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El poder de la creatividad y la imaginación o Cómo un profano puede aportar nuevas perspectivas

He de confesarles dos temas relacionados con este blog que me tienen sorprendido. El primero de ellos es el posicionamiento que me da Google para muchos de mis posts, y el segundo es la aceptación que mis posts tienen en ámbitos especializados en las distintas materias sobre las que suelo escribir. A ciencia cierta, no puedo decirles si ambos hechos están relacionados, pero sospecho que sí.

Desde hace años me fascinan esas personas que, una vez alcanzado un cierto estatus de conocimiento en una materia, son capaces de mirar con desdén nuevas teorías sólo por provenir de autores “no consolidados”. Craso error. Es una clara falta de humildad que puede llevarles a pasar de estar en el candelero dentro de su especialidad a estar en la reserva. Siempre he pensado que, por mucho que se sepa sobre un tema, cualquier profano puede aportarte un punto de vista novedoso que te haga cambiar tus teorías. Por supuesto, alguien especializado tiene muchos más campos y conocimientos para poder tener nuevas ideas sobre ellos, pero eso no quita que hasta un niño pueda darte una idea que aporte algo nuevo.

Éste es el poder de la creatividad y la imaginación, que sin duda hay que fomentar día a día en nuestros hijos desde que son pequeños, pero que también hemos de fomentar en nosotros mismos. Hay que tener cierta base, pero hay técnicas sencillas que pueden ayudarnos. Por ejemplo, una que yo uso a menudo se basa en romper la concentración cuando uno está enfrascado en un problema para el que no encuentra solución, y hacer durante unos minutos algo totalmente distinto. Nuestro cerebro funciona así. En segundo plano sigue trabajando con el problema sin resolver, pero hacer cosas distintas fomenta la asociación de ideas desde una perspectiva que antes no se nos había ocurrido. Muchas veces, aunque aparentemente no tengan relación con el problema a solucionar, de las ideas más descabelladas, surgen las mejores soluciones. Es haciendo estas tareas alternativas cuando muchas veces al cerebro se le enciende la bombilla.

Un servidor aplica esta técnica desde hace años, y hay incluso especialistas que afirman que, cuando uno tiene en el trabajo un problema entre manos que no sabe resolver, dedicar tres o cuatro minutos a revisar el TimeLine de Twitter puede ayudar a distanciarse del problema, para luego retomarlo con un nuevo enfoque.

Pero volvamos al asunto que da título a este post. Como les comentaba, me sorprende cómo un profano como yo en muchas de las materias sobre las que a veces escribo, consigue un número considerable de RTs y publicaciones en webs especializadas por parte de incluso doctores en la materia. Y yo no achaco este hecho en concreto al contenido de mi blog ni a ninguna característica personal mía, sino que pienso que la causa última está en una creatividad y una imaginación que la mayoría posee también, pero que no saben explotar adecuadamente. Les he comentado muchas veces que creo que uno de los problemas de nuestra sociedad no es que la gente no piense, sino que la gente no tiene tiempo de pararse a pensar. Y para tener ideas y dejar aflorar nuestra creatividad, hemos de reservar tiempo para darle vueltas a las cosas. Ésta es la razón última por la que les escribo en este blog puntualmente cada quince días desde hace 2 años y medio: para reflexionar yo, y para reflexionar con ustedes.

En bastantes personas, la creatividad es una cualidad que se va perdiendo con el paso de los años. Yo creo que este hecho va íntimamente unido a que las personas nos habituamos a nuestro entorno, y lo que nos rodea deja de sorprendernos conforme pasa el tiempo. Estoy convencido que la capacidad de sorprenderse y la creatividad están íntimamente relacionadas, y empieza a haber estudios que avalan esta teoría. Por ello mi mejor consejo es que presten atención a sus hijos, y les fomenten su actitud cada vez que se sorprenden por algo que a ustedes les parece de lo más normal. No vuelvan a meterles prisa en el camino a casa de vuelta del colegio cuando gritan emocionados que han encontrado una hoja de árbol roja en vez de verde, no les digan que no hay tiempo cuando se paren a mirar un hormiguero con fascinación, miren con ellos al cielo para descubrir imágenes conocidas en las caprichosas formas de las nubes. La creatividad y la imaginación son las cualidades más valiosas de los seres humanos, y fomentarlas en los niños, y mantenerlas de adultos, es algo que contribuye ciertamente al progreso de la humanidad.

