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La ley del goteo en España o por qué las situaciones se tornan insostenibles

Es un inequívoco signo de poca anticipación el hecho de que, en este país llamado España, es una tortura política, social y económica el tener que ver cómo pasan los días sin que situaciones que se van volviendo insostenibles sean corregidas de raíz. En otros países de nuestro entorno son mucho más “sensibles” a este tipo de sucesiones de pequeñas anomalías, y por lo tanto aplican un correctivo antes de que sea demasiado tarde, cosa que no suele ocurrir en nuestro caso.

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¿A qué me estoy refiriendo?… pues a muchas cosas, a todas a las que nuestras actitudes personales se enfrentan día a día, pero en el caso concreto de este post, nos limitaremos a las que repercuten sobre el devenir socioeconómico de nuestra sociedad. Centrándonos en este aspecto, es un auténtico cáncer la querencia general a dejar deteriorarse tanto las situaciones que, cuando ya nuestros políticos se ponen manos a la obra y abordan el problema, suele ser tan tarde que las medidas a tomar son mucho más perjudiciales, y además dan peores resultados que si el problema se hubiese corregido a tiempo.

Pero, para que me entiendan mejor, pongamos algunos ejemplos ilustrativos. El más inmediato puede ser la evolución del número de desempleados y el deterioro del cuadro macroeconómico en la actual crisis. La opinión general continuamente pensaba que ya habíamos tocado fondo, que ya llegaban los “brotes verdes”, que a partir de aquí ya todo era recuperar, que ya vienen tiempos mejores… hasta que la situación degeneró tanto que ya era insostenible, y los votantes buscaron alternativas en el partido que estaba en la oposición en ese momento, con un resultado que ahora ya está a la vista de todos.

Otro ejemplo habitual es la corrupción. La opinión pública en su conjunto no es muchas veces consciente de que lo que vemos en este tema es sólo la punta del iceberg, y que cuando hay una sucesión constante de casos de corruptelas, lo que subyace detrás es una corrupción generalizada difícil de corregir. Pero no, en general lo que se tiende a ver es una sucesión de pequeños casos que se consideran aislados, que éste caso de corrupción será ya el último que se destape, que ya se habrá barrido toda la casa… hasta que la corrupción ha calado tan hondo que ya dificulta el progreso económico del país, y es sólo entonces cuando la mayoría de los votantes toman cartas en el asunto y tienen en consideración este tema en su decisión de voto. De nuevo el goteo, leve pero constante, no nos hace reaccionar hasta que es demasiado tarde.

Y por ponerles otro ejemplo, aunque ya no tenga relación alguna con la economía, pero sí con esta forma tan miope que tenemos de ver las cosas en este país. ¿Qué pensarían ustedes si en España hubiese una catástrofe cada año que segase la vida de 1.500 personas?. Que habría que hacer algo, que esto es insoportable… ¿Saben que ésta es la cifra de muertes anuales en accidentes de tráfico?. La seguridad vial es el único caso que se me ocurre en el que nuestros políticos han decidido actuar sin que el grueso de la población lo considerase una emergencia ineludible. Si lo han hecho por afán recaudatorio o no, es algo que nunca sabremos. También es cierto que el coste político de haberlo hecho es cuasi-nulo, puesto que nadie va a cambiar su intención de voto por una multa. Pero hay mucha gente que en vez de ver que en 2003, en vez de 1.500, fueron 4.000 muertes, se quejan de que no se puede correr y de que sólo quieren nuestro dinero. De nuevo un goteo pequeño pero constante de muertes semana a semana no hace reaccionar a la mayoría.

Por verle algún aspecto positivo, podríamos decir que en esta actitud subyace un injustificado optimismo que nos hace pensar que ya por fin hemos tocado fondo, que sólo ha ido un poco a peor pero que de aquí ya remontamos… y mes tras mes, el deterioro continúa, gradual pero inexorable. Un golpe fuerte nos aturde, pero nos hace reaccionar. Un sinfín de pequeños golpes nos hace pensar que ya no habrá ninguno más a partir de ahora, y que éste ha sido el último a soportar, pero muchas veces hay uno posterior que nos hace ir aún a peor. Así es la actitud predominante en este país, y de ahí sus consecuencias.

