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Por qué los adolescentes confían en desconocidos más que en sus padres o El inicio de los flirteos con el mundo de las drogas
El comportamiento humano no deja de fascinarme. En esta ocasión me detendré a reflexionar con ustedes sobre un tema que me pregunto desde hace tiempo: ¿Por qué los adolescentes son capaces de confiar en alguien desconocido y poco recomendable frente a confiar en lo que les dicen sus propios padres?.
La cuestión no es baladí, puesto que es la principal puerta de entrada de los hijos que toman a edades tan tempranas la equivocada decisión de iniciarse en el mundo de las drogas. Como en todo, hay tantas posibilidades que explican este comportamiento como adolescentes que han dado ese paso, pero creo que podemos agruparlas según patrones más generales, y de paso tal vez sacar alguna conclusión útil al respecto.
Para empezar yo distinguiría tres subgrupos principales. El primero englobaría actitudes que implican que el adolescente en cuestión tiene poca seguridad en sí mismo. Tal vez éste sea el principal enfoque que dan muchos padres que descubren con horror las costumbres de sus hijos. No se les puede recriminar este enfoque, porque todos hemos sido adolescentes y sabemos que es una edad plagada de desafíos, y en la que también se busca normalmente un patrón de comportamiento e identidad, cuya indefinición natural a esa edad provoca en el individuo a menudo una falta de seguridad en sí mismo. Todo ello facilita que el adolescente sea susceptible de caer en las redes de algún traficante. A veces esa inseguridad viene acrecentada por la actitud de ciertos padres, hiper-exigentes con sus hijos, a los que les trasladan sus propias ansias mal concebidas y contra las que a menudo los hijos acaban rebelándose. Pero no focalicen sólo el peligro en la figura extraña y ajena al grupo de los amigos de sus hijos. El peligro principal no viene por ahí, en él sólo cae la punta del iceberg del grupo. El peligro principal viene cuando la costumbre de consumir drogas se extiende en el grupo. Ése es el momento que puede hacer caer a la mayoría de los adolescentes de la pandilla en este mundo. Los que eran reticentes a consumir estupefacientes en un principio, pueden cambiar de parecer cuando son retados a probarlos, cuando se les exhorta que no se atreven, cuando les aseguran que no pasa nada y que todo son historias de los padres que no saben de esto, cuando consumir o no consumir es algo que implica compartir o no compartir experiencias, integrarse o no en el grupo como miembro de pleno derecho… Sentirse aceptados por la figura de los amigos o del propio camello, según el caso, les puede reforzar su incipiente y frágil personalidad.
El segundo subgrupo creo que implica un enfoque no tan habitual como el anterior. Los padres no suelen caer en la cuenta de que a veces hay otras actitudes y pautas de comportamiento que pueden empujar a nuestros hijos a este mundo. Es este subgrupo el de los individuos que han sido educados en la dicotomía que retratábamos en el post “La dicotomía entre los buenos y los malos o Lo educativo de las series infantiles”. Pero, ¿Por qué la dicotomía entre los buenos y los malos les empuja a consumir estupefacientes?. Los padres a menudo les educan distinguiendo entre los malos traficantes, y los buenos papás, obviando la escala de grises que dejábamos patente en el post del link anterior. No se confundan, ser traficante e iniciar a adolescentes en este mundo es deleznable, y considero que es de las actitudes personales tan negativas que no pueden ser compensadas por otros aspectos positivos de estos individuos, pero recuerden que esas personas pueden mostrarse amigables, ser amables, hacer favores, demostrar fidelidad… una serie de actitudes positivas que confunden al adolescente. El adolescente descubre en esa figura, temida terriblemente en su infancia por las advertencias de sus padres, cosas que él considera que son buenas, y el miedo que le tenía, va poco a poco transformándose en aceptación al ver que también tiene aspectos positivos. El ser humano es capaz de auto-convencerse de casi cualquier cosa, y los adolescentes no son una excepción. En una falsa intentona por superar ese miedo infantil ante la figura del traficante, algunos pasan a considerarlo parte de su círculo personal. Sí, a los adolescentes no les gusta sentirse inseguros, y si la inseguridad no se la pueden quitar de encima por ser propia de su edad, un atajo mental más rápido es dejar de satanizar a esa figura tan peligrosa que les retrataban sus padres. No voy a entrar en los diferentes caminos mentales para tomar este atajo, no vienen al caso y pueden ser tan variados como les decía antes: los padres no entienden de drogas, las drogas de ahora no son como las de antes, el camello es de fiar y él entiende mucho de esto, etc. etc.