Como hacen algunos malogrados científicos y artistas, profesiones de máximos exponentes de la creatividad humana, no fomentar el mantener su propia creatividad e imaginación, una vez que han perdido inevitablemente estas cualidades, les puede llevar a tratar de captar ideas de los más jóvenes, convencidos erróneamente de que juventud y creatividad son el único nexo posible, y teniendo la imperiosa necesidad de mantener su posición social y profesional a cualquier precio. Conozco algún caso de estos, así que tengan cuidado con ciertas personas, porque además nunca se lo agradecerán para no reconocer ante nadie el agotamiento de su propia capacidad. Inspirarse es legítimo. Copiar es mezquino. En mi mente hay una clara línea divisoria entre ambas acciones. Tracen ustedes su propia línea de separación, que esté más aquí o más allá dependerá de su ética personal y de si son capaces de fomentar y mantener viva su imaginación. Para mí la diferencia está en si se aporta algo nuevo sobre la base en la que uno se inspira, o si ni siquiera ya se tiene creatividad ni para eso. En todo caso, estarán de acuerdo en que no reconocer las fuentes de inspiración propias ya proyecta de por sí una sospechosa sombra de duda.

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La perpetuación del cortoplacismo o Cómo evitar fracasar en la educación infantil

Ya saben que les he hablado en otras ocasiones de los graves perjuicios que ocasiona el cortoplacismo imperante en nuestra sociedad al más alto nivel. Ya saben que también les insisto en que lo que hay por arriba es un reflejo de lo que hay por abajo. Y ahora me quiero centrar en las consecuencias de este cortoplacismo generalizado sobre la educación infantil, sin duda una perpetuación a futuro de algunos de los problemas que tenemos en el presente.

Educar a un niño es una de las tareas más arriesgadas y difíciles a las que se puede enfrentar un adulto. Servidor no les habla en absoluto desde el dominio de la materia, aquí todos somos aprendices salvo nuestros mayores, a los que deberíamos hacerles más caso, sin olvidar poner sus consejos en contexto, puesto que el pasar de las generaciones puede hacer que algunas recetas del pasado ya no sean válidas en el presente. La sociedad cambia, y los niños también. Por lo tanto nuestra forma de educarlos ha de evolucionar acorde a ello.

Es cierto que en la mayor parte de los casos los padres tienen la llave del futuro de sus hijos, y dependiendo de cómo la giren y qué mecanismos abran en sus inmaduros cerebros infantiles, el resultado “a futuro” de su psicología y comportamiento pueden ser radicalmente distintos. Aquí es donde quería llegar con ustedes. “A futuro”. Ésa es la clave. Educar a un niño requiere dosis de creatividad importantes, no sólo para darle la vuelta en determinadas ocasiones, para enseñarle a enfocar el mundo desde el prisma de nuestra experiencia adquirida a lo largo de los años, para lograr que relativice su visión personal a menudo pasional, etc. Pero la creatividad tiene otra aplicación más importante si cabe, y en la cual también aporta una cualidad como la imaginación: proyectar el futuro. Sí, eso es. Uno de los aspectos más difíciles de la educación infantil es que las consecuencias de nuestras acciones educativas de hoy muchas veces no se ven hasta varios años más tarde, con lo que en bastantes casos no hay una retroalimentación inmediata que nos permita ir corrigiendo a tiempo nuestras pautas educativas. Por ello es muy importante que los padres y las madres sean capaces de imaginarse con realismo cómo va a ser nuestro hijo en el futuro con las enseñanzas que les estamos dando en el presente.

No hay una receta mágica para ello, y las probabilidades de error no son en absoluto despreciables, pero una fórmula bastante útil y polivalente es que los adultos hagan un esfuerzo psicológico y se pongan en la piel del niño. A menudo los padres cometemos el error de juzgar y evaluar el comportamiento de nuestros hijos según nuestros propios patrones de pensamiento. Es cierto que el pensamiento de un adulto maduro es a menudo más acertado que el de un niño, pero el problema es que no por ello el niño lo va a aceptar para sí. ¿Y cuál es la solución para este galimatías?. Es el adulto el que tiene más madurez y capacidad intelectual para ser capaz de pensar como piensa su hijo. Para ello es muy importante hacer memoria y recordar cómo pensábamos nosotros mismos cuando teníamos la edad de nuestro hijo. Hagan memoria… ¿A que la cosa cambia?. Recuerdan ahora su forma de relacionarse en la infancia, cómo veían el mundo, qué pensaban de sus padres, cómo enfocaban su futuro, etc. pues mayormente sus hijos ahora piensan como ustedes pensaban entonces, y por más que les expliquen ustedes la forma de pensar que han ido puliendo con el paso de los años, no les van a hacer más caso del que ustedes les hicieron a sus padres.