El problema es que los políticos no actúan hasta que no les duele la intención de voto, así que mientras que el grueso de la población no veamos el peligro detrás de cada pequeña sucesión de cifras, no veremos a nuestros políticos tomando medidas correctivas, porque el coste electoral no está justificado, y, sin duda, medidas, en principio duras, serían vistas como sacrificios inútiles por culpa de visiones agoreras. Así es. Tal vez nuestros dirigentes sepan en muchos casos lo que se avecina, tal vez sean conscientes de los peligros de nos acechan, tal vez tengan menos miopía de la que suponemos… pero no actúan hasta que la mayoría no lo transforma en clamor popular, porque sólo cuando el grueso de la población ve el peligro, el tomar medidas va a suponer un rédito en forma de votos, aunque sea a largo plazo, y si no es así, la preocupación general justificará de alguna manera las nuevas políticas a implementar. Ésta es la cruda realidad. El dictamen de las urnas es así, recordemos que la democracia es sólo el “menos malo” de los sistemas políticos conocidos, y éste es sin duda unos de sus puntos flacos. Quiero creer que los italianos supieron ver este problema en la actual crisis, y por ello se perfiló un gabinete temporal de tecnócratas que no dependiesen de los votos de sus ciudadanos. Es la única manera que se les ocurrió de que se tomasen las medidas adecuadas por unos gobernantes que se tenían que preocupar más por el país que por lo que éste pensase de ellos.

Y se preguntarán ustedes el porqué de este tema para este post, que cuál es la relación con los temas socioeconómicos a los que les tengo acostumbrados… es muy sencillo. La situación de emergencia nacional es la que se encuentra España, de plena actualidad incluso a nivel mundial, es consecuencia de no haber tomado las medidas adecuadas a tiempo. Si la mayoría hubiese sabido ver lo que se avecinaba en los indicadores adelantados que se publicaban ya antes del estallido de la crisis, seguramente no estaríamos donde estamos. Y créanme, aparte del sentido común, había múltiples indicadores que ya anticipaban lo que luego ha venido. Pueden consultarlos libremente, indicadores como el consumo de cemento u otros estaban dando inequívocas señales de aviso, pero poca gente nos fijábamos en ellos, dejándose llevar la mayoría por un optimismo desaforado por el que creían que el caduco modelo productivo español iba a seguir en crecimiento hasta el infinito y más allá. Pero no, la cruda realidad nos fue corroyendo poco a poco los cimientos, con un goteo mes a mes de cifras de desempleados que a día de hoy ya se ha hecho insoportable. Por todo esto les repito lo que ya les he dicho muchas veces. Lean, contrasten, hagan crítica constructiva, fórmense una opinión justificada, miren un poquito más al futuro y no se centren tanto en el presente… y traten de ver tendencias más que cifras puntuales. Detrás de sus actitudes individuales hay mucho más de lo que imaginan, háganlo por ustedes mismos y por el bien del conjunto de la sociedad. No se equivoquen, no estoy volcando las culpas de la actual situación sobre los ciudadanos, eso sería muy muy injusto, pero, como les decía, la democracia es el “menos malo” de los sistemas conocidos, y éstas son las reglas del juego, así que, mientras no cambien, juguemos con ellas nuestra mano lo mejor que podamos. La verdadera democracia se construye de abajo a arriba.