No se puede culpar a los padres por educar a sus hijos en la dicotomía en este caso, pero hay que advertirles para que traten de evitarlo. Sin duda lo hacen porque, conocedores en la madurez de sus terribles consecuencias, les da tanto pavor que sus hijos flirteen con los estupefacientes, que caen en la tentadora simplificación de satanizar de forma automática todos sus aspectos. Esto, siendo cierto, es contraproducente. Si bien el niño asume sin reservas como cierto lo que le enseñan sus padres, cuando se vuelve adolescente descubre una escala de grises que le deslumbra. Es ése el punto de inflexión peligroso, al descubrir que las cosas no son exactamente como se las han contado sus padres, que hay amigos suyos que “toman” y son normales, que el camello del barrio es un amigo, etc. Esa trasgresión del esquema mental que tenían hasta ahora hace que estén más abiertos todavía a otros cambios de parecer radicales sobre el tema, que exceden peligrosamente la escala de grises que se les debería haber explicado desde el principio. Del negro acaban pasando al blanco.
Por último hay un tercer subgrupo que merece ser mencionado. Es el de los osados. Hay adolescentes muy seguros de sí mismos, que son conscientes de que los traficantes son un grupo de personas particular dentro de la fauna social que nos rodea, que son perfectamente conscientes de los peligros que asumen… pero son osados, atrevidos, y están demasiado abiertos a nuevas experiencias cuyos límites ni saben ni quieren distinguir… Este grupo siento decirles que es de esos grupos de hijos pseudo-predestinados por su propia forma de ser, en la que los padres tienen poco margen de maniobra… no me gusta decir que son casos perdidos, pero la dificultad de reconducirlos es máxima. Todo lo que puedo decirles respecto a ellos es que los detecten a tiempo en la pandilla de sus hijos, y que traten de alejarlos, o al menos de advertir seriamente a sus hijos sobre ellos.
Como conclusión de este post me limitaré a darles algunas pautas que considero buenas para abordar el problema. Eduquen a sus hijos con espíritu crítico, que sean capaces de pensar por sí mismos, enseñándoles a analizar y encontrar respuestas de forma autónoma, aprendiendo a valorarse a sí mismos y lo que son, y mostrándoles los peligros y las consecuencias de tomar ciertas decisiones equivocadas… Todas estas enseñanzas no son una poción milagrosa, pero sin duda son el único camino posible para que no tomen una equivocada decisión que, no olviden, en la práctica depende únicamente de ellos: cuando se enfrenten a la situación estarán ellos solos, y lo que es seguro es que ustedes no estarán delante.
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La perpetuación del cortoplacismo o Cómo evitar fracasar en la educación infantil
Ya saben que les he hablado en otras ocasiones de los graves perjuicios que ocasiona el cortoplacismo imperante en nuestra sociedad al más alto nivel. Ya saben que también les insisto en que lo que hay por arriba es un reflejo de lo que hay por abajo. Y ahora me quiero centrar en las consecuencias de este cortoplacismo generalizado sobre la educación infantil, sin duda una perpetuación a futuro de algunos de los problemas que tenemos en el presente.
Educar a un niño es una de las tareas más arriesgadas y difíciles a las que se puede enfrentar un adulto. Servidor no les habla en absoluto desde el dominio de la materia, aquí todos somos aprendices salvo nuestros mayores, a los que deberíamos hacerles más caso, sin olvidar poner sus consejos en contexto, puesto que el pasar de las generaciones puede hacer que algunas recetas del pasado ya no sean válidas en el presente. La sociedad cambia, y los niños también. Por lo tanto nuestra forma de educarlos ha de evolucionar acorde a ello.
