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El ego superlativo o La importancia de llamarse Proculo

Me parecía detectar que la tónica general entre nuestros jóvenes es sentirse que son muy importantes. Generalmente por nimiedades o motivos de lo más superficiales, cuando no ridículos, he tenido la ocasión de escucharles ensalzándose a sí mismos y hablando con una autosuficiencia que no es propia ni siquiera de edades adultas.

Mis sospechas se ven ahora confirmadas por los datos que se publican en el libro “The Road to Character” de David Brooks. Para que se hagan idea de la magnitud de lo ególatra del joven de hoy en día, mientras que en 1950 un 12% de los adolescentes estadounidenses afirmaban que se consideraban a sí mismos personas “muy importantes”, en 2005 este porcentaje se catapulta a un sorprendente 80%. Otro dato significativo es que en 1976 los encuestados puntuaron que llegar a ser famoso como objetivo en la vida estaba en su escala de importancia en la posición 15 de un total de 16; sin embargo en 2007 un 51% de la gente joven declara que llegar a ser famoso es una de sus principales ambiciones.

Los que día a día nos esforzamos por recordar lo efímero de nuestro mundo y la relativa importancia de todo lo que nos rodea, incluidos nosotros mismos, sin duda calificaremos estas cifras de impactantes. Lo son, sin paliativos. Lo peor es que son indicativas de que en nuestra sociedad impera un ego superlativo, autosuficiente y soberbio hasta el extremo, y a menudo sin ni siquiera un desempeño personal o profesional que lo acompañe, y noten que no digo que lo justifique, porque una actitud así casi nunca es justificable. Ni siquiera nuestros adolescentes, edad a la que todavía no se es productivo profesionalmente ni se ha alcanzado la madurez personal, son conscientes de este error de enfoque vital.

El ego, si bien puede venir fundamentado por la personalidad o la valía en unos pocos casos contados, en otros no veo ni rastro de ningún motivo que se corresponda con el concepto de sí mismo que tienen algunos. No se equivoquen. A menudo los que más motivos tienen para creerse importantes, menos importantes se consideran a sí mismos. La egolatría es vulgar, simplista, fácil y tremendamente equivocada. ¿Acaso no murieron el César, los Reyes Católicos, Einstein y tantos otros? ¿Se paró el mundo tras su muerte? No, el mundo siempre sigue girando, caiga quien caiga, y los que quedamos seguimos girando con él. El relativismo existencial no es una premisa, sino que es una preciada conclusión vital fruto del esfuerzo personal por comprender el mundo que nos rodea. Dense cuenta de cómo los que más evolucionan personalmente, más modestos son y más relativizan su mundo y a sí mismos. Por algo será.

En el fondo siempre he pensado que tener un ego superlativo es un síntoma inequívoco de complejo de inferioridad. El que da importancia a las cosas que de verdad importan en esta vida, el que tiene una seguridad en sí mismo pulida en la modestia, el que es relativista por naturaleza, no necesita creerse “muy importante” ni ansiar ser famoso para tener un adecuado concepto de sí mismo. Aquí se trata de que el concepto de uno mismo ha de pasar por saberse prescindible y (tan sólo) relativamente importante. El elevado concepto de uno mismo es saberse querido por la gente que de verdad importa, y no que las redes sociales nos hagan de multitudinario altavoz cada vez que abrimos la boca.

Si les soy sincero, busco el motivo por el que nuestra juventud es así precisamente hoy en día. Creo haber llegado a la conclusión de que el problema es lo mediatizada que está nuestra sociedad, además de la potencialidad del impacto que las redes sociales pueden darle a cualquiera. Nuestra parrilla televisiva y nuestro Twitter están plagados de gente que se ha hecho famosa de la noche al día, y que no tienen mayor oficio o beneficio que opinar sobre todo lo que se mueve para que nosotros simplemente les escuchemos. Y claro, nuestros jóvenes piensan que esto también les va a ocurrir a ellos. Es el narcisismo de saberse profesado e idolatrado aunque lo que se diga sea irrelevante. El mundo que hemos transmitido a nuestros jóvenes es un mundo en el que ya no interesa la importancia de lo que digamos, sino la cantidad de gente que nos escucha.

Me despediré hoy aclarando que el nombre de Proculo, que citaba al comenzar este post, es un nombre de origen latino que significa autosuficiente. Su elección no ha sido casual, precisamente lo he elegido para el título de hoy por su significado, y porque siempre he pensado que sentirse orgulloso de su propio nombre o apellido es un inequívoco síntoma de autosuficiencia. Y para que vean lo extendida que está la cosa, no tienen más que ver en qué puesto de souvenirs falta el típico regalo que se regodea en el significado de los nombres o apellidos. Es lo que trasciende tras todo lo que hemos pensado hoy. La raíz del problema es la (pretendida) autosuficiencia. Les dejo con una cita de Joyce Carol Oates (un poco desvirtuada por la traducción): «Mi yo me pertenece. No tengo ninguna necesidad de ti». Como ya les he dicho en otras ocasiones, es muy peligroso hacer depende el concepto de uno mismo de los demás. Las ganas de darse importancia, y la autosuficiencia hueca, no tratan más que de buscar en los demás el reconocimiento que no nos damos nosotros mismos.

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Por qué también en bolsa la historia siempre se repite o El peso de la genética en la forma de invertir y hacer negocios

¿Acaso no se han preguntado muchas veces por qué estamos todos condenados a ver en bolsa cómo las mismas situaciones y reacciones se repiten una y otra vez, pareciendo que los inversores no aprenden de sus errores? ¿Por qué la cultura financiera que algunos tanto reclamamos en España para nuestros hijos no parece frenar en otros países esta calamidad que condena a tantas familias a ver volatilizarse sus ahorros de décadas en tan sólo unas semanas?

Son sin duda dos cuestiones muy interesantes a las cuales vamos a dar respuesta en este post. Y por mucho que a algunos les parezca que la bolsa no va con ellos y que no les afecta pues no invierten en ella, simplemente les hago notar que, primeramente, lo que pasa en bolsa acaba por afectarnos a todos cuando se transmite por los múltiples vasos comunicantes existentes entre la economía financiera y la economía real. En segundo lugar, lo bolsa no es mucho más allá que psicología de masas puesta en contexto, y lo que aprendamos del mundo de la bolsa sin duda es aplicable a otros ámbitos y aspectos de las sociedades humanas.

Empecemos con el tema introduciéndoles a un interesante experimento realizado con monos que arroja unos resultados muy significativos, que nos permiten afirmar que no todo es experiencia en el mercado, y que en general los impulsos y la genética nos guían de forma más poderosa que la experiencia de situaciones pasadas. El experimento en cuestión se resume en el artículo “El hombre también se parece al mono a la hora de hacer negocios…”. Aparte de hacer experimentos sobre la conducta de los monos a la hora de “invertir” fichas que les cambiaban por alimentos en situaciones en las cuales el número de piezas de recompensa fluctuaba (y el parecido con la forma de invertir de los humanos en bolsa fue sorprendente), los investigadores también optaron por tratar de hallar similitudes en cómo los monos se enfrentaban a la incertidumbre y cómo interiorizaban la aversión a las pérdidas y al riesgo. Simplemente les expondré la conclusión a la que experimento llega: los monos prefieren mayoritariamente gastar una de sus fichas en lo que se les mostraba parcialmente como una ficha que al descubrirla del todo el 50% de las veces resultaban ser dos, que gastar esa misma ficha en dos recompensas visibles que al ser descubiertas del todo el 50% de las veces resultaban ser sólo una única ficha.

