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La importante cultura del esfuerzo o Cómo contribuir a construir un futuro mejor

Hoy pretendo contarles por qué este blog puede traerles artículos (espero) de cierta calidad. No crean que les voy a dar una lista del estilo a “Los 10 mejores trucos para un blog de éxito”. Espero no decepcionarles, pero eso lo dejo para otros blogs más comerciales y con más difusión que mi modesto blog, porque además sé que a ustedes, como a mí, les gustan las cosas más profundas, detalladas y reflexivas. Éste es un post muy autorreferencial, espero que sepan apreciarlo.

Antes de nada, aclarar que, para poder obtener un buen resultado, hay que tener debajo un buen sustrato que pulir. Como para todo en esta vida, hay ciertas cualidades necesarias para poder escribir posts como los que les traigo habitualmente, pero también es cierto que todo el mundo puede perfeccionar las habilidades que todos tenemos, y que una parte importante de ellas también se pueden aprender.

Remontémonos a los años ochenta durante unos párrafos. En aquella década yo era un feliz colegial que trataba de aprender en la EGB, y que, como tantos otros niños, daba la casualidad que apuntaba a tener ciertas habilidades para la escritura. Fui aprobando las distintas asignaturas de Lengua con mayor o menor éxito, hasta que, en octavo de EGB, topé con “El Lagarto”: un profesor de Lengua muy pero que muy peculiar, al que nombro por su apodo desde el cariño y el respeto. Acostumbrado uno a que mis redacciones soliesen gustar al profesorado, y a que por lo tanto consiguiese buenas notas con ellas, llegué a topar con una infranqueable barrera por la que “El Lagarto” empezó el curso poniéndome seises y sietes. Servidor, que de primeras se sintió poco valorado, dio un cierto margen de confianza a la situación. Poco a poco, no sin cierto esfuerzo por mi parte, los seises y sietes se convirtieron en sietes y ochos. Pero aún no habíamos llegado ni a mitad de curso, y veía que mis expectativas no se correspondían con los resultados que obtenía. Redoblé mis esfuerzos, pero aun así no lograba pasar nunca del ocho. A mitad de curso, cada vez que “El Lagarto” repartía las redacciones corregidas, empezó a añadir en mi caso la coletilla de “Creo que puedes hacerlo mejor”.

Uno, que en su impaciente adolescencia estaba a aquellas alturas ya más quemado que la moto de un hippy, no podía soportar más aquella sonrisilla provocadora con la que semana tras semana pronunciaba una y otra vez aquellas palabras: “Puedes hacerlo mejor”. El curso avanzó hasta casi terminar, y yo no había pasado todavía del ocho. Me parecía que, más que enseñarme, “El Lagarto” se reía de mí con sorna. A punto estuve de desmotivarme y tirar la toalla por no conseguir unos resultados que a mí me parecían justos según la calidad que yo creía ver en mi trabajo. Llegó el fin de curso, y sólo en la última redacción la sonrisilla se volvió una sonora carcajada. “El Lagarto” me entregó la última redacción corregida, y por fin ponía en color azul, rodeado por un círculo, un ansiado y flamante diez. “El Lagarto” me miró fijamente, disfrutando y paladeando cada detalle de mi reacción en aquel momento. Apenas encontró en mí mayor respuesta que la satisfacción fugaz de un objetivo cumplido, ignorante como era de haber perseguido en realidad un ideal hacia el que había sido didácticamente dirigido por mi perseverante profesor.