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La profecía de George Orwell o El 1984 de las Redes Sociales

Empezaré este post disculpándome por elegir un asunto tan quemado como el de “Gran Hermano” de George Orwell. Sinceramente, el famoso Reality Show de televisión ha hecho que todo lo referido a este tema se relacione con el programa, y que todo aquello que lo cita pase inmediatamente a carecer de la más mínima originalidad. Pero no desisto en reivindicar la extraordinaria capacidad de profetizar del maestro Orwell, ni en comentar cómo nuestro mundo tiende a parecerse a aquel que describe en su famosa novela “1984”, ni en insistir en que más allá de mero título “Gran Hermano” hay toda una filosofía socioeconómica que trasciende de largo la mera observación de los individuos en la que se basa el programa presentado por Mercedes Milá.

Me gustaría no obstante aclarar con ustedes que el hecho de que los ciudadanos se sientan libres de opinar sobre cualquier tema de la vida pública y política de un país, es un signo inequívoco de madurez democrática. Sólo ocurre en aquellos países en los que la tradición democratizadora, y la sensación de seguridad jurídica e ideológica, hacen que los individuos no tengan miedo de expresar sus opiniones libremente y en cualquier foro. Las transiciones de sistemas dictatoriales a democracias consolidadas, son fases convulsas en las que la población hereda el miedo a opinar, no sin motivo, puesto que a menudo siguen presentes en la mente de los ciudadanos las razias de las fuerzas represoras. Ocurrió en la España de la guerra civil y sus consecuencias aún las podemos sentir hoy en día con el eco en nuestras cabezas de los consejos de nuestros abuelos de que no se opina en público sobre política. Es una lección que les costó mucho sufrimiento aprender, pero que el velo de las décadas de democracia borra lenta e inexorablemente.

Personalmente les confesaré que, de todas formas, existe en nuestra sociedad una saturación de la necesidad de opinar. Todo el mundo se siente con juicio y capacidad para opinar sobre cualquier tema, aún a sabiendas de que no se tiene toda la información y/o toda la formación para emitir una opinión correcta. Arreglar el mundo en las reuniones familiares o con los amigos en la tasca es el deporte nacional. Es por evitar este mal común por lo que muchas veces yo me esfuerzo por opinar sólo sobre aquellas cuestiones en las que me he podido detener a reflexionar o sobre las que creo que tengo capacidad y juicio para emitir una opinión digna de consideración. Es difícil que me oigan ustedes opinar sobre temas subjetivos o en los que carezco de información y/o formación. Es esta tendencia a opinar sobre todo lo que se mueve, y que yo trato de evitar, la que contribuye al fenómeno que les comentaba antes, indicativo no obstante, como les decía, de la consolidación democrática.

Pero cambiemos de prisma. Pasemos a plantearnos la forma en que la gente emite hoy en día sus opiniones. Es innegable que la llegada de las Redes Sociales ha encauzado esta necesidad de opinar sobre todo. Todos tenemos nuestros timelines llenos de opiniones personales, algunas fundamentadas y otras no. Twitter y Facebook han hecho que se multipliquen las opciones para que la gente opine sobre todo y lo dé a conocer al mundo. Y he aquí el peligro de ello: el soporte. Sí, el soporte informático hace que, como todos ustedes saben, por un coste reducido en espacio de almacenamiento, todos nuestros “likes” y “tweets” se queden registrados para la posteridad, y lo que hoy en día es la insignificante opinión de un ciudadano cualquiera, puede volverse el día de mañana en la clave para arrestar por cuestiones ideológicas a un individuo. ¿Se imaginan ustedes el poder de un órgano represivo con la información de Facebook o Twitter?. Es el dorado de la información clasificada sobre los ciudadanos de a pie, y somos todos nosotros los que lo hemos construido voluntaria y libremente en una demostración de democratización de nuestra sociedad, pero sentando las bases de un peligro futuro en caso de que sea mal utilizada.

Y ya no es sólo el hecho de que queden registradas las opiniones de toda la población hiperconectada, es que también se registran sus relaciones de afinidad y amistad. Cierto ideólogo decía “Para dominar a una persona debes conocer quiénes son sus amigos y sus enemigos”. De los enemigos por ahora no hay red social que los registre (en el futuro ya veremos), pero los amigos y la afinidad son evidentes en Facebook o Twitter. Lo que a un servicio secreto le costaba semanas o meses averiguar, a base de interrogatorios interminables, ahora lo tiene al alcance de un solo click.