Las conclusiones de este comportamiento son bastante claras, pero merece la pena analizarlas con algo más de detalle. Los hombres, y vemos que también los primates, tienen una aversión a perder. Los monos y nosotros preferimos ver algo y que resulte que recibimos el doble de recompensa de lo inicialmente mostrado, que ver algo y que la recompensa resulte ser la mitad. Esto ocurre aunque en promedio la ganancia sea la misma.

Pero el quid de la cuestión es que este tipo de comportamientos los llevamos en los genes. No sólo por la ambición y el pánico inherentes al riesgo de invertir, que ya les decía que se pudieron observar en la conducta de los monos, sino también porque el recuerdo de un palo en bolsa perdura mucho más que el de unas jugosas ganancias.

Vemos pues la razón por la que los ciclos económicos y bursátiles se repiten una y otra vez, incluso dentro de una misma generación, y pareciendo que los inversores y consumidores en general no aprendemos del pasado. No es que no aprendamos del pasado, es que nuestra genética graba en nuestra memoria con más intensidad las situaciones de pérdidas, con lo que luego las tenemos más presentes y nos influyen más en nuestras decisiones futuras. De ahí el pánico inversor que a veces se desata en los mercados, siempre mucho más virulento que el pánico alcista que resulta de la también humana ambición. Pero no es sólo eso, cuando los recuerdos tienden a difuminarse en nuestra memoria con el paso de los años, lo que afecta sin duda a nuestro comportamiento son los genes y su influencia en nuestra capacidad de decisión.  Es ahora cuando ha quedado demostrado que nuestros genes nos inclinan a conductas que tratan de evitar el riesgo de una pérdida, especialmente cuando los recuerdos ya no están tan frescos.

Si aún llegados a este punto, siguen teniendo ustedes sus reservas respecto a este tema, no tienen mas que esperar a que madure el próximo ciclo económico. Seguro que, cuando estemos en la cresta de la ola, se encuentran con mucha gente que les jura y perjura que esta vez es distinto, que ha nacido un nuevo paradigma económico, y que ya nunca más habrá más crisis. A buen seguro que muchos de ellos son de los que luego venden sus acciones en el peor momento presas de un pánico que ya no pueden contener más. Al tiempo.

No obstante, seres humanos hay muchos y muy diversos, y siempre va a haber individuos que aprendan a sobreponerse a sus impulsos de pánico y avaricia, que sean capaces de tener su experiencia presente para domar su conducta genética, y como consecuencia son capaces de navegar con más o menos éxito en las olas de los mercados.

Les dejaré esta noche con una cuestión. El egocentrismo humano hace que seguramente ahora todos pensemos que los monos se parecen a nosotros, y que su forma de invertir y hacer negocios es similar a la nuestra. Pero la cuestión es que es exactamente al revés: somos nosotros los que nos parecemos a los monos. Y lo más intrigante de este parecido es en cuántas cosas más, en principio consideradas como conductas humanas de rango superior, somos casi idénticos a ellos. ¿Estamos genéticamente programados y en conjunto la humanidad no puede escapar de ciertos comportamientos recurrentes? Parece obvio que la respuesta es que sí. Habría que rescatar algunas teorías del determinismo de nuestros destinos, puesto que parece que estamos más predestinados de lo que nuestro supuesto libre albedrío debería permitirnos de por sí.

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La realidad virtual como método de empatía y solidaridad u Homo Homini Lupus

¿Puede la tecnología ayudarnos a ser más empáticos y solidarios con otras personas? Es la intrigante pregunta que trataremos de responder en este post y que se desprende de una reciente investigación realizada por el Laboratorio de Ambientes Virtuales de la Universidad de Barcelona (EventLAB). Dicha investigación se resume en el siguiente artículo “Un laboratorio para probarse cuerpos”.

Para los que no tengan el tiempo o las ganas de leer la noticia completa, les resumiré el artículo en este párrafo. Hay dos frases que nos interesan especialmente para este post: “El comportamiento de las personas varía en función del avatar de realidad virtual en el que se encarnan”, y “A pesar de que nuestro cuerpo nos parezca que es algo firmemente establecido e inamovible, parece que el cerebro lo está recalibrando casi continuamente y que hay un ‘refresco’ continuo de la representación corporal”. El experimento en cuestión, entre otras cosas, hacía que una persona delgada viese a través de unas gafas de realidad virtual que su cuerpo en realidad tenía barriga, y sorprendentemente la sentía como propia. También se experimentó con avatares de otras razas, y una de las conclusiones fue que encarnarse en un cuerpo de otra raza modifica los prejuicios raciales. Todo se basa en el llamado «Efecto Proteo», que es la versatilidad de las personas para comportarse de distinta manera en escenarios virtuales en función de los distintos avatares que encarnan; es algo conocido desde hace tiempo en la industria de los videojuegos, que han sido la primera aproximación tecnológica a encarnar otro personaje con ciertas dotes de realismo (con permiso de los actores de cine y teatro).

Y es momento de ir entrando en la cuestión central de este post. Una vez leídas las conclusiones de estos experimentos, ¿Creen ustedes que la realidad virtual aumentará la empatía y la solidaridad en nuestra sociedad?. Pónganse en situación. Piensen. ¿Acaso no están ustedes más sensibilizados con el maltrato cuando es alguien de sus círculos el o la que lo ha sufrido? ¿Acaso no son más conscientes de la problemática de los síndrome de Down cuando es un amigo o amiga suya la que ha tenido un hijo con este problema? Aunque la realidad virtual no nos permita por ejemplo sentirnos con síndrome de Down, puesto que es algo que trasciende la mera apariencia, éstas son preguntas cuyas respuestas nos van a permitir contestarnos la cuestión que abría este post. Estarán de acuerdo en que, en el fondo, todos somos más proclives a solidarizarnos con alguien cuando nos identificamos con él o ella. Es una forma de egoísmo bastante extendida: muchas veces las personas no estamos demasiado sensibilizadas con problemas o amenazas que no sentimos que nos puedan afectar a nosotros también. Podemos pues afirmar que, a la vista de los resultados del experimento y de las conclusiones anteriores, la realidad virtual sí puede ayudar a hacer a nuestra sociedad más solidaria. Obviamente hablamos de la generalidad pues hay casos y casos, y siempre hay gente que es ya de por sí muy empática y de espíritu solidario por naturaleza, sin necesidad de ninguna realidad virtual.