Es cierto que en la mayor parte de los casos los padres tienen la llave del futuro de sus hijos, y dependiendo de cómo la giren y qué mecanismos abran en sus inmaduros cerebros infantiles, el resultado “a futuro” de su psicología y comportamiento pueden ser radicalmente distintos. Aquí es donde quería llegar con ustedes. “A futuro”. Ésa es la clave. Educar a un niño requiere dosis de creatividad importantes, no sólo para darle la vuelta en determinadas ocasiones, para enseñarle a enfocar el mundo desde el prisma de nuestra experiencia adquirida a lo largo de los años, para lograr que relativice su visión personal a menudo pasional, etc. Pero la creatividad tiene otra aplicación más importante si cabe, y en la cual también aporta una cualidad como la imaginación: proyectar el futuro. Sí, eso es. Uno de los aspectos más difíciles de la educación infantil es que las consecuencias de nuestras acciones educativas de hoy muchas veces no se ven hasta varios años más tarde, con lo que en bastantes casos no hay una retroalimentación inmediata que nos permita ir corrigiendo a tiempo nuestras pautas educativas. Por ello es muy importante que los padres y las madres sean capaces de imaginarse con realismo cómo va a ser nuestro hijo en el futuro con las enseñanzas que les estamos dando en el presente.
No hay una receta mágica para ello, y las probabilidades de error no son en absoluto despreciables, pero una fórmula bastante útil y polivalente es que los adultos hagan un esfuerzo psicológico y se pongan en la piel del niño. A menudo los padres cometemos el error de juzgar y evaluar el comportamiento de nuestros hijos según nuestros propios patrones de pensamiento. Es cierto que el pensamiento de un adulto maduro es a menudo más acertado que el de un niño, pero el problema es que no por ello el niño lo va a aceptar para sí. ¿Y cuál es la solución para este galimatías?. Es el adulto el que tiene más madurez y capacidad intelectual para ser capaz de pensar como piensa su hijo. Para ello es muy importante hacer memoria y recordar cómo pensábamos nosotros mismos cuando teníamos la edad de nuestro hijo. Hagan memoria… ¿A que la cosa cambia?. Recuerdan ahora su forma de relacionarse en la infancia, cómo veían el mundo, qué pensaban de sus padres, cómo enfocaban su futuro, etc. pues mayormente sus hijos ahora piensan como ustedes pensaban entonces, y por más que les expliquen ustedes la forma de pensar que han ido puliendo con el paso de los años, no les van a hacer más caso del que ustedes les hicieron a sus padres.
A pensar como lo hace su hijo les ayudará la genética, que permite que las formas de sentir, relacionarse, etc. de los hijos se suelan parecer a la que tenían en su infancia los progenitores o sus familiares más cercanos. Detecten patrones de comportamiento, hallen similitudes con sus recuerdos de la infancia, y saquen conclusiones e intenten adivinar qué y por qué pasa por sus pequeñas mentes. No es tarea fácil, y ellos normalmente no se lo van a facilitar.
Pero abordemos por fin el tema que abría este post: el cortoplacismo. Esta proyección a futuro que les estoy sugiriendo en este post sé que no es tarea fácil, pero lo es menos aún en la sociedad de hoy en día. Y sí, este cortoplacismo también afecta a la educación de nuestros hijos. Como muestra no tienen más que mirar las nuevas generaciones y cómo sus ratios de fracaso escolar implican no sólo el fracaso del modelo educativo oficial de las últimas décadas, sino también, y más importante, de la educación que como padres les damos en casa.