A pensar como lo hace su hijo les ayudará la genética, que permite que las formas de sentir, relacionarse, etc. de los hijos se suelan parecer a la que tenían en su infancia los progenitores o sus familiares más cercanos. Detecten patrones de comportamiento, hallen similitudes con sus recuerdos de la infancia, y saquen conclusiones e intenten adivinar qué y por qué pasa por sus pequeñas mentes. No es tarea fácil, y ellos normalmente no se lo van a facilitar.

Pero abordemos por fin el tema que abría este post: el cortoplacismo. Esta proyección a futuro que les estoy sugiriendo en este post sé que no es tarea fácil, pero lo es menos aún en la sociedad de hoy en día. Y sí, este cortoplacismo también afecta a la educación de nuestros hijos. Como muestra no tienen más que mirar las nuevas generaciones y cómo sus ratios de fracaso escolar implican no sólo el fracaso del modelo educativo oficial de las últimas décadas, sino también, y más importante, de la educación que como padres les damos en casa.

Para que vean este cortoplacismo y sus consecuencias, les pondré un ejemplo muy sencillo. Antes, niño que no cenaba rápido y bien, solía irse a la cama sin cenar, y al día siguiente iba a la cena recordando el hambre de la noche anterior. Hoy en día los padres estamos muchas veces insistiéndoles permanentemente en que cenen, que se hace tarde, les ayudamos nosotros un poco, etc. Son comportamientos erróneos porque le hacen al niño aprender que para obedecer y hacer lo que tienen que hacer, siempre va a haber alguien insistiéndole, que le da una nueva oportunidad, etc. Ello deriva en que delegue la responsabilidad de sus obligaciones personales en una entidad superior, y que piense que puede retrasarse o dejar de hacer algo porque siempre va a haber ocasión de hacerlo a posteriori. ¿Qué creen que es más importante, que el niño se acabe la cena hoy, o que aprenda a ser responsable con su alimentación y que cene él solo el día de mañana?. Es la disyuntiva real que hay detrás de este ejemplo, y a la que se enfrentan muchos padres cada día. El cortoplacismo les lleva a menudo a elegir que les interesa que cene hoy todo y se vaya a la cama a su hora y bien alimentado, pero no ven que eso sólo sirve para hoy, y que es un error para mañana.

Algo similar ocurre con los deberes en casa. El adulto acaba optando a menudo por sentarse con su hijo o hija y estudiar o hacer los deberes juntos. De nuevo un error. El niño debe aprender que es su obligación, y no una forma de estar con sus padres y que éstos le medio hagan los deberes. Los padres deben distanciarse de los deberes y el estudio, limitándose a dar vuelta de vez en cuando, resolver dudas y si acaso realizar una corrección o evaluación final. Recuerden que lo que interesa aquí es poner los cimientos de un adulto responsable consigo mismo y con los demás.

Con ello ya me despido atreviéndome a sugerirles que no eduquen al niño que tienen delante en este preciso instante, sino que eduquen la proyección que ése niño tiene en un futuro aún lejano, pero que sin duda es el objetivo principal. Enséñenle a que asuma sus responsabilidades personales a la primera y con naturalidad, por desgracia, ustedes no van a estar siempre a su lado para velar por ellos. Tengan siempre en mente en sus pautas educativas que, por su propio bien, deben de ser capaces de valerse por sí mismos incluso en el fatal escenario de que ustedes les falten. Ocurra esto antes o después, estarán criando un niño que será capaz de pensar y actuar de forma independiente. Esto no asegura de por sí una educación exitosa, pero analicen bien cuál es la alternativa: una dependencia que lleva al fracaso casi seguro.