No obstante, no lancen las campanas al vuelo todavía. La realidad virtual no es la panacea para esas actitudes insolidarias y censurables que todos hemos visto alguna vez. Igual que hay individuos empáticos y solidarios por naturaleza, también hay individuos tremendamente egoístas por naturaleza, que no se solidarizan con nadie ni por asomo, ni siquiera consigo mismos. ¿Acaso no han visto ustedes a gente que ha estado en una situación problemática (caldo de cultivo propicio para solidarizarse) y cuando a otra persona le pasa lo mismo no se solidariza con ella? ¿No conocen ustedes a personas que un día defienden una idea con uñas y dientes porque es lo que más les interesa en ese momento, y a la semana siguiente pueden defender igual de vehementemente lo contrario porque es lo que les interesa ahora? Y son capaces de hacerlo sin que ni siquiera se les despeine el flequillo. Por eso les digo que hay casos de gente que no se solidariza ni consigo misma: simplemente son egoístas per sé, y no dan más de sí ni son capaces de ponerse en el lugar de los demás. Es más, me atrevería a preguntarles: ¿Acaso no se han sentido ustedes mismos así alguna vez en cierto grado?

Pero si nos preguntábamos si la realidad virtual es capaz de hacer más solidaria nuestra sociedad en su conjunto, las actitudes de ciertos individuos concretos no son relevantes en el balance global; ahora bien, la siguiente pregunta que debemos plantearnos es: ¿Cuál es la proporción en nuestra sociedad de este tipo de individuos insolidarios y egoístas sin remedio? Y lo que es más importante e inquietante, en unas empresas e instituciones mayormente dirigidas por objetivos con un claro interés particular ¿Es este tipo de personalidades las que la sociedad promociona a puestos de responsabilidad para dirigirnos? ¿O por el contrario las personas que terminan ocupando estos puestos muchas veces se acaban volviendo así porque piensan que es como deben actuar y lo que se espera de ellas? Siento decirles que no tengo una respuesta para estas preguntas, o más bien, sí que la tengo, pero es una percepción tan personal que tiene exactamente el mismo peso que las respuestas que puedan darse ustedes a sí mismos. Por ello, una vez más, a su conciencia me remito. Homo homini lupus: algunos son ovejas, y otros auténticos lobos. ¿Es más grande el rebaño, o la manada? A veces uno se siente tentado a pensar que es mejor que el casi siempre impredecible futuro no les llegue a quitar la piel de cordero a los lobos camuflados. Es muy probable que sean muchos más de los que a priori cabría pensar. Pero, por si acaso una volada de viento deja los lobeznos lomos al descubierto, mi mejor consejo es que, en su día a día, escuchen discretamente si los individuos que les rodean balan o aúllan; más que nada para que puedan elegir al tipo de personas que quieren que les rodeen, y no llevarse luego sorpresas desagradables.

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La gestión sin reconocer los errores propios o La diferencia entre razonamiento y manipulación

La capacidad de algunas personas para no reconocer los errores propios y ser tan autoindulgentes consigo mismos, contrasta violentamente con su capacidad para culpar y recriminar a los demás cuando son otros los que comenten un error. Me llama poderosamente la atención esta ególatra faceta de Dr. Jekyll y Mr Hyde que veo alrededor mío bastante más a menudo de lo que personalmente me gustaría.

Para que vean hasta qué extremo llevan esta dualidad algunas personas, les voy a contar un caso que me llega de primera mano de la empresa de un conocido. En este caso, nuestro bipolar personaje es un directivo de dicha empresa, pero saben ustedes tan bien como yo que perfectamente podría ser un trabajador de base, un sindicalista, un político o cualquier individuo de los ecosistemas faunísticos en los que nos movemos cada día.

Para ponerles en antecedentes, como es tristemente habitual hoy en día, la empresa de mi conocido atraviesa una situación muy complicada. La política de personal se ha deteriorado en paralelo a la cuenta de resultados. Ello ha traído, además de la preocupación y temor por el futuro que viene, que la gente esté muy descontenta en su puesto de trabajo, puesto que las políticas de Recursos Humanos y de la dirección para incentivar a los empleados son prácticamente inexistentes en el mejor de los casos, aunque más bien debería decir que ahora Recursos Humanos se dedica a hostigar a la plantilla con un modus operandi más propio de una empresa tercermundista.

Conscientes de que podía haber un problema, hicieron una encuesta entre los empleados sobre el ambiente de trabajo. Los resultados fueron desastrosos. Los directivos debieron estar dándole muchas vueltas al tema hasta que encontraron una forma de intentar saber cuál era la causa de tan mal ambiente, y cómo solucionarlo. La respuesta les aseguro que les dejará boquiabiertos. El directivo que antes les citaba, reconoció públicamente que los resultados de la encuesta eran malos, pero que como hay que interpretarlos es desde el punto de vista de los resultados de la empresa. En las empresas en las que la gente está contenta, la empresa obtiene buenos resultados. Por lo tanto, la razón por la que la empresa iba tan mal era precisamente porque los empleados están descontentos. ¡Cómo los empleados de esta empresa no se habían dado cuenta antes!. Su descontento no sólo no es una consecuencia de la mala gestión, sino que los malos resultados de la empresa son culpa suya. Tratemos de analizar este hilarante razonamiento, porque, por difícil que parezca, de él se pueden sacar algunas conclusiones interesantes.

Para empezar hay que decir que una cosa es intentar llegar a conclusiones con los datos en la mano, y otra muy distinta es tener a priori un objetivo claro al que se quiere llegar, y en base a ello articular los razonamientos que sean necesarios para poder concluir lo que nos interesa. Lo primero es razonamiento. Lo segundo es burda manipulación. El problema del directivo en cuestión del que les hablo es que estaba tan ofuscado por la meta a conseguir, que no se dio cuenta de que su manipulación resultaba tan evidente e irracional, que a mi conocido le consta que el efecto que consiguió en los empleados fue justo el contrario al que se proponía: no solo no convenció a nadie, sino que su imagen profesional se vio seriamente perjudicada. Es lo malo de tener un objetivo incoherente, que a menudo los medios para lograrlo son aún más incoherentes que el objetivo en sí mismo.

El problema no es de plantilla contra directivos. Es de personas que razonan e intentan mejorar día a día contra personas que sólo tratan de alcanzar por todos los medios un objetivo que personalmente les puede interesar en un momento determinado. El centro de nuestra diana en este caso está en un directivo simplemente por casualidad: no estamos criticando perfiles sino actitudes, y las actitudes puede adoptarlas cualquiera, eso sí, dependiendo del cargo que se ocupe su transcendencia es radicalmente distinta.

Una segunda conclusión interesante requiere analizar un poco más el perfil psicológico del directivo. ¿Qué subyace bajo su forma de razonar? ¿Qué ofusca tanto a nuestro directivo como para no dejarle ver lo absurdo de su razonamiento que raya en el ridículo?. Su relativismo moral. Él tiene un objetivo tan claro, defender su gestión, que todo vale moralmente para conseguirlo. Todo lo que le beneficie para alcanzar su objetivo está permitido y es bueno per se. Su moralidad es tremendamente maleable. De lo que no se da cuenta es que, afortunadamente, la mayoría no es igual que él, y lo que a él le parece lógico y defendible para los demás es hilarantemente irracional e irritante.

