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Cómo poner límites a niños y adultos o Lo excitante de cruzar las líneas infranqueables

En este post me gustaría llamarles la atención sobre un aspecto de la educación infantil que además es aplicable también a la mayoría de los adultos. Es un aspecto en el que la capacidad de entrever el futuro adquiere más relevancia si cabe. Les estoy hablando del arte de poner límites a un niño.

Ya hemos comentado otras veces cómo educar a nuestros hijos es uno de los retos más difíciles a los que se puede enfrentar una persona. Es un reto porque para ello no basta sólo con tener psicología o inteligencia, sino que a veces son necesarias dotes de visionario e incluso adivinador. Esto lo digo porque educar a un niño supone una sutil mezcla de aprender del pasado con lo ocurrido con generaciones anteriores, aprender del presente conociendo cómo son nuestros hijos en concreto y qué es necesario para cada caso particular, y entrever lo que ha de venir para poder adelantarnos a lo que nuestros hijos e hijas se enfrentarán en el futuro según el mundo que les toque vivir y según los eduquemos de una u otra manera.

Límites siempre va a haber en nuestras vidas, bien sea por limitaciones propias, bien sea por limitaciones impuestas desde fuera, o bien por limitaciones existentes en nuestro mundo. Pero es por una mezcla de curiosidad, y de encontrarlo en cierta medida excitante, por lo que los niños, y también los adultos, tantean los límites cada cierto tiempo para comprobar que siguen siendo efectivamente límites, no sin negar que a algunos les resulta muy tentador aventurarse a ver qué hay más allá de la línea infranqueable.

Es por ello por lo que los padres y las personas en general, al educar a nuestros hijos, debemos marcarles los límites con suficiente tiento como para saber que el niño siempre va a ir un paso más allá, y es nuestra capacidad de cálculo la que ha de permitirnos saber que, si no queremos bajo ningún concepto que el niño llegue a hacer ciertas cosas, que hay que ponerle el límite un poco antes, de tal manera que el límite más el inevitable rebasamiento del mismo no vayan más allá de nuestro objetivo real. Difícil, ¿no?.

Pero la cosa no queda ahí, con el paso de los años tenemos que hay cosas que por ejemplo inicialmente eran toleradas en la sociedad, y que ahora pueden pasar a ser motivo de marginación, aislamiento o incluso cosas peores. Con ello tenemos que la peligrosidad de los límites varía con el tiempo por muchos motivos, por lo cual no vale sólo con tener tiento para marcar los límites contando con la osadía innata en muchas personas, sino que además hay que contar con lo que el futuro nos va a deparar, o más bien, con lo que el futuro va a deparar a nuestros hijos. Ahí es nada.

Y algunos me dirán, ¿Límites para qué?. Conozco personas que educan a sus hijos sin castigarles, tratando de no ejercer sobre ellos autoridad. Mostrando ante nada mi respeto ante cualquier forma de educación bienintencionada por parte de cualquier padre, puesto que en personas normales un padre siempre procura lo que entiende es mejor para su hijo, siento tener que decirles que considero que los niños han de aprender a respetar siempre a una autoridad. Y algunos insistirán en preguntar ¿Por qué?. No voy a entrar en juicios de valor ni en razonamientos subjetivos, simplemente me voy a limitar a la práctica. Se puede afirmar que a lo largo de la Historia, las sociedades humanas han estado mayormente jerarquizadas durante la práctica totalidad del tiempo. Por muy autónomos que se crean ustedes, por mucho que piensen que su opinión es tan válida como la de sus dirigentes, por mucho que crean que tienen sentido común y raciocinio como para gobernar al 100% sus propias vidas, en la práctica casi siempre hay una entidad superior que se impone sobre ustedes. Por ello es por lo que les digo que el punto de vista práctico es que deben enseñar a sus hijos a respetar una autoridad que casi siempre ha estado ahí. Y no duden que, naturaleza humana mediante, esa autoridad va a ejercer como tal y hacer valer su poder sobre sus hijos, y les va a poner unos límites. Límites que si sus hijos franquean les traerán problemas. Y no les digo si será justo o injusto. Sólo les digo que el resultado será que les traerán problemas.

No se confundan, los límites de los que les hablo no son cortapisas, sino que suponen básicamente mantenerse dentro de la legalidad vigente y de los patrones socialmente aceptados. No les estoy hablando de poner a los niños más limitaciones de las estrictamente necesarias. Nunca hay que coartar la imaginación de sus hijos. Nunca hay que poner límites a su creatividad. Nunca hay que recortar sus aspiraciones más nobles. Nunca. En su aspecto positivo, esa afición por franquear los límites ha llevado a la humanidad a conquistar nuevas cotas. De lo que les hablo de poner coto a las amenazas, no de recortar las fortalezas.

Estarán de acuerdo en que los adultos, en realidad, no somos muchas veces más que niños grandes. Los adultos y los niños no somos tan diferentes, de hecho los unos son la proyección y el resultado de los otros. Muchas de las actitudes infantiles podemos observarlas también en los adultos con más o menos variaciones y evoluciones. En nuestras empresas, en nuestra sociedad, en nuestras familias… los adultos también se enfrentan a ciertos límites. Y es común que, al igual que los niños, los adultos tanteen de vez en cuando estos límites e incluso los franqueen.

Me despediré de ustedes con una frase de Konrad Adenauer: “Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería”. Es precisamente a poner límites a la tontería lo que debemos enseñar a nuestros hijos porque, por muy listos que sean en ciertos aspectos, habrá otros en los que no lo sean tanto, y es en estos últimos donde más necesitan nuestra ayuda.

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Por qué la imaginación contribuye a lanzarnos al éxito o El que vive pasionalmente vive dos veces

Es un hecho que las personas que proyectan con su imaginación los éxitos futuros consiguen afrontar la vida desde otra perspectiva y, lo que es también importante, proyectan una imagen de sí mismos en su entorno que ya de por sí contribuye notablemente a sus posibilidades de éxito.

Ha habido en mi vida dos situaciones recientes que me han llevado a plantearme las cuestiones sobre las que reflexiono con ustedes en este post. La primera ha sido mi reciente participación en los premios Bitácoras. La segunda es haber tenido la ocasión de seguir de cerca la participación de una amiga en un evento de primer nivel. En ninguno de los casos se materializó el éxito, o perdón, debería decir mejor que no se materializó el éxito en su máximo esplendor. Salvando las distancias entre mi modesta participación en los premios Bitácoras, y el mediático torbellino que envolvió a nuestra amiga, el paralelismo de las situaciones, vivencias y pasiones vividas en ambos casos, me han llevado a pensar que tal vez merezca la pena intentar llegar a alguna conclusión interesante.

Para empezar, ¿Qué es lo que hace que un mes antes pudiésemos ser tan felices pudiendo prescindir de conseguir una meta que parecía más una aventura que un objetivo, y que ahora parece de lo más importante en nuestra vida?. ¿Qué es lo que hace que pasemos de la mera indiferencia, o tal vez ligera curiosidad, a tener auténtica ilusión por conseguir el éxito?. La respuesta pasa por cómo conforme pasan los días vamos visualizando el éxito y cómo lo interiorizamos, y en ello estarán de acuerdo en que juega un importante papel la imaginación.

