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La dicotomía entre los buenos y los malos o Lo educativo de las series infantiles
El otro día estaba viendo unos capítulos de dibujos animados con mi hija, y empecé a pensar en que, en los cuentos y las series infantiles, es casi norma que haya siempre unos buenos buenísimos y unos malos malísimos. Esta trivial concepción del mundo que inculcamos desde pequeñitos a nuestros hijos, puede tener más consecuencias de las que podemos pensar a priori.

No les voy a negar que en esta vida hay personas que pueden ser calificadas de netamente malas, pero afortunadamente son los menos, y además, la maldad, igual que otros aspectos de la personalidad humana, suele limitarse a ciertos aspectos del comportamiento de estas personas. También he de reconocerles que hay comportamientos tan deleznables, que da igual lo buenos que puedan ser algunos en otras facetas de su vida.
Pero, ¿Es bueno para nuestros hijos que les enseñemos que en su mundo siempre tiene que haber un bueno y un malo?. Yo creo que no es algo apropiado para su edad, tiempo tendrán de aprender en la vida sobre ciertos individuos. Me parece suficiente con que por ahora les vayamos introduciendo tan sólo de vez en cuando a la cruda realidad que les rodea, dosificando en la medida de lo posible una verdad que no les permitiría vivir su infancia en plenitud, sin necesidad de que estén rodeados por todas partes de esta dicotomía entre el bien y el mal. Inculcarles esta forma de pensar desde edades tan tempranas no hace sino crearles la necesidad de identificar buenos y malos en cada plano de sus vidas, con el consiguiente margen de error de tamaño comportamiento. Y lo peor es que cuando se hacen adultos, siguen con los mismos patrones mentales, por lo que tratan de identificar permanentemente buenos y malos.
¿Conocen al genio de la animación Hayao Miyazaki?. Obras suyas son el magistral “Viaje de Chihiro”, o “El castillo ambulante”. Dejando a un lado la gran calidad y fantasía de sus creaciones, el aspecto que más nos interesa ahora de sus películas es que creo que son muy indicadas para niños en el aspecto concreto que estamos tratando en este post, puesto que en ellas no suele haber un bueno y un malo claramente definidos como tales.
Estarán de acuerdo en el error de educar en la dicotomía entre buenos y malos. Como les decía, afortunadamente suele ser una aproximación errada, puesto que habitualmente tenemos a nuestro alrededor personas que muestran una delicada gama de grises, o que incluso siendo malos en unos aspectos, son buenos en otros. Eso por no abordar lo subjetivo en la concepción del bien y del mal. Lo que es bueno para unos, es malo para otros, y viceversa.
Los dirigentes son muchas veces conscientes de esta habitual forma de la gente de concebir el mundo que nos rodea, es por ello por lo que me vienen a la memoria los titulares de la prensa con las declaraciones de los presidentes de USA e Irak durante la Guerra del Golfo: ambos identificaban al adversario como el mal, se erigían en nombre del bien, iban a luchar contra Satán, etc. Recurren a la polarización mental de los ciudadanos para identificar al adversario con ese malo que la mayoría de las personas trata de encontrar. Y no estoy de ninguna manera justificando una posición u otra en esta guerra en concreto, ni estoy diciendo que una u otra parte efectivamente representase más al bien y otra más al mal, simplemente estoy haciéndoles notar cómo la infantil dicotomía del bien y del mal nos acompaña a la mayoría el resto de nuestra vida, y aunque en algunos casos puede ser una aproximación acertada, en muchos otros no lo es.
Pero pasemos a un plano más personal, puesto que supongo que esta polarización de la que les hablo es también la explicación por la que es habitual ver cómo íntimas relaciones de amistad, o incluso familiares, de repente llegan abruptamente a su fin, y personas que antes se querían con locura pasan a no querer ni verse. ¿Es esto normal?. A mí no me lo parece, por muy graves que puedan ser las diferencias, éstas no tienen por qué conducir frecuentemente a cortar todo nexo de unión con una persona que antes significaba tanto para nosotros. Del amor al odio hay un paso, en la práctica es cierto, pero se trata de un paso normalmente incomprensible, el cual muchas personas dan porque recurren al fácil recurso de demonizar a la persona objeto de su nueva enemistad. Estas personas, más que dejarse llevar por el pueril reflejo de ver en el otro al más malo entre los malos, deberían reflexionar sobre por qué ellos lo van siempre buscando. A veces, incluso en el plano personal, la dicotomía es una herramienta para auto-convencerse de un objetivo que a priori se desea alcanzar. Son precisamente esos objetivos los que hay que saber elegir bien en la vida, porque cuando deseas creer algo, normalmente encuentras el atajo mental para llegar a pensarlo.
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Las ganas de dar envidia o Cómo algunos azuzan el deporte nacional
Seguro que tienen ustedes en alguno de sus círculos sociales a alguna persona de éstas que están todo el día fardando, que disfrutan creyendo que dan envidia a los demás, que hacen del alarde una constante de su forma de ser. Siempre me han sorprendido mucho este tipo de actitudes, y ahora, con los tiempos que corren, en los que algunos lo están pasando realmente mal, lo primero que pienso es que algunas personas ante las que alardean estos fardones pueden sentirse profundamente heridas. Heridas porque, cuando uno tiene problemas graves, es comprensible alegrarse de que un amigo no los tenga, pero es difícil soportar cómo te lo refrotan por la cara.
Añadiré que estos fardones, además de ser así de insensibles, también son unos inconscientes, puesto que en una sociedad en la que la envidia es el deporte nacional, con estas actitudes están cavando su propia tumba social. En todo caso, la gente, con penurias o sin ellas, envidiosa o no, no se siente a gusto con ellos, y les deja de considerar buenos amigos o incluso les da la espalda.
Como ejemplo de que la envidia es el deporte nacional en España, les sacaré a colación una complicada situación socioeconómica que se dio en España hace unos años. Con este ejemplo además se puede ver cómo nuestros políticos, conscientes de esta actitud social, no dudan en utilizarla para conseguir sus fines. El conflicto socioeconómico al que me estoy refiriendo es la huelga de controladores aéreos que hubo en España siendo José Blanco Ministro de Fomento hace unos años. No quiero entrar en este post a analizar si la huelga estaba justificada o no, ni si los controladores tenían unos privilegios exagerados a racionales, ni si sus sueldos eran desorbitados o no. Nada de esto viene al caso. Lo único que viene al caso es que en el mismo momento en el que oí a José Blanco dar unas cifras de sueldos anuales como las que dio, independientemente de si esto era una información veraz o no, yo supe que los controladores aéreos habían perdido la batalla mediática en este país. Posiblemente los privilegios de los políticos y todo lo que hay detrás de ellos sean mucho más injustificados que los de los controladores, pero José Blanco jugó su baza, y la jugó estratégicamente demostrando un profundo conocimiento de los mecanismos de la sociedad española. El resultado es que la gran mayoría de la población, tras oír la información sobre esos sueldos supuestamente desorbitados, ya no quiso saber absolutamente nada más del tema, ni siquiera se plantearon si era verdad o no. Simplemente pasaron a ver con buenos ojos el ajusticiamiento laboral del colectivo de los controladores aéreos. E insisto, no trato de hacer ningún juicio de valor sobre ello, sino simplemente llamarles la atención sobre qué hizo dar un vuelco a la situación.