Estarán de acuerdo en que el primer paso para poder corregir un error es reconocerlo. Si no eres consciente de que estás haciendo algo mal, difícilmente vas a poder corregir el rumbo. Y no corregir el rumbo en una empresa que va de mal en peor sólo tiene dos futuros posibles: o bien el fin de la empresa, o bien el fin de la carrera del directivo responsable en la empresa. No hay más soluciones posibles a esta ecuación. Tan pronto como mi conocido me traiga noticias frescas de su empresa, prometo contarles el desenlace y ver si podemos aprender algo más de ello. Ya que nuestro directivo no es capaz de aprender de sus propias equivocaciones, nosotros trataremos de demostrarle que no sólo se puede aprender mucho de los errores propios, sino también de los ajenos, para lo cual él nos viene muy bien.

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Por qué los músicos adoran a sus fans o Por qué los políticos no aprecian a sus votantes

Sé que las dos preguntas del título no parecen tener mucho que ver. En realidad están íntimamente relacionadas, y lo que es más importante, en este post veremos qué pueden hacer ustedes para mejorar la respuesta que menos les gusta.

La primera idea que me ha llevado a hacer esta reflexión es una pregunta intrigante: Si tanto músicos como políticos reciben sus ingresos, estatus y poder del pueblo en general, ¿Por qué responden luego a la gente con actitudes tan dispares?.

Empecemos con los músicos. Los artistas en general reciben mucho de sus fans, mucho cariño, mucha admiración, mucho respeto… Y es por ello por lo que la gran mayoría de los músicos se sienten en deuda con sus seguidores, y sienten que deben corresponderles de alguna manera. Por ello, la mayor parte de los artistas cuidan tanto, y quieren a sus fans. Pero es que además hay otro tema: el de la calidad del vínculo desarrollado entre artistas y fans. Este vínculo se basa generalmente en la sinceridad. Sí, como leen. El artista suele transmitir con sus obras lo que siente en su interior, lo que piensa, lo que le inspira el mundo a su alrededor… y esto el músico normalmente lo transmite con sinceridad (con permiso del marketing, según vimos en el post «El In-Store Surveillance y la brecha social o El marketing como nuevo sistema de castas a la occidental«).

Es precisamente la sinceridad lo que da esa calidad a su relación con sus seguidores. Se saben correspondidos en la mayoría de sus sentimientos más íntimos. Se ven reflejados en su obra y en sus fans. Sienten a sus seguidores como parte de sí mismos. Se sienten identificados.

Pasemos ahora a los políticos. Antes de nada, decir que no hay nada más lejos de mi intención que afirmar que todos los políticos son iguales; sin embargo, sí diré que uno de los mayores problemas de las democracias es que el perfil político actual predominante deja mucho que desear. El vínculo entre políticos y votantes suele ser desgraciadamente un vínculo destructivo, viciado, podrido desde su raíz… y les voy a explicar por qué. Al igual que el artista basa el vínculo con sus fans en la sinceridad, el político lo basa en todo lo contrario. En periodo electoral, la mayoría de los políticos tratan simplemente de decir lo que tienen que decir para ganar las elecciones. Luego la realidad de los cuatro años siguientes suele resultar ser muy distinta. Lo peor es que demasiados políticos son conscientes de estas divergencias desde la campaña electoral, pero no lo dicen. ¿Cómo llamarían a esto?. No sé si es engañar, pero en todo caso estarán de acuerdo que es no decir toda la verdad, siendo una verdad importante y que afecta de manera muy relevante a la vida de muchas personas. Y a mí eso ya me vale para catalogar a un individuo.

Tenemos pues que demasiados políticos no dicen toda la verdad a sus votantes. Pero a pesar de ello, alguno gana las elecciones, lo cual es su objetivo principal. Esto es un vínculo basado en la (llamémoslo) no-sinceridad. Es por ello por lo que el político no se siente identificado con el electorado, no se ve reflejado en ellos, no transmite lo que verdaderamente lleva en su interior, y por lo tanto no se siente en deuda ni desarrolla ningún vínculo afectivo con sus votantes. Es más, puesto que se ha salido con la suya a nuestra costa, es probable hasta que nos tenga en baja estima intelectual. De ahí que luego no piense que nos deba nada a la ciudadanía, ni valore personalmente a cada una de las personas que les hemos dado su capacidad de ganar dinero, estatus y poder.

Visto lo visto, no duden que el mayor problema de las democracias es que las capacidades para ganar las elecciones son totalmente diferentes a las necesarias para gobernar bien. De los polvos del vínculo de la campaña electoral, los lodos de los cuatro años siguientes.

¿Y qué podemos hacer para solucionar esto?. Lo tienen ustedes muy fácil: apliquen la lección aprendida del mundo de la música a cómo ejercen ustedes su democrático derecho al voto. No les voy a decir que elijan a sus políticos con cariño, sería un claro error. Sus ídolos pueden elegirlos con el corazón, pero, por favor, elijan a sus políticos con la cabeza, y a poder ser bien fría. Lo que realmente intento decirles es que, en esta vida, para recoger a menudo hay que dar primero, y generalmente uno recoge lo que siembra. Si eligen ustedes a nuestros políticos con estupidez, sólo obtendrán estupidez a cambio, y, de verdad, no se me quejen cuando les traten como a estúpidos. Si los eligen con inteligencia y raciocinio, ellos les valorarán y les respetarán como votante. No se equivoquen, para nada estoy culpando a los ciudadanos del panorama político actual. De hecho, estoy convencido de que nuestra sociedad no se ha equivocado tanto como para tener estos políticos. Pero no olviden que somos una democracia, y que está en nuestra mano cambiar las cosas.

Me despido diciéndoles que, salvando las enormes distancias, desde este modesto blog, es con esa misma sinceridad musical con la que les escribo. Por eso yo les valoro también a ustedes mucho. Y no se lo digo para que me voten como a los políticos, ya saben perfectamente que ésa nunca es la intención de mis líneas. Lo único que busco es reflexionar juntos y enriquecernos mutuamente. A ver cuántos políticos pueden decirles lo mismo.

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La importante cultura del esfuerzo o Cómo contribuir a construir un futuro mejor

Hoy pretendo contarles por qué este blog puede traerles artículos (espero) de cierta calidad. No crean que les voy a dar una lista del estilo a “Los 10 mejores trucos para un blog de éxito”. Espero no decepcionarles, pero eso lo dejo para otros blogs más comerciales y con más difusión que mi modesto blog, porque además sé que a ustedes, como a mí, les gustan las cosas más profundas, detalladas y reflexivas. Éste es un post muy autorreferencial, espero que sepan apreciarlo.

Antes de nada, aclarar que, para poder obtener un buen resultado, hay que tener debajo un buen sustrato que pulir. Como para todo en esta vida, hay ciertas cualidades necesarias para poder escribir posts como los que les traigo habitualmente, pero también es cierto que todo el mundo puede perfeccionar las habilidades que todos tenemos, y que una parte importante de ellas también se pueden aprender.