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La importancia de simplificar en la Era de la Información Democrática o El arte de exponer como simple lo complejo

En esta ocasión estaba pensando yo en cómo ha cambiado internet tantos aspectos de nuestras vidas, incluido el hecho de que ahora más que nunca (casi toda) la información está al alcance de (casi) todos. Ya no se trata como antaño del hecho de que la información es poder, que lo sigue siendo, pero hoy en día, dada la auténtica avalancha de datos e informes a los que tenemos acceso todos, lo que es poder es la capacidad de análisis y, todavía más importante, su posterior síntesis. La memoria es hoy en día un recurso escaso que hay que reservar para las conclusiones cuyo desarrollo se sabe correcto, y no tanto para los cuantiosos datos que nos llevaron a ellas.

No es menos cierto que sintetizar por sintetizar no sirve de nada. Hay personas que simplifican sus ideas y el mundo que les rodea porque tienen una evidente falta de conocimientos y/o de capacidad de análisis. En ellos la síntesis es una limitación más que una intención meditada. La síntesis que nos interesa, y en la que creo que está sin duda la capacidad humana más relevante del siglo XXI, es la síntesis coherente, con sentido común, compleja en su desarrollo y sencilla en sus resultados, y como fase posterior a un análisis detallado y exhaustivo.

Es ésta una síntesis ensalzable y… necesaria. Necesaria porque la complejidad del mundo que nos rodea, a lo que se añade la abundancia de información para todos que les citaba antes, hacen del simplificar una necesidad esencial. Y necesaria también porque, como otras veces hemos comentado, la gran ventaja de los seres humanos sobre otras especies es la capacidad gregaria que llevamos en nuestros genes. Es importante para la sociedad en su conjunto que haya individuos que lleguen a las conclusiones correctas, pero igualmente importante es que estos individuos sepan transmitir al resto dichas conclusiones de forma sencilla y simplificada, a la par que convincente. El progreso no está en que unos pocos sepan avanzar, el progreso está en el avance del conjunto. ¿No se dan cuenta de que los científicos y divulgadores que más impacto han alcanzado y más mediáticos se han vuelto son aquellos que son capaces de explicar sus teorías y avances (casi) sin las complejas fórmulas que han tenido que desarrollar?. Léanse las obras más famosas de Isaac Asimov, Carl Sagan o Stephen Hawking y entenderán lo que trato de hacerles entender.

Todos somos muy conocedores de poco, y nada de mucho. Por ello es imposible que el grueso de la población sea capaz de seguir complejos desarrollos, puesto que en campos tan especializados como en los que se sitúa el progreso hoy en día, hay muy pocos individuos que estén a la altura en un determinado tema. Por ello todos somos generalistas de casi todo. Y por ello también el que es capaz de explicar sus conclusiones innovadoras de forma sencilla tiene casi ganada la relevancia científica, y a veces también social, y, lo que es más importante, probablemente será capaz de perpetuar sus conclusiones como contribución al progreso de la humanidad.

Pero esta capacidad de simplificación no ha sido algo fruto meramente de la Era de la Información Democrática. Sin duda ha sido acentuada y generalizada por la llegada de la misma, pero ya los clásicos lo sabían, y disfrutaban proponiendo a sus discípulos a modo de medio acertijo sencillas frases que aparentemente eran tan fáciles de entender, pero que escondían bajo su trivial apariencia un abismo fruto de experiencias y razonamientos de lento florecer a lo largo de la vida de los sabios que las formulaban.

Tengo también ejemplos de nuestros días que tenemos más cercanos que los sabios clásicos o los divulgadores anglosajones que les citaba en las líneas anteriores. Hay en el panorama nacional individuos de este corte, que sin duda aportan al conjunto de la sociedad. Un caso que me viene a la mente es el de un ensayista que se define como “Filósofo mundano”. Sí, les hablo de Javier Gomá Lanzón, director de la Fundación Juan March, un colega tuitero, al que admiro a ratos de 140 caracteres (y de vez en cuando también en algún artículo más extenso de El País Cultural), y que tiene capacidad de aportar al grueso de la gente claves simplificadas que les sirven para su día a día, pero que a la vez nos demuestra cómo es capaz de escribir un complejo artículo sobre temas de una evidente profundidad cultural. Ya saben que les he hablado de él en alguna otra ocasión, pero habiéndome referido a la cultura clásica, me ha resultado inevitable acordarme de él y de sus enriquecedores artículos. Y como él hay innumerables individuos en nuestra sociedad, tan sólo hay que descubrirlos y… apreciarlos. Lo cual inevitablemente pasa por demandar menos balón de cuero y menos portada rosa, y más sed de aprender y de mejorar nuestra vida realmente, no conformándonos con meros sucedáneos de entretenimiento que nos mantienen la mente en blanco mientras en la trastienda ocurren otras cosas tras una cortina de humo.