Habiendo leído este post hasta aquí, parece que intentar provocar la envidia en los demás es autodestructivo, con lo cual la pregunta lógica es: ¿Por qué hay gente que lo hace?. No les voy a contestar todavía a esta pregunta, pero les voy a explicar la situación que se le planteó a un amigo para que se respondan ustedes mismos.
Mi amigo se encontraba cada varios meses por el centro a un conocido del colegio. Se paraban y charlaban un rato, y cada vez que mi amigo le preguntaba al otro que cómo le iba, este otro decía que le iba fenomenal, que era feliz con su mujer, que tenía unos niños estupendos, que estaba encantado y muy valorado en su trabajo… Tal era la insistencia en el mensaje que siempre transmitía que tras el tercer o cuarto encuentro mi amigo le preguntó: “Pero bueno, ¿Qué es eso de que te va todo tan bien, que estás tan encantado con tu vida, que eres tan feliz?. No me puedo creer que te vaya todo tan fenomenal”. A lo que el otro contestó viniéndose abajo: “Pues mira, te voy a ser sincero, mi vida es un desastre. Me voy a divorciar de mi mujer. Los niños son muy problemáticos. El trabajo no lo puedo soportar más y hay un ambiente fatal”. Mi amigo le preguntó: “Pero entonces, ¿Por qué me contabas que todo te iba tan bien?”. La respuesta fue la siguiente: “A que jode, ¿verdad?”.
Tras la lectura de esta conversación, ¿Tienen ustedes ya la respuesta a por qué hay gente que no para de alardear?. Seguro que están de acuerdo en que es por aquello del “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Realmente no creo que vayan intentando fastidiar a la gente porque sí. La verdad es que creo que son tan infelices con su vida que tratan de dar la imagen totalmente opuesta, de tal forma que viven en un mundo social paralelo en el cual, a través de la falsa imagen que los demás tienen de ellos, creen ver una ilusoria felicidad. Les aseguro que he conocido otros casos en los que esta actitud puede ser calificada hasta de patológica. Y es curioso también cómo el resto pasa en unos segundos de sentir envidia y rechazo a sentir compasión. Otra actitud que no podemos dejar pasar por alto: si te va bien te envidio y no puedo ni verte, pero si te va mal me das pena y me compadezco de ti. Algo que tampoco es muy digno de alabanzas.
Por ello les aconsejo que en esta vida traten de rodearse de gente sana, gente que ni envidie ni trate de dar envidia, gente que no se preocupe ni por lo que los demás piensen de ellos, ni se compare con las personas de su entorno. Son las personas que mayores satisfacciones les darán y con las que, si hay otras afinidades, podrán llegar a tener una relación de verdadera amistad.
Y ya saben, la próxima vez que alguien no pare de alardear ante ustedes, pregúntenle: ¿Oye, qué te falta en tu vida para ser feliz?, o mejor aún, ¿En qué te puedo ayudar para que consigas ser feliz?. Seguramente no obtengan una respuesta ni cierta ni coherente (este tipo de personas no suelen poder ser felices casi de ninguna manera), pero lo que sí les puedo asegurar es que lo más probable es que esta persona, descubierto su juego y siendo consciente de que no sólo no da envidia sino que cada vez que alardea reconoce su propia infelicidad, no vuelva a intentar darles envidia a ustedes nunca más.
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Un pilar del consumo minorista en nuestros sistemas socioeconómicos o La vida que se nos escurre entre los dedos
Me sorprende profundamente cómo generalmente el ser humano es capaz de tener la felicidad delante de sus propias narices y no darse cuenta hasta que la pierde y ya es demasiado tarde para disfrutar de ella. Vivimos en una permanente huida de nuestro tiempo y de nosotros mismos en la que no tenemos tiempo ni de pararnos a pensar (motivo fundacional de este blog), ni de pararnos a disfrutar de la vida y de los que nos rodean.

En parte es culpa nuestra, y en parte no. En este frenético mundo del siglo XXI que nos ha tocado vivir, el sistema nos da unas anteojeras que cogemos gustosos para ponérnoslas, y nos mete en una rueda como la de los hámsters en la que día a día corremos y corremos para no llegar a ninguna parte. Así es, les guste o no reconocerlo. Y no digo “Sistema” como un ente aséptico en impersonal; no, el sistema está formado por personas, por nosotros mismos.
Una de las actitudes en las que podemos ver reflejado lo que les estoy contando es las aspiraciones y anhelos de las personas, lo que proyectan como el futuro y/o presente que les gustaría vivir o, al menos, aparentar. Es difícil en muchos casos llegar a conocerlo verdaderamente, la sinceridad en este campo a veces brilla por su ausencia, pero, como les voy a explicar, hay otros síntomas que nos permiten hacernos una idea.
Empecemos por los niños. Sí, esas almas incólumes que poco a poco pervertimos entre todos e incluso con parte de culpa de la genética que ellos mismos desarrollan. Siempre se les dice a los niños que “¡Qué mayor!”, “Ya eres mayor”, “Como los mayores”… poniendo un injustificado énfasis en hacerles abandonar prematuramente una infancia que les pertenece y que deben disfrutar en su momento, porque ya saben ustedes que no vuelve jamás. Casi todos los niños acaban viviendo en la ilusión de hacerse más y más mayores para poder tener acceso a todos esos privilegios (ejem) que va otorgando la edad en nuestra sociedad.
Pero sigamos con los adolescentes. Aquí el problema es que, aunque ya se creen mayores sin serlo en realidad, quieren ser adultos de pleno derecho. Es cierto que tratan por todos los medios de marcar su propia personalidad diferenciándose de los adultos de verdad, pero acaban adoptando de forma sutilmente alterada muchos de sus patrones de comportamiento y objetos de consumo. Quieren Smartphone, pero el iPhone es de carrozas. Quieren moda y salir de tiendas, pero tiene que ser una moda concebida y aceptada especialmente por ellos. Quieren relaciones interpersonales y de pareja que tratan de asemejarse a las de los adultos, pero relacionándose entre sí con jerga propia y nuevos conceptos de relación que muchas veces no son tan nuevos.