Remontémonos a los años ochenta durante unos párrafos. En aquella década yo era un feliz colegial que trataba de aprender en la EGB, y que, como tantos otros niños, daba la casualidad que apuntaba a tener ciertas habilidades para la escritura. Fui aprobando las distintas asignaturas de Lengua con mayor o menor éxito, hasta que, en octavo de EGB, topé con “El Lagarto”: un profesor de Lengua muy pero que muy peculiar, al que nombro por su apodo desde el cariño y el respeto. Acostumbrado uno a que mis redacciones soliesen gustar al profesorado, y a que por lo tanto consiguiese buenas notas con ellas, llegué a topar con una infranqueable barrera por la que “El Lagarto” empezó el curso poniéndome seises y sietes. Servidor, que de primeras se sintió poco valorado, dio un cierto margen de confianza a la situación. Poco a poco, no sin cierto esfuerzo por mi parte, los seises y sietes se convirtieron en sietes y ochos. Pero aún no habíamos llegado ni a mitad de curso, y veía que mis expectativas no se correspondían con los resultados que obtenía. Redoblé mis esfuerzos, pero aun así no lograba pasar nunca del ocho. A mitad de curso, cada vez que “El Lagarto” repartía las redacciones corregidas, empezó a añadir en mi caso la coletilla de “Creo que puedes hacerlo mejor”.

Uno, que en su impaciente adolescencia estaba a aquellas alturas ya más quemado que la moto de un hippy, no podía soportar más aquella sonrisilla provocadora con la que semana tras semana pronunciaba una y otra vez aquellas palabras: “Puedes hacerlo mejor”. El curso avanzó hasta casi terminar, y yo no había pasado todavía del ocho. Me parecía que, más que enseñarme, “El Lagarto” se reía de mí con sorna. A punto estuve de desmotivarme y tirar la toalla por no conseguir unos resultados que a mí me parecían justos según la calidad que yo creía ver en mi trabajo. Llegó el fin de curso, y sólo en la última redacción la sonrisilla se volvió una sonora carcajada. “El Lagarto” me entregó la última redacción corregida, y por fin ponía en color azul, rodeado por un círculo, un ansiado y flamante diez. “El Lagarto” me miró fijamente, disfrutando y paladeando cada detalle de mi reacción en aquel momento. Apenas encontró en mí mayor respuesta que la satisfacción fugaz de un objetivo cumplido, ignorante como era de haber perseguido en realidad un ideal hacia el que había sido didácticamente dirigido por mi perseverante profesor.

Las conclusiones que podemos sacar de todo esto son interesantes, en especial para nuestros hijos y la educación que les estamos dando. Conseguir un objetivo no es nada didáctico, ni nos ayuda a aprender ni a progresar. Es perseguir incansablemente un ideal, y el esfuerzo que nos cuesta conseguirlo, lo que nos permite superarnos personalmente y mejorar día a día. Ser listo no tiene mérito ni sirve para nada si uno no aprende a esforzarse por conseguir lo que quiere. El afán de superación nos lleva al perfeccionamiento. El esfuerzo, a valorar el resultado y a querer mantenerlo. Es por ello por lo que la falta de cultura del esfuerzo en la sociedad actual me hace pensar que no estamos en el camino correcto. Creo que me siento un poco como Virginia Woolf cuando escribió su famosa frase: «Me veo como un pez en una corriente, desviado, sostenido, pero no puedo describir la corriente». Tal vez no podamos describir con precisión la corriente de la sociedad en la que vivimos, pero sí que creo que en este post ustedes y yo podemos vislumbrar la badina del río hacia la que debemos nadar contracorriente. En las aulas y en casa se deberían dar menos simples e inútiles reconocimientos como “qué listo es mi chico o chica”, y enseñar más a tratar de conseguir lo mejor a lo que pueda aspirar cada uno con las cualidades personales que tenga. De listos están llenas las listas del fracaso escolar. Es correcto evaluar el resultado, pero también es necesario valorar el esfuerzo personal que a cada uno le cuesta conseguirlo.

Me gustaría despedirme de ustedes por hoy, o más bien debería decir que me gustaría despedirme de “El Lagarto”. No sabía dónde paraba ahora mismo, hasta que un apreciado compañero suyo me contó que ya no está entre nosotros. Supongo que, aunque sea después de tantos años, le habría gustado leer lo que les he contado hoy. Lo que sí tengo muy claro es que, si no hubiese sido por él, servidor seguramente no estaría escribiéndoles estas líneas. A pesar de que, en su momento, mi juventud no me permitió ver la magistral y didáctica lección que me estaba dando, el paso de los años y la experiencia me han enseñado a valorar y a comprender lo que él hizo por mí, sin ni si quiera obtener a cambio ni un triste reconocimiento por mi parte. La adolescencia es así, muchas ideas y energía, pero poca experiencia y madurez. Desde aquí un fuerte abrazo para “El Lagarto” y, sinceramente, gracias. Es ley de vida, y sé que nuestro infantil egoísmo sólo nos permite corresponder a nuestros educadores y progenitores haciendo a su vez nosotros lo mismo con las generaciones venideras, sin esperar tampoco nada a cambio más que la esperanza de estar poniendo nuestro granito de arena para construir un futuro mejor. Por lo que a mí respecta, prometido queda para saldar mi deuda.

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El respeto al valiente en la empresa o El desprecio por la fidelidad perruna

El otro día tuve una conference call en la que participaba uno de los directivos de alto nivel de la multinacional en la que trabajo. La situación era tensa. En un proyecto estratégico había habido un problema por parte un proveedor, cuya solución ahora requería realizar una serie de tareas adicionales, con el consiguiente impacto en la planificación de un proyecto con gran visibilidad en el consejo de administración de la compañía.

En la conference, tras discutir con el proveedor los nuevos requerimientos, conversación difícil porque trataban por todos los medios de intentar colocar la pelota en nuestro campo y pasarnos el problema de tener que realizar las nuevas tareas, llegamos a un acuerdo de mínimos para realizar al menos las tareas necesarias a más corto plazo. Una vez acepté los requerimientos más acuciantes del proveedor, la conference pasó a una segunda fase, menos peligrosa porque ya nadie intentaba volcar las culpas sobre mí, pero en la que la presión era mucho mayor. Tomó la palabra la directiva usuaria de alto nivel. Me pidió la fecha en la que las nuevas tareas estarían finalizadas. Mi plazo, que se ajusta al máximo a lo estrictamente necesario, fue de dos semanas. Aquello yo ya era consciente de que abría una vía de agua en el proyecto, pero es el tiempo mínimo que les cuesta a nuestro equipo llevar a cabo unas tareas como éstas. Se hizo un silencio sepulcral en la sala en la que yo estaba y en la línea por la que manteníamos la conference.

La directiva, desde su estratosférico cargo, decidió poner presión sobre mí. Me dijo que era un proyecto estratégico para la compañía, y que era muy importante que saliese en fechas. Mi segunda respuesta fue idéntica a la primera: necesitábamos dos semanas para realizar las tareas. Se hizo en la sala y en la línea telefónica un silencio más sepulcral aún que el primero; era un silencio realmente incómodo, y los que tratan con anglosajones saben lo violentos y peligrosos que pueden llegar a ser sus silencios. Por tercera vez la directiva de altos vuelos aumentó la presión de la caldera, esta vez hasta rozar el máximo, y me dijo vocalizando de forma anormalmente lenta y con voz tajante que era un proyecto crítico para la compañía y que no se podían permitir un retraso en el plan de proyecto. Para poner aún más presión sobre mí, añadió que estaba segura de que yo podía mejorar mis fechas, “¿Podéis hacerlo en una semana?”.