El que algo imposible se vea de repente como algo alcanzable, hace que pasemos de tener una mera fantasía a imaginar una situación que se vuelve posible. Ese cambio cualitativo es muy importante para nuestra psicología, porque cuando se tiene imaginación y mucha ilusión por algo, uno se va visualizando en la situación de éxito, en cómo cambiaría su vida, en qué supondría alcanzar la meta deseada, en la ilusión que nos haría que lo posible se volviese cierto. Esa capacidad de imaginar hace que vayamos interiorizando el futuro posible como futuro probable, y un buen día amanecemos con la curiosidad transformada en ilusión, que posteriormente adquiere un matiz de importancia en nuestra vida.

Estoy de acuerdo en que la imaginación es un arma de doble filo. Es cierto que hay personas pesimistas que simplemente imaginan el futuro pero desde un prisma de negatividad. No es el caso que nos interesa, ni creo que sea el más frecuente. De hecho pienso que la naturaleza humana tiende a ser más bien optimista por naturaleza.

El gran problema de imaginarse e interiorizar el éxito es que luego puede venir el chasco, y si lo posible se percibía como probable dicho chasco es mucho mayor y puede incluso afectarnos personalmente. Es por ello por lo que algunas personas con imaginación y optimistas se protegen queriendo conscientemente “no hacerse ilusiones”. También es cierto que muchas veces disfrazamos nuestra ilusión interior de indiferencia exterior para capear mejor en nuestros círculos sociales el posible fracaso posterior. Es más fácil superar una situación de fracaso ante uno mismo que superarlo ante otros.

Tras estar entre los quince primeros blogs de los premios Bitácoras de mi categoría, este blog ha descendido sensiblemente en las últimas clasificaciones. Ya no hay posibilidades para un blog modesto como éste. Pero afortunadamente la vida me ha enseñado a saber centrarme mayormente en los aspectos positivos más que en los negativos. El haber estado dos semanas entre los quince primeros blogs de los más reputados premios de la blogosfera a nivel global en castellano, es un logro que cuando abrí el blog nunca habría podido imaginar. Obviamente, haber conseguido el premio habría sido un auténtico éxito, pero medio éxito es un éxito completo si no lo comparamos con lo que podría haber sido y no fue. Una de las claves de la felicidad está en ponerse las gafas de color rosa y, aún es más, el poso que este tipo de vivencias va dejando en nuestra personalidad y cómo nos hace evolucionar a mejor es sin duda otro motivo de éxito a tener en cuenta.

Como colofón final simplemente decirles que, como les decía al principio, el que vive imaginando el éxito tiene una actitud positiva y proyecta ante los demás una forma de ser que ya de por sí le permite tener más posibilidades de triunfar en las metas que se proponga. En todo caso, las personas que interiorizan e imaginan los éxitos personales que se marcan, son personas que viven la vida de forma mucho más pasional, pasan sus días multiplicando sus vivencias sean reales o imaginarias, experimentando más emociones, se sienten más vivos… El que vive pasionalmente vive su vida dos veces y, dada nuestra ineludible condición de seres mortales, ¿Acaso sólo esto no es ya suficiente recompensa?.

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Por qué a veces a los ricos también lloran y no se les reconoce nada o Cómo el deporte nacional roza a veces lo inhumano

Éste no pretende ser un post clasista. Tampoco pretende justificar algunas actitudes injustificables de algunas personas, sean ricas o no. De verdad, no pretendo nada más que contarles un caso concreto que me cae muy cerca y reflexionar sobre ello, porque el tema es más general de lo que parece y tiene mucha, pero que mucha miga.

Unos amigos tenían un negocio familiar que con el paso de las décadas fue a más. Acabó siendo una Pyme con varias tiendas y una buena imagen de marca. Antes de que la crisis arrasase España, decidieron vender su empresa, y obtuvieron por ello una buena cantidad de dinero. Por otro lado, he de decirles que se trata de una gente excepcional. Son educados, nada prepotentes, ni rastro de ningún sentimiento de superioridad, tratan a todos como iguales, siguen haciendo su vida sin cambiar sus costumbres desde hace cuarenta años, no les gusta alardear, ni son gastadores en absoluto. A buen seguro que tienen sus cosas malas como todos las tenemos, pero es del tipo de gente que yo catalogo como que merece la pena.

A sus hijos y nietos les han enseñado la misma educación que ellos tienen, y los niños están acostumbrados a que todas las tardes de verano, tras la piscina, sus padres abren la puerta de su garaje (que da al jardín de su urbanización) y ellos tienen que compartir sus juguetes con todos los niños. Lo que ocurrió una de las tardes del pasado verano realmente me sorprendió. Después de estar jugando todos los niños con los juguetes de los hijos de estos amigos, los padres dijeron que era tarde y que había que recoger. Entonces el hijo mayor le dijo a otro niño que si le ayudaba a recoger sus juguetes, con los que ambos habían estado jugando juntos. El niño le hizo la burla y le espetó: “No, porque vosotros estáis forrados”, y se fue a su apartamento. Piensen en ello detenidamente, que el tema trae cola. No les digo esto precisamente por la actitud del niño en concreto (se trata de niños que ni tan siquiera son adolescentes y a los que no se les puede culpar), sino por lo que oyen en su casa y por lo que sus padres les enseñan desde su más tierna infancia.

El problema ya no es este hecho concreto que les estoy relatando. El problema es que esta familia tropieza con este tipo de actitudes bastantes veces; no es un hecho puntual. Permítanme insistir en que no estoy defendiendo ni a ricos ni atacando a las personas con capacidad económica más limitada. Simplemente les estoy contando el caso concreto de una familia que, en mi humilde opinión, recibe un trato injusto, y que es algo más habitual de lo que a priori cabría esperar.

Inevitablemente estas actitudes me han recordado a algunos comentarios que criticaba @dlacalle tras la muerte de Rosalía Mera. Sin saber sobre esta mujer más que lo públicamente conocido, parece ser que fue una persona que se preocupó bastante por los más desfavorecidos. A su muerte llegué a leer tuits fuera de lugar que decían que ya ves como el dinero no lo da todo, y que ahora vendrá otro y ocupará su lugar. Con la difunta aún caliente, no era momento de hacer este tipo de comentarios, y tengan en cuenta que ni siquiera entro a juzgar su contenido, sino el por qué alguien dice algo así en esos momentos.

Y no se confundan, como decía mi abuelo, hay de todo en todos lados, y también hay muchos ricos despreciables, pero este post no va de ese tema, ni tan siquiera va de qué tanto por ciento de los ricos son personas censurables. Yo soy el primero al que verán criticar a personas, ricas o no, que sean inhumanas, que se crean superiores, que no sean empáticas, que no traten de ayudar a los que les rodean, etc. Pero también tengo muy claro que hay gente que está deseando que los que tienen dinero cometan algún error para poder criticarles con agresividad, y si no los cometen y no les pueden criticar abiertamente, como en el caso de nuestros amigos, pues o bien se lo inventan, o bien les odian en silencio por el mero hecho de tener más dinero que ellos, sin necesitar más justificación.

