positivos, pero el problema es que son entornos con poca repercusión e influencia sobre nuestros dirigentes y políticos. Algunos conocemos casos de amigos o conocidos que, teniendo una vida hecha en Occidente, se aventuran a irse con una ONG a África a cambio de una asignación ínfima y sólo con la recompensa de entregar sus vidas y dedicación a los más necesitados. Es éste un tipo de perfil de persona que me produce gran admiración, y los entornos en los que se mueven y que construyen a su alrededor me interesan personalmente mucho. Son amigos de los que me siento orgulloso, que me enriquecen como persona, y de los cuales me esfuerzo por aprender.
Por otro lado, las conclusiones anteriores no me hacen sino valorar positivamente aún más a esas personas que siguen siendo fieles a sí mismos a pesar de progresar, que siguen siendo encantadoras en contra de la jerarquía en la que ascienden, que no se corrompen al estar entre corruptos, que no se vuelven inhumanos cuando pasan a ocupar el puesto de un inhumano… Son personas que permiten la regeneración y renovación de actitudes e ideas, que al existir ayudan a combatir el cáncer de la decrepitud de nuestros sistemas. Son pequeñas estrellas que brillan en la oscura noche, y que nos ayudan a conservar un halo de esperanza, porque el problema a día de hoy es que, aunque no todos los individuos que progresan se contaminan de esta degeneración, sí la mayoría. No se confundan, no me he radicalizado al respecto, soy plenamente consciente de que hay muchas empresas e individuos que no son así. Observarán que me limito a hablar de mayorías predominantes, y como prueba, a la vista están los resultados: vivimos en una sociedad cada vez más deshumanizada, que últimamente está dando síntomas calificables incluso de dramáticos.
Y la pregunta lógica que se estarán ustedes formulando es: ¿Cómo podemos nosotros mantenernos al margen de todo esto?. Pues construyendo su mundo a base de lo bueno que hay en su vida, siendo agradecido por las cosas buenas que le rodean, reteniendo con mayor repetición e intensidad aquellos factores que son positivos… esto le ayudará personalmente, y si la mayoría lo hiciese, también lo haría colectivamente.
Terminaré este post con dos frases, la primera del libro “Seda” de Alessandro Baricco: “Tenía la tranquilidad propia de aquellas personas que sienten que en este mundo ocupan su lugar”. La otra frase es de Rousseau, y fue publicada en Twitter por @wikicitas hace unas semanas: “Es muy difícil someter a la obediencia a aquel que no busca mandar”. Unas frases de una profundidad enorme, a pesar de su sencillez. Les dejo la interpretación a su propio juicio, sólo les diré que recuerden que la competitividad desaforada, reinante en nuestras sociedades, es origen de muchos males, pues obliga a seguir desempeñando roles desnaturalizados, alejados de nuestro verdadero yo, y además de implicar un nivel de madurez personal más que cuestionable, supone un punto débil demasiado evidente.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
La ley del goteo en España o por qué las situaciones se tornan insostenibles
Es un inequívoco signo de poca anticipación el hecho de que, en este país llamado España, es una tortura política, social y económica el tener que ver cómo pasan los días sin que situaciones que se van volviendo insostenibles sean corregidas de raíz. En otros países de nuestro entorno son mucho más “sensibles” a este tipo de sucesiones de pequeñas anomalías, y por lo tanto aplican un correctivo antes de que sea demasiado tarde, cosa que no suele ocurrir en nuestro caso.
¿A qué me estoy refiriendo?… pues a muchas cosas, a todas a las que nuestras actitudes personales se enfrentan día a día, pero en el caso concreto de este post, nos limitaremos a las que repercuten sobre el devenir socioeconómico de nuestra sociedad. Centrándonos en este aspecto, es un auténtico cáncer la querencia general a dejar deteriorarse tanto las situaciones que, cuando ya nuestros políticos se ponen manos a la obra y abordan el problema, suele ser tan tarde que las medidas a tomar son mucho más perjudiciales, y además dan peores resultados que si el problema se hubiese corregido a tiempo.
Pero, para que me entiendan mejor, pongamos algunos ejemplos ilustrativos. El más inmediato puede ser la evolución del número de desempleados y el deterioro del cuadro macroeconómico en la actual crisis. La opinión general continuamente pensaba que ya habíamos tocado fondo, que ya llegaban los “brotes verdes”, que a partir de aquí ya todo era recuperar, que ya vienen tiempos mejores… hasta que la situación degeneró tanto que ya era insostenible, y los votantes buscaron alternativas en el partido que estaba en la oposición en ese momento, con un resultado que ahora ya está a la vista de todos.