Me despediré invitándoles a que lean frases de los eruditos griegos y romanos. Encontrarán que las de profundidad más insondable son precisamente las aparentemente más naifs. Si no saben ver la complejidad que hay por debajo, o bien no tienen ustedes experiencias vitales que les permitan apreciarlas, o bien deberían plantearse si simplifican ustedes por limitación en vez de por conveniencia. En este último caso, no está todo perdido, tengan en cuenta que la sabiduría es algo difícil de alcanzar pero más fácil de reconocer, con lo que siempre les quedará el recurso de tratar de aprender de los que sí que saben. Recuerden, para progresar, debemos progresar todos, bien sea por dar un paso adelante por nosotros mismos, bien sea por darlo siguiendo a otro que sí lo ha sabido dar.

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La inteligencia colectiva o La potencialidad de la plaga humana armada con smartphones

Supongo que también habrán llegado ustedes a la conclusión de que la especie humana es una plaga para el planeta. Cumplimos ciertos parámetros que caracterizan a una plaga: expansión poblacional (esencial para nuestra supervivencia económica según vimos en el post “Futura revolución: La inversa de Matrix o… no tan inversa”), ubicuidad, interés egocéntrico (o más bien “egoespécico”), explotación intensiva de los recursos naturales que encontramos a nuestro paso, etc. Pero hay un factor clave con el que nunca hemos contado hasta hoy en día porque entre los seres humanos no se daba con la intensidad que Internet como elemento vehicular nos permite ahora. Es algo que encontramos en otras especies animales como las hormigas o las abejas. Les estoy introduciendo a una característica que trasciende al individuo como tal, y adquiere un matiz de grupo en donde todos los individuos aportan, y todos reciben, sin que ningún elemento individual sea el repositorio único de este conocimiento e inteligencia. ¿Saben de qué les hablo?. Ni más ni menos que de la inteligencia colectiva.

Una legión de seres humanos, armados con smartphones, y con aplicaciones y servidores compartidos en el backend, pueden ser vistos como el mejor y más global sistema de sondas al que alimentan con sus datos y del que, obviamente, también los reciben para beneficio propio. El ser humano es el mejor instrumento para el ser humano. Todos formamos parte de una totalidad cuyo origen se difumina en la nube, pero cuyos servicios y su utilidad son algo tangible en el día a día para todos nosotros.

¿De dónde me vienen estas reflexiones?. Llevo varios meses probando una nueva aplicación que hacía tiempo que tenía fichada, y cuyas características me había planteado como deseables ya en los años 90. Siempre había pensado que lo más indicado y fidedigno para tener información sobre el tráfico, y así evitar y aliviar los atascos, eran dispositivos que permitiesen sondar la velocidad de cada vehículo e informasen a una entidad centralizada. Éste concepto se ha hecho realidad hoy en día gracias a los smartphones, a la nube y como no… a nuestra aplicación estrella: Waze.

Waze es una suerte de red social con posicionamiento GPS en el cual son los mismos usuarios los que alimentan el sistema de mapas dejándose monitorizar cuando van por nuevas carreteras aún no mapeadas, cuando señalizan en Waze un nuevo radar de velocidad, cuando van a velocidad reducida porque están en un atasco, etc. Lo que a priori puede ser un concepto de servicio cuya fiabilidad está por demostrar, en la realidad ha resultado ser el sistema de navegación más actualizado, rápido y efectivo de cuantos existen a día de hoy. Con esta aplicación usted podrá no sólo tener un navegador que le indique por dónde debe ir para llegar a su destino, sino que además podrá interactuar con otros usuarios que hayan pasado hace poco por su ruta, podrá ver los precios actualizados de las gasolineras a su paso, ver dónde hay controles de radar, calcular su hora estimada de llegada, ver dónde hay tráfico denso… y así hasta completar un largo etcétera con toda la información que usted pueda desear mientras va al volante.