Prosigamos con los adultos. Tal vez sea la franja de edad que puede estar más a gusto consigo misma, puesto que están más acomodados, tienen satisfecha la mayor parte de sus necesidades básicas y no tan básicas, y lo que es en realidad el nudo gordiano: no tienen mucho tiempo para pararse a pensar. No obstante, también hay ciertos detalles que pueden llevarnos a pensar que les empieza a gustar en cierto modo aparentar una juventud que ya ha pasado. Es habitual hoy en día que, cuando llega el fin de semana, muchos adultos cambian totalmente de indumentaria y se visten con ropa que trata de asemejarse muchas veces a la efervescente y disruptiva moda adolescente. Sí, hay que decirlo, en lo que a moda se refiere, los adolescentes tienen una fuerte influencia hoy en día sobre los adultos. Y esto es muy significativo e indicativo de que, bajo esa capa de aparente autocomplacencia, hay una incipiente inquietud por la edad que se empieza a tener.
Y finalicemos con los mayores. La moda normalmente no es un hecho revelador en este caso, suelen vestir ropa más clásica, pero casi siempre hablan abiertamente de la nostalgia de otros tiempos, que es una nostalgia por otro entorno y muchas veces también, por la persona que eran entonces. No se equivoquen, no es que les gustaría volver a ser los de antes, añoran ciertas cosas, pero, de volver atrás, casi siempre dicen que les gustaría hacerlo sabiendo lo que saben ahora.
Para demostrarles hasta qué punto hay gente que vive en esta carrera hacia ninguna parte, les comentaré una situación que se me dio en el trabajo esta semana. Un compañero, bastante “ambicioso” profesionalmente por cierto, nos anunció que él y su mujer estaban esperando un bebé. Me alegré por él y le di la enhorabuena, pero lo que me sorprendió fue lo que me dijo a continuación: “Es que ya tenéis casi todos hijos y me estabais dejando atrás”. En confianza les reconozco que no doy crédito. No tengo calificativos para el hecho de decidir algo tan importante en la vida como el tener descendencia sólo porque todos los demás lo hacen y no queremos quedarnos los últimos en la tan mal concebida carrera de la vida. Es el triunfo de la ambición por llegar antes a la meta siguiendo el camino marcado, frente a la ilusión de la trascendental y vital decisión de traer libremente al mundo una nueva vida. Son extensiones del ansia personal que se acaban volviendo sin duda cadenas que nos mantienen atados a unas metas equivocadas, y no nos dejan disfrutar en plenitud de la felicidad que nos ofrece cada momento de nuestro paso por este mundo.
Visto todo lo anterior, la pregunta obligada es: ¿Es que no hay nadie que esté a gusto con la percepción de sí mismo y con la edad que le ha tocado vivir en ese momento?. Pues hay casos y casos, pero mayormente no. Este sinvivir de anhelos por otra cosa distinta a la que tenemos es algo muy rentable, puesto que cuando la gente no se acaba de sentir a gusto consigo misma, acaba en una vana carrera que trata de encontrar la felicidad que no tiene en donde no está, y terminan buscando pues la autorrealización a menudo en otras cosas, generalmente materiales y que cuestan dinero, pilar inequívoco de la importancia del consumo minorista en nuestros sistemas socioeconómicos.
Por ello me despediré simplemente diciéndoles que disfruten de cada etapa, cada momento y cada segundo de sus vidas. Salgan de la rueda del hámster. Alégrense por esa nueva palabra que han pronunciado sus hijos. Sonrían con su alma a la nueva gracia que se le ha ocurrido al lengua de trapo de su retoño. Sientan la intensidad de sus relaciones de pareja. Tomen a sorbos una caña bien tirada en una terraza del parque. Saboreen ese cocido de los domingos de sus madres. Congelen el tiempo en esos momentos. Disfruten del instante lentamente. Fotografíen con su mente las imágenes, las sensaciones y los sentimientos. Grábenlos bien bien en su memoria. No huyan de sí mismos. Vivan, sin más, vivan en el sentido más pleno de la palabra, porque los momentos pasan por delante de nuestras narices y no vuelven jamás.
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Ilustración por @el_domingobot
La emoción de hacer el mal o El indicador de la violencia de los videojuegos
Hace unas semanas leí una noticia en relación al lanzamiento mundial de la nueva versión del archiconocido juego Grand Theft Auto V. No suelo seguir las novedades de la industria de los videojuegos, pero el titular me llamó poderosamente la atención: “Los jugadores se identifican con los malos; los héroes no funcionan”. El artículo en sí no merecía la pena, pero sí que la merece la reflexión a la que induce el titular.
Para los que no lo conozcan, les resumiré que el juego Grand Theft Auto es una saga de videojuegos en los que el jugador encarna el papel de un delincuente que hace de las suyas por una ciudad imaginaria, que en realidad está inspirada en Los Ángeles. Las tropelías posibles van desde robar coches, a atracar bancos, enfrentarse a bandas rivales, etc. Todo coronado por un realismo impactante y una acción trepidante. Su millonario creador vive en una ostentosa mansión de Nueva York y desde allí, con motivo del lanzamiento de la nueva entrega, hizo las declaraciones del titular que antes les mencionaba.
Recordarán ustedes que en el post “El Alter Ego en Twitter ó Cuál es nuestra verdadera personalidad” ya tratamos la reprobable naturaleza de algunos individuos, que aflora fácilmente en entornos virtuales como Twitter. Pero ahora les invito a una nueva reflexión que va más allá de aquel post y de la Web2.0. La reflexión viene por el hecho de que Grand Theft Auto es un súper-ventas, uno de los juegos más exitosos de la historia de los videojuegos. Como afirma el titular que abría este post: hay mucha gente a la que le gusta jugar a ser el malo de la película.
Podríamos pensar que la muestra de video-jugadores no es representativa de la sociedad en su conjunto, y que son más propensos a la violencia que otros colectivos, pero creo que ésta es una aproximación errada. Las consolas, y en especial los smartphones, han democratizado en los últimos años tanto la industria de los videojuegos, que creo que hoy en día la muestra es claramente representativa.