Otro ejemplo habitual es la corrupción. La opinión pública en su conjunto no es muchas veces consciente de que lo que vemos en este tema es sólo la punta del iceberg, y que cuando hay una sucesión constante de casos de corruptelas, lo que subyace detrás es una corrupción generalizada difícil de corregir. Pero no, en general lo que se tiende a ver es una sucesión de pequeños casos que se consideran aislados, que éste caso de corrupción será ya el último que se destape, que ya se habrá barrido toda la casa… hasta que la corrupción ha calado tan hondo que ya dificulta el progreso económico del país, y es sólo entonces cuando la mayoría de los votantes toman cartas en el asunto y tienen en consideración este tema en su decisión de voto. De nuevo el goteo, leve pero constante, no nos hace reaccionar hasta que es demasiado tarde.
Y por ponerles otro ejemplo, aunque ya no tenga relación alguna con la economía, pero sí con esta forma tan miope que tenemos de ver las cosas en este país. ¿Qué pensarían ustedes si en España hubiese una catástrofe cada año que segase la vida de 1.500 personas?. Que habría que hacer algo, que esto es insoportable… ¿Saben que ésta es la cifra de muertes anuales en accidentes de tráfico?. La seguridad vial es el único caso que se me ocurre en el que nuestros políticos han decidido actuar sin que el grueso de la población lo considerase una emergencia ineludible. Si lo han hecho por afán recaudatorio o no, es algo que nunca sabremos. También es cierto que el coste político de haberlo hecho es cuasi-nulo, puesto que nadie va a cambiar su intención de voto por una multa. Pero hay mucha gente que en vez de ver que en 2003, en vez de 1.500, fueron 4.000 muertes, se quejan de que no se puede correr y de que sólo quieren nuestro dinero. De nuevo un goteo pequeño pero constante de muertes semana a semana no hace reaccionar a la mayoría.
Por verle algún aspecto positivo, podríamos decir que en esta actitud subyace un injustificado optimismo que nos hace pensar que ya por fin hemos tocado fondo, que sólo ha ido un poco a peor pero que de aquí ya remontamos… y mes tras mes, el deterioro continúa, gradual pero inexorable. Un golpe fuerte nos aturde, pero nos hace reaccionar. Un sinfín de pequeños golpes nos hace pensar que ya no habrá ninguno más a partir de ahora, y que éste ha sido el último a soportar, pero muchas veces hay uno posterior que nos hace ir aún a peor. Así es la actitud predominante en este país, y de ahí sus consecuencias.
El problema es que los políticos no actúan hasta que no les duele la intención de voto, así que mientras que el grueso de la población no veamos el peligro detrás de cada pequeña sucesión de cifras, no veremos a nuestros políticos tomando medidas correctivas, porque el coste electoral no está justificado, y, sin duda, medidas, en principio duras, serían vistas como sacrificios inútiles por culpa de visiones agoreras. Así es. Tal vez nuestros dirigentes sepan en muchos casos lo que se avecina, tal vez sean conscientes de los peligros de nos acechan, tal vez tengan menos miopía de la que suponemos… pero no actúan hasta que la mayoría no lo transforma en clamor popular, porque sólo cuando el grueso de la población ve el peligro, el tomar medidas va a suponer un rédito en forma de votos, aunque sea a largo plazo, y si no es así, la preocupación general justificará de alguna manera las nuevas políticas a implementar. Ésta es la cruda realidad. El dictamen de las urnas es así, recordemos que la democracia es sólo el “menos malo” de los sistemas políticos conocidos, y éste es sin duda unos de sus puntos flacos. Quiero creer que los italianos supieron ver este problema en la actual crisis, y por ello se perfiló un gabinete temporal de tecnócratas que no dependiesen de los votos de sus ciudadanos. Es la única manera que se les ocurrió de que se tomasen las medidas adecuadas por unos gobernantes que se tenían que preocupar más por el país que por lo que éste pensase de ellos.