Las conclusiones que podemos sacar de todo esto son interesantes, en especial para nuestros hijos y la educación que les estamos dando. Conseguir un objetivo no es nada didáctico, ni nos ayuda a aprender ni a progresar. Es perseguir incansablemente un ideal, y el esfuerzo que nos cuesta conseguirlo, lo que nos permite superarnos personalmente y mejorar día a día. Ser listo no tiene mérito ni sirve para nada si uno no aprende a esforzarse por conseguir lo que quiere. El afán de superación nos lleva al perfeccionamiento. El esfuerzo, a valorar el resultado y a querer mantenerlo. Es por ello por lo que la falta de cultura del esfuerzo en la sociedad actual me hace pensar que no estamos en el camino correcto. Creo que me siento un poco como Virginia Woolf cuando escribió su famosa frase: “Me veo como un pez en una corriente, desviado, sostenido, pero no puedo describir la corriente”. Tal vez no podamos describir con precisión la corriente de la sociedad en la que vivimos, pero sí que creo que en este post ustedes y yo podemos vislumbrar la badina del río hacia la que debemos nadar contracorriente. En las aulas y en casa se deberían dar menos simples e inútiles reconocimientos como “qué listo es mi chico o chica”, y enseñar más a tratar de conseguir lo mejor a lo que pueda aspirar cada uno con las cualidades personales que tenga. De listos están llenas las listas del fracaso escolar. Es correcto evaluar el resultado, pero también es necesario valorar el esfuerzo personal que a cada uno le cuesta conseguirlo.

Me gustaría despedirme de ustedes por hoy, o más bien debería decir que me gustaría despedirme de “El Lagarto”. No sabía dónde paraba ahora mismo, hasta que un apreciado compañero suyo me contó que ya no está entre nosotros. Supongo que, aunque sea después de tantos años, le habría gustado leer lo que les he contado hoy. Lo que sí tengo muy claro es que, si no hubiese sido por él, servidor seguramente no estaría escribiéndoles estas líneas. A pesar de que, en su momento, mi juventud no me permitió ver la magistral y didáctica lección que me estaba dando, el paso de los años y la experiencia me han enseñado a valorar y a comprender lo que él hizo por mí, sin ni si quiera obtener a cambio ni un triste reconocimiento por mi parte. La adolescencia es así, muchas ideas y energía, pero poca experiencia y madurez. Desde aquí un fuerte abrazo para “El Lagarto” y, sinceramente, gracias. Es ley de vida, y sé que nuestro infantil egoísmo sólo nos permite corresponder a nuestros educadores y progenitores haciendo a su vez nosotros lo mismo con las generaciones venideras, sin esperar tampoco nada a cambio más que la esperanza de estar poniendo nuestro granito de arena para construir un futuro mejor. Por lo que a mí respecta, prometido queda para saldar mi deuda.

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Cómo poner límites a niños y adultos o Lo excitante de cruzar las líneas infranqueables

En este post me gustaría llamarles la atención sobre un aspecto de la educación infantil que además es aplicable también a la mayoría de los adultos. Es un aspecto en el que la capacidad de entrever el futuro adquiere más relevancia si cabe. Les estoy hablando del arte de poner límites a un niño.

Ya hemos comentado otras veces cómo educar a nuestros hijos es uno de los retos más difíciles a los que se puede enfrentar una persona. Es un reto porque para ello no basta sólo con tener psicología o inteligencia, sino que a veces son necesarias dotes de visionario e incluso adivinador. Esto lo digo porque educar a un niño supone una sutil mezcla de aprender del pasado con lo ocurrido con generaciones anteriores, aprender del presente conociendo cómo son nuestros hijos en concreto y qué es necesario para cada caso particular, y entrever lo que ha de venir para poder adelantarnos a lo que nuestros hijos e hijas se enfrentarán en el futuro según el mundo que les toque vivir y según los eduquemos de una u otra manera.

Límites siempre va a haber en nuestras vidas, bien sea por limitaciones propias, bien sea por limitaciones impuestas desde fuera, o bien por limitaciones existentes en nuestro mundo. Pero es por una mezcla de curiosidad, y de encontrarlo en cierta medida excitante, por lo que los niños, y también los adultos, tantean los límites cada cierto tiempo para comprobar que siguen siendo efectivamente límites, no sin negar que a algunos les resulta muy tentador aventurarse a ver qué hay más allá de la línea infranqueable.