Pensando un poco más allá, se darán ustedes cuenta de que la conclusión final debe ser que, independientemente de que tengan ustedes dinero o no, si les ven felices, a sus hijos puede que les digan también que no les ayudan a recoger los juguetes que han compartido. Y digo “independientemente del dinero que tengan” porque algunos se confunden y les parece que persiguen la felicidad que creen ver tras la riqueza, pero en realidad la envidia no entiende de ceros en la cuenta corriente, sino de las muescas que los momentos que nos hacen felices van labrando en nuestros corazones. A nuestros amigos, los que les envidian les envidian porque creen que con ese dinero ellos serían felices. La gente busca la felicidad, y el error es creer que el único camino a la felicidad pasa por ser ricos, cuando en realidad la riqueza sólo es (a veces) un ingrediente más de una receta que es totalmente diferente para cada persona: lo que le hace feliz a su vecino no tiene por qué hacerle feliz a usted. Como ya les he dicho en alguna otra ocasión, traten de ser todo lo felices que puedan, pero procuren que no se les note demasiado. Si no, lo mínimo que les puede pasar es que sus hijos tengan que recoger ellos solos muchos, pero que muchos juguetes.

Y no olviden que estos hechos que les relato son tan sólo la punta del iceberg. En tiempos de tranquilidad, el límite suele ser que te suelten alguna delatadora fresca como la que le soltaron al hijo de nuestros amigos. Pero en tiempos revueltos, no duden en que veríamos como hay algún individuo resentido que pretende hacer pagar muy caro a los demás los odios propios que lleva reprimiendo durante años.

Napoleón decía: “La envidia es una declaración de inferioridad”. A lo que yo añadiría que además es algo propio de gente de mal perder. Admito que la gente envidiosa es más digna de compasión que de otra cosa, pero también es cierto que, en algunos casos, en muy difícil llegar a sentir compasión por estos individuos, porque los hay que, en su injustificado afán vengativo, tratan de hacer todo el daño que les es posible. Sin más. Recuerden que al lobo siempre se le ve el rabo por algún lado, y que en este caso el rabo es de un delatador color verde intenso.

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El deslumbramiento por ignorancia en el mundo laboral o El fatuo reflejo de las falsas apariencias

Observo desde hace unos años cómo el ansia de progresión profesional rápida se acrecienta en la gente joven con cada nueva generación. Mis percepciones personales se vieron confirmadas con la lectura de la siguiente noticia que retuiteó el amigo @danielcunado “Most Millennials Would Throw Work Friends Under the Bus for a Promotion”. Es de destacar cómo en una encuesta realizada por LinkedIn a más de 11.500 personas en todo el mundo, un 68% de los Millennials (en el estudio la generación nacida a principios/mediados de los 90) afirmaron que sacrificarían una amistad en el trabajo si ello supusiese conseguir un ascenso, mientras que en el caso de los Baby Boomers (nacidos en las décadas de los 50 y los 60) ese porcentaje se invierte y un 62% contestó que ni siquiera se lo plantearía.

Aparte de hacerles notar que ese ansia por progresar profesionalmente que ya les comenté en el post «El ansiado y fatuo éxito profesional en España o Cómo la mayoría intenta ocultar sus errores» no hace sino acrecentarse con el paso de las generaciones, craso error que ya estamos pagando como sociedad, en lo que me gustaría detenerme ahora mismo es en un curioso aspecto de la interacción en el ambiente laboral entre esas generaciones senior y junior. Es lógico que las generaciones más jóvenes tengan conocimientos técnicos más actualizados y detallados que sus mayores, dado que son una hornada recién salida de la Universidad. Es lógico que algunas personas, por muy jóvenes que sean, destaquen en ciertas cualidades que deben serles reconocidas en el mundo laboral. Es lógico que una persona joven, que siente que tiene mucho por demostrar, intente hacerse un hueco en la empresa y trate de transmitir conocimientos y dar una buena imagen profesional. Pero lo que no es lógico es lo que les expondré en los próximos párrafos.

Ya van varias ocasiones en las que algunos senior de mi entorno me vienen alabando y poniendo de crack a ciertas personas junior por cualidades que, si bien para ellos son algo muy destacable, para mí forman parte de una base esencial sin la que no tiene sentido contratar ciertos perfiles profesionales. Porque se hagan una idea, algunas de las cosas que me han llegado a comentar estos senior es que tal o cual persona es capaz de hacer una presentación en PowerPoint haciendo un resumen somero de las ventajas e inconvenientes de un proyecto. Sin entrar a valorar la valía en mayor o menor medida de estos perfiles junior (algunos son cracks y otros no), me gustaría hacerles reflexionar sobre dos puntos: uno se centra en las actitudes de los junior, y otro en las de los senior: aquí hay para todos.

El primer punto, el que afecta a los junior, se basa en que ese ansia por progresar profesionalmente de forma meteórica, les lleva a tratar de aparentar por todos los medios gran valía y conocimientos, sin importarles si eso se corresponde con su realidad interior en mayor o menor medida. Es un punto bastante frecuente en los junior esa tendencia a mostrar unas apariencias que superan con creces las cualidades reales. Mi única duda es si ellos tienen un ego sobredimensionado y están plenamente convencidos de su gran valía y su superioridad frente al resto, o si se trata de un comportamiento mezquino por el que son conscientes de que otras personas les superan, pero todo vale en la carrera por llegar al podio.

El segundo punto es sobre cómo interactúan los senior con estas actitudes. Por desgracia, es común ver seniors que, vista su falta manifiesta de conocimientos al no haberse esforzado por mantenerse actualizados en el mercado laboral, creen ver en este tipo de juniors un conocimiento que muchas veces no es más que palabrería adornada con guirnaldas, pero que, ante la ignorancia propia en ciertos temas por parte de la audiencia más madura, esas pretenciosas monsergas parecen ser el Santo Grial de la evolución tecnológica y la estrategia empresarial. Se lo digo con conocimiento de causa, porque siendo aficionado a rascar como soy yo, he detectado frecuentemente casos en los que bajo la capa exterior de barniz hay tan sólo una oxidada capa de pintura que no da más que para la palabrería hueca que profieren en su día a día.

Supongo que se estarán ustedes preguntando qué hago yo inmiscuyéndome en este tipo de asuntos, pero siendo uno de naturaleza modesta, me llama poderosamente la atención cómo en el mundo laboral de hoy en día priman las apariencias, dejando de lado muchas veces al que menos aparenta, viendo cómo cosas básicas son expuestas como importantes estrategias, y lo que es peor, percibidas como tales por unos seniors cuya madurez debería servir para valorar adecuadamente el conocimiento técnico, y saber ver venir a algunos tipos de junior que quieren correr más que sus propias piernas.

Me despido de ustedes hoy recordándoles  que es deber de todo profesional serio y responsable rascar un poquito en las personas de su entorno, en lo profesional pero también en lo personal, más que nada para evitar futuras sorpresas y por poner mentalmente a cada cual en su sitio. Como decía Nicolás de Maquiavelo “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Y hay algunos que aparentan multiplicando por 0,5, y otros que multiplican por 10. Elijan ustedes mismos el factor de corrección que deberían aplicar a cada caso para tener una percepción realista de su entorno.