Y se preguntarán ustedes el porqué de este tema para este post, que cuál es la relación con los temas socioeconómicos a los que les tengo acostumbrados… es muy sencillo. La situación de emergencia nacional es la que se encuentra España, de plena actualidad incluso a nivel mundial, es consecuencia de no haber tomado las medidas adecuadas a tiempo. Si la mayoría hubiese sabido ver lo que se avecinaba en los indicadores adelantados que se publicaban ya antes del estallido de la crisis, seguramente no estaríamos donde estamos. Y créanme, aparte del sentido común, había múltiples indicadores que ya anticipaban lo que luego ha venido. Pueden consultarlos libremente, indicadores como el consumo de cemento u otros estaban dando inequívocas señales de aviso, pero poca gente nos fijábamos en ellos, dejándose llevar la mayoría por un optimismo desaforado por el que creían que el caduco modelo productivo español iba a seguir en crecimiento hasta el infinito y más allá. Pero no, la cruda realidad nos fue corroyendo poco a poco los cimientos, con un goteo mes a mes de cifras de desempleados que a día de hoy ya se ha hecho insoportable. Por todo esto les repito lo que ya les he dicho muchas veces. Lean, contrasten, hagan crítica constructiva, fórmense una opinión justificada, miren un poquito más al futuro y no se centren tanto en el presente… y traten de ver tendencias más que cifras puntuales. Detrás de sus actitudes individuales hay mucho más de lo que imaginan, háganlo por ustedes mismos y por el bien del conjunto de la sociedad. No se equivoquen, no estoy volcando las culpas de la actual situación sobre los ciudadanos, eso sería muy muy injusto, pero, como les decía, la democracia es el “menos malo” de los sistemas conocidos, y éstas son las reglas del juego, así que, mientras no cambien, juguemos con ellas nuestra mano lo mejor que podamos. La verdadera democracia se construye de abajo a arriba.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond
La mutación del yo en la economía de consumo o Quién narices es ése del espejo
¿Quién soy yo?… ésta es una pregunta fundamental que hay gente que no se plantea, pero en cuya respuesta se basa nuestro sentido de la identidad, el concepto que tenemos de nosotros mismos, la esencia de nuestra personalidad… Habituados a que cambiamos de personalidad muy lentamente a lo largo de los años, mirándonos introspectivamente, hay gente que incluso tiene la idea de que “yo soy el mismo de siempre”, y que siempre han pensado de igual forma. Esto, aún siendo evidentemente falso, es una actitud bastante extendida, probablemente fruto de la necesidad de estabilidad de casi todo ser humano, y que ahora está en peligro por lo que técnicamente se denomina “Mutación del yo”.
Este concepto de “Mutación del yo” es algo muy interesante que paso a explicarles. Está comprobado que las modas (y la publicidad cómo medio de difusión de las mismas) nos afectan a todos. Y sí, digo a todos, consciente de que en encuestas sobre el tema la gran mayoría piensa que la publicidad afecta mucho a las personas de su entorno, pero casi nada a sí mismos. Tengamos capacidad de autocrítica y admitámoslo, la publicidad, de forma consciente o inconsciente, ejerce una poderosa influencia sobre nuestras vidas. Y sus consecuencias afectan a ese concepto de nosotros mismos del cuál hablábamos al principio de este post.
Genéticamente se cree que nuestra psiquis está preparada para cambios muy lentos de personalidad. Es esa esencial necesidad de estabilidad que antes apuntábamos. Pero todos sabemos que la moda y las tendencias cada vez evolucionan más rápido, puesto que sacan beneficio de dicho cambio: la mutación de nuestro yo suele implicar cambios de look, de ropa, de complementos, de costumbres, etc. que se traducen en que gastemos parte de nuestro dinero para seguir la moda o adaptar nuestras vidas a los sucesivos roles que vamos asumiendo. Y no hablo de moda como algo meramente del sector textil, hablo de modas y tendencias en general. Respecto a este tema hay dos enfoques principales, según las teorías de Eriksson, el enfoque es funcional, se acentúa el polo “yo”, realmente no cambia el mundo, sino la posición del sujeto en ese mundo, o mejor aún, la autoposición del sujeto en el mundo, porque hay multitud de roles ahí fuera entre los que elegir, segmentados por edad, posición social, formación, capacidad económica, afiliación política, aficiones… etc. el marketing es profuso en la cantidad de yos que nos ofrece. También hay que ser justos y citar que hay otras teorías con enfoques estructurales, propias de Kohlberg, que acentúan el polo “mundo”, por las que los cambios a lo largo de la vida son simplemente fases sucesivas que nos conducen a un progresivo mejor conocimiento del mundo físico y social que nos rodea, que se presenta como estable, siendo sus cambios un hecho meramente perceptual y rigiéndose el mundo por principios morales objetivos y universales. No sé qué pensarán ustedes, pero a mí me parece que efectivamente con la edad vamos conociendo mejor el mundo que nos rodea, pero igualmente cierto es que también nuestra posición relativa respecto a él va cambiando. Me decanto por una teoría híbrida con enfoques tanto funcionales como estructurales, además de pensar que el mundo en sí mismo también va cambiando con el tiempo, puesto que el mundo está compuesto por todos nosotros y nuestros propios cambios revierten en él.