¡Qué iba a hacer yo!. No podía comprometerme con una fecha poco realista, primero porque iba a suponer para nuestro equipo una carga de trabajo inasumible, y segundo porque era un plazo que no podía garantizar. Durante el tenso silencio que siguió a continuación, llegué a la conclusión de que tenía que mantener el tipo ante la presión, ya que si aceptaba ese plazo, cuando probablemente no llegásemos a tiempo, el problema sería nuestro. Si por el contrario mantenía el plazo mínimo necesario, el problema era del que lo había creado: del proveedor que nos había pasado los requisitos incompletos. Así que, tras la larga pausa con ruido eléctrico de fondo en el altavoz de conferencias, volví a decir exactamente lo mismo que las otras dos veces anteriores: el plazo necesario para realizar las nuevas tareas es de dos semanas.

Se oyó a gente carraspear, algunos tosían incómodos, otros simplemente callaban. La directiva, no sé si sintiéndose agraviada, entonces pasó a otro estadio. Estrechándome el cerco,  se dirigió a mí con voz grave y me dijo que quería tener una conference call diaria conmigo todas las tardes para que le informase puntualmente del progreso de los trabajos. Aquello sonaba a algún tipo de amenazante actitud por la que me comunicaban que desde arriba me iban a estar mirando mi trabajo al milímetro. Ya sabemos lo que eso significa: al más mínimo contratiempo se entera hasta el presidente, y la culpa para el que suscribe, con el consiguiente riesgo de pérdida de mi puesto de trabajo. Como uno ya tiene una edad, mi respuesta fue de lo más diplomática, sin aceptar para nada la clara amenaza que se cernía sobre mí: “Me parece una idea fantástica. Así tendré la ocasión de informarle puntualmente y de primera mano sobre la evolución de nuestros hitos del proyecto”.

A partir de ese momento, el tono de la directiva dio un giro radical. Dejó de sonar tan pausadamente grave y amenazante, y pasó a ser más cercana y amigable. Con ella en línea, acabamos de definir con el proveedor los requisitos de las otras tareas que se necesitaban para más adelante. La directiva se dio cuenta de que el trabajo era crítico y complejo, sobre todo por las implicaciones que podría tener a posteriori si todo no estaba bien atado. Creo que también fue consciente de que nuestro nivel técnico y de gestión era de valorar. Y además, me consta que mi persistencia en mantener los plazos mínimos a los que me podía comprometer, pese a suponerle un problema grave en su proyecto, le hicieron verme más como un enabler que como un inútil obstáculo a superar en su camino.

Acabó la conference agradeciéndome amablemente a mí personalmente mi colaboración. No tuve más conferences con ella como las que había propuesto antes para hacerme un seguimiento intensivo. El proyecto evolucionó sin contratiempos y completamos nuestros hitos un poco antes de lo comprometido. La alta directiva me agradeció personalmente mi profesionalidad y dedicación, así como la del equipo con el que trabajé. Nos envió una felicitación expresa por escrito que acabó en el comité de calidad de la compañía. Unos halagos que no son muchas veces habituales en estos lares, por lo que su valor es más gratificante si cabe.

Las conclusiones que podemos extraer de todo esto son importantes, especialmente en el mundo de la empresa y en la relación con directivos con mucho poder. Este perfil de directivo está acostumbrado generalmente a la gente que asiente a todo, que nunca se atreve a decir que no a algo, aunque ese algo sea imposible. Pero no se equivoquen, precisamente porque esto suele ser la norma habitual nunca, repito, nunca valoran la fidelidad perruna. Es más, les infunde cierto sentimiento de desprecio. Cuando llega una persona y no cede ante ellos, siempre por supuesto respaldado por unos buenos motivos, inicialmente les despierta ciertas ganas de hacer redoblar su fuerza sobre el alma díscola que sobresale entre la masa servil. Pero, insisto, si los motivos son realistas y justificados, acaban sintiendo cierta admiración por ese mindundi que ha osado desafiar su autoridad y presión. Si ese mindundi demuestra además valía profesional, el directivo top-level se acaba poniendo en sus manos en aquellos aspectos que se le escapan por su visión de alto nivel.

Me despediré advirtiéndoles no obstante del riesgo de entrar en estas dinámicas, puesto que si uno trata con directivos con poder, y se comete algún error (que alguno todos cometemos a veces), las consecuencias pueden ser importantes para la carrera profesional propia. Tampoco caigan en confundir lo que les expongo con la resistencia automática y el impedimento gratuito. Los directivos suelen despreciar la fidelidad perruna, pero odian a los “Doctores NO”. Traten de ser enablers, diferenciándose claramente de los stoppers. Para ello, anticipen riesgos y peligros reales para así poder tenerlos en cuenta antes de que se materialicen en un problema; los directivos saben apreciar esto. Y sobre todo, recuerden que la patada para adelante no resuelve nada. Postergar un problema no va a solucionarlo. España es un país de lidias; sean valientes y cojan el toro por los cuernos. Recuerden que los directivos valientes suelen detestar la cobardía y, aunque a veces parezca que no se aprecia a corto plazo, en el largo plazo siempre se valorará que es mejor resolver el hoy que complicar el mañana. Porque no duden que el mañana siempre acaba llegando, y sólo los valientes se atreven a lanzarse a por él antes de tiempo.

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La creatividad en la locura o El delicado equilibrio de la cordura

Recientemente he tenido la ocasión de vivir de cerca los problemas mentales de un amigo íntimo, y sus involuntarias incursiones en el mundo de los «renglones torcidos de Dios». Estos problemas, así como sus creativas cualidades personales, me han hecho plantearme ciertas reflexiones que me gustaría compartir aquí con ustedes.

Es necesario empezar quitando algo de hierro a las enfermedades mentales. Es cierto que son afecciones graves, y que por lo general hacen sufrir al paciente más que otras dolencias, pero lo cierto es que la mayor parte de las personas se ven afectadas a lo largo de su vida por algún tipo de trastorno mental. Evidentemente hay un estigma asociado a este tipo de desórdenes, por lo que muchas veces se oculta celosamente un sufrimiento que debería inspirar más solidaridad que otra cosa. Nadie trata de ocultar que se ha roto un brazo, pero cuando es nuestra mente lo que falla, parece que reconocerlo abiertamente es motivo de incomprensión e incluso de exclusión social.

Por otro lado, esas líneas divisorias entre cuerdos y no cuerdos que tan artificialmente traza la sociedad, no son más que un difuso límite de falsa autoprotección que no existe en la realidad. Todos somos muy cuerdos para ciertas cosas, y podemos llegar a ser seres delirantes para otras. La diferencia sólo estriba en la situación que nos toca vivir en cada momento. El que hoy es cuerdo, mañana no lo es. El que es muy cuerdo para unas cosas, es a la vez poco equilibrado para otras.