¿Quiere entonces decir esto que una parte importante de la población disfruta haciendo el mal?. Al menos eso es lo que parece indicar en una primera aproximación el hecho de que los jugadores adultos eligen mayoritariamente juegos de contenido violento, tomando el papel de delincuentes, frente a la posibilidad de encarnar a un héroe. Un hecho que corrobora esta suposición es que los personajes que más éxito tienen son aquellos que, aparte de perpetrar actos delictivos, demuestran tener una personalidad dual en la que también se muestran en ocasiones humanos y vulnerables. Éste es un signo inequívoco de la naturaleza humana que permite afirmar que se siente cierta empatía hacia estos personajes, ya que esa dualidad es algo experimentado también por la mayoría de la sociedad. ¿Prueba esto la hipótesis de que los jugadores se sienten identificados con este tipo de ambiguos protagonistas?. No se preocupen, aún hay algún resquicio para poder seguir manejando hipótesis benévolas. Es bastante factible que haya gente que sienta curiosidad por saber qué se siente al realizar cierto tipo de acciones a las que no tienen acceso en la vida real. Pero al mismo tiempo, son acciones cuyas consecuencias reales les desagradan porque verdaderamente no les gusta hacer sufrir a los demás. Con ello, podríamos pensar que los videojuegos incluso pueden ejercer una función social, permitiendo vivir una ilusoria fantasía a personas que, viendo satisfecha su curiosidad al menos virtualmente, no van a aventurarse a experimentar nunca en el submundo de nuestra sociedad.
Pero no todo es de color de rosa. Sólo tenemos la tranquilidad de la benevolente naturaleza de una supuesta mayoría. Para unos pocos tenemos la vil naturaleza que retratábamos en el post del Alter Ego de Twitter que les recordaba al principio: ejercen la violencia en entornos en los que creen que ellos no van a sufrir ninguna represalia, y si la vida real se torna algún día en un entorno de este tipo, no dudan en violar, asesinar y hacer sufrir a sus congéneres. A esto hay que añadir ahora la naturaleza inicialmente bondadosa de otros pocos individuos que, una vez que encuentran un inusitado disfrute en los juegos violentos, descubren una nueva faceta de su personalidad, y posiblemente, una vez que conocen el placer que les reporta, están dispuestos a profundizar en el mundo real en un nuevo mundo de sombrías experiencias. Yo les he intentado ayudar con los razonamientos y qué puede llevar por dentro la gente. Ahora les toca a ustedes poner la proporción en la sociedad de cada tipo de jugador, o mejor aún, de sopesar su propia contribución personal a uno u otro grupo. Por mi parte, sigo confiando en que la mera experimentación inofensiva y lúdica sea lo que busque la mayoría, pero les invito a asomarse a su abismo interior y a que reflexionen sobre su verdadera naturaleza. Sólo ustedes pueden saber la verdad. Según sea el caso, los demás esperamos no llegar a descubrirla jamás.
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El recurso fácil de la trasgresión o cómo maximizar el impacto en el trabajo y en el arte
El origen de mis reflexiones en esta ocasión se remonta a un estupendo y revelador artículo publicado en El País por Javier Gomá Lanzón (director de la Fundación J. March), “El dedo y la Luna”, en el que se aborda el sinsentido que es la trasgresión en el arte de nuestro país hoy en día. Les recomiendo la lectura del texto anterior, que considero muy interesante. En él, el autor argumenta que la trasgresión es algo que ha perdido hoy en día el sentido original de la misma.
La trasgresión viene por la necesidad de los artistas de romper con lo impuesto desde otras instancias, tanto a nivel personal como de la globalidad de la sociedad, y es en esa trasgresión, que trasciende lo meramente artístico, donde está el mérito profesional y personal del artista, que arriesga no sólo su proyección artística, sino también todas las demás facetas de su vida como ciudadano, ya que la trasgresión supone nadar a contracorriente en sistemas que probablemente no vean las obras trasgresoras con buenos ojos. Trasgresión eran obras como “El gran masturbador” de Dalí, o las pinturas negras de Goya. Obras que rompen cánones tanto en lo social como en lo personal. Pero en una sociedad libre, donde (mayormente) cada cual hace y piensa lo que quiere, no hay trasgresión posible, puesto que generalmente no hay cánones impuestos ni represión contra la que expresarse.
Empecemos por el mundo del arte, que ha sido de donde han surgido todos estos pensamientos. Como decíamos antes, hoy en día podemos considerar la trasgresión como un recurso fácil para atraer la atención del público. Ya no hay cánones ni represiones a trasgredir, pero se sigue utilizando una trasgresión de baja concepción y alto impacto, que en ocasiones pretende provocar más que otra cosa. Se han sobrepasado los límites de la trasgresión propiamente dicha para entrar en el terreno de lo simplemente llamativo, y a veces incluso escandaloso. Pero aún hay más, y es que hoy en día, para conseguir la misma intensidad de conmoción en el espectador, es mucho más difícil hacerlo con una obra no-trasgresora que con una obra trasgresora. Provocar sentimientos y sensaciones en el público con obras no-trasgresoras, es mucho más meritorio que con la trasgresión. Estos puntos expuestos desde una perspectiva artística son igualmente aplicables otros aspectos de nuestras sociedades, puesto que sentir y pensar son dos capacidades íntimamente interrelacionadas en la mente humana.
Pero pasemos entonces a enfoques distintos al plano del arte. Por ejemplo, entremos en economía y socioeconomía. La trasgresión también existe en éste ámbito, y su efecto amplificado ha reportado renombre a conocidos economistas y analistas. Tomemos como ejemplo a Nouriel Roubini. El señor Roubini saltó a la fama cuando sus catastróficas predicciones sobre la existencia de una importante burbuja inmobiliaria en USA se probaron ciertas. En el momento en el que él hizo sus predicciones, el común de los mortales vivía en una ilusión de riqueza por la cual los precios de los pisos siempre subían, de ahí la trasgresión de Nouriel Roubini. Como apostó contra lo establecido y salió victorioso, el impacto y la conmoción provocados por sus predicciones fueron mayúsculos, y pasó a la primera línea del orden económico mundial.
Otro enfoque distinto pero no menos interesante puede ser el del ámbito laboral y, más concretamente, por ejemplo de la Gestión de Proyectos en la que yo desarrollo mi actividad actualmente. Es una actividad que requiere ciertas dosis de creatividad, y donde buscar soluciones a problemas, previstos o imprevistos, es la tónica habitual. Es por ello por lo que normalmente, cuanto más trasgresora es una buena idea o solución, más se valora al profesional, lo cual deriva en la necesidad que sienten muchos por destacar trasgresoramente en este mundo rebosante de competitividad desaforada. Desde aquí reclamo el papel de los gestores que también dedican esfuerzos a dar con soluciones no-trasgresoras, tan buenas o más que las otras que tanto llaman la atención, porque más importante que sorprender a todo el equipo de proyecto y quedar como una mente lúcida, es encontrar una solución que sea la idónea para el problema al que nos enfrentamos, aunque ésta sea discreta.