Pero volviendo al tema de la velocidad de cambio del yo, su aceleración en nuestras sociedades hace que ya empiece a haber individuos en las consultas de los psicólogos y psiquiatras que han perdido el concepto de sí mismos, con unas consecuencias desastrosas para su psique y para su desempeño en nuestra sociedad. No se tomen el tema a la ligera, sean empáticos y sepan ver la gravedad del asunto, porque es un problema muy importante para los afectados: las afecciones mentales son las peores. Además, dado que en nuestra sociedad la velocidad de mutación del yo cada vez se acentúa más, es muy probable que en el futuro este tipo de afecciones sean mucho más conocidas de lo que lo son actualmente.
Es evidente también que hay individuos en nuestras sociedades que viven al margen de las modas y tendencias, pero, ¿No es eso también una moda en sí mismo?… no seguir una tendencia también se traduce en actitudes y consumo de “otro” tipo de tendencia opuesto al general… al final, en una rueda u otra, todos estamos presos de la moda.
Decidir: ése es uno de los problemas para los afectados por la hipermutabilidad de su yo. Muchas decisiones que tomamos en nuestro día a día son lógicas y racionales, pero igualmente cierto es que muchas otras las tomamos basándonos en cómo se supone que tenemos que actuar si formamos parte de éste o aquel colectivo, si yo soy de ésta o aquella manera, si pienso así o asá… Apenas somos conscientes de la mayoría de estas decisiones, muchas las tomamos de forma casi automática, sin pararnos a reflexionar, pero las personas con problemas de percepción de su yo, tienen muchas dificultades para tomar este tipo de decisiones, incluso las aparentemente más simples y sin consecuencias importantes, reduciéndose su capacidad de decisión, su independencia y pudiendo derivar en afecciones mentales: cuando la psique se desequilibra, revienta por cualquier lado, y las consecuencias pueden ser muy distintas, pero en todos los casos graves para el paciente y su entorno.
Pero, seamos prácticos, ¿Qué podemos hacer para evitar esta hipermutabilidad del yo?. Poca cosa, la moda, las tendencias y la publicidad van a estar siempre ahí en una sociedad de consumo, y la permeabilidad de nuestro yo al respecto no depende de actitudes controlables por nosotros mismos. Es una cuestión de nuestras características personales, aunque también es cierto que, en cierta medida, se puede tratar de aprender a no ser tan dependientes del entorno, pero esto siempre tiene un impacto limitado en determinados individuos y es de progresión lenta.
Los conspiranoicos seguro que estarán pensando que esta hipermutabilidad del yo, que al fin y al cabo es una forma de dirigirnos, puede transcender más allá de los campos de la moda y las tendencias, y abarcar nuestra forma de pensar en muchos otros ámbitos, incluidas las ideas políticas. ¿Nos están volviendo más “dirigibles”?. La respuesta es sí, pero lo que nunca sabremos es si lo están haciendo de forma premeditada. Lo que es un hecho es que, en las sociedades democráticas, si no puedes cambiar las reglas del juego por las que la mayoría decide, sólo puedes intentar cambiar lo que la mayoría piensa. Y ahí está el juego. Lo vemos todos los días en los telediarios, tanto partidos de un bando como del otro tratan de convencer a los ciudadanos de premisas que simplemente forman parte de sus intereses partidistas (en el mejor de los casos, lo cual es aún más triste).
Pero un momento, se supone que yo soy apolítico, no sólo no profeso ninguna afiliación concreta, sino que tampoco me gusta hablar de política, ¿O no era yo así?, ¿O cómo era yo en realidad?… ¿Quién soy yo y quién narices es ése que me mira a través del espejo?.
Sígueme en Twitter: @DerBlaueMond