Lo que tantas veces hemos leído sobre famosos genios de la humanidad, he tenido ocasión de corroborarlo con el modesto caso de mi amigo. Hay cierto grado de locura en la genialidad, y cierto grado de genialidad en la locura. Las personas con trastornos mentales suelen ser capaces de desarrollar extraordinarias dotes de creatividad, y a la vez las personas más creativas tienen personalidades que flirtean con las líneas que borrosamente dividen el mundo de los cuerdos del mundo de los no tan cuerdos. Esto tiene una clara explicación, y es que la imaginación y la creatividad son armas de doble filo, que tan pronto nos permiten crear nuevas realidades, ideas u obras, como nos trasladan a un irreal mundo paralelo. No hay más que escarbar. El precio de poder ver donde los demás no ven, y poder crear partiendo de un lienzo o un folio en blanco, puede tener una amarga contrapartida mental.

La estabilidad emocional y mental es algo que te viene dado, no tiene mérito. Yo valoro en esta vida lo que cuesta esfuerzo conseguir, por ello me gusta más la estabilidad inestable del que se esfuerza por caminar sobre el límite entre la cordura y la locura sin caerse al otro lado. Además, los monstruos que están más allá de la raya, a pesar de infundir terror y sufrimiento, hacen que al traspasarla siempre se vuelva al mundo de los cuerdos, además de con fantasmas mentales, con alguna idea creativa y original que se puede desarrollar desde la cordura recién recuperada.

La locura del genio no es algo que se elija, es algo con lo que se nace, y que se manifiesta según los disparaderos en los que nos pone la vida. La cordura absoluta no existe, y en todo caso, la poca cordura que de verdad queda en este mundo nos viene dada. La cordura no tiene mérito alguno. Lo que tiene mérito es la determinación por no parar de intentar mantenerse continuamente en el lado de los cuerdos. Tengan cuenta que lo que hace bella a la bailarina es su esfuerzo constante por mantener el equilibrio.

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Por qué muchos Millenials son ambiciosos desmedidos o La expansión de la brecha salarial en las empresas

Como ya les comenté en un reciente post, a través de un tuit de un amigo extuitero supe que Linkedin realizó una simpática encuesta a nivel mundial que tiene relación con el ambiente de trabajo en nuestras empresas y cuya pregunta era bastante curiosa: “¿Sacrificaría usted una amistad en el trabajo por conseguir un ascenso?”. Ya comentamos en dicho post «El deslumbramiento por ignorancia en el mundo laboral o El fatuo reflejo de las falsas apariencias» algunos aspectos de esta encuesta y de las actitudes de nuestros más jóvenes profesionales, pero en esta ocasión quiero abordar un tema que no analizamos en su momento: las causas de este brusco giro de valores en unas pocas décadas. Les recordaré que los resultados de la encuesta arrojaron que el 68% de los Millenials (generaciones nacidas en los noventa) contestó que no dudaría en hacerlo. Similar proporción a la de los Baby Boomers (generaciones nacidas en los cincuenta y sesenta) que contestaron que ni se lo plantearían. Como les dije en su momento, en mi entorno laboral ya había detectado una sensible superpoblación de ambiciosos desmedidos entre la gente joven, más populosa cuanto más jóvenes son las generaciones. Por este motivo empecé a interesarme por el tema de la influencia de la deriva generacional en este tipo de comportamientos tan despersonalizados y destructivos.

Sin entrar a juzgar qué planteamiento es más ético, cuestión evidente para un cuasi-Baby Boomer como el que suscribe, pasemos ya a reflexionar sobre las posibles causas.

Uno de los factores que considero primordiales en la mente de una persona que aspira a algo (como un ambicioso desmedido a un puesto de responsabilidad), es que el ansia es mayor cuanto mayor es la recompensa. Pero, ¿Es mayor el ansia de los Millenials que la de los Baby Boomers?. Seguro. No tienen nada más que analizar la evolución de la brecha salarial en las empresas. En los 70 la diferencia entre el sueldo de los altos ejecutivos y los trabajadores en USA era de unas veinte/treinta veces. En 2012, la remuneración recibida por los ejecutivos de las compañías del S&P500 multiplicó por 354 la del resto de trabajadores. A mayor recompensa, mayor desesperación por conseguirla, evidentemente. Y ello se traduce en que hay más elementos que caen en la tentación de hacer “lo que sea” por llegar a lo alto de la palmera y conseguir el ansiado coco.

Pero no nos quedemos aquí, creo que hay más motivos para el giro dado por los Millenials. Las generaciones de los cincuenta y los sesenta fueron generaciones fuertemente marcadas por la postguerra de la Segunda Guerra Mundial. Una contienda como aquella provoca en la población un sufrimiento tan extremo que hace que la gente valore más el poder llevar una vida sencilla y en paz. Los Baby Boomers eran felices simplemente sin tener conflictos bélicos relevantes, teniendo un trabajo, una casa, un coche y pudiéndose alimentar. Pero para la mayoría de los Millenials esto no es suficiente. Todo lo que a los Baby Boomers les parecía una meta a conseguir para sentirse satisfechos y felices, para muchos Millenials es tan sólo un raquítico mínimo exigible y exigido, y ponen su felicidad en conseguir otras cotas estratosféricas.

Una última causa es el ambiente de falta de ética generalizada que aqueja a las sociedades occidentales en los últimos años. La búsqueda desesperada del éxito por el éxito, el ansia por hacerse rico rápidamente, el no valorar la ética y la calidad personal, el poner el interés propio por delante del bien común… y así hasta completar un largo etcétera que hemos comentado ya en muchos otros postres y que sin duda son actitudes ante la vida erróneas que con su generalización han contribuido a contaminar a tantos jóvenes.

Una vez analizadas las causas, pasemos a ver las responsabilidades. Aquí les pediría que no caigan en el error de exculpar a nadie. Parte de la culpa de esta esta despersonalización y falta de ética la tienen los propios Millenials, son adultos y en el fondo saben perfectamente qué comportamientos son poco éticos. Otra parte de la culpa la tiene la degeneración de la conciencia social general del mundo en el que les ha tocado crecer. Y por último parte de la culpa la tienen también los Baby Boomers, que no los han sabido educar bien en los valores éticos que ellos mismos tenían y tienen.

Visto lo visto y mi propia experiencia, me atreveré a recomendarles que sean muy cuidadosos con los Millenials en sus ambientes de trabajo, ya sabemos de qué va el percal en la mayoría de estos casos. Ahora bien, cuando estas generaciones alcancen la madurez profesional y sean el alma de nuestras empresas, no me gustaría seguir en el mundo laboral, porque los ambientes de trabajo pueden ser totalmente explosivos. Y las consecuencias de este tipo de parámetros imponderables sobre la calidad y estilo de nuestras vidas es mucho mayor de las que a priori pueden ustedes pensar. En la mayoría de los casos (que son los menos evolucionados), la felicidad no es un estado per se, sino que es la consecuencia de multitud de factores que tienen una fuerte influencia sobre nuestras vidas, y uno de los más importantes son los valores de la sociedad en la que vivimos, y cómo en base a ellos interaccionamos con otras personas de nuestro entorno.

