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La perpetuación del cortoplacismo o Cómo evitar fracasar en la educación infantil
Ya saben que les he hablado en otras ocasiones de los graves perjuicios que ocasiona el cortoplacismo imperante en nuestra sociedad al más alto nivel. Ya saben que también les insisto en que lo que hay por arriba es un reflejo de lo que hay por abajo. Y ahora me quiero centrar en las consecuencias de este cortoplacismo generalizado sobre la educación infantil, sin duda una perpetuación a futuro de algunos de los problemas que tenemos en el presente.
Educar a un niño es una de las tareas más arriesgadas y difíciles a las que se puede enfrentar un adulto. Servidor no les habla en absoluto desde el dominio de la materia, aquí todos somos aprendices salvo nuestros mayores, a los que deberíamos hacerles más caso, sin olvidar poner sus consejos en contexto, puesto que el pasar de las generaciones puede hacer que algunas recetas del pasado ya no sean válidas en el presente. La sociedad cambia, y los niños también. Por lo tanto nuestra forma de educarlos ha de evolucionar acorde a ello.
Es cierto que en la mayor parte de los casos los padres tienen la llave del futuro de sus hijos, y dependiendo de cómo la giren y qué mecanismos abran en sus inmaduros cerebros infantiles, el resultado “a futuro” de su psicología y comportamiento pueden ser radicalmente distintos. Aquí es donde quería llegar con ustedes. “A futuro”. Ésa es la clave. Educar a un niño requiere dosis de creatividad importantes, no sólo para darle la vuelta en determinadas ocasiones, para enseñarle a enfocar el mundo desde el prisma de nuestra experiencia adquirida a lo largo de los años, para lograr que relativice su visión personal a menudo pasional, etc. Pero la creatividad tiene otra aplicación más importante si cabe, y en la cual también aporta una cualidad como la imaginación: proyectar el futuro. Sí, eso es. Uno de los aspectos más difíciles de la educación infantil es que las consecuencias de nuestras acciones educativas de hoy muchas veces no se ven hasta varios años más tarde, con lo que en bastantes casos no hay una retroalimentación inmediata que nos permita ir corrigiendo a tiempo nuestras pautas educativas. Por ello es muy importante que los padres y las madres sean capaces de imaginarse con realismo cómo va a ser nuestro hijo en el futuro con las enseñanzas que les estamos dando en el presente.
No hay una receta mágica para ello, y las probabilidades de error no son en absoluto despreciables, pero una fórmula bastante útil y polivalente es que los adultos hagan un esfuerzo psicológico y se pongan en la piel del niño. A menudo los padres cometemos el error de juzgar y evaluar el comportamiento de nuestros hijos según nuestros propios patrones de pensamiento. Es cierto que el pensamiento de un adulto maduro es a menudo más acertado que el de un niño, pero el problema es que no por ello el niño lo va a aceptar para sí. ¿Y cuál es la solución para este galimatías?. Es el adulto el que tiene más madurez y capacidad intelectual para ser capaz de pensar como piensa su hijo. Para ello es muy importante hacer memoria y recordar cómo pensábamos nosotros mismos cuando teníamos la edad de nuestro hijo. Hagan memoria… ¿A que la cosa cambia?. Recuerdan ahora su forma de relacionarse en la infancia, cómo veían el mundo, qué pensaban de sus padres, cómo enfocaban su futuro, etc. pues mayormente sus hijos ahora piensan como ustedes pensaban entonces, y por más que les expliquen ustedes la forma de pensar que han ido puliendo con el paso de los años, no les van a hacer más caso del que ustedes les hicieron a sus padres.
A pensar como lo hace su hijo les ayudará la genética, que permite que las formas de sentir, relacionarse, etc. de los hijos se suelan parecer a la que tenían en su infancia los progenitores o sus familiares más cercanos. Detecten patrones de comportamiento, hallen similitudes con sus recuerdos de la infancia, y saquen conclusiones e intenten adivinar qué y por qué pasa por sus pequeñas mentes. No es tarea fácil, y ellos normalmente no se lo van a facilitar.