Es por ello por lo que los padres y las personas en general, al educar a nuestros hijos, debemos marcarles los límites con suficiente tiento como para saber que el niño siempre va a ir un paso más allá, y es nuestra capacidad de cálculo la que ha de permitirnos saber que, si no queremos bajo ningún concepto que el niño llegue a hacer ciertas cosas, que hay que ponerle el límite un poco antes, de tal manera que el límite más el inevitable rebasamiento del mismo no vayan más allá de nuestro objetivo real. Difícil, ¿no?.

Pero la cosa no queda ahí, con el paso de los años tenemos que hay cosas que por ejemplo inicialmente eran toleradas en la sociedad, y que ahora pueden pasar a ser motivo de marginación, aislamiento o incluso cosas peores. Con ello tenemos que la peligrosidad de los límites varía con el tiempo por muchos motivos, por lo cual no vale sólo con tener tiento para marcar los límites contando con la osadía innata en muchas personas, sino que además hay que contar con lo que el futuro nos va a deparar, o más bien, con lo que el futuro va a deparar a nuestros hijos. Ahí es nada.

Y algunos me dirán, ¿Límites para qué?. Conozco personas que educan a sus hijos sin castigarles, tratando de no ejercer sobre ellos autoridad. Mostrando ante nada mi respeto ante cualquier forma de educación bienintencionada por parte de cualquier padre, puesto que en personas normales un padre siempre procura lo que entiende es mejor para su hijo, siento tener que decirles que considero que los niños han de aprender a respetar siempre a una autoridad. Y algunos insistirán en preguntar ¿Por qué?. No voy a entrar en juicios de valor ni en razonamientos subjetivos, simplemente me voy a limitar a la práctica. Se puede afirmar que a lo largo de la Historia, las sociedades humanas han estado mayormente jerarquizadas durante la práctica totalidad del tiempo. Por muy autónomos que se crean ustedes, por mucho que piensen que su opinión es tan válida como la de sus dirigentes, por mucho que crean que tienen sentido común y raciocinio como para gobernar al 100% sus propias vidas, en la práctica casi siempre hay una entidad superior que se impone sobre ustedes. Por ello es por lo que les digo que el punto de vista práctico es que deben enseñar a sus hijos a respetar una autoridad que casi siempre ha estado ahí. Y no duden que, naturaleza humana mediante, esa autoridad va a ejercer como tal y hacer valer su poder sobre sus hijos, y les va a poner unos límites. Límites que si sus hijos franquean les traerán problemas. Y no les digo si será justo o injusto. Sólo les digo que el resultado será que les traerán problemas.

No se confundan, los límites de los que les hablo no son cortapisas, sino que suponen básicamente mantenerse dentro de la legalidad vigente y de los patrones socialmente aceptados. No les estoy hablando de poner a los niños más limitaciones de las estrictamente necesarias. Nunca hay que coartar la imaginación de sus hijos. Nunca hay que poner límites a su creatividad. Nunca hay que recortar sus aspiraciones más nobles. Nunca. En su aspecto positivo, esa afición por franquear los límites ha llevado a la humanidad a conquistar nuevas cotas. De lo que les hablo de poner coto a las amenazas, no de recortar las fortalezas.

Estarán de acuerdo en que los adultos, en realidad, no somos muchas veces más que niños grandes. Los adultos y los niños no somos tan diferentes, de hecho los unos son la proyección y el resultado de los otros. Muchas de las actitudes infantiles podemos observarlas también en los adultos con más o menos variaciones y evoluciones. En nuestras empresas, en nuestra sociedad, en nuestras familias… los adultos también se enfrentan a ciertos límites. Y es común que, al igual que los niños, los adultos tanteen de vez en cuando estos límites e incluso los franqueen.

Me despediré de ustedes con una frase de Konrad Adenauer: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Es precisamente a poner límites a la tontería lo que debemos enseñar a nuestros hijos porque, por muy listos que sean en ciertos aspectos, habrá otros en los que no lo sean tanto, y es en estos últimos donde más necesitan nuestra ayuda.

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