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El suicidio como conclusion vital o La competición llevada al extremo

Fuerza de voluntad, esa excelente cualidad a la que personalmente le debemos tantas cosas en esta vida, pero que llevada al extremo puede suponer una amenazadora desventaja de graves consecuencias. En esta ocasión mi reflexión tiene el origen en una impactante noticia que apareció en la prensa hace unos meses: un nonagenario corredor de maratones belga se acogió a la eutanasia porque, debido a un cáncer, no iba a poder (al menos temporalmente) seguir compitiendo.

Hay personas que tienen una voluntad de hierro. Cuando tienen una motivación, no hay quien les pare. A veces esa motivación es la propia competitividad. Saben que no tengo nada en contra de las personas competitivas, pero siempre les insisto en que lo más sano es competir contra uno mismo, esforzarse por conseguir una superación personal, más que por superar a los demás. Esto no es óbice para que reconozca que, aunque competir con los demás pueda ser considerado en ciertos casos una actitud pueril y mal enfocada, sea la causa última de numerosos logros y éxitos a lo largo de la historia de la humanidad.

Por otro lado, tener un objetivo, sea cual fuere su naturaleza, tiende a ofuscar la mente. Querer alcanzar una meta hace que muchas veces nos concentremos en conseguirla sin escatimar esfuerzos, ni reparar en otros posibles objetivos que dejamos de lado. Esta ofuscación puede ser mayor o menor dependiendo de la persona, la motivación y la meta en sí. Pero en todo caso, estarán de acuerdo en que el caso del corredor belga lleva esta ofuscación al extremo.

Me gustaría aclararles que, según pueden leer hacia el final de la noticia, el cáncer que sufría este nonagenario no tenía por qué impedirle correr para el resto de su vida. Pero la mera incertidumbre, unida a la certeza de la incapacidad para hacerlo al menos temporalmente y de estar ingresado en un hospital, le llevaron a tomar esta drástica decisión. El hecho de que este corredor no fuese un enfermo terminal, perfil habitual de paciente que suele acogerse a la ley de la eutanasia belga, ha sido lo que más polémica ha generado en el país. Estarán ustedes de acuerdo en que el futuro es impredecible por su propia naturaleza, así como también lo son los cambios que produce en nosotros. Por ello creo que unas cuestiones interesantes a plantearse en este tema podrían ser: ¿Quién le habría podido asegurar a nuestro corredor belga que pasados unos años no iba a ser feliz corriendo de nuevo maratones?, ¿Quién le habría podido asegurar que no iba a encontrar otras motivaciones en la vida que le iban a hacer igual o más feliz que correr?. Y en caso de que no fuera así, ¿No habría estado siempre a tiempo de acogerse a la eutanasia una vez que al menos tuviese la certeza de su futura infelicidad?.

Es ésta una reflexión muy personal en la cual sólo me atrevo a formularles las preguntas anteriores. Las respuestas las aportan ustedes mismos, y a buen seguro serán distintas en cada caso. Ojalá no sea nunca así, pero si se ven en la tesitura, me gustaría insistirles en que tengan en cuenta que lo único que en esta vida no tiene marcha atrás es la muerte, y que, en todo caso, siempre están a tiempo de terminar con su propia vida, sea cual fuere el motivo: es algo que pueden hacer en cualquier momento. Este post no pretende convencerles de nada, simplemente pretende que una reflexión tan drástica la hagan de forma profundamente meditada, asumiendo todas las consecuencias y… asumiendo también los posibles riesgos o incertidumbres. El suicidio, al contrario que el nacimiento, siempre es voluntario. Les guste o no, si en algún momento tienen que tomar la decisión, por mucha gente que les acompañe físicamente, estarán ustedes mentalmente solos ante la disyuntiva.

En los países nórdicos hay unas altas tasas de suicidio, habitualmente achacadas desde otros países a la falta de luz en invierno. Lo cierto es que a los nórdicos les gusta decir que ellos leen muchos libros y acaban llegando a la conclusión de que esta vida no merece la pena. No sé si este extremo es cierto o no, pero lo que sí sé es que, por el bien de sus hijos, lo mejor es no pensarlo y buscar en la mirada de su pequeño ese sentimiento que nos hace olvidar todo lo malo y seguir adelante. Es ley de vida, o más bien de muerte, porque podríamos decir que el suicidio al estilo del nonagenario belga no es una conclusión como dicen los nórdicos, sino el resultado de haber elegido mal el color de las gafas con las que vamos por la vida.

Me despediré dejándoles con aquella frase de Camilo José Cela en la que le preguntaban por la muerte. El nobel afirmaba que morir era una vulgaridad, porque todo el mundo lo hacía. El suicidio es sólo adelantar este momento vulgar sin saber si el metraje de la película que hemos decidido cortar nos habría ayudado a transformar la vulgaridad del momento de la despedida en algo digno de recordar para la posteridad. Y tengan en cuenta que, más importante que tener una motivación en la vida, es tener una motivación adecuada, y a poder ser, tener varias posibles. De esta manera, si una nos falla, tenemos otras a las que agarrarnos. Mal que les pese a algunos, lo contrario nos hace dependientes… hasta el punto de que en ello nos vaya incluso la propia vida. En última instancia la vida se trata de ser felices cuanto más tiempo mejor y, a poder ser, con las motivaciones adecuadas.

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iPhone vs Android o La reticencia a reconocer que hay una opción mejor

Hace tiempo que he detectado que a muchos usuarios de iPhone no les agrada demasiado que se empiece hablar de las maravillas de Android. A buen seguro que si hablase de las maravillas de iOS ocurriría tres cuartos de lo mismo con muchos usuarios de Android. Suele ser políticamente incorrecto hablar con pasión de tu opción tecnológica de Smartphone, puesto que es frecuente que haya susceptibilidades que se sientan heridas, ya que están plenamente convencidas de que su opción es la mejor y con diferencia.

Últimamente he observado la misma actitud con las aplicaciones. Yo no soy una persona que se instale la primera aplicación que se encuentra; trato de probar las distintas opciones, indagar, leer posts con comparativas, etc. Por ello a veces ha habido aplicaciones que ya he desechado por ciertos motivos, optando por otra opción similar. Cuando veo a algún amigo que usa una aplicación, a veces surge el tema de la aplicación que usa en concreto, y cuando expongo mi punto de vista y por qué opté por otra opción, a veces noto cierta resistencia al cambio que no acabo de ver del todo justificada ni coherentemente razonada. O las desventajas de la aplicación que ya tiene son demasiado evidentes, o si no la suele defender sin muchas reservas. Obviamente cada cual puede usar la aplicación que le apetezca sin tener que dar ninguna explicación al respecto, pero me llama poderosamente la atención la cerrazón de algunos ante una opción que puede ser mejor y facilitarte más la vida.