¿Qué es lo sorprendente de todo esto?. Lo que les comentaba antes: la inteligencia colectiva. Con la tecnología de internet y los smartphones, el concepto que tenemos de la humanidad cambia radicalmente. Pasamos de ser un crisol de individuos con intereses más o menos alineados por grupos familiares, sociales, profesionales o nacionales, a ser una entidad colectiva con capacidad de interacción inmediata (incluso individuo-a-individuo) y que se puede adaptar rápidamente a los cambios del medio. Esto Waze nos lo descubre para facilitarnos nuestra vida automovilística, pero no duden que la inteligencia colectiva caracterizará, y de hecho está caracterizando ya, la mayoría de los aspectos del día a día de nuestras vidas, y que desempeñará un papel esencial en tecnologías tan incipientes, importantes y revolucionarias como las Smart Cities. ¿Qué me dicen de aquel otro proyecto experimental que utilizaba Twitter para ubicar en tiempo real donde está teniendo lugar un terremoto?. Sus resultados fueron también sorprendentemente fiables. Otro ejemplo más de la naciente inteligencia colectiva de la especie humana.

Pero no todo van a ser aspectos positivos, obviamente también los hay negativos. En primer lugar les comento el nada desdeñable tema de la dependencia extrema de la tecnología en la que estamos cayendo, a todas luces nada nuevo en la historia de la humanidad, pero que está alcanzando cada día cotas más importantes, tal y como demuestran nuevas afecciones psicológicas como la Nomofobia: un mal que afecta al 53% de los usuarios de teléfonos móviles y que consiste en la sensación de inseguridad que nos afecta a la mayoría cuando salimos a la calle sin nuestros terminales. Es una consecuencia más de algo que, con una abrupta interrupción del acceso a la inteligencia colectiva, se verá acentuado, porque el problema no es su existencia, sino cómo nuestro mundo se configura en torno a estos nuevos avances, y no duden de que, si por ejemplo ya hoy en día pocos compran mapas en papel, dentro de unos años ya ni los venderán, y si se cae Google Maps, y estamos de viaje, ¿Cómo encontraremos en caso de emergencia la ubicación del hospital más cercano?. Es un ejemplo simple pero esclarecedor del tipo de problemas a los que nos exponemos.

Para ejemplificar otro posible aspecto negativo vuelvo a Waze como ejemplo por antonomasia de los nuevos servicios de masas con inteligencia colectiva. No está mal que Waze nos diga dónde hay un radar o un control policial para que no nos pongan la típica multa tonta por un ligero despiste al circular por ciudad a 55kmh, pero, ¿Qué me dicen ustedes de la utilidad que le pueden dar los delincuentes para hacer trayectos seguros en sus vehículos evitando los controles policiales?. Es sin duda algo inquietante, pero que a día de hoy no hay forma de evitar, más que nada porque ni siquiera está legislado. Una vez más el progreso va por delante de las leyes. Pero no se preocupen, la inteligencia colectiva es muy eficiente, y siempre va a haber individuos (también delincuentes) que descubran y se aprovechen de estos servicios. Sólo cuando el problema sea generalizado y obvio, los políticos tomarán medidas. Mientras tanto esperen sentados.

Otro aspecto negativo puede ser la volatilidad extrema a la que se pueden ver sometidos los mercados como consecuencia de aplicaciones de inteligencia colectiva. El pánico y la euforia son parte del día a día de nuestros mercados financieros, siempre lo han sido. Su variabilidad puede ser tanto más nociva cuanto más breve es el plazo de tiempo en el cual tienen lugar. Teóricamente, y en el concepto más clásico de nuestros mercados, este pánico y euforia se veían mitigados en parte por la no-inmediatez en el acceso a la información y plataformas de operación bursátil, y en todo caso, cuando el pánico (y no tanto con la euforia) hace acto de persistente presencia, los reguladores optan por la suspensión temporal de negociación de un valor, o incluso de todo el mercado. Hoy esto también ha cambiado radicalmente, y todos podemos ser presas de impulsivas operaciones inmediatamente ejecutadas desde nuestros smartphones, lo cual no hace sino de acentuar la volatilidad potencial, así como su dañino efecto sobre el accionista medio. Si a este hecho, ya conocido hoy en día, añadimos la futura inteligencia colectiva bursátil que se nos viene encina, tenemos un catalizador para promover movimientos erráticos y fuente de posible información privilegiada para algunos. Les estoy hablando nada más y nada menos de los denodados esfuerzos de varios grupos de interés por desarrollar sistemas que reflejen en tiempo real el sentimiento del inversor, que es, al fin y al cabo, el causante último de los movimientos de los mercados (dejemos a un lado los robots del HFT ó High Frequency Trading). Uno de estos proyectos utiliza Twitter como plataforma para poder recolectar información de inteligencia colectiva sobre los inversores, pero hay más proyectos y vendrán aún más, porque ya se sabe que donde hay dinero que ganar, no faltan iniciativas. La cuestión que les apuntaba antes es dilucidar sobre si explotar esta información debe ser una tarea democráticamente accesible, o si por el contrario se va a permitir su oligopolio para beneficio de unos pocos. Pero aún tengo para ustedes una pregunta más intrigante: ¿La disponibilidad de información en tiempo real sobre el sentimiento inversor de todos los individuos no podría suponer una variable que hiciese nuestros sistemas bursátiles inestables (no hablo de volátil, que por supuesto, sino de inestabilidad bajo el concepto clásico de un sistema dinámico que se estudia en regulación automática: todo sistema depende de variables de entrada cuyo cambio puede producir valores de salida indeseados)?, ¿Un sistema bursátil con inteligencia colectiva en tiempo real puede entrar en resonancia y volverse extremadamente inestable de forma persistente?.