Para que vean este cortoplacismo y sus consecuencias, les pondré un ejemplo muy sencillo. Antes, niño que no cenaba rápido y bien, solía irse a la cama sin cenar, y al día siguiente iba a la cena recordando el hambre de la noche anterior. Hoy en día los padres estamos muchas veces insistiéndoles permanentemente en que cenen, que se hace tarde, les ayudamos nosotros un poco, etc. Son comportamientos erróneos porque le hacen al niño aprender que para obedecer y hacer lo que tienen que hacer, siempre va a haber alguien insistiéndole, que le da una nueva oportunidad, etc. Ello deriva en que delegue la responsabilidad de sus obligaciones personales en una entidad superior, y que piense que puede retrasarse o dejar de hacer algo porque siempre va a haber ocasión de hacerlo a posteriori. ¿Qué creen que es más importante, que el niño se acabe la cena hoy, o que aprenda a ser responsable con su alimentación y que cene él solo el día de mañana?. Es la disyuntiva real que hay detrás de este ejemplo, y a la que se enfrentan muchos padres cada día. El cortoplacismo les lleva a menudo a elegir que les interesa que cene hoy todo y se vaya a la cama a su hora y bien alimentado, pero no ven que eso sólo sirve para hoy, y que es un error para mañana.
Algo similar ocurre con los deberes en casa. El adulto acaba optando a menudo por sentarse con su hijo o hija y estudiar o hacer los deberes juntos. De nuevo un error. El niño debe aprender que es su obligación, y no una forma de estar con sus padres y que éstos le medio hagan los deberes. Los padres deben distanciarse de los deberes y el estudio, limitándose a dar vuelta de vez en cuando, resolver dudas y si acaso realizar una corrección o evaluación final. Recuerden que lo que interesa aquí es poner los cimientos de un adulto responsable consigo mismo y con los demás.
Con ello ya me despido atreviéndome a sugerirles que no eduquen al niño que tienen delante en este preciso instante, sino que eduquen la proyección que ése niño tiene en un futuro aún lejano, pero que sin duda es el objetivo principal. Enséñenle a que asuma sus responsabilidades personales a la primera y con naturalidad, por desgracia, ustedes no van a estar siempre a su lado para velar por ellos. Tengan siempre en mente en sus pautas educativas que, por su propio bien, deben de ser capaces de valerse por sí mismos incluso en el fatal escenario de que ustedes les falten. Ocurra esto antes o después, estarán criando un niño que será capaz de pensar y actuar de forma independiente. Esto no asegura de por sí una educación exitosa, pero analicen bien cuál es la alternativa: una dependencia que lleva al fracaso casi seguro.
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La dicotomía entre los buenos y los malos o Lo educativo de las series infantiles
El otro día estaba viendo unos capítulos de dibujos animados con mi hija, y empecé a pensar en que, en los cuentos y las series infantiles, es casi norma que haya siempre unos buenos buenísimos y unos malos malísimos. Esta trivial concepción del mundo que inculcamos desde pequeñitos a nuestros hijos, puede tener más consecuencias de las que podemos pensar a priori.

No les voy a negar que en esta vida hay personas que pueden ser calificadas de netamente malas, pero afortunadamente son los menos, y además, la maldad, igual que otros aspectos de la personalidad humana, suele limitarse a ciertos aspectos del comportamiento de estas personas. También he de reconocerles que hay comportamientos tan deleznables, que da igual lo buenos que puedan ser algunos en otras facetas de su vida.
Pero, ¿Es bueno para nuestros hijos que les enseñemos que en su mundo siempre tiene que haber un bueno y un malo?. Yo creo que no es algo apropiado para su edad, tiempo tendrán de aprender en la vida sobre ciertos individuos. Me parece suficiente con que por ahora les vayamos introduciendo tan sólo de vez en cuando a la cruda realidad que les rodea, dosificando en la medida de lo posible una verdad que no les permitiría vivir su infancia en plenitud, sin necesidad de que estén rodeados por todas partes de esta dicotomía entre el bien y el mal. Inculcarles esta forma de pensar desde edades tan tempranas no hace sino crearles la necesidad de identificar buenos y malos en cada plano de sus vidas, con el consiguiente margen de error de tamaño comportamiento. Y lo peor es que cuando se hacen adultos, siguen con los mismos patrones mentales, por lo que tratan de identificar permanentemente buenos y malos.