Pero no está de más preguntarse por qué esto es así. La verdad es que es algo que tiene que ver con el funcionamiento de la psique humana y de los procesos de retención de la memoria. Es cierto que los humanos tendemos a fijar mucho mejor en nuestra memoria aquellos acontecimientos o eventos que nos sorprenden, trasgrediendo nuestro conocimiento y forma de pensar habitual. Es parte de la evolución y de la capacidad de aprendizaje que la naturaleza ha programado en nuestros genes para adaptarnos a un entorno siempre cambiante. Si además estos eventos sorpresivos se prueban ciertos, nuestra mente añade una variable de credibilidad al autor de los mismos. La conjunción de ambas cosas hace que nuestro concepto de la reputación de esta persona se recuerde de forma más persistente que la de generadores de eventos no-trasgresores. También es cierto que habitualmente la capacidad de alterar nuestras ideas o forma de pensar se reconoce como un poder sobre nuestra persona, lo cual deriva en la mayoría casos en que los individuos sienten que se debe un respeto a la persona que tiene ese poder sobre nosotros.
Y se preguntarán ustedes qué hago yo preocupándome por temas de arte tan conceptuales como el que ha originado este post. Pues bien, se lo explicaré. La pasión por la fotografía ha sido una constante en mi vida desde que tengo uso de razón, aunque bien es cierto que últimamente no estoy “abierto al público”. Ello no implica que no siga sintiendo lo que siento cuando veo imágenes con mis propios ojos. Aunque ya no exponga, sigo inevitablemente disparando. Y una obsesión que siempre he tenido respecto a la fotografía es mostrar la belleza que hay en imágenes cotidianas que nos pasan desapercibidas. Es algo que creo que encaja dentro de la definición de fotografía no-trasgresora. Si tienen curiosidad pueden ver mis tableros en Pinterest (DerBlaueMond), aunque no son representativos de mi obra, tan sólo son fotografías tomadas cuasi-aleatoriamente con el móvil, y a veces están post-procesadas con algún programa de edición. Y lo mismo hago en el día a día de la gestión de proyectos, constantemente llevo a cabo tareas e ideo soluciones que a menudo pasan desapercibidas, pero que creo son esenciales para la consecución de los objetivos de los proyectos.
Les confesaré que obviamente tengo alguna foto trasgresora, y que si en un proyecto tengo una buena idea trasgresora también la propongo. Pero también es cierto que guardo esas fotos celosamente para mí archivo personal, y que esas ideas las expongo de la forma más comedida posible. No busco el impacto fácil, no estoy en continuo sprint final por llegar a ninguna cima. Valoro la belleza del mundo que me rodea y el óptimo desarrollo de las tareas y sus resultados sea cual fuere su naturaleza, pero especialmente si se trata de soluciones sencillas, u obras cotidianas, que tenemos discretamente al lado todo el día sin que apenas nos demos cuenta, aunque su impacto emocional sea menor. Pero véanlo de otra forma más constructiva, piensen ustedes que pueden obtener el mismo impacto con una solución no-trasgresora, sólo que les costará el doble de esfuerzo. Un reto a batir, sin duda.
Así que ya saben, si, al contrario que yo, son ustedes de los que buscan un alto impacto, rápido y ávido de éxito, búsquenle la vuelta a su razonamiento, su idea o su obra de arte, plantéenla de forma trasgresora, y verán cómo es más fácil provocar una reacción en los demás. Eso sí, tengan en cuenta que algunos valoramos justamente lo contrario.
Como colofón final recuerden una cosa, igual que en economía rentabilidades pasadas no aseguran rentabilidades futuras, en cualquier ámbito, por muy trasgresora que haya resultado una persona cuyas afirmaciones se han probado ciertas, el hecho de que en el presente se hayan cumplido sus teorías pasadas no implica necesariamente que lo que dice a día de hoy vaya a volver a cumplirse en el futuro. Por ello el mejor consejo que les puedo dar es que no se fijen en el carácter trasgresor o no-trasgresor de teorías que se han probado ciertas, no se fijen en que alguien anticipó en su día algo que hoy es obvio, fíjense preferiblemente en su forma de razonar, y en cómo llegó a esas conclusiones, porque el poder del razonamiento sí que es una herramienta mucho más reutilizable, que aunque tampoco asegura que nadie pueda adivinar el futuro con total seguridad, sí que otorga más probabilidades de volver a acertar. Volviendo al mundo del arte y al final del genial artículo de Javier Gomá, cuando alguien les señale la Luna, no se fijen en el dedo, miren la Luna, y si pueden, contemplen también las discretas estrellas que hay detrás.
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La necesidad socioeconómica de levantarse y seguir adelante o El hartazgo del pesimismo
Los que me siguen por Twitter ya saben que llevo bastantes meses harto del pesimismo reinante en España. Las cosas están mal, no puedo decir lo contrario, pero no puedo soportar todo ese negativismo que nos ha contagiado a todos, y que ha calado tan hondo en nuestra forma de ver las cosas.
Sé que socialmente y económicamente se tiene que notar que hay mucha gente pasándolo muy pero que muy mal. Sé que tiene que ser muy duro no tener recursos para alimentar a tus propios hijos, que ya se han detectado en varios colegios que en el recreo hay niños buscando comida por las papeleras, que es difícil encontrar la motivación en el trabajo cuando en 2007 ganabas 2.500€ como peón de albañil y ahora no te llega casi para cubrir gastos de taxista… Todo esto son historias reales de gente que se ha ido cruzando en mi vida y de noticias leídas de varias fuentes. Sé que hay mucho sufrimiento detrás. Sé que no tengo derecho a censurar ciertos comportamientos cuando tengo la suerte de conservar (no sin penurias) mi puesto de trabajo. Si, lo entiendo todo, se lo confieso de todo corazón, pero a los que podemos seguir tirando del carro, les pido sinceramente que basta ya. Basta ya de negativismo, basta ya de lamentarse, basta ya de pesimismo, basta de derrotismo… Basta ya. Para empezar porque es cruel estar en ese plan cuando hay niños que no tienen ni para comer. Porque así no vamos a ninguna parte. Y no les estoy pidiendo que no sean (constructivamente) críticos con nuestro entorno y nuestro sistema, hay muchas cosas al descubierto que mejorar o incluso que cambiar radicalmente, pero, por favor, háganlo desde el positivismo y las ganas de progresar.