Y termino ya este post habiendo reflexionado con ustedes sobre la inteligencia colectiva a la que nos está abriendo la tecnología, y sobre sus obvias ventajas, pero también sus inherentes amenazas. No se preocupen, la respuesta a estos nuevos desafíos, como siempre, nos la va a dar el tiempo, puesto que no duden que la inteligencia colectiva ha venido para quedarse, y que cada año vamos a ver más y más iniciativas en este sentido. Siéntanse parte de la Humanidad, puesto que más que nunca formamos parte de un todo del que, para bien o para mal, no nos podremos separar.

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El ego de nuestros dirigentes y directivos o Lo polifacético de la inteligencia

Cuando alguna vez han dicho de alguien que es “muy inteligente”, ¿Han caído en la cuenta de puntualizar para qué?. Yo suelo hacerlo porque soy consciente, empezando por uno mismo, del carácter polifacético de la inteligencia: todos somos muy inteligentes para unas cosas, y poco dotados intelectualmente para otras.
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Es cierto que tal vez el concepto de inteligencia se suele asociar a capacidades analíticas, pero en verdad no tiene por qué ser así. La inteligencia tiene muchos otros aspectos, no sólo el análisis, así por ejemplo se puede ser inteligente emocionalmente, tener dotes de síntesis, ser hábil para trabajos manuales (una inteligencia más aplicada), tener capacidades comunicativas, saber improvisar, y así podríamos seguir hasta completar un largo etcétera. De hecho, si me lo permiten, diría que hasta hay inteligencias calificables de inconscientes como la inteligencia genética. ¿Qué quiero decir con esto?. Muy sencillo, les pondré un ejemplo muy ilustrativo. ¿Han pensado ustedes en la obra de ingeniería que supone tejer una tela de araña?. Los arácnidos no se puede decir que sean seres vivos con una gran inteligencia práctica, pero preparar una de esas maravillosas trampas es sin duda algo difícil que no saben hacer otras especies. Lo hacen de forma instintiva, sin pensar bajo el concepto clásico de inteligencia, pero sin duda hay veces que en su mecánica labor se enfrentan a problemas que resuelven de forma admirable. No es una inteligencia analítica, pues lo hacen de forma casi automática, pero efectivamente es una habilidad “genética” que podemos calificar de inteligente en este aspecto tan concreto.

Dicho lo dicho, no les negaré que es cierto que la capacidad analítica tiene mayor espectro de aplicación. Las personas analíticas disponen de ciertas ventajas sobre las personas inteligentes desde otros puntos de vista, pero no hay que desestimar nunca otras facetas de la inteligencia de una persona.

A todo lo anterior podemos añadir como factor temporal de la inteligencia que los roles de la misma cambian con los siglos. Me explico. Aparte, como les comentaba antes, de la errónea asociación de la inteligencia a capacidades analíticas, tenemos que también equivocadamente todos solemos decir que alguien es inteligente cuando consigue sus objetivos, sean cuales fueren. Así por ejemplo, en la época de los egipcios alguien capaz de construir una pirámide era considerado inteligente, alguien capaz de reflexionar sobre filosofía entre los griegos, alguien capaz de diseñar una calzada en la época romana, alguien capaz de atesorar y reproducir textos y conocimientos en la edad media, alguien capaz de ganar batallas en cualquier época, alguien capaz de ganar unas elecciones en el imperio democrático occidental, alguien que tenga inteligencia emocional en las empresas en la última década, o alguien capaz de fundar una startup que alcance una importante base de usuarios en nuestros días, etc. Todo ello hace que la inteligencia a lo largo de la Historia sea un baile de aptitudes y capacidades con las que si uno no vale para triunfar hoy en la sociedad, tal vez mañana (o ayer) sí que lo haría. Y por supuesto, la inteligencia es condición necesaria, pero no suficiente, para progresar en la vida: la coincidencia y la fortuna también son factores fundamentales.