¿Conocen al genio de la animación Hayao Miyazaki?. Obras suyas son el magistral “Viaje de Chihiro”, o “El castillo ambulante”. Dejando a un lado la gran calidad y fantasía de sus creaciones, el aspecto que más nos interesa ahora de sus películas es que creo que son muy indicadas para niños en el aspecto concreto que estamos tratando en este post, puesto que en ellas no suele haber un bueno y un malo claramente definidos como tales.
Estarán de acuerdo en el error de educar en la dicotomía entre buenos y malos. Como les decía, afortunadamente suele ser una aproximación errada, puesto que habitualmente tenemos a nuestro alrededor personas que muestran una delicada gama de grises, o que incluso siendo malos en unos aspectos, son buenos en otros. Eso por no abordar lo subjetivo en la concepción del bien y del mal. Lo que es bueno para unos, es malo para otros, y viceversa.
Los dirigentes son muchas veces conscientes de esta habitual forma de la gente de concebir el mundo que nos rodea, es por ello por lo que me vienen a la memoria los titulares de la prensa con las declaraciones de los presidentes de USA e Irak durante la Guerra del Golfo: ambos identificaban al adversario como el mal, se erigían en nombre del bien, iban a luchar contra Satán, etc. Recurren a la polarización mental de los ciudadanos para identificar al adversario con ese malo que la mayoría de las personas trata de encontrar. Y no estoy de ninguna manera justificando una posición u otra en esta guerra en concreto, ni estoy diciendo que una u otra parte efectivamente representase más al bien y otra más al mal, simplemente estoy haciéndoles notar cómo la infantil dicotomía del bien y del mal nos acompaña a la mayoría el resto de nuestra vida, y aunque en algunos casos puede ser una aproximación acertada, en muchos otros no lo es.
Pero pasemos a un plano más personal, puesto que supongo que esta polarización de la que les hablo es también la explicación por la que es habitual ver cómo íntimas relaciones de amistad, o incluso familiares, de repente llegan abruptamente a su fin, y personas que antes se querían con locura pasan a no querer ni verse. ¿Es esto normal?. A mí no me lo parece, por muy graves que puedan ser las diferencias, éstas no tienen por qué conducir frecuentemente a cortar todo nexo de unión con una persona que antes significaba tanto para nosotros. Del amor al odio hay un paso, en la práctica es cierto, pero se trata de un paso normalmente incomprensible, el cual muchas personas dan porque recurren al fácil recurso de demonizar a la persona objeto de su nueva enemistad. Estas personas, más que dejarse llevar por el pueril reflejo de ver en el otro al más malo entre los malos, deberían reflexionar sobre por qué ellos lo van siempre buscando. A veces, incluso en el plano personal, la dicotomía es una herramienta para auto-convencerse de un objetivo que a priori se desea alcanzar. Son precisamente esos objetivos los que hay que saber elegir bien en la vida, porque cuando deseas creer algo, normalmente encuentras el atajo mental para llegar a pensarlo.
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La necesidad de creerse rico o Cómo ganar capital sin tener más dinero
Hoy les hablaré de una actitud que, si bien les puede parecer a algunos que es natural e innata en el ser humano, creo que es la causa de muchos males que aquejan a nuestra sociedad de hoy en día, y que debe ser corregida de raíz.

Empecemos el post con una frase introductoria de Oscar Wilde: “En estos tiempos los jóvenes piensan que el dinero lo es todo, algo que comprueban cuando se hacen mayores”. Dinero. Dinero. Dinero. Es lo único que hay en la mente de mucha gente, y en aras de conseguirlo se auto justifican todo tipo de actitudes y acciones. Como se entiende de la frase anterior de Óscar Wilde, nuestros jóvenes no son ajenos a esta tendencia: es alarmante la creciente proporción de niños que, al ser preguntados al respecto, confiesan que de mayor quieren ser “ricos”. ¡¿Ricos?!. ¿Acaso es eso una profesión?. Yo diría más bien que es una consecuencia, a veces fruto de denodados esfuerzos y, tristemente hoy en día, a veces indicativa de artes calificables por lo menos de poco éticas.