Y es éste el “Gran Hermano” de verdad, y no el de la televisión. Todas nuestras opiniones, todas nuestras relaciones, todo detalladamente inventariado y clasificado, a disposición de cualquiera que quiera acceder a ello. Vamos, que Himmler soñaba con lo que ahora regalamos a cambio tan sólo de poder usar una herramienta de forma gratuita. Por ahora nuestra información personal se segmenta y se vende sólo para hacer marketing, pero ¿Quién sabe lo que nos deparará el futuro?.

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Nota del autor: si le ha gustado este post, he escrito posteriormente una segunda parte que creo que encontrará igualmente interesante: “El Gobierno del Software o Cómo controlar
a las masas con las redes sociales

La mutación del yo en la economía de consumo o Quién narices es ése del espejo

¿Quién soy yo?… ésta es una pregunta fundamental que hay gente que no se plantea, pero en cuya respuesta se basa nuestro sentido de la identidad, el concepto que tenemos de nosotros mismos, la esencia de nuestra personalidad… Habituados a que cambiamos de personalidad muy lentamente a lo largo de los años, mirándonos introspectivamente, hay gente que incluso tiene la idea de que “yo soy el mismo de siempre”, y que siempre han pensado de igual forma. Esto, aún siendo evidentemente falso, es una actitud bastante extendida, probablemente fruto de la necesidad de estabilidad de casi todo ser humano, y que ahora está en peligro por lo que técnicamente se denomina “Mutación del yo”.

Este concepto de “Mutación del yo” es algo muy interesante que paso a explicarles. Está comprobado que las modas (y la publicidad cómo medio de difusión de las mismas) nos afectan a todos. Y sí, digo a todos, consciente de que en encuestas sobre el tema la gran mayoría piensa que la publicidad afecta mucho a las personas de su entorno, pero casi nada a sí mismos. Tengamos capacidad de autocrítica y admitámoslo, la publicidad, de forma consciente o inconsciente, ejerce una poderosa influencia sobre nuestras vidas. Y sus consecuencias afectan a ese concepto de nosotros mismos del cuál hablábamos al principio de este post.

Genéticamente se cree que nuestra psiquis está preparada para cambios muy lentos de personalidad. Es esa esencial necesidad de estabilidad que antes apuntábamos. Pero todos sabemos que la moda y las tendencias cada vez evolucionan más rápido, puesto que sacan beneficio de dicho cambio: la mutación de nuestro yo suele implicar cambios de look, de ropa, de complementos, de costumbres, etc. que se traducen en que gastemos parte de nuestro dinero para seguir la moda o adaptar nuestras vidas a los sucesivos roles que vamos asumiendo. Y no hablo de moda como algo meramente del sector textil, hablo de modas y tendencias en general. Respecto a este tema hay dos enfoques principales, según las teorías de Eriksson, el enfoque es funcional, se acentúa el polo “yo”, realmente no cambia el mundo, sino la posición del sujeto en ese mundo, o mejor aún, la autoposición del sujeto en el mundo, porque hay multitud de roles ahí fuera entre los que elegir, segmentados por edad, posición social, formación, capacidad económica, afiliación política, aficiones… etc. el marketing es profuso en la cantidad de yos que nos ofrece. También hay que ser justos y citar que hay otras teorías con enfoques estructurales, propias de Kohlberg, que acentúan el polo “mundo”, por las que los cambios a lo largo de la vida son simplemente fases sucesivas que nos conducen a un progresivo mejor conocimiento del mundo físico y social que nos rodea, que se presenta como estable, siendo sus cambios un hecho meramente perceptual y rigiéndose el mundo por principios morales objetivos y universales. No sé qué pensarán ustedes, pero a mí me parece que efectivamente con la edad vamos conociendo mejor el mundo que nos rodea, pero igualmente cierto es que también nuestra posición relativa respecto a él va cambiando. Me decanto por una teoría híbrida con enfoques tanto funcionales como estructurales, además de pensar que el mundo en sí mismo también va cambiando con el tiempo, puesto que el mundo está compuesto por todos nosotros y nuestros propios cambios revierten en él.