Pero, no nos apartemos del tema, ¿Por qué esto es así?, ¿Cuál es el porqué de este carácter polifacético de la inteligencia?. El asunto puede tener su base científica. Según la teoría de la percepción “Pandemonium” de Oliver Selfridge, en nuestros cerebros hay centros autónomos, denominados demonios, que, desde el aspecto especializado de sus conexiones neuronales, se dedican a procesar, comparar patrones y dar una respuesta, en lo cual compiten con otras regiones cerebrales. Dado que cada cerebro tiene por genética o por vivencias unas conexiones neuronales u otras, ello deriva en que cada persona tiene más desarrolladas unas áreas cerebrales determinadas, que en determinadas situaciones en las que reconocen patrones son capaces de dar una respuesta más acertada que las demás. En esta teoría se basan las redes neuronales y la inteligencia artificial moderna.

Y como supongo ya estarían esperando, pasemos al lado socioeconómico. Esta concreción de la inteligencia a determinados aspectos implica que las capacidades para dirigir un país o una empresa sólo se circunscriben a ciertas situaciones, es decir, elegimos un presidente del gobierno o un directivo de una empresa para ejercer su mandato durante los subsiguientes años, sin saber a ciencia cierta qué nos deparará el futuro y a qué situaciones se tendrá que enfrentar, y por lo tanto sin poder elegir el candidato con mejores cualidades para el trabajo a desempeñar.

En el primer caso (los políticos) tenemos además el añadido de que, como les decía en mi post «Democracia real y la contribución de las redes sociales», los políticos suelen ser elegidos por su capacidad para ganar las elecciones, en vez de por su capacidad para gobernar.

Tanto en el primer caso (los políticos) como en el segundo (los directivos de empresas), suele ocurrir que el ego de los gobernantes finalmente elegidos o de los jefes les hace creerse que son inteligentes para todo, cayendo a menudo en un narcisismo ególatra que les lleva a desarrollar una actitud de superioridad que no se puede calificar más que de cómica. En ocasiones derivan en un desprecio a la inteligencia de sus subordinados, a todas luces erróneamente y trasgrediendo el principal argumento de este post. Más pronto que tarde, la vida se encarga de demostrarles su error, y así tenemos el suelo lleno de ángeles caídos.

Una aplicación práctica de la teoría que les expongo estaría en la configuración de las jerarquías humanas en cualquier ámbito, sea una empresa, un ministerio o una asociación. Es una aplicación que lleva de moda un par de lustros, y no es más que la generalización de estructuras horizontales que maximicen el uso de los trabajadores con asignaciones matriciales. Es decir, pocos gestores, muy competentes, y de rango muy alto, se encargan de articular equipos multidisciplinares escogiendo, según sus capacidades personales, a los mejores subordinados para las tareas concretas a desempeñar para cada trabajo o proyecto, de tal forma que se aproveche lo mejor de cada uno para cada tipo de tarea. Esta horizontalidad es algo que encuentro bastante eficiente, aunque les admitiré que a veces es difícil saber verdaderamente en qué es mejor cada uno, porque hay gente que simplemente intentar destacar en casi todo. Ahora sí, una cosa es aparentar y otra serlo.

Para terminar les confesaré que me resultan muy curiosos aquellos individuos que por norma general se creen más inteligentes que los demás. Con lo que tenemos alrededor, podría citarles como ejemplo muchos casos, o más bien ciertas actitudes. Yo les diría que en realidad, si de alguien se puede decir que tiene una limitación intelectual, es de los que se creen demasiado “listos”, sin ser conscientes ni de las limitaciones de su propia inteligencia, ni de lo relativo de la tontería de los demás. Tiempo al tiempo, que el aterrizaje forzoso es siempre más traumático que el soft landing.

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