¿Por qué creo que deben hacerme caso?. Les contare una experiencia personal que espero les sirva de ejemplo. Mis abuelos eran, como los de casi todos, de la generación de la post-guerra. Apenas pudieron ir al colegio unos pocos años. Mi abuelo a los 12 años iba al campo a arar con las burras, y mi abuela con edad similar tuvo que empezar a trabajar en la panadería familiar. No cometan el error de sentirse superiores en algún modo a esta generación. Somos lo que somos gracias a su esfuerzo. Tal vez tengamos mejor formación y conocimientos técnicos, pero la realidad es que, en lo que a evolución personal se refiere, no podemos compararnos con ellos. Ellos sufrieron es sus carnes los horrores de una guerra fratricida. Ellos vieron truncado su futuro porque el hambre les obligaba a deslomarse simplemente para sobrevivir. Ellos tuvieron vivencias que espero no las tengamos nosotros. Muchas veces, cuando peor te trata la vida, es cuando las personas sacamos lo mejor de nosotros mismos. Nuestros abuelos sobrevivieron y salieron reforzados de las dificultades. Se volvieron a levantar una y otra vez para seguir adelante.
Y es de mi abuela más concretamente de la que les quiero contar una vivencia que me cambió la vida, y que aún hoy me la sigue cambiando. Ella estaba gravemente enferma. Le quedaban pocos días para morir. Apenas se movía. La muerte ya dormía paciente a su lado en la cama. Y mi abuela, como casi todas las abuelas, no tenía un pelo de tonta. Estoy seguro de que ella ya “barruntaba” (verbo que ella usaba) que su fin se acercaba. Estaba con dosis muy altas de morfina. Consciente a ratos. Pero aún tenía algún momento de lucidez entre vahídos. Yo estaba dormido en un sillón al pie de su cama. Me desperté y la vi risueña, mirándome en silencio y sonriéndome. Cuando me vio despertar me dijo, “¿Puedes por favor darme mis gafas?”. Yo se las puse. Recuerdo como si fuese ayer cómo con sus ojillos agrandados por las lentes hipermétropes me dijo: “¿Puedes traerme mi diccionario?. Voy a leer”. Todavía conservo ese viejo diccionario ilustrado que tanto le gustaba leer y en el que me enseñó tantas palabras. Era el libro que más leía. ¡Tenía tantas ganas de aprender lo que no pudo aprender de niña en la escuela, que no dejó de intentar recuperar el tiempo perdido en toda su vida!. Incluso cuando ella sabía que se moría. Yo entonces, en mi juventud, todavía más ignorante de lo que lo soy hoy, no podía comprender cómo en su situación conservaba su ímpetu, su fuerza vital, sus ganas. ¿Para qué?, me preguntaba una y otra vez, ¿Para qué?. Efectivamente a los pocos días murió, y no ha sido hasta pasados unos cuantos años cuando he logrado comprender su forma de comportarse y vivir. Ella lo hizo por simple y llana dignidad, para consigo misma y para con los que le queríamos. Porque hay que exprimir la vida hasta el último minuto, incluso cuando el fin se atisba cerca. ¿Qué piensan ustedes ahora de sus problemas comparados con saber que el fin de sus días está cerca y que está siendo un trance física y psíquicamente tremendamente doloroso?. A ella no le oí quejarse nunca. Y no todos los hombres y mujeres de esas generaciones eran iguales, pero sí la mayoría. Vivieron tiempos más duros que los nuestros, que les cambiaron la forma de pensar y de ver la vida. Como tributo a lo que somos, y por necesidad vital, no debemos olvidar las lecciones que nuestros abuelos nos daban de pequeños, que con el tiempo se van abriendo cual caja de Pandora para revelar nuevas interpretaciones y matices que antes pasaban desapercibidos.
Es por ello por lo que les digo a ustedes, y me digo a mi mismo: tomemos ejemplo, no desperdiciemos el saber que les costó tanto sufrimiento a nuestros abuelos. Levántense cada mañana y arréglense como si fuese un gran día. No les hablo de si se tienen que poner camisa o camiseta, sino simplemente de que se arreglen como ustedes se vean bien, tal y como hacían cuando eran tiempos mejores. Sean positivos. Por pequeñas y pocas que sean, fíjense en las cosas buenas que hay en su vida, que seguro que las hay. Dejen de echar culpas a los demás y empiecen por sí mismos a ver qué pueden hacer ustedes por mejorar. Sé que algunos tienen problemas muy graves, pero sigan adelante, no tienen que pensar en ellos. Vayan a cada entrevista de trabajo como si el puesto fuese a ser suyo. Y tantas otras cosas que ustedes ya saben que tienen que cambiar. Mi abuela murió dándome en silencio una lección magistral. No voy a dejar que caiga en saco roto. Tampoco lo hagan ustedes.
Tal y como ustedes se ven a sí mismos, y cómo ven el mundo que les rodea, es algo muy importante que revierte sobre ustedes mismos y sus vidas. Y no sólo sobre sus vidas, sino sobre la sociedad en general y sobre la misma economía. El optimismo generalizado suele generar crecimiento. No se rindan. No cejen en su empeño. Nunca nunca nunca dejen de luchar. Sigan adelante. Cómo afrontar el problema es parte de la solución. Si nuestros abuelos lo consiguieron en peores condiciones, nosotros también podemos. A por ello.
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Ilustración por José Domingo: @el_domingobot
El rechazo al diálogo o El convencimiento de creerse en posesión de la verdad
Empezaré este post exponiéndoles la situación personal que presencié hace unos años, para ver qué conclusiones sacan ustedes de la misma. Durante una animada charla con un numeroso grupo de amigos un fin de semana, surgió como tema de conversación la situación de una empresa en la que trabajaba uno de los presentes. Al tratarse de una gran empresa, de vez en cuando salen en prensa noticias sobre ella. Normalmente yo soy una persona que no suelo opinar sobre los temas que no conozco en profundidad, y aun así sé que corro el riesgo de equivocarme como todo el mundo. Es por ello por lo que me llaman poderosamente la atención aquellas personas que parece que sienten la necesidad de opinar sobre todo lo que les rodea, y que además lo suelen hacer con vehemencia e incluso, a veces, con cierto desdén hacia opiniones distintas a la propia. Siempre me pregunto qué hay detrás de este tipo de actitudes, puesto que más allá de las apariencias superficiales, tengo un interés natural por saber qué lleva cada uno por dentro.
Pero no nos apartemos del tema. Al grano. En la reunión de amigos que les comentaba, al surgir el tema de la empresa que les comento, y dándose por aludida la persona que era trabajador de la misma, esta persona dio una opinión que, correcta o incorrecta, tras diez años de trabajar en el mismo sitio, entiendo que era fundamentada. Cuál fue mi sorpresa cuando una de estas personas que opinan enérgicamente sobre todo lo que les rodea apenas le dejó acabar de hablar y le interpeló emitiendo una serie de lapidarias sentencias, en mi humilde opinión totalmente equivocadas, sin dejar lugar a más diálogo ni intercambio de opiniones. Además me consta que esta persona no tiene relación alguna ni razón por la que puede conocer por sí mismo las interioridades de la empresa, lo cual hace su reacción aún más incomprensible. Es difícil ante esta situación mantenerse callado, de hecho la persona que trabaja en la empresa no lo hizo, pero tampoco sirvió de nada. El caso es que yo me pregunto, y les pregunto a ustedes: ¿Qué puede haber detrás de una actitud semejante?.