Pero abordemos por fin el tema que abría este post: el cortoplacismo. Esta proyección a futuro que les estoy sugiriendo en este post sé que no es tarea fácil, pero lo es menos aún en la sociedad de hoy en día. Y sí, este cortoplacismo también afecta a la educación de nuestros hijos. Como muestra no tienen más que mirar las nuevas generaciones y cómo sus ratios de fracaso escolar implican no sólo el fracaso del modelo educativo oficial de las últimas décadas, sino también, y más importante, de la educación que como padres les damos en casa.
Para que vean este cortoplacismo y sus consecuencias, les pondré un ejemplo muy sencillo. Antes, niño que no cenaba rápido y bien, solía irse a la cama sin cenar, y al día siguiente iba a la cena recordando el hambre de la noche anterior. Hoy en día los padres estamos muchas veces insistiéndoles permanentemente en que cenen, que se hace tarde, les ayudamos nosotros un poco, etc. Son comportamientos erróneos porque le hacen al niño aprender que para obedecer y hacer lo que tienen que hacer, siempre va a haber alguien insistiéndole, que le da una nueva oportunidad, etc. Ello deriva en que delegue la responsabilidad de sus obligaciones personales en una entidad superior, y que piense que puede retrasarse o dejar de hacer algo porque siempre va a haber ocasión de hacerlo a posteriori. ¿Qué creen que es más importante, que el niño se acabe la cena hoy, o que aprenda a ser responsable con su alimentación y que cene él solo el día de mañana?. Es la disyuntiva real que hay detrás de este ejemplo, y a la que se enfrentan muchos padres cada día. El cortoplacismo les lleva a menudo a elegir que les interesa que cene hoy todo y se vaya a la cama a su hora y bien alimentado, pero no ven que eso sólo sirve para hoy, y que es un error para mañana.
Algo similar ocurre con los deberes en casa. El adulto acaba optando a menudo por sentarse con su hijo o hija y estudiar o hacer los deberes juntos. De nuevo un error. El niño debe aprender que es su obligación, y no una forma de estar con sus padres y que éstos le medio hagan los deberes. Los padres deben distanciarse de los deberes y el estudio, limitándose a dar vuelta de vez en cuando, resolver dudas y si acaso realizar una corrección o evaluación final. Recuerden que lo que interesa aquí es poner los cimientos de un adulto responsable consigo mismo y con los demás.
Con ello ya me despido atreviéndome a sugerirles que no eduquen al niño que tienen delante en este preciso instante, sino que eduquen la proyección que ése niño tiene en un futuro aún lejano, pero que sin duda es el objetivo principal. Enséñenle a que asuma sus responsabilidades personales a la primera y con naturalidad, por desgracia, ustedes no van a estar siempre a su lado para velar por ellos. Tengan siempre en mente en sus pautas educativas que, por su propio bien, deben de ser capaces de valerse por sí mismos incluso en el fatal escenario de que ustedes les falten. Ocurra esto antes o después, estarán criando un niño que será capaz de pensar y actuar de forma independiente. Esto no asegura de por sí una educación exitosa, pero analicen bien cuál es la alternativa: una dependencia que lleva al fracaso casi seguro.
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La dicotomía entre los buenos y los malos o Lo educativo de las series infantiles
El otro día estaba viendo unos capítulos de dibujos animados con mi hija, y empecé a pensar en que, en los cuentos y las series infantiles, es casi norma que haya siempre unos buenos buenísimos y unos malos malísimos. Esta trivial concepción del mundo que inculcamos desde pequeñitos a nuestros hijos, puede tener más consecuencias de las que podemos pensar a priori.

No les voy a negar que en esta vida hay personas que pueden ser calificadas de netamente malas, pero afortunadamente son los menos, y además, la maldad, igual que otros aspectos de la personalidad humana, suele limitarse a ciertos aspectos del comportamiento de estas personas. También he de reconocerles que hay comportamientos tan deleznables, que da igual lo buenos que puedan ser algunos en otras facetas de su vida.