¿Por qué se da esta situación habitualmente en nuestro entorno?. En algunos casos puede ocurrir que exista cierta pereza tecnológica por empezar a usar otra aplicación con otro interfaz, y con la que “hay que hacerse”, pero creo que no acaba de ser una justificación al 100% salvo en caso de personas mayores u otros casos con poca capacidad de adaptación tecnológica. Además, las aplicaciones de hoy en día suelen caracterizarse por su facilidad de uso, y por tener un interfaz por lo general bastante intuitivo. ¿Cuál es entonces el origen de esta resistencia al cambio?. No les voy a contestar todavía, les daré alguna pista más. ¿Acaso esas mismas personas que se muestran reticentes a siquiera evaluar una aplicación distinta a la propia no adoptan radicalmente otra actitud cuando esa nueva aplicación la han descubierto por sí mismos en Google Play o en la Appstore?. Por lo que yo he podido observar en mi entorno, si el descubrimiento parte de ellos, la actitud es radicalmente diferente, y pasan de la resistencia ante lo que les propone otro, a la defensa y el proselitismo de la nueva aplicación que acaban de descubrir. Se puede decir que hasta están emocionados por el uso que pueden hacer de la nueva aplicación, vamos, como un niño con Smartphone nuevo.

Visto lo anterior, mucho me temo que la resistencia de la que hablábamos se debe pues a una cierta dosis de orgullo, un “lo mío es lo mejor”, un “lo he descubierto yo primero”, una cierta sensación de inferioridad porque tenga que venir otra persona a descubrirle algo nuevo sobrentendiéndose que vivía en la ignorancia… Vamos, actitudes poco positivas que no hacen sino poner freno a un progreso tecnológico que debería centrarse en reconocer la mejor opción en el mercado y darle un market share acorde a ello. No les digo que esto no acabe ocurriendo de una manera u otra, pero es un proceso mucho más lento de lo que debería ser, y que ocurre cuando las cosas se caen por su propio peso y cuando las desventajas de mantenerse anclado a opciones peores implica tantos inconvenientes que es mejor tragarse el orgullo y optar por aceptar aquella sugerencia que nos hizo un amigo hace meses, normalmente sin reconocerlo explícitamente.

Pero hay algo de información útil para emprendedores que podemos sacar de todo esto. El emprendedor que consigue colar su aplicación en nuestros smartphones, tiene ya hecha una parte importante del camino a la popularización. Aunque su aplicación no sea la mejor desde el principio, si cumple unos mínimos de calidad, novedad y funcionalidad, ya tiene un punto importante ganado, puesto que va a encontrar cierta dosis de fidelidad per se. La gente concede cierto margen de tolerancia a una aplicación que han descubierto ellos mismos y que se acaban de descargar (al menos si es gratis y no están pendientes del plazo de devolución del importe en Google Play o la Appstore). Esto obviamente no implica que el tiempo no acabe poniendo las cosas en su sitio, y si no los emprendedores no se esfuerzan por poner su aplicación a la cabeza en cuanto a funcionalidad y servicio, acabarán viendo cómo sus usuarios optan por una aplicación mejor de uno de sus competidores.

Y lo importante es que estamos hablando sólo de iPhones y Androids o de Apps, pero estas actitudes son generalizables al conjunto del comportamiento del día a día de algunos. De todas formas, todos podemos ser así en cierta medida dependiendo del contexto, por lo que tenemos que esforzarnos por mantener una mentalidad abierta al cambio y auto-concedernos la libertad de poder elegir libremente la mejor opción sin ataduras irracionales. Lo contrario es una rémora para el progreso, tanto tecnológico como social e intelectual. Además de tener clara la meta a alcanzar, también es importante la predisposición a caminar.

Me despido de ustedes con una cita: decía Joubert que los que no se retractan nunca se aman más a sí mismos que a la verdad. Y los hay que no se retractan ni tan siquiera por el egoísmo de poder empezar a utilizar una aplicación sugerida por un amigo, aunque les pueda cambiar la vida a mejor. En este tipo de personas, estarán ustedes de acuerdo en que esto es sólo la punta del iceberg.

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Por qué los adolescentes confían en desconocidos más que en sus padres o El inicio de los flirteos con el mundo de las drogas

El comportamiento humano no deja de fascinarme. En esta ocasión me detendré a reflexionar con ustedes sobre un tema que me pregunto desde hace tiempo: ¿Por qué los adolescentes son capaces de confiar en alguien desconocido y poco recomendable frente a confiar en lo que les dicen sus propios padres?.

La cuestión no es baladí, puesto que es la principal puerta de entrada de los hijos que toman a edades tan tempranas la equivocada decisión de iniciarse en el mundo de las drogas. Como en todo, hay tantas posibilidades que explican este comportamiento como adolescentes que han dado ese paso, pero creo que podemos agruparlas según patrones más generales, y de paso tal vez sacar alguna conclusión útil al respecto.

Para empezar yo distinguiría tres subgrupos principales. El primero englobaría actitudes que implican que el adolescente en cuestión tiene poca seguridad en sí mismo. Tal vez éste sea el principal enfoque que dan muchos padres que descubren con horror las costumbres de sus hijos. No se les puede recriminar este enfoque, porque todos hemos sido adolescentes y sabemos que es una edad plagada de desafíos, y en la que también se busca normalmente un patrón de comportamiento e identidad, cuya indefinición natural a esa edad provoca en el individuo a menudo una falta de seguridad en sí mismo. Todo ello facilita que el adolescente sea susceptible de caer en las redes de algún traficante. A veces esa inseguridad viene acrecentada por la actitud de ciertos padres, hiper-exigentes con sus hijos, a los que les trasladan sus propias ansias mal concebidas y contra las que a menudo los hijos acaban rebelándose. Pero no focalicen sólo el peligro en la figura extraña y ajena al grupo de los amigos de sus hijos. El peligro principal no viene por ahí, en él sólo cae la punta del iceberg del grupo. El peligro principal viene cuando la costumbre de consumir drogas se extiende en el grupo. Ése es el momento que puede hacer caer a la mayoría de los adolescentes de la pandilla en este mundo. Los que eran reticentes a consumir estupefacientes en un principio, pueden cambiar de parecer cuando son retados a probarlos, cuando se les exhorta que no se atreven, cuando les aseguran que no pasa nada y que todo son historias de los padres que no saben de esto, cuando consumir o no consumir es algo que implica compartir o no compartir experiencias, integrarse o no en el grupo como miembro de pleno derecho… Sentirse aceptados por la figura de los amigos o del propio camello, según el caso, les puede reforzar su incipiente y frágil personalidad.