Es esta actitud a edades tan tempranas el germen último del problema. Y como los menores no pueden ser culpados por ello, queda que los responsables de los valores que se les inculcan desde bien pequeñitos somos los adultos, bien a nivel individual, bien a nivel colectivo. ¿Por qué digo que es éste el germen del problema?. Muy sencillo, suelen ser las metas que uno se pone en la niñez para su vida adulta lo que hace que muchos adultos cuando crecen se sientan más o menos realizados y satisfechos con la vida que llevan. El cómo se imagina uno su vida adulta en etapas tan tempranas, tiene una poderosa influencia sobre nuestra forma de pensar y de ver el mundo durante el resto de nuestras vidas.
Y como no todos podemos ser ricos, porque la riqueza es una percepción relativa por la que uno siempre mira hacia arriba comparándose con los que más tienen, de ahí la frustración que sienten algunos al hacerse adultos y evaluar sus malogradas ansias infantiles. Es esta frustración, y cómo el ser humano trata de evitarla o reconducirla, lo verdaderamente peligroso.
De ahí los dos errores más comúnmente cometidos por los frustrados ricos. El primero es no cejar en su empeño a cualquier costa, con lo que robar, corromperse, volverse un auténtico trepa… son medios que acaban siendo justificados para intentar poner algún cero más a la cuenta corriente. El segundo es vivir en un auto engañoso e ilusorio presente endeudando el futuro: créditos por encima de nuestras posibilidades. Ambas opciones me parecen censurables y auto destructivas, pero la segunda me da más pena que rabia. Les confieso que no deja de sorprenderme cada vez que veo a alguien con pocos recursos económicos comprarse por ejemplo un coche de alta gama a base de un crédito que le esclaviza durante muchos años… o, por tomar un ejemplo más reciente de consecuencias por todos conocidas, embarcarse en un crédito hipotecario de un piso que no puede pagar. Yo mismo, como persona de limitados recursos económicos, y viendo los precios a los que ascendía el importe de una vivienda media en este país en los años de desenfreno inmobiliario, opté por el alquiler como medio de vida, ante la imposibilidad, o más bien reconocimiento de mi incapacidad adquisitiva, de poder vivir en mi propia casa. No es éticamente criticable la actitud de aquellas personas que no actuaron como yo, y que se embarcaron en un crédito desproporcionado para adquirir su primera vivienda, más bien es algo digno de comprensión por la falta de una cultura o visión financiera que les habría evitado tan amargo trago, pero sí que es criticable la actitud de otras personas que compraban un piso “para invertir”, o que contrataban la hipoteca por el 120% del valor de tasación y se compraban dos coches de lujo, etc. Hay tantas caras de la convulsa etapa que hemos vivido recientemente que hay casos de desmanes para aburrir. Y eso centrándonos en los pequeños actores financieros. Porque entre los grandes hay también actitudes censurables por doquier: ayuntamientos que recalifican y dan permisos de construcción sin control ni previsión de demanda a cambio de Dios sabe qué, bancos que conceden hipotecas al 100% y 120% del valor de tasación, grandes fondos inmobiliarios que deciden invertir en España al calor de insostenibles revalorizaciones y que pusieron su granito de arena en la huida hacia adelante de los precios inmobiliarios, etc.
Todo ello son distintas manifestaciones del mismo mal que les exponíamos al principio: Money, Money, Money… Ésta es la rueda en la que muchos están metidos desde pequeñitos y de la que es tan difícil salir por sí solo, revirtiendo nosotros mismos en una realimentación por la que a su vez contaminamos a las generaciones más jóvenes. Aquellas metas, estas actitudes. Como decía Paulo Coelho en su libro El Alquimista: “Es precisamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante”… y es que hay gente que, cuando ve que se le pasa la vida y su sueño de ser rico no se realiza, toma parte activa y trata de conseguirlo por todos los medios.