Pero volviendo al tema de la velocidad de cambio del yo, su aceleración en nuestras sociedades hace que ya empiece a haber individuos en las consultas de los psicólogos y psiquiatras que han perdido el concepto de sí mismos, con unas consecuencias desastrosas para su psique y para su desempeño en nuestra sociedad. No se tomen el tema a la ligera, sean empáticos y sepan ver la gravedad del asunto, porque es un problema muy importante para los afectados: las afecciones mentales son las peores. Además, dado que en nuestra sociedad la velocidad de mutación del yo cada vez se acentúa más, es muy probable que en el futuro este tipo de afecciones sean mucho más conocidas de lo que lo son actualmente.

Es evidente también que hay individuos en nuestras sociedades que viven al margen de las modas y tendencias, pero, ¿No es eso también una moda en sí mismo?… no seguir una tendencia también se traduce en actitudes y consumo de “otro” tipo de tendencia opuesto al general… al final, en una rueda u otra, todos estamos presos de la moda.

Decidir: ése es uno de los problemas para los afectados por la hipermutabilidad de su yo. Muchas decisiones que tomamos en nuestro día a día son lógicas y racionales, pero igualmente cierto es que muchas otras las tomamos basándonos en cómo se supone que tenemos que actuar si formamos parte de éste o aquel colectivo, si yo soy de ésta o aquella manera, si pienso así o asá… Apenas somos conscientes de la mayoría de estas decisiones, muchas las tomamos de forma casi automática, sin pararnos a reflexionar, pero las personas con problemas de percepción de su yo, tienen muchas dificultades para tomar este tipo de decisiones, incluso las aparentemente más simples y sin consecuencias importantes, reduciéndose su capacidad de decisión, su independencia y pudiendo derivar en afecciones mentales: cuando la psique se desequilibra, revienta por cualquier lado, y las consecuencias pueden ser muy distintas, pero en todos los casos graves para el paciente y su entorno.

Pero, seamos prácticos, ¿Qué podemos hacer para evitar esta hipermutabilidad del yo?. Poca cosa, la moda, las tendencias y la publicidad van a estar siempre ahí en una sociedad de consumo, y la permeabilidad de nuestro yo al respecto no depende de actitudes controlables por nosotros mismos. Es una cuestión de nuestras características personales, aunque también es cierto que, en cierta medida, se puede tratar de aprender a no ser tan dependientes del entorno, pero esto siempre tiene un impacto limitado en determinados individuos y es de progresión lenta.

Los conspiranoicos seguro que estarán pensando que esta hipermutabilidad del yo, que al fin y al cabo es una forma de dirigirnos, puede transcender más allá de los campos de la moda y las tendencias, y abarcar nuestra forma de pensar en muchos otros ámbitos, incluidas las ideas políticas. ¿Nos están volviendo más “dirigibles”?. La respuesta es sí, pero lo que nunca sabremos es si lo están haciendo de forma premeditada. Lo que es un hecho es que, en las sociedades democráticas, si no puedes cambiar las reglas del juego por las que la mayoría decide, sólo puedes intentar cambiar lo que la mayoría piensa. Y ahí está el juego. Lo vemos todos los días en los telediarios, tanto partidos de un bando como del otro tratan de convencer a los ciudadanos de premisas que simplemente forman parte de sus intereses partidistas (en el mejor de los casos, lo cual es aún más triste).

Pero un momento, se supone que yo soy apolítico, no sólo no profeso ninguna afiliación concreta, sino que tampoco me gusta hablar de política, ¿O no era yo así?, ¿O cómo era yo en realidad?… ¿Quién soy yo y quién narices es ése que me mira a través del espejo?.

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