El segundo subgrupo creo que implica un enfoque no tan habitual como el anterior. Los padres no suelen caer en la cuenta de que a veces hay otras actitudes y pautas de comportamiento que pueden empujar a nuestros hijos a este mundo. Es este subgrupo el de los individuos que han sido educados en la dicotomía que retratábamos en el post “La dicotomía entre los buenos y los malos o Lo educativo de las series infantiles”. Pero, ¿Por qué la dicotomía entre los buenos y los malos les empuja a consumir estupefacientes?. Los padres a menudo les educan distinguiendo entre los malos traficantes, y los buenos papás, obviando la escala de grises que dejábamos patente en el post del link anterior. No se confundan, ser traficante e iniciar a adolescentes en este mundo es deleznable, y considero que es de las actitudes personales tan negativas que no pueden ser compensadas por otros aspectos positivos de estos individuos, pero recuerden que esas personas pueden mostrarse amigables, ser amables, hacer favores, demostrar fidelidad… una serie de actitudes positivas que confunden al adolescente. El adolescente descubre en esa figura, temida terriblemente en su infancia por las advertencias de sus padres, cosas que él considera que son buenas, y el miedo que le tenía, va poco a poco transformándose en aceptación al ver que también tiene aspectos positivos. El ser humano es capaz de auto-convencerse de casi cualquier cosa, y los adolescentes no son una excepción. En una falsa intentona por superar ese miedo infantil ante la figura del traficante, algunos pasan a considerarlo parte de su círculo personal. Sí, a los adolescentes no les gusta sentirse inseguros, y si la inseguridad no se la pueden quitar de encima por ser propia de su edad, un atajo mental más rápido es dejar de satanizar a esa figura tan peligrosa que les retrataban sus padres. No voy a entrar en los diferentes caminos mentales para tomar este atajo, no vienen al caso y pueden ser tan variados como les decía antes: los padres no entienden de drogas, las drogas de ahora no son como las de antes, el camello es de fiar y él entiende mucho de esto, etc. etc.

No se puede culpar a los padres por educar a sus hijos en la dicotomía en este caso, pero hay que advertirles para que traten de evitarlo. Sin duda lo hacen porque, conocedores en la madurez de sus terribles consecuencias, les da tanto pavor que sus hijos flirteen con los estupefacientes, que caen en la tentadora simplificación de satanizar de forma automática todos sus aspectos. Esto, siendo cierto, es contraproducente. Si bien el niño asume sin reservas como cierto lo que le enseñan sus padres, cuando se vuelve adolescente descubre una escala de grises que le deslumbra. Es ése el punto de inflexión peligroso, al descubrir que las cosas no son exactamente como se las han contado sus padres, que hay amigos suyos que “toman” y son normales, que el camello del barrio es un amigo, etc. Esa trasgresión del esquema mental que tenían hasta ahora hace que estén más abiertos todavía a otros cambios de parecer radicales sobre el tema, que exceden peligrosamente la escala de grises que se les debería haber explicado desde el principio. Del negro acaban pasando al blanco.

Por último hay un tercer subgrupo que merece ser mencionado. Es el de los osados. Hay adolescentes muy seguros de sí mismos, que son conscientes de que los traficantes son un grupo de personas particular dentro de la fauna social que nos rodea, que son perfectamente conscientes de los peligros que asumen… pero son osados, atrevidos, y están demasiado abiertos a nuevas experiencias cuyos límites ni saben ni quieren distinguir… Este grupo siento decirles que es de esos grupos de hijos pseudo-predestinados por su propia forma de ser, en la que los padres tienen poco margen de maniobra… no me gusta decir que son casos perdidos, pero la dificultad de reconducirlos es máxima. Todo lo que puedo decirles respecto a ellos es que los detecten a tiempo en la pandilla de sus hijos, y que traten de alejarlos, o al menos de advertir seriamente a sus hijos sobre ellos.

Como conclusión de este post me limitaré a darles algunas pautas que considero buenas para abordar el problema. Eduquen a sus hijos con espíritu crítico, que sean capaces de pensar por sí mismos, enseñándoles a analizar y encontrar respuestas de forma autónoma, aprendiendo a valorarse a sí mismos y lo que son, y mostrándoles los peligros y las consecuencias de tomar ciertas decisiones equivocadas… Todas estas enseñanzas no son una poción milagrosa, pero sin duda son el único camino posible para que no tomen una equivocada decisión que, no olviden, en la práctica depende únicamente de ellos: cuando se enfrenten a la situación estarán ellos solos, y lo que es seguro es que ustedes no estarán delante.

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La prostitución mental o Cómo las personas y empresas se doblegan ante el interés y el poder

Empezaré este post introduciéndoles a una situación que viví hace unos años en la empresa en la que trabajo. ¿Recuerdan aquel caso de un iraní que le arrojó ácido a su mujer a la cara dejándola totalmente desfigurada?. Estábamos en una reunión de un proyecto unas 15 personas, y una de ellas, con poder y capacidad de decisión, sacó de ex profeso el tema para decir “que a saber cómo le pondría ella a él para que le acabase haciendo eso”. Los demás asistentes a la reunión permanecieron impasibles, y algunos incluso asentían con la cabeza.

Seguramente estarán ustedes pensando… ¡Qué hombre más cruelmente machista!. Pero se equivocan ustedes de pleno, y no precisamente en el adjetivo, sino en el sustantivo: no era un hombre, sino una mujer, la que hizo semejante comentario. Es más, había también otras mujeres en la sala, que no despegaron la boca, y algunas de las cuales eran de las que incluso asentían. Creo que no es necesario entrar a valorar el comentario ni las actitudes que hay tras él, pero creo que sí que merece la pena pararse a pensar en la razón por la que el resto de los presentes, y en especial las mujeres porque les debería resultar más sencillo sentirse identificadas con la víctima, adoptaron la actitud que adoptaron.

Un punto importante, y que no sirve de excusa en absoluto, es que, seguramente, la gran mayoría de los que allí estaban mentalmente sintieron rechazo hacia la mujer machista. Pero una cosa es lo que la gente siente, y otra muy distinta lo que la gente expresa.

No se me equivoquen, lo que quiero abordar en este post no es cuestión de feminismo ni de machismo, sobre lo que me gustaría reflexionar es simple y llanamente sobre las actitudes sociales que pueden llevar a las personas a ocultar totalmente sus valores si la situación lo requiere. ¿Cómo calificarían ustedes estas actitudes que presencié por las cuales nadie llevó la contraria a la mujer machista a pesar de sentir un rechazo frontal por su comentario?. ¿Cuál creen que es el origen de esta forma de comportamiento?. ¿Por qué la gente renuncia a sacar la cara a una víctima?.

Personalmente, yo calificaría estas actitudes como prostitución mental, tanto en el caso de ellas como de ellos. A cambio de no hacer un comentario de desaprobación que pueda llevar a un conflicto personal, a la pérdida de una venta, a la pérdida de influencia, etc. la gente es capaz de no decir nada, e incluso asentir, ante un comentario semejante. Están alquilando momentáneamente sus valores, su actitud, su apoyo, y hasta su imagen personal ante los demás, a cambio de un beneficio material o inmaterial. Por eso yo lo llamo prostitución mental.

Les seré sincero y les confesaré que estoy harto de ver en la empresa en la que trabajo cómo viene un comercial tras otro a cual más adulador. Todos intentando simular simpatía y amistad por personas a las que hay veces que repelen en el mejor de los casos. Todos intentando ganarse los favores de los jefes con capacidad de decisión cuando tienen interés en ello. Es éste a veces un mundo de interesados y de hipócritas, en el que ninguna relación puede darse por segura ni por verdaderamente correspondida.