Me despido con una última cuestión: estarán de acuerdo en que, dado que hay males propios de la juventud y la inexperiencia, la pregunta clave de este post es: ¿Pensaban igual de poco éticamente los Baby Boomers cuando tenían la misma edad que tienen los Millenials ahora?. Ahí es nada.

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El Mundo Feliz de Aldous Huxley como imperativo socioeconómico o La ingeniería social en una raza de superdotados

Hace unos días publicaron un interesante artículo sobre cómo la ingeniería genética podría conseguir super-humanos con coeficientes intelectuales de hasta 1.000 puntos. Pero antes de abordar un cambio tan radical, deberíamos plantearnos cuestiones éticas y socioeconómicas de vital importancia para la sostenibilidad y la justicia en las sociedades humanas. El artículo en cuestión es “Superintelligent humans with IQ of 1000”.

Me gustaría antes de nada resumir a grandes rasgos los aspectos de la magnífica y visionaria obra de Aldous Huxley “Un Mundo Feliz”. En ella el autor teoriza con una sociedad en la que engendran artificialmente individuos diseñados genéticamente con una capacidad intelectual segmentada. Hay varios tipos de perfiles, y cada cual tiene una inteligencia pre-establecida. De esta manera, cada individuo perteneciente a cada perfil tiene pre-diseñada su evolución laboral y profesional en la vida, acorde a sus aptitudes. Con ello, en este mundo feliz, no hay insatisfacción social, no hay lucha de clases, no hay ansia profesional desmedida… Cada cual aspira sólo a lo que puede aspirar en base al intelecto que la ingeniería genética le ha dado. Este mundo feliz de Huxley es una bonita teoría con implicaciones éticas que sin duda son lo más importante del asunto.

Ahora bien, volviendo a la noticia que nos ocupa, ¿Sería sostenible una sociedad en la que todos los individuos tuviesen un coeficiente intelectual de 1.000?. La primera respuesta debería ser un NO rotundo. En líneas generales, se podría pensar que la proporción de mentes alienadas desempeñando trabajos para los que están sobre-cualificados sería insostenible, con todas las implicaciones e impacto social que ello conlleva. Pero pensando un poco más allá, la respuesta debería ser un NO con matices. Con matices porque por un lado la robotización de las labores fabriles más alienantes es un factor en continua expansión, y por otro porque incluso hoy en día tener un coeficiente intelectual alto no es garantía de nada en el mundo laboral: estamos ya rodeados de personas muy inteligentes que están desempeñando tareas totalmente alienantes.

Por otro lado, también es cierto que es mucho más alienante apretar tuercas con un coeficiente intelectual de 100 que si se tiene uno de 1.000. Y también es cierto que hoy en día la disparidad tanto de coeficientes intelectuales como de otras aptitudes humanas hace que haya una heterogeneidad en la sociedad que permite (o debería permitir) una selección más eficiente de cada perfil de candidato para cada puesto en cuestión. Ambos factores se tornarían perversos en un mundo diseñado genéricamente y con sólo coeficientes de 1.000. El nivel de frustración sería insoportable para los individuos que se dediquen a los trabajos más alienantes, y la homogeneidad intelectual haría que los procesos de selección fuesen injustos por naturaleza, puesto que la mayor parte de los candidatos podrían hacer el trabajo de forma cuasi-óptima, y la selección probablemente se volvería discriminación.

Mención aparte, y en cierta medida admiración, merecen aquellos individuos a los que, siendo muy inteligentes, no les aliena desempeñar trabajos para los que están sobre-cualificados, porque han aprendido a valorar y disfrutar de la vida en otros planos que no sean el laboral, y para los que el trabajo es simplemente un medio que les da recursos para hacer lo que realmente les realiza. Les daré la razón en que hay pocas personas así en nuestras sociedades, y también en que se puede disfrutar igualmente fuera del trabajo con el dinero que éste nos reporta, pero eso no quita que además podamos tener un trabajo que también nos haga disfrutar durante nuestra jornada laboral.

Entonces habíamos llegado al punto en el cual creemos que una sociedad diseñada genéticamente para tener en su conjunto un coeficiente de 1.000 no es viable, al menos de momento, pero, ¿Es algo que podamos evitar?. Piensen ustedes un poco sobre el tema. Para empezar hay regímenes en el mundo donde la justicia y la ética brillan por su ausencia, y además ni siquiera construir un mundo ético y justo está entre sus objetivos. Si a esto añadimos el hecho de que para un país en concreto es una gran ventaja competitiva disponer de una población con coeficiente intelectual 1.000 cuando los demás países no lo tienen, ya tenemos en la coctelera todos los ingredientes para un coctel de alta graduación: siempre va a haber un primer país que se lance a ganar esa ventaja competitiva y empiece a “crear” población con genes de coeficiente 1.000. A partir de ahí sólo hay dos opciones: los países que no puedan o no quieran ir por ese camino, y los países que se lancen a la carrera con ése mismo objetivo 1.000. Seguramente habrá casos de ambos lados, pero obviamente los que no acaben teniendo una población con coeficiente 1.000 serán países automáticamente discriminados en casi todos los aspectos, siendo origen de desigualdades y una nueva forma de injusticia internacional. La brecha de este futuro es una brecha intelectual, y se mide en genes manipulados.

Si éste es un futuro inevitable, y además es un futuro de dudosa ética, justicia y sostenibilidad, ¿Qué podemos hacer para evitar los posibles problemas o al menos minimizarlos?. Ahí está la solución, tal vez las opciones no sean tan negras como las pintamos, puesto que hay una nueva disciplina que abrirá toda una gama de grises que hay que conseguir: la ingeniería social. Sí, amigos, sí, he aquí una nueva ciencia que sin duda en unos años será fundamental para la estructuración de nuestras sociedades. Para que una sociedad sea sostenible deberá regirse por ciertos principios aún por formular y, lo que es más arriesgado, aún por comprobar.

Pero un momento, ¿Acaso la selección genética de Huxley que determinaba el coeficiente intelectual de cada estrato social no era una forma de ingeniería social?. Sin lugar a dudas, sí que lo era. Aunque hoy en día hay muchos más aspectos, opciones y tecnologías sobre la mesa para sentar las bases de esta incipiente ingeniería social, léase por ejemplo las redes sociales. Sin duda, la anticipatoria visión de Huxley está ahí, y seguro que el resultado final de algunas sociedades no difiere mucho de lo que él imaginó. El campo de batalla está marcado, de todos nosotros depende poner las reglas del juego a tiempo, eso sí, mucho me temo en que, en algo tan importante geoestratégicamente, siempre va a haber alguien que juegue con las cartas marcadas. De ahí el riesgo casi cierto, y lo negro de los nubarrones de este futuro que les he pintado. Tal vez sea mejor vivir feliz en la ignorancia del infradotado que vivir alienado en la capacidad del superdotado. Decidan ustedes por sus hijos, de tener que tomar esta decisión por ellos no les librará nadie en el futuro, porque ellos nacerán producto ya de una u otra opción: alea jacta est.

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