Es cierto que posiblemente llevamos en parte en los genes esta ansia y ambición por ser más ricos, algo que sin duda hay que enseñar a reconducir constructivamente desde etapas tempranas, y es curioso observar cómo se encaja esta predisposición según culturas o países. Por ejemplo, en la meca del capitalismo, Estados Unidos, la mayoría de la gente piensa durante toda su vida que el día de mañana va a ser rica, y dicen que es por ello por lo que los votantes y políticos son tan propensos a propugnar un bajo nivel impositivo a las grandes fortunas: porque están convencidos de que algún día esa política les beneficiará. En cambio en España no prima esta visión a futuro, que supone cierta válvula de escape psicológico, sino que se suele optar por el cortoplacismo rabioso y querer ya en el presente, y a cualquier costa, ver las ansias hechas realidad.
Por otro lado, es divertido observar la evolución de patrones sociales con el tiempo. Esta necesidad de la mayoría por sentirse ricos, hace que las costumbres, servicios y productos que distinguen a los ricos tiendan con el tiempo a convertirse en objeto del mercado de masas, momento en el cual alcanzan su máxima rentabilidad capitalista, y cuando la clase media ve satisfecha parcialmente su ansia al adoptar patrones de comportamiento que hasta hace poco eran exclusivos de los más acaudalados.
Pero tenemos alrededor algunos casos que dejan entrever una luz al final del túnel, hay personas que consiguen salirse de esta espiral destructiva, a veces por madurez personal, y a veces porque han sufrido desgracias que les han cambiado la pirámide de prioridades y valores y que les hacen ver la vida de otra manera. Les confieso que el envidiable equilibrio personal al que llegan estas personas, y que algunos sólo conseguimos de forma parcial, es la verdadera felicidad a nuestro alcance.
Pero, ¿Es sufrir una desgracia la única forma de valorar los verdaderos motivos de felicidad que discretamente nos ofrece la vida?. Categóricamente: NO. Es el camino más corto una vez que hemos elegido un destino errado, pero no el único. Hay personas que llegan a esta conclusión vital por propia maduración temporal. Pero tampoco debemos resignarnos a conseguir esta verdadera felicidad tan solo cuando mayormente estemos llegando al ocaso de nuestros días y ya podamos disfrutar del nuevo estatus durante tan sólo unos años más. La educación, enseñando a los niños que lo necesiten a domar su fiera interior, reconducir sus frustraciones, ayudándoles a elegir un futuro correcto, y unos ídolos adecuados en los que verse proyectados, es el mejor camino para todos, a nivel individual y colectivo. Podemos enseñarles a admirar a un médico que ha inventado una nueva vacuna para curar el paludismo, en vez de a un futbolista cuyo único mérito es dar patadas a un balón. A admirar a una persona que ha ganado un premio nobel, en vez de a un famoso cuyo único oficio es ir a fiestas y salir en los programas de cotilleo. A admirar a una persona que dedica su vida a ayudar a los más necesitados en una ONG, en vez de a un banquero de supuesto éxito con una cuenta corriente astronómica y de prácticas poco éticas.
De todo lo anterior se deduce parte del título de este post. No centren sus vidas en ganar simplemente dinero, esfuércense por ganar capital humano, que aunque pueda sonar similar, son hoy en día términos antagónicos. Recuerden que el dinero no ha de ser un fin en sí mismo, sino que es tan sólo un medio que nos permite ciertas cosas. Además, si a lo que ustedes aspiran no se compra con dinero, posiblemente sean ricos desde ya. Y tengan en cuenta una frase de nuestros abuelos: “No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”.
Me despediré insistiéndoles en que sean felices (de verdad), pero procuren que no se les note demasiado, porque los que han tenido la desgracia de errar en los medios (y a veces hasta en el objetivo) y no llegan a serlo, por muchos ceros que tengan en sus cuentas corrientes, si se enteran de que ustedes sí que son felices, no podrán soportarles…
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