Vayamos por partes. En primer lugar, ¿Qué puede sentir una persona interiormente para pensar que, por cuatro noticias leídas en los periódicos de los domingos, está en disposición, no ya de llevar la contraria, que está en su pleno derecho, sino de despreciar e incluso ni siquiera querer escuchar datos y opiniones de una persona que conoce desde dentro la realidad de una empresa desde hace diez años?. ¿Este “opinador” profesional adopta esta actitud porque tal vez cree que su capacidad intelectual está a años luz de la del trabajador?. Lo que está claro es que sea cual sea su percepción interior, nuestro “opinador” está plenamente convencido de que con cuatro retazos sesgados leídos de vez en cuando en la prensa es capaz de formarse una opinión que es mucho más válida que la que tiene la otra persona tras diez años de conocer el día a día del tema. Y no sólo eso, sino que además está tan seguro de este punto, que ni siquiera está interesado en oír lo que puedan contarle para que, tal vez, se pudiese formar una opinión diferente. ¿Hay detrás de todo esto un sentimiento de superioridad?.
Llegados a este punto, les aclararé que este tipo de actitudes las he observado en individuos de todos los colores e ideologías, y no pueden achacarse a que sean algo típico de izquierdas o de derechas. Tiene más que ver con el ego superlativo que tienen algunos. El gran problema es que estas actitudes no sólo les impiden formarse una opinión más ajustada a la realidad, sino que lo peor viene cuando estos individuos, tan seguros de lo que piensan, tratan de imponer sus puntos de vista y actitudes a los demás, no sólo en una irrelevante discusión entre amigos, sino incluso a nivel de sociedad, de política o del sistema educativo que forma a nuestros hijos. Porque no se equivoquen, este post no trata sobre un debate de fin de semana, no, expone unas actitudes que van mucho más allá y que tienen importantes implicaciones socioeconómicas. Como estos individuos se creen en posesión de la verdad, se sienten con todo el derecho a imponer sus criterios a los demás, cuya opinión ni cuenta ni interesa lo más mínimo.
Para demostrarles lo real que es en ciertos individuos este presunto sentimiento de superioridad, les expondré otro ejemplo, que además deja patente que éste es un mal más extendido de lo que a priori cabría pensar. Hace algunos años se publicó en prensa el resultado de una encuesta sobre la publicidad. Las conclusiones a mí me parecieron muy divertidas, aunque tal vez deberían ser calificadas de preocupantes. Había dos preguntas clave, una era ¿Cree usted que la publicidad le influye a la gente?. La mayoría de los españolitos contestaban con un rotundo “Sí y mucho”. La segunda pregunta era ¿Le influye a usted la publicidad?. La gran mayoría de la gente contestaba que poco o muy poco. Aquí de nuevo pueden ustedes verlo: yo soy muy listo y mis opiniones son muy válidas, y los demás son muy tontos y sus opiniones diferentes no son dignas de consideración ya que sólo piensan así porque están influenciados.
¿Por qué me preocupo por estos temas?. Primero, como les decía, porque tengo un interés innato en conocer bien a la gente que me rodea y saber qué es lo que cada uno lleva en realidad por dentro, y segundo, porque me interesan la psicología y la socioeconomía, y ambas confluyen en el tema que estamos tratando. Este tipo de actitudes aparentemente banales, creo que han de tenerse muy en cuenta, porque mientras vivamos en un estado de derecho con reglas democráticas, sólo tenemos que resignarnos a ver la trasgresión del respeto a lo distinto en los dirigentes que tratan de imponer su visión de la sociedad y la economía a la mayoría, cuestión nada desdeñable de por sí. Pero el problema viene en sociedades autoritarias o sociedades con situaciones de ausencia de autoridad o desestructuradas, donde se impone la ley del más fuerte, y éste puede hacer y deshacer a su antojo, incluso sesgando vidas, además con el convencimiento pleno de que está en la verdad y haciendo lo que se debe hacer. Si no que se lo pregunten a nuestros abuelos, estuviesen en el bando que estuviesen.
Y estas actitudes ocurren a nivel social, en círculos de amigos, o a nivel general de la sociedad, pero ocurren indudablemente también a nivel de empresa, revirtiendo en un ambiente laboral enrarecido, en el que esta opresión de los «opinadores» profesionales, en especial de los que tratan de denostar toda opinión diferente a la propia, hace que muchas veces el que más tiene que aportar sea el que menos habla, entrándose en un circulo vicioso por el que los trabajadores no se enriquecen mutuamente para llegar a las soluciones u opiniones más adecuadas. Por ello, recuerden, elijan para sus equipos de trabajo personas seguras de si mismas y con opiniones bien asentadas, pero que al mismo tiempo aprecien el valor de una opinión distinta y, sobre todo, sepan retocar las opiniones propias cuando sea necesario, sin orgullo ni superioridad, porque este tipo de trabajadores son los que más cerca pueden estar de tener unas ideas lo más acertadas posible. Dejen correr la dialéctica por sus venas, pero siempre desde el respeto al que opina diferente, y teniendo en cuenta que no es un adversario al que derrocar (e incluso ridiculizar según el caso), sino alguien cuyos puntos de vista pueden enriquecerles y ayudarles a formarse una opinión más realista sobre cualquier tema. Creerse por defecto superior a los demás es un error tan de bulto, que el día que estos egos sobredimensionados tomen contacto con la realidad tendrán una dura caída. Al tiempo.
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El experimento Milgram o Espíritu crítico para cumplir órdenes en instituciones y empresas
El experimento Milgram consiste en una serie de experimentos de psicología social que fueron llevados a cabo en la década de los sesenta por Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale. Sus conclusiones son relevantes y siguen teniendo validez hoy en día, pero en el momento histórico en que fueron realizados, su importancia e impacto fue mucho mayor puesto que coincidieron en el tiempo con el juicio del nazi Adolf Eichmann. En aquella época, en todo el mundo, y especialmente en la Alemania de la post-guerra, se seguían preguntando de forma existencial cómo había podido llegar a ocurrir algo como lo que ocurrió en la Alemania nazi.