Y lo más triste del asunto es que este microcosmos de la reunión en la que acontecieron estos hechos, creo que es extrapolable al conjunto de la sociedad, y que la mayoría de los individuos reaccionarían de la misma forma interesada y deshumanizada. Es por ello por lo que conforme pasan los años, aprendo a valorar más tanto la sinceridad (aunque a veces duela), como a las personas del tipo “Yo soy como los juncos, yo me rompo pero no me doblo”. Éstos son individuos que tienen unos valores a los que, de una forma u otra, se mantienen fieles hasta las últimas consecuencias. Y esto, señores y señoras, se llama coherencia, una cualidad personal encomiable pero que está en serio peligro de extinción en nuestra sociedad. Una cualidad personal que sólo entienden aquellos que la tienen, porque los demás ven con naturalidad “adaptarse” al entorno (hilarante eufemismo), y a menudo califican de inadaptados sociales a los que la poseen, porque ni si quiera se pueden imaginar sus motivaciones. Una cualidad personal que, por un potencial beneficio, muchos ponen a la venta en el tablón de anuncios de nuestras empresas.

Me alegro enormemente cada vez que veo que aún queda gente que no sólo no pone ningún precio a su coherencia personal, sino que además la ejerce aún a riesgo de poner en peligro sus relaciones, su bienestar, e incluso hasta su integridad. Y sinceramente, espero que ustedes se alegren también por ello. Si la mayoría de la sociedad fuese así, quedaría al descubierto quién es quién en realidad, pero claro, a algunos eso no les interesa en absoluto. Ahora es a ustedes a los que les toca pensar en qué lado están: ¿Son ustedes de los coherentes o de los que se «adaptan»?.

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El poder de la creatividad y la imaginación o Cómo un profano puede aportar nuevas perspectivas

He de confesarles dos temas relacionados con este blog que me tienen sorprendido. El primero de ellos es el posicionamiento que me da Google para muchos de mis posts, y el segundo es la aceptación que mis posts tienen en ámbitos especializados en las distintas materias sobre las que suelo escribir. A ciencia cierta, no puedo decirles si ambos hechos están relacionados, pero sospecho que sí.

Desde hace años me fascinan esas personas que, una vez alcanzado un cierto estatus de conocimiento en una materia, son capaces de mirar con desdén nuevas teorías sólo por provenir de autores “no consolidados”. Craso error. Es una clara falta de humildad que puede llevarles a pasar de estar en el candelero dentro de su especialidad a estar en la reserva. Siempre he pensado que, por mucho que se sepa sobre un tema, cualquier profano puede aportarte un punto de vista novedoso que te haga cambiar tus teorías. Por supuesto, alguien especializado tiene muchos más campos y conocimientos para poder tener nuevas ideas sobre ellos, pero eso no quita que hasta un niño pueda darte una idea que aporte algo nuevo.

Éste es el poder de la creatividad y la imaginación, que sin duda hay que fomentar día a día en nuestros hijos desde que son pequeños, pero que también hemos de fomentar en nosotros mismos. Hay que tener cierta base, pero hay técnicas sencillas que pueden ayudarnos. Por ejemplo, una que yo uso a menudo se basa en romper la concentración cuando uno está enfrascado en un problema para el que no encuentra solución, y hacer durante unos minutos algo totalmente distinto. Nuestro cerebro funciona así. En segundo plano sigue trabajando con el problema sin resolver, pero hacer cosas distintas fomenta la asociación de ideas desde una perspectiva que antes no se nos había ocurrido. Muchas veces, aunque aparentemente no tengan relación con el problema a solucionar, de las ideas más descabelladas, surgen las mejores soluciones. Es haciendo estas tareas alternativas cuando muchas veces al cerebro se le enciende la bombilla.

Un servidor aplica esta técnica desde hace años, y hay incluso especialistas que afirman que, cuando uno tiene en el trabajo un problema entre manos que no sabe resolver, dedicar tres o cuatro minutos a revisar el TimeLine de Twitter puede ayudar a distanciarse del problema, para luego retomarlo con un nuevo enfoque.

Pero volvamos al asunto que da título a este post. Como les comentaba, me sorprende cómo un profano como yo en muchas de las materias sobre las que a veces escribo, consigue un número considerable de RTs y publicaciones en webs especializadas por parte de incluso doctores en la materia. Y yo no achaco este hecho en concreto al contenido de mi blog ni a ninguna característica personal mía, sino que pienso que la causa última está en una creatividad y una imaginación que la mayoría posee también, pero que no saben explotar adecuadamente. Les he comentado muchas veces que creo que uno de los problemas de nuestra sociedad no es que la gente no piense, sino que la gente no tiene tiempo de pararse a pensar. Y para tener ideas y dejar aflorar nuestra creatividad, hemos de reservar tiempo para darle vueltas a las cosas. Ésta es la razón última por la que les escribo en este blog puntualmente cada quince días desde hace 2 años y medio: para reflexionar yo, y para reflexionar con ustedes.

En bastantes personas, la creatividad es una cualidad que se va perdiendo con el paso de los años. Yo creo que este hecho va íntimamente unido a que las personas nos habituamos a nuestro entorno, y lo que nos rodea deja de sorprendernos conforme pasa el tiempo. Estoy convencido que la capacidad de sorprenderse y la creatividad están íntimamente relacionadas, y empieza a haber estudios que avalan esta teoría. Por ello mi mejor consejo es que presten atención a sus hijos, y les fomenten su actitud cada vez que se sorprenden por algo que a ustedes les parece de lo más normal. No vuelvan a meterles prisa en el camino a casa de vuelta del colegio cuando gritan emocionados que han encontrado una hoja de árbol roja en vez de verde, no les digan que no hay tiempo cuando se paren a mirar un hormiguero con fascinación, miren con ellos al cielo para descubrir imágenes conocidas en las caprichosas formas de las nubes. La creatividad y la imaginación son las cualidades más valiosas de los seres humanos, y fomentarlas en los niños, y mantenerlas de adultos, es algo que contribuye ciertamente al progreso de la humanidad.

Como hacen algunos malogrados científicos y artistas, profesiones de máximos exponentes de la creatividad humana, no fomentar el mantener su propia creatividad e imaginación, una vez que han perdido inevitablemente estas cualidades, les puede llevar a tratar de captar ideas de los más jóvenes, convencidos erróneamente de que juventud y creatividad son el único nexo posible, y teniendo la imperiosa necesidad de mantener su posición social y profesional a cualquier precio. Conozco algún caso de estos, así que tengan cuidado con ciertas personas, porque además nunca se lo agradecerán para no reconocer ante nadie el agotamiento de su propia capacidad. Inspirarse es legítimo. Copiar es mezquino. En mi mente hay una clara línea divisoria entre ambas acciones. Tracen ustedes su propia línea de separación, que esté más aquí o más allá dependerá de su ética personal y de si son capaces de fomentar y mantener viva su imaginación. Para mí la diferencia está en si se aporta algo nuevo sobre la base en la que uno se inspira, o si ni siquiera ya se tiene creatividad ni para eso. En todo caso, estarán de acuerdo en que no reconocer las fuentes de inspiración propias ya proyecta de por sí una sospechosa sombra de duda.