Pero, ¿Es bueno para nuestros hijos que les enseñemos que en su mundo siempre tiene que haber un bueno y un malo?. Yo creo que no es algo apropiado para su edad, tiempo tendrán de aprender en la vida sobre ciertos individuos. Me parece suficiente con que por ahora les vayamos introduciendo tan sólo de vez en cuando a la cruda realidad que les rodea, dosificando en la medida de lo posible una verdad que no les permitiría vivir su infancia en plenitud, sin necesidad de que estén rodeados por todas partes de esta dicotomía entre el bien y el mal. Inculcarles esta forma de pensar desde edades tan tempranas no hace sino crearles la necesidad de identificar buenos y malos en cada plano de sus vidas, con el consiguiente margen de error de tamaño comportamiento. Y lo peor es que cuando se hacen adultos, siguen con los mismos patrones mentales, por lo que tratan de identificar permanentemente buenos y malos.
¿Conocen al genio de la animación Hayao Miyazaki?. Obras suyas son el magistral “Viaje de Chihiro”, o “El castillo ambulante”. Dejando a un lado la gran calidad y fantasía de sus creaciones, el aspecto que más nos interesa ahora de sus películas es que creo que son muy indicadas para niños en el aspecto concreto que estamos tratando en este post, puesto que en ellas no suele haber un bueno y un malo claramente definidos como tales.
Estarán de acuerdo en el error de educar en la dicotomía entre buenos y malos. Como les decía, afortunadamente suele ser una aproximación errada, puesto que habitualmente tenemos a nuestro alrededor personas que muestran una delicada gama de grises, o que incluso siendo malos en unos aspectos, son buenos en otros. Eso por no abordar lo subjetivo en la concepción del bien y del mal. Lo que es bueno para unos, es malo para otros, y viceversa.
Los dirigentes son muchas veces conscientes de esta habitual forma de la gente de concebir el mundo que nos rodea, es por ello por lo que me vienen a la memoria los titulares de la prensa con las declaraciones de los presidentes de USA e Irak durante la Guerra del Golfo: ambos identificaban al adversario como el mal, se erigían en nombre del bien, iban a luchar contra Satán, etc. Recurren a la polarización mental de los ciudadanos para identificar al adversario con ese malo que la mayoría de las personas trata de encontrar. Y no estoy de ninguna manera justificando una posición u otra en esta guerra en concreto, ni estoy diciendo que una u otra parte efectivamente representase más al bien y otra más al mal, simplemente estoy haciéndoles notar cómo la infantil dicotomía del bien y del mal nos acompaña a la mayoría el resto de nuestra vida, y aunque en algunos casos puede ser una aproximación acertada, en muchos otros no lo es.
Pero pasemos a un plano más personal, puesto que supongo que esta polarización de la que les hablo es también la explicación por la que es habitual ver cómo íntimas relaciones de amistad, o incluso familiares, de repente llegan abruptamente a su fin, y personas que antes se querían con locura pasan a no querer ni verse. ¿Es esto normal?. A mí no me lo parece, por muy graves que puedan ser las diferencias, éstas no tienen por qué conducir frecuentemente a cortar todo nexo de unión con una persona que antes significaba tanto para nosotros. Del amor al odio hay un paso, en la práctica es cierto, pero se trata de un paso normalmente incomprensible, el cual muchas personas dan porque recurren al fácil recurso de demonizar a la persona objeto de su nueva enemistad. Estas personas, más que dejarse llevar por el pueril reflejo de ver en el otro al más malo entre los malos, deberían reflexionar sobre por qué ellos lo van siempre buscando. A veces, incluso en el plano personal, la dicotomía es una herramienta para auto-convencerse de un objetivo que a priori se desea alcanzar. Son precisamente esos objetivos los que hay que saber elegir bien en la vida, porque cuando deseas creer algo, normalmente encuentras el atajo mental para llegar a pensarlo.
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