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El suicidio como conclusion vital o La competición llevada al extremo

Fuerza de voluntad, esa excelente cualidad a la que personalmente le debemos tantas cosas en esta vida, pero que llevada al extremo puede suponer una amenazadora desventaja de graves consecuencias. En esta ocasión mi reflexión tiene el origen en una impactante noticia que apareció en la prensa hace unos meses: un nonagenario corredor de maratones belga se acogió a la eutanasia porque, debido a un cáncer, no iba a poder (al menos temporalmente) seguir compitiendo.

Hay personas que tienen una voluntad de hierro. Cuando tienen una motivación, no hay quien les pare. A veces esa motivación es la propia competitividad. Saben que no tengo nada en contra de las personas competitivas, pero siempre les insisto en que lo más sano es competir contra uno mismo, esforzarse por conseguir una superación personal, más que por superar a los demás. Esto no es óbice para que reconozca que, aunque competir con los demás pueda ser considerado en ciertos casos una actitud pueril y mal enfocada, sea la causa última de numerosos logros y éxitos a lo largo de la historia de la humanidad.

Por otro lado, tener un objetivo, sea cual fuere su naturaleza, tiende a ofuscar la mente. Querer alcanzar una meta hace que muchas veces nos concentremos en conseguirla sin escatimar esfuerzos, ni reparar en otros posibles objetivos que dejamos de lado. Esta ofuscación puede ser mayor o menor dependiendo de la persona, la motivación y la meta en sí. Pero en todo caso, estarán de acuerdo en que el caso del corredor belga lleva esta ofuscación al extremo.

Me gustaría aclararles que, según pueden leer hacia el final de la noticia, el cáncer que sufría este nonagenario no tenía por qué impedirle correr para el resto de su vida. Pero la mera incertidumbre, unida a la certeza de la incapacidad para hacerlo al menos temporalmente y de estar ingresado en un hospital, le llevaron a tomar esta drástica decisión. El hecho de que este corredor no fuese un enfermo terminal, perfil habitual de paciente que suele acogerse a la ley de la eutanasia belga, ha sido lo que más polémica ha generado en el país. Estarán ustedes de acuerdo en que el futuro es impredecible por su propia naturaleza, así como también lo son los cambios que produce en nosotros. Por ello creo que unas cuestiones interesantes a plantearse en este tema podrían ser: ¿Quién le habría podido asegurar a nuestro corredor belga que pasados unos años no iba a ser feliz corriendo de nuevo maratones?, ¿Quién le habría podido asegurar que no iba a encontrar otras motivaciones en la vida que le iban a hacer igual o más feliz que correr?. Y en caso de que no fuera así, ¿No habría estado siempre a tiempo de acogerse a la eutanasia una vez que al menos tuviese la certeza de su futura infelicidad?.

Es ésta una reflexión muy personal en la cual sólo me atrevo a formularles las preguntas anteriores. Las respuestas las aportan ustedes mismos, y a buen seguro serán distintas en cada caso. Ojalá no sea nunca así, pero si se ven en la tesitura, me gustaría insistirles en que tengan en cuenta que lo único que en esta vida no tiene marcha atrás es la muerte, y que, en todo caso, siempre están a tiempo de terminar con su propia vida, sea cual fuere el motivo: es algo que pueden hacer en cualquier momento. Este post no pretende convencerles de nada, simplemente pretende que una reflexión tan drástica la hagan de forma profundamente meditada, asumiendo todas las consecuencias y… asumiendo también los posibles riesgos o incertidumbres. El suicidio, al contrario que el nacimiento, siempre es voluntario. Les guste o no, si en algún momento tienen que tomar la decisión, por mucha gente que les acompañe físicamente, estarán ustedes mentalmente solos ante la disyuntiva.

En los países nórdicos hay unas altas tasas de suicidio, habitualmente achacadas desde otros países a la falta de luz en invierno. Lo cierto es que a los nórdicos les gusta decir que ellos leen muchos libros y acaban llegando a la conclusión de que esta vida no merece la pena. No sé si este extremo es cierto o no, pero lo que sí sé es que, por el bien de sus hijos, lo mejor es no pensarlo y buscar en la mirada de su pequeño ese sentimiento que nos hace olvidar todo lo malo y seguir adelante. Es ley de vida, o más bien de muerte, porque podríamos decir que el suicidio al estilo del nonagenario belga no es una conclusión como dicen los nórdicos, sino el resultado de haber elegido mal el color de las gafas con las que vamos por la vida.

Me despediré dejándoles con aquella frase de Camilo José Cela en la que le preguntaban por la muerte. El nobel afirmaba que morir era una vulgaridad, porque todo el mundo lo hacía. El suicidio es sólo adelantar este momento vulgar sin saber si el metraje de la película que hemos decidido cortar nos habría ayudado a transformar la vulgaridad del momento de la despedida en algo digno de recordar para la posteridad. Y tengan en cuenta que, más importante que tener una motivación en la vida, es tener una motivación adecuada, y a poder ser, tener varias posibles. De esta manera, si una nos falla, tenemos otras a las que agarrarnos. Mal que les pese a algunos, lo contrario nos hace dependientes… hasta el punto de que en ello nos vaya incluso la propia vida. En última instancia la vida se trata de ser felices cuanto más tiempo mejor y, a poder ser, con las motivaciones adecuadas.

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