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La perpetuación del cortoplacismo o Cómo evitar fracasar en la educación infantil

Ya saben que les he hablado en otras ocasiones de los graves perjuicios que ocasiona el cortoplacismo imperante en nuestra sociedad al más alto nivel. Ya saben que también les insisto en que lo que hay por arriba es un reflejo de lo que hay por abajo. Y ahora me quiero centrar en las consecuencias de este cortoplacismo generalizado sobre la educación infantil, sin duda una perpetuación a futuro de algunos de los problemas que tenemos en el presente.

Educar a un niño es una de las tareas más arriesgadas y difíciles a las que se puede enfrentar un adulto. Servidor no les habla en absoluto desde el dominio de la materia, aquí todos somos aprendices salvo nuestros mayores, a los que deberíamos hacerles más caso, sin olvidar poner sus consejos en contexto, puesto que el pasar de las generaciones puede hacer que algunas recetas del pasado ya no sean válidas en el presente. La sociedad cambia, y los niños también. Por lo tanto nuestra forma de educarlos ha de evolucionar acorde a ello.

Es cierto que en la mayor parte de los casos los padres tienen la llave del futuro de sus hijos, y dependiendo de cómo la giren y qué mecanismos abran en sus inmaduros cerebros infantiles, el resultado “a futuro” de su psicología y comportamiento pueden ser radicalmente distintos. Aquí es donde quería llegar con ustedes. “A futuro”. Ésa es la clave. Educar a un niño requiere dosis de creatividad importantes, no sólo para darle la vuelta en determinadas ocasiones, para enseñarle a enfocar el mundo desde el prisma de nuestra experiencia adquirida a lo largo de los años, para lograr que relativice su visión personal a menudo pasional, etc. Pero la creatividad tiene otra aplicación más importante si cabe, y en la cual también aporta una cualidad como la imaginación: proyectar el futuro. Sí, eso es. Uno de los aspectos más difíciles de la educación infantil es que las consecuencias de nuestras acciones educativas de hoy muchas veces no se ven hasta varios años más tarde, con lo que en bastantes casos no hay una retroalimentación inmediata que nos permita ir corrigiendo a tiempo nuestras pautas educativas. Por ello es muy importante que los padres y las madres sean capaces de imaginarse con realismo cómo va a ser nuestro hijo en el futuro con las enseñanzas que les estamos dando en el presente.

No hay una receta mágica para ello, y las probabilidades de error no son en absoluto despreciables, pero una fórmula bastante útil y polivalente es que los adultos hagan un esfuerzo psicológico y se pongan en la piel del niño. A menudo los padres cometemos el error de juzgar y evaluar el comportamiento de nuestros hijos según nuestros propios patrones de pensamiento. Es cierto que el pensamiento de un adulto maduro es a menudo más acertado que el de un niño, pero el problema es que no por ello el niño lo va a aceptar para sí. ¿Y cuál es la solución para este galimatías?. Es el adulto el que tiene más madurez y capacidad intelectual para ser capaz de pensar como piensa su hijo. Para ello es muy importante hacer memoria y recordar cómo pensábamos nosotros mismos cuando teníamos la edad de nuestro hijo. Hagan memoria… ¿A que la cosa cambia?. Recuerdan ahora su forma de relacionarse en la infancia, cómo veían el mundo, qué pensaban de sus padres, cómo enfocaban su futuro, etc. pues mayormente sus hijos ahora piensan como ustedes pensaban entonces, y por más que les expliquen ustedes la forma de pensar que han ido puliendo con el paso de los años, no les van a hacer más caso del que ustedes les hicieron a sus padres.

A pensar como lo hace su hijo les ayudará la genética, que permite que las formas de sentir, relacionarse, etc. de los hijos se suelan parecer a la que tenían en su infancia los progenitores o sus familiares más cercanos. Detecten patrones de comportamiento, hallen similitudes con sus recuerdos de la infancia, y saquen conclusiones e intenten adivinar qué y por qué pasa por sus pequeñas mentes. No es tarea fácil, y ellos normalmente no se lo van a facilitar.

Pero abordemos por fin el tema que abría este post: el cortoplacismo. Esta proyección a futuro que les estoy sugiriendo en este post sé que no es tarea fácil, pero lo es menos aún en la sociedad de hoy en día. Y sí, este cortoplacismo también afecta a la educación de nuestros hijos. Como muestra no tienen más que mirar las nuevas generaciones y cómo sus ratios de fracaso escolar implican no sólo el fracaso del modelo educativo oficial de las últimas décadas, sino también, y más importante, de la educación que como padres les damos en casa.

Para que vean este cortoplacismo y sus consecuencias, les pondré un ejemplo muy sencillo. Antes, niño que no cenaba rápido y bien, solía irse a la cama sin cenar, y al día siguiente iba a la cena recordando el hambre de la noche anterior. Hoy en día los padres estamos muchas veces insistiéndoles permanentemente en que cenen, que se hace tarde, les ayudamos nosotros un poco, etc. Son comportamientos erróneos porque le hacen al niño aprender que para obedecer y hacer lo que tienen que hacer, siempre va a haber alguien insistiéndole, que le da una nueva oportunidad, etc. Ello deriva en que delegue la responsabilidad de sus obligaciones personales en una entidad superior, y que piense que puede retrasarse o dejar de hacer algo porque siempre va a haber ocasión de hacerlo a posteriori. ¿Qué creen que es más importante, que el niño se acabe la cena hoy, o que aprenda a ser responsable con su alimentación y que cene él solo el día de mañana?. Es la disyuntiva real que hay detrás de este ejemplo, y a la que se enfrentan muchos padres cada día. El cortoplacismo les lleva a menudo a elegir que les interesa que cene hoy todo y se vaya a la cama a su hora y bien alimentado, pero no ven que eso sólo sirve para hoy, y que es un error para mañana.

Algo similar ocurre con los deberes en casa. El adulto acaba optando a menudo por sentarse con su hijo o hija y estudiar o hacer los deberes juntos. De nuevo un error. El niño debe aprender que es su obligación, y no una forma de estar con sus padres y que éstos le medio hagan los deberes. Los padres deben distanciarse de los deberes y el estudio, limitándose a dar vuelta de vez en cuando, resolver dudas y si acaso realizar una corrección o evaluación final. Recuerden que lo que interesa aquí es poner los cimientos de un adulto responsable consigo mismo y con los demás.

Con ello ya me despido atreviéndome a sugerirles que no eduquen al niño que tienen delante en este preciso instante, sino que eduquen la proyección que ése niño tiene en un futuro aún lejano, pero que sin duda es el objetivo principal. Enséñenle a que asuma sus responsabilidades personales a la primera y con naturalidad, por desgracia, ustedes no van a estar siempre a su lado para velar por ellos. Tengan siempre en mente en sus pautas educativas que, por su propio bien, deben de ser capaces de valerse por sí mismos incluso en el fatal escenario de que ustedes les falten. Ocurra esto antes o después, estarán criando un niño que será capaz de pensar y actuar de forma independiente. Esto no asegura de por sí una educación exitosa, pero analicen bien cuál es la alternativa: una dependencia que lleva al fracaso casi seguro.

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