El experimento se basaba en que los sujetos objeto del estudio conductual recibían órdenes sobre cómo debían aplicar descargas eléctricas de voltaje creciente a un actor que simulaba dolores incrementales conforme aumentaba la intensidad. Los sujetos del experimento creían que las descargas y el dolor producido a los actores eran reales, y aunque muchos se quejaban cuando las descargas pasaban de los 135 voltios, tras órdenes precisas y autoritarias por parte de los directores del experimento de que debían continuar, la mayoría seguía aumentando y aumentando el voltaje a pesar de que los actores incluso gritaban de agonía y convulsionaban, no llegando ninguno a negarse a seguir participando en el experimento hasta los 300 voltios de descarga. La mayoría seguía adelante y algunos simplemente se limitaban a dejar claro que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. El 65% de los participantes llegaron a aplicar la descarga máxima de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo.
Las conclusiones de este experimento son cruciales no sólo para comprender la Historia de la Humanidad, sino también para entender cómo se articulan nuestras sociedades y estructuras vertebradoras de instituciones y empresas. Lo primero que debemos comprender es cómo cumplir órdenes, aunque sea en contra de la propia conciencia, libera en cierta manera al sujeto de la responsabilidad sobre lo que está haciendo, y este mecanismo psicológico, junto con la autoridad y el temor, pueden hacer que la mayoría de los individuos sean capaces de llegar a realizar cruentas acciones.
Según esta conclusión, y tomándola como premisa, podemos teorizar sobre la viabilidad de una estructura social piramidal y fuertemente jerarquizada en la cual todos los individuos, salvo el que se sitúa en la cúspide, reciben órdenes y las ejecutan, sin reparar en las consecuencias de sus acciones. El mero hecho de cumplir órdenes que vienen de una autoridad superior, hace que el sentido crítico personal se guarde para los adentros, y se ejecuten las acciones requeridas con más alivio del que sería deseable tan sólo porque “son órdenes”. De esta manera, con tan sólo que el individuo que esté en lo más alto no tenga conciencia o no haga caso de ella, o incluso teniendo en cuenta la impunidad y frialdad que le da la distancia del brazo ejecutor al estar en lo más alto de la cadena de mando, tenemos que toda la estructura por debajo es capaz de llevar a cabo acciones despiadadas. Aún es más, hay veces que incluso la máxima autoridad jerárquica se encomienda a su vez a una entidad de orden superior, perpetuando en toda la cadena de decisión el mecanismo de expiación de las culpas propias. Si sustituyen en los párrafos anteriores la palabra estructura por sociedad, y toman a un país como escenario, tienen una obra de teatro de desarrollo imprevisible pero final conocido. Ya se han dado estas condiciones muchas veces a lo largo de la Historia y, no lo duden, puede volver a ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento.
Pero pasemos a centrarnos en el aspecto de las realidades socioeconómicas de las que les suelo hablar. Antes hablábamos de sociedades y países, pero estas circunstancias y conclusiones son igualmente válidas para el caso de instituciones y empresas, puesto que, a otra escala, se tratan igualmente de jerarquías compuestas por seres humanos. La autoridad en estos casos viene de otros temores, como la posibilidad de ser despedidos, y los mecanismos de transmisión de órdenes y actitudes son equiparables. ¿Qué tenemos con ello?. Pues adivinen, así se justifican muchas actitudes que vemos en el día a día. Por ejemplo, si un compañero, incluso con hijos, va a ser despedido, aunque muchos lo saben, tras el silencio impuesto por los jefes, nadie avisa a la pobre alma de su fatal e inmediato futuro para que pueda empezar a buscarse las habichuelas en otro sitio lo antes posible. Otro ejemplo es el tan de moda hoy en día “Mobbing”, por el cual, cuando un jefe arrincona y hostiga a uno de sus subordinados, aunque no todos compartan su criterio y acciones, nadie o casi nadie es capaz de tender una mano al despreciado empleado, y aunque no tienen por qué necesariamente hostigarlo ellos también (algunos incluso se suman a ello), hay casos en que la mera omisión de ayuda es una crueldad en sí misma bastante frecuente. Les diré que para las personas que sufren de este mal empresarial, lo más difícil es conseguir testigos que declaren la obviedad, porque todo el resto de compañeros se someten en la práctica al silencio impuesto jerárquicamente, y nadie, aunque sea lo que les dicta su conciencia, es capaz de declarar a favor de la víctima. Muchas veces nadie es capaz ni siquiera de sonreírle al cruzarse con él por los pasillos de la empresa, lo cual le podría alegar el día. ¿No les parecen estos comportamientos también crueles e inhumanos?. Si extrapolamos estas actitudes a otros ámbitos y a otra escala, no duden en que veríamos acciones deleznables.
¿Cómo se puede evitar que esto ocurra?. O como se preguntaban los alemanes, ¿Cómo podemos evitar que esto vuelva a ocurrir?. Les remito a las conclusiones a las que llegaron las comisiones alemanas de la post-guerra. Sólo hay un camino necesario, pero tal vez no suficiente. El sentimiento crítico, que bien llevado a cabo debe empezar necesariamente por la capacidad de autocrítica. Esto es algo que debe formar parte de la educación impartida a nuestros hijos desde los colegios. Deben aprender a ser críticos de forma constructiva, consigo mismos y con su entorno. Y deben ser capaces de creer en sus valores suficientemente como para no aceptar órdenes que vayan en contra de su propia conciencia. Y, en todo caso, siempre va a haber individuos sin conciencia. Lo único de lo que se trata aquí es de cómo evitar que la mayoría les siga.
Obviamente, lo anterior es muy bonito, pero hasta cierto punto. Los órganos ejecutivos y de decisión de una sociedad o empresa no puede estar atomizados y totalmente descentralizados, eso implicaría el caos, pero estarán de acuerdo en que tampoco todo vale a la hora de cumplir órdenes de los superiores. También es cierto que hay situaciones excepcionales que requieren de estructuras que no cuestionen las órdenes, como sociedades de guerra, en las cuales el pavor ante una muerte casi segura haría entre otras cosas que no se luchase contra el enemigo en el frente. El problema en estos casos es que tampoco pueden plantearse las órdenes todos y cada uno de los individuos por los que éstas se transmiten hasta que se ejecutan. Hay ámbitos en que sin jerarquía es difícil la coordinación y la contundencia necesarias en ciertas acciones.
Como siempre, la sabiduría popular va por delante en muchos aspectos, y como resumen de este post les dejaré con una frase de nuestros abuelos: ”Se ofende antes a quien se quiere que a quien se teme”. Es triste pero muy frecuente, y sintetiza lo que he tratado de explicarles en este artículo, con el añadido de que si encima el que sufre es alguien a quien ni siquiera quiere, sólo queda el temor ante quien se teme. Y ante el miedo no hay capacidad crítica que, una vez debidamente atemorizada, pueda vencer los paralizados y agarrotados labios aunque sea para pronunciar una sola palabra de apoyo a favor de un compañero al que han llevado al borde de